II Domingo de Pascua
30 de marzo de 2008

La homilía de Betania


1.- LOS FRUTOS DE LA FE EN LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Por Gabriel González del Estal

2.- ¿HEMOS VISTO AL SEÑOR?

Por José María Martín OSA

3.- AL ANOCHECER DE AQUEL DÍA...

Por José María Maruri, SJ

4.- ¿VER PARA CREER?

Por Gustavo Vélez, mxy

5.- VIVÍAN UNIDOS, SE AMABAN…

Por Antonio García Moreno

6.- ¿FE ADULTA O FE DE INFANCIA?

Por Javier Leoz

7.- VIVIR LA PASCUA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL APÓSTOL CIENTÍFICO

Por Pedrojose Ynaraja


1.- LOS FRUTOS DE LA FE EN LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Por Gabriel González del Estal

1.- Es sorprendente la diferencia que, a simple vista, se percibe entre el comportamiento de los apóstoles y discípulos de Cristo antes y después de la resurrección de su Maestro. Los que antes eran cobardes, ahora son valientes; los que antes no se atrevían a hablar en público, ahora gritan y predican en presencia de todo el pueblo; los que inmediatamente después de la muerte del Maestro se dispersaron y huyeron, ahora se reúnen y conviven alegres y comunitariamente. ¿Qué ha pasado para que el comportamiento de estas personas haya cambiado tan visiblemente? Sin duda alguna, lo que ha cambiado es su fe. La fe en la resurrección de Jesús de Nazaret ha abierto su inteligencia y ha encendido su corazón. Ha abierto su inteligencia, porque han comprendido que el Mesías prometido, según lo anunciaban las Escrituras, tenía que padecer y morir antes de resucitar. Y ha encendido su corazón, porque se han dado cuenta de que todo lo que Jesús de Nazaret sufrió y padeció lo hizo exclusivamente por amor, para salvarles a ellos. Sí, la fe en la resurrección de Jesucristo ha cambiado radicalmente sus vidas. San Pablo lo tenía muy claro: Si Cristo no ha resucitado somos los más desgraciados de los mortales. Pero sí, Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos también con él. ¿Seguimos teniendo los cristianos de hoy una fe fuerte y segura en la resurrección de Jesucristo y, consecuentemente, en nuestra propia resurrección? Seguro que la respuesta a esta pregunta explica en gran parte nuestro comportamiento actual como cristianos.

2.- Eran bien vistos de todo el pueblo. En este segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles el evangelista Lucas nos ha dibujado, en el primero de sus tres sumarios, lo que quería ser la vida cotidiana de los discípulos de Jesús en los primeros tiempos de la Iglesia. Claro que, como personas humanas que eran, tendrían sus fallos y sus altibajos, pero el ambiente general en el que discurría su vida diaria era un ambiente de alegría, de compañerismo y de común compartir bienes y emociones. Así lo percibía el pueblo que les miraba y les admiraba. Todo esto lo hacían los discípulos movidos, impulsados y alimentados por la nueva fe que ahora tenían en la resurrección de su Maestro. Después de la resurrección de Cristo, los discípulos se encontraron vital y emocionalmente con Jesús y este encuentro cambió sus vidas. Ahora, para nosotros, la pregunta es: el pueblo que nos ve cada domingo entrar y salir de nuestras iglesias, ¿nos mira y nos admira? ¿Admira en nosotros un comportamiento diario de alegría, de generosidad y solidaridad, de oración y de unidad?

3.- Bendito sea Dios... que nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Una fe viva siempre produce una esperanza viva y esta produce, a su vez, un amor vivo. Las tres virtudes teologales caminan unidas o no caminan de ningún modo. Si de verdad creemos en el Dios que se manifestó en Cristo Jesús, necesariamente esperaremos en él y le amaremos. Porque el Dios de Jesucristo es un Dios de misericordia y amor. Nuestra fe en Dios no nos va a librar del dolor y del sufrimiento propio de esta vida humana, pero la fuerza y el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, alimentará nuestra propia fe, nuestra esperanza, y nuestro amor cristiano.

