LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EL REINO DE DIOS

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Tomará su celo como armadura, y armará a la creación para rechazar a sus enemigos; por coraza vestirá la justicia, se pondrá por casco un juicio sincero, tomará por escudo su santidad invencible, afilará como espada su cólera inexorable, y el universo saldrá con él a pelear contra los insensatos" (Sb 5,17-20).

Este texto, leído sin más en su literalidad, nos puede parecer oscuro y desfasado al presentamos un Dios guerrero, inexorable e implacable con el malvado; un Dios más devastador que salvador y padre. Ya sabemos que, cuando acudimos a la Escritura, hemos de trascender los géneros literarios en los que están escritos sus textos y, con la ayuda del Espíritu Santo, tratar de extraer la catequesis que Dios nos quiere transmitir.

De cara, pues, a su interpretación catequética, nos vamos a servir de un texto del profeta Isaías quien, utilizando las mismas o parecidas imágenes y expresiones que encontramos en este párrafo del libro de la Sabiduría, deja, sin embargo, la puerta abierta a lo que es propio de Dios: perdonar y salvar.

El profeta hace un análisis desolador de la situación moral y religiosa del pueblo. Oigamos, por ejemplo, algunas de sus conclusiones: "Porque fueron muchas nuestras rebeldías delante de ti, y nuestros pecados testifican contra nosotros, pues nuestras rebeldías nos acompañan y conocemos nuestras culpas: rebelarse y renegar de Yahvé, apartarse de seguir a nuestro Dios, hablar de opresión y revueltas, concebir y musitar en el corazón palabras engañosas..." (Is 59,12-13).

El mal se ha adueñado de toda la tierra, también del pueblo elegido. La hondura y gravedad del pecado de Israel es tal que ni siquiera tiene a alguien que interceda ante Dios por él. Israel, el pueblo de los grandes intercesores -recordemos a Moisés, Josué, Judit, etc.- se ha quedado huérfano de ellos. Nos parece imaginar a Isaías sumido en un lecho de dolor y aflicción al recordar el drama que está viviendo su pueblo: "La verdad se echa en falta y el que se aparta del mal es despojado. Lo vio Yahvé y pareció mal a sus ojos que no hubiera derecho. Vio que no había nadie y se maravilló de que no hubiera intercesor" (Is 59,15-16a).

Grande, enorme es el mal que empapa la tierra entera. La injusticia campea en todas las instituciones oprimiendo y despojando al débil y al pobre. Todos miran para otro lado..., bastante tienen con sus propios problemas como para asumir los problemas de los demás. Todo hombre, de una forma o de otra, es culpable del mal del mundo; y, sin embargo, asume como propia la respuesta de Caín a Dios: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Nadie se levanta a favor de nadie; nadie quiere enfrentarse al mal, a la mentira y a la opresión. Entonces se levanta Dios. El profeta nos describe a Yahvé armado hasta los dientes, con unos rasgos distintivos que nos recuerdan a los que usa el autor del libro de la Sabiduría: "Se puso la justicia como coraza y el casco de salvación en su cabeza. Se puso como túnica vestidos de venganza y se vistió el celo como un manto. Según los merecimientos así pagará: ira para sus opresores y represalia para sus enemigos..." (Is 59,17-18).

Sin embargo, la catequesis del profeta va más allá de la descripción de un Dios guerrero que con su fuerza aplasta al mal y a los malvados. Sobre este particular volveré más adelante. 10 que ahora nos interesa es que el Dios guerrero es presentado en este su combate como el redentor, el que rescata. Oigamos cómo termina el relato de Isaías: "Vendrá a Sión para rescatar, a aquellos de Jacob que se conviertan de su rebeldía. Oráculo del Señor" Is 59,20).

Anunciado el rescate salvador, Dios compromete el cumplimiento de su promesa con un juramento solemne: "En cuanto a mí, ésta es la alianza con ellos, dice Yahvé. Mi espíritu que ha venido sobre ti y mis palabras que he puesto en tus labios no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia ni de la boca de la descendencia de tu descendencia, dice Yahvé, desde ahora y para siempre" (Is 59,21).

Ahora sí llega el momento de aclarar el particular de si Dios es como un guerrero que, con su fuerza, aplasta al mal, de la misma forma que un caudillo aplasta y abate a sus adversarios.

Dios sí aplasta al mal, pero no según las imágenes que nos ofrece el Antiguo Testamento; imágenes, por otra parte, totalmente comprensibles, pues hacen parte de la cultura de estos pueblos de la antigüedad. Dios aplasta al mal, mas no con las armas propias de un guerrero imponente y deslumbrador. Aplasta al mal desnudo. Elevado en la cruz de los malditos, de los indeseables y de los malhechores, aplastó el mal haciendo presente el nuevo Reino, el de su Padre. Reino de amor, justicia y santidad.

Por más que nos pueda parecer que el mal avanza y se adueña del mundo, el Reino de Dios está entre nosotros. Es un Reino que prevalecerá sobre el príncipe de las tinieblas y que no tendrá fin, tal Y como le anunció el ángel Gabriel a María: "Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre... y su reino no tendrá fin" (Lc 1,32-33).