II Domingo de Pascua
30 de marzo de 2005

MONICIÓN DE ENTRADA

Sed bienvenidos a la Eucaristía. Realmente todavía están muy cerca de nosotros los amplios ecos de la celebración de la Pascua. A lo largo de esta semana hemos celebrado la Octava que es como una repetición de aquel día tan glorioso, con noche llena de luz pascual. Hoy, igualmente, estamos ante una celebración que guarda mucha relación con esos momentos felices de la Resurrección del Señor. Pero además se llama también a este domingo el de Tomás. Nos trae el mensaje de la fe de Tomás y de su arrepentimiento por no creer. Y desde entonces en la cristiandad resuena su “¡Dios mío y Señor Mío!” como una de las oraciones más bellas --y de profundo sentido teológico y cristólogico-- que podemos recitar en presencia del Señor Jesús.


MONICIONES SOBRE LAS LECTURAS

1.- En la primera lectura, sacada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, oiremos como lo tenían todo en común y rezaban juntos continuamente. Hay en el espíritu del cristiano actual una nostalgia de esa vida en unión de los primeros cristianos y que hoy, todavía, profesan las ordenes religiosas.

S.- Digamos primero que tanto este salmo 117, como los anteriores, 116 y 115, se inician en su texto original con el grito de Aleluya, muy indicado para este tiempo Pascual. Pero, además, el 117 era un himno para ser cantado en la Fiesta de los Tabernáculos y hay una teoría histórica al respecto de su origen. Y es que bien parece que las victorias de los Macabeos podrían haberlo inspirado.

2.- La primera Carta del Apóstol Pedro, que es nuestra segunda lectura de hoy, guarda un gran parecido con los primeros discursos de San Pedro reflejados en los Hechos de los Apóstoles. Guarda, pues, una muy especial coherencia con los mensajes de los textos litúrgicos de hoy.

3.- Se llama a este Domingo, el de Tomás, por la especial escena sobre su fe. Pero además son las apariciones del Señor Jesús en Domingo, lo que produciría la institución del primer día de la semana como Día del Señor, sustituyendo a la veneración por el sábado que profesaba la religión judía. Y como hemos oído en la monición de entrada, nos llega el mensaje de la fe de Tomás y de su arrepentimiento por no creer. Y, así, desde entonces en la cristiandad resuena su “¡Dios mío y Señor Mío!” como una de las oraciones más bellas que podemos recitar en presencia del Señor Jesús Resucitado.

 


Lectura de Postcomunión


MONICIÓN

La secuencia que leiamos el domingo pasado en la Misa de Pascua nos parece un bello final para nuestra Eucaristía de hoy. Porque este Segundo Domingo de Pascua, su Misa, tras la Octava es casi como una copia del Primer Domingo. Merece la pena, pues, hoy, tener presente la secuencia que es, sin duda, uno de los más bellos textos de toda la liturgia.

SECUENCIA DE PASCUA

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

 

Lucharon vida y muerte en singular batalla

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

 

¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?

A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,

los ángeles testigos, sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

 

Venid a Galilea, allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos la gloria de la Pascua.

Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia

que estás resucitado; la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate de la miseria humana

y da a tus fieles parte en tu victoria sana.

Amén. Aleluya.


Exhortación de Despedida

La Eucaristía ha terminado. Hemos descubierto, junto con el Apóstol Santo Tomás que la cercanía del Señor nos refuerza nuestra fe. No es tanto tener que verle físicamente, se trata de tenerle en nuestro corazón. Y así expresar algo tan bello como ¡Señor mío y Dios mío!