4.- Paz a vosotros. Hasta tres veces les dio Jesús a sus apóstoles su paz, en el anochecer de este primer día de la semana, cuando ellos estaban con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Una paz que les llenó el alma de alegría y de valor. Una paz difusiva y contagiosa que se les derramaba a manos y a boca llena, y que les impulsó a ir por el mundo sembrando, con entusiasmo y generosidad, paz, perdón y amor. Tomás no estaba allí en aquel momento, no se había encontrado aún con el Señor, y su alma seguía llena de dudas, de temores y de miedo. Pero también él, cuando se encontró con la presencia viva del Señor, abrió los ojos del alma y dejó de ser incrédulo y se hizo creyente. A partir de ese momento, la fe en la presencia viva del resucitado hizo también de Tomás un hombre nuevo. ¿Nos hemos encontrado nosotros ya, a través de la fe, de la esperanza y del amor, con el Cristo vivo y resucitado que nos da fuerzas para andar por el mundo repartiendo amor y perdón?


2.- ¿HEMOS VISTO AL SEÑOR?

Por José María Martín OSA

1.- “Eran bien vistos de todo el pueblo”. El recuerdo idealizado de la primera comunidad cristiana en el Libro de los Hechos muestra las cualidades del grupo de los seguidores de Jesucristo. Todo el mundo se admiraba de los signos que hacían y de lo mucho que se querían. Por eso “eran bien vistos de todo el pueblo” y cada día la comunidad crecía. Comparando esto con la imagen medrosa, cansina y en retroceso de los cristianos de hoy, puede parecer que nos encontramos muy lejos de aquel ideal. En lugar de aumentar se producen cada día nuevas bajas en nuestra Iglesia. Sin embargo, no es cierto que ahora seamos peores, a pesar de que salgan a la luz ciertos escándalos cometidos por algunos cristianos, por cierto presentados con morbosidad interesada. Aquí las generalizaciones también son injustas. También en la primera comunidad hay cristianos que son reprendidos por los apóstoles por su mala conducta. No hay más que leer las cartas de San Pablo a los Corintios para darse cuenta de esta realidad. El autor de los Hechos presenta el ideal al que tenemos que tender, pues no cabe duda de que éste es el mejor testimonio de nuestra fe. No nos admirarán por nuestros cumplimientos ni por nuestros ritos, sino por lo que nos queremos.

2. - El primer día de la semana. También hoy día podemos contemplar raudales de generosidad, de entrega y amor en muchos cristianos que han vivido la experiencia pascual y han dejado que el Espíritu transforme sus vidas. La clave es pasar por la experiencia del resucitado. Las dos apariciones que narra el evangelio de hoy ocurren el primer día de la semana. Para Juan es muy importante el día y la hora en que ocurren los hechos que narra. Por algo las comunidades cristiana se reúnen el domingo. Este día es el “día del Señor”, en el cual se produce una nueva creación como dice en apóstol San Pedro en la segunda lectura. Si en la primera creación Dios da forma al hombre, es ésta segunda Jesucristo, al exhalar su aliento sobre los discípulos, da origen a la comunidad. Es en ella donde podemos encontrar a Jesús resucitado. Su regalo es el perdón y la paz. Por eso hoy celebramos el “domingo de la Divina Misericordia”. Emociona ver la forma en que los demás apóstoles acogen a Tomás: con dulzura, cariño y paciencia….No sé si hoy día sabemos tener la misma paciencia con los no creyentes o los agnósticos. Cada uno tiene su tiempo y su momento….Nunca debemos practicar el rechazo o la condena, siempre la acogida y el perdón.

3.- Tomás dudó. Exige ver las señales de los clavos en las manos y de la lanza en el costado. La duda es algo connatural al hombre. La duda evita que caigamos en el desatino o en lo irracional. Un creyente no es un crédulo que acepta todo sin tener en cuenta si es razonable o no. Hemos de pasa del fideísmo a la fe adulta, responsable y personalizada. Hay que llegar a tener experiencia personal del resucitado y gritar, como Tomás, “¡Señor mío y Dios mío!”. No creemos porque nos lo han dicho otros, sino porque nosotros mismos hemos experimentado la presencia en nuestra vida del Jesús vivo. Creer es fiarse de Alguien: Jesús de Nazaret, el Resucitado, que ha vencido a la muerte y ha dado un nuevo sentido a nuestras vidas. El mejor don que nos regala Jesús es la paz, plenitud de todos los dones. La paz que Jesús nos regala produce en nuestro interior una sensación de felicidad y realización personal. Pero esta paz no puede quedar encerrada en nosotros mismos, sino que tiene que notarse y ser testimoniada. La construcción de la paz en nuestro mundo es una tarea que todo cristiano tiene que asumir, tomando como base la justicia y el amor.

