EN EL TERCER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JUAN PABLO II

Por Ángel Gómez Escorial

Es obvio que al consultar los textos correspondientes a este mismo III Domingo de Pascua, del ciclo A, pero correspondientes a hace tres años, al 2005, saltan textos y recuerdos del fallecimiento de Juan Pablo II que se produjo a las 21,37 horas (hora española) del sábado 2 de abril de 2005. Era la víspera del segundo domingo de Pascua. Este próximo miércoles, un día después de la salida de Betania, que ha tenido lugar el martes 1 de abril, se cumplen, pues, los tres años. El Padre García Moreno ha escrito un amplio reportaje sobre la visita de Juan Pablo II a Tierra Santa, que, sin duda, tiene para nosotros ecos muy próximos, pues no hace ni quince días que celebrábamos los grandes misterios del Ciclo Pascual. Por eso el reportaje de Antonio García Moreno nos ha parecido de enorme importancia. Asimismo en la Sección de Testimonios un habitual colaborador de esa sección, José Guillermo García Olivas, también rememora ese hecho. Yo antes de continuar, aconsejo a los lectores que entren en el “histórico”, en el link del sumario azul de la izquierda “Consultar Ediciones Anteriores” y vean lo que hace tres años publicamos en Betania. Tiene la inmediatez de algo que se acaba de producir. Y en Betania, a pesar de sus pocos medios, fuimos añadiendo, cada poco tiempo, cosas en torno al fallecimiento del Papa, el cual produjo una enorme sensación en el mundo –en todo el mundo y sorprendentemente en el no cristiano—nunca jamás antes vista ante la muerte de un Romano Pontífice.

LA AUDIENCIA DE JUAN PABLO II

Yo solo he visto un Papa: a Juan Pablo II. Aunque por mi edad he convivido cronológicamente con Pío XII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y ahora, claro, con Benedicto XVI. Vi a Juan Pablo II en junio de 2000, en el Aula Pablo VI, con motivo de la audiencia a los periodistas que participamos en el Jubileo para informadores. Fue todo muy emotivo, ya el Papa estaba físicamente muy disminuido, pero su mirada era joven y muy viva. Cuando se despedía nos amenazó, en broma, con el bastón, lo movió de derecha a izquierda como amenazándonos para que no fuéramos malos. Bueno, éramos todos periodistas. Por cierto, la delegación española regaló al Pontífice un bastón, pero no era el que sirvió para saludarnos.

Había una gran emoción colectiva en aquel acto. Y –ya lo he contado otras veces—durante esa audiencia comprendí algo que, ciertamente, siempre me ha parecido que no se me había ocurrido a mi por mi solo, que era como una revelación, que lo importante, que lo que producía esa emoción tan especial era el Papado, la cátedra de Pedro, y no tanto la persona y personalidad de un Pontífice concreto. Y eso que Juan Pablo II supo hacerse conocer muy bien y sabía comunicar estupendamente. Pero mi emoción de aquel día de junio del año 2000 llegaba por el convencimiento de que estaba ante una institución notable y perecedera, que venía directamente de Pedro y que era garantía de continuidad de la Iglesia. El descubrimiento de esa idea me llenó de alegría, admitiendo, por supuesto, que sentía una gran simpatía y admiración por el Papa Wojtyla. Tengo que suponer que si, en un momento dado, vuelve a repetirse la escena con Benedicto XVI sentiré lo mismo: emoción ante lo notable del Papado, motivado por la promesa de Jesús. “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Por eso, en esta noche que escribo con prisa, para mañana poder “colgar” en la Red Betania, siento renovada la emoción de mi descubrimiento.

LAS COMPARACIONES

No sería yo capaz de establecer comparaciones entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. El largo pontificado del Papa Juan Pablo llenó muchas cosas y bien puede decirse que Benedicto XVI está recién llegado. Yo había leído más a Ratzinger que al Papa Juan Pablo II. Me habían interesado hace más los libros de Ratzinger que las encíclicas o exhortaciones apostólicas del Papa reinante, lo cual no es muy edificante ya que reconozco que cualquier católico debe dar la máxima atención a los documentos firmados por el Papa. Y más si se tiene una cierta curiosidad intelectual o ansias de ser formado en la doctrina del Magisterio de la Iglesia. Pero aficionado a la filosofía –y no tanto a la teología—los seis o siete libros que pude leer de Ratzinger me parecieron muy novedosos e interesantes. Y algo parecido me ha ocurrido con sus encíclicas, admitiendo que la primera era impresionante y la segunda más teológica o filosófica, aunque en ambas busca la verdad e intenta definirla lo más completamente posible. Dicen –eso dicen—que está próxima a aparecer la tercera encíclica del Papa Ratzinger. Yo la espero con interés, con mucho interés.

Pero es obvio que en lo personal, uno escribe de la feria según le va. Y entre los recuerdos más importantes de mi vida, está esa presencia mía en el Vaticano, en junio de 2000, cuando entendí que lo más importante era el Pontificado y no tanto un pontífice determinado.