4.- Jesús proclama la bienaventuranza del resucitado: “Dichosos los que crean sin haber visto”. La fe es un don que nace de la confianza en “Alguien” que no puede fallarnos. No hace falta verle físicamente para creer en El. La misión que Jesús nos encomienda es ser “apóstoles”, es decir sentirnos “enviados” a proclamar que “hemos visto al Señor”. Si es verdad que lo hemos visto con los ojos de la fe, si nos hemos encontrado con El, entonces se notará en nuestra vida y seremos testigos de Jesús vivo y resucitado


3.- AL ANOCHECER DE AQUEL DÍA...

Por José María Maruri, SJ

1.- Es el Señor el que entra, mira sus caras tristes, sondea sus corazones divididos y les ofrece su paz, la paz del perdón, la paz del olvido, la paz del reencuentro. Paz con Dios y paz consigo mismos. La paz de los hombres de buena voluntad aunque sean pecadores.

Al anochecer de aquel día... Era de noche cuando Judas salió a traicionar a Jesús. Era de noche cuando Nicodemo fue a hablar con Jesús. Era de noche cuando José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo del Señor. Era anochecido cuando Jesús se aparece a sus discípulos juntos.

Al anochecer de aquel día, porque había anochecido en los corazones de los apóstoles por el miedo, la tristeza y sobre todo porque cuando Jesús mas los necesitaba “todos le abandonaron y huyeron”.

Al anochecer aquellos pobres hombres estaban encerrados, cabizbajos, paralizados, sin dar un paso en busca del Señor y es el Señor en el que los busca, entra, y se pone en medio de ellos, “que no es el hombre quien busca a Dios, es Dios el que anda siempre en busca del hombre.

2.- Como el Padre me envió a hacer las paces entre el cielo y la tierra así os envío yo a dar a todos la paz del perdón: lo que desatéis quedará desatado. Y nace el sacramento de la penitencia, el Sacramento de la Paz. Un sacramento que debe iluminar nuestro anochecer.

--¿Y por qué un sacramento instituido por Jesús como sacramento de paz, de alegría, del reencuentro, se ha convertido para muchos de nosotros en algo intranquilizador? Y a veces traba que nos separa por muchos años del reencuentro de Jesús en la Eucaristía, que nos mantiene en nuestro anochecer.

--¿Por qué el Sacramento de la acogida cariñosa, de la alegría, se ha convertido en un potro, en una hoguera de la Inquisición y ha perdido toda alegre resonancia de Buena Nueva, de que Dios nos busca, olvida, perdona y nos quiere en paz?

--¿Por qué los confesionarios son desagradables, cajas de resonancia de regañinas, amenazas, penitencias desproporcionadas, malos humores, caras de jueces avinagrados, donde se usa el sacacorchos o tiene uno la sensación de que le extraen una muela?

3.- Si los apóstoles se llenaron de alegría al ver al Señor, es que la confesión debería ser:

-- Jesús mirando con simpatía y cariño al joven que quiere seguirle

--Jesús diciendo a la adúltera “tampoco yo te condeno”

--Jesús aprendiendo en la debilidad humana a comprender y a dar la comprensión de Dios.

--Debe ser el Señor siempre tendiendo la mano.

-- El Señor cerrando los ojos a todo, con tal de no apagar la mecha que aún humea, ni cobrar la caña que ya se dobla hacia el suelo

--Debe ser que Jesús que no ha venido a juzgar al mundo, sino a dar su vida por él.

--Jesús diciendo a los apóstoles que le han abandonado y traicionado “la paz sea con vosotros”

--Debe ser el Señor llenando de alegría el corazón de los suyos al verle.

4.- En el sacramento de la penitencia se nos comunica el Espíritu Santo, ese que Jesús exhala sobre sus discípulos para que sepan perdonar, Espíritu que es por esencia AMOR. Que como dice la secuencia del día de Pentecostés es:

--brisa en las horas de fuego--gozo que enjuga las lágrimas--que riega la tierra en sequía--sana el corazón enfermo. Y los apóstoles se llenaron de alegría al ver al Señor: Y nosotros debemos de llenarnos de alegría al reencontrarnos con el Señor en la confesión, donde Jesús vuelve a decirnos a cada uno “la paz sea contigo, la paz del olvido, la paz del perdón”.


4.- ¿VER PARA CREER?

Por Gustavo Vélez, mxy

“Tomás llamado el Mellizo, no estaba con los discípulos cuando vino Jesús. Y él les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto la mano en su costado, no creeré”. San Juan, Cáp. 20.

1.- Dice la tradición que la ciudad de Manipur, en la India, guarda el sepulcro de santo Tomás. Después de la ascensión del Señor, el apóstol se habría ido con unos mercaderes, a predicar el Evangelio por las costas de Malabar, donde fue martirizado. Comentaristas y predicadores han llamado a Tomás, con cierta razón, el Incrédulo. Pero vale recordar la sentencia de un sabio oriental: “No juzgues a nadie sin haber caminado un kilómetro en sus zapatos”.

Porque las circunstancias para creer que el Maestro había resucitado no eran las más propicias. Algunos comentarios de mujeres y de algunos discípulos, tal vez muy ingenuos, no le parecían serios al apóstol. Era él un hombre transparente y además valeroso. “Vamos y muramos con él”, dijo una vez a sus colegas, cuando el Señor anunció que iría a Jerusalén. Imaginamos que el apóstol pensaría: Si este proyecto de Jesús terminó en fracaso, vamos a elaborar el duelo y sigamos adelante. Pero a pesar de todo, no se separa de los Once. Por esto, ocho días después de la Pascua, cuando el Señor se aparece nuevamente al grupo, el apóstol remiso está con ellos.

2.- Sin embargo, su planteamiento frente a Jesús admite legítimos reparos: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto la mano en su costado, no creeré”. En otras palabras: Mi fe está condicionada a las pruebas que el Maestro me ofrezca. ¡Por Dios, Tomás! Si tu fe depende de una verificación indiscutible, ya no será fe, sino certeza. Y una teología veraz nos enseña que no existen pruebas absolutas de la resurrección del Señor. Los creyentes nos apoyamos en indicios, tradiciones, ecos de aquel acontecimiento. Sobre ellos levantamos la mente y el corazón, dando un paso a lo inefable, a lo infinito.

Contamos con los textos que elaboraron los evangelistas durante los primeros años de la Iglesia. Nos habla el testimonio de los mártires. Nos motiva el inmenso caudal de bondad que corre sobre el mundo, bajo el nombre de Jesús de Nazaret. Nos admira la Iglesia, “divina y humana, santa y pecadora”, como afirmó el Vaticano II.

El evangelio avanza en la historia de Tomás, presentándolo luego como un místico. El hombre que se resistía a creer, no tocó al Señor. No metió la mano en su costado. No costa que se hubiera adelantado a abrazarlo. Sólo pudo exclamar, preso de un gran asombro: “Señor mío y Dios mío”. Una confesión de fe, tan vigorosa como aquella de Simón Pedro en Cesarea.

3.- Pero además la crisis de Tomás nos ha beneficiado a nosotros. Desde allí del cenáculo, el Maestro pronuncia una consoladora bienaventuranza, que nos cobija a todos los creyentes: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

“Todos estamos locos grita la loca. ¡Qué verdad tan amarga dice su boca!” Esta sería una traducción popular de aquello que escribió san Pablo a los corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe. Somos los más miserables de todos los hombres”.


5.- VIVÍAN UNIDOS, SE AMABAN…

Por Antonio García Moreno

1.- Constantes en la doctrina.- "Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones " (Hch 2, 42). El pasaje bíblico de hoy nos presenta una instantánea de la vida en la primitiva Iglesia. Tiempos de una importancia especial, momentos en los que aún vivían los apóstoles, cuando vibraban aún en el aire las palabras del Maestro. Tiempos paradigmáticos, modélicos, cuando se echan los fundamentos de la Iglesia, y se vive con más pureza y autenticidad el mensaje que Cristo trajo a la tierra.

Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, fieles a la doctrina que ellos predicaban, a pesar de ser un tanto extrañas y chocantes en el ambiente contemporáneo. Hablaban de amor cuando se vivía con odio, hablaban de paz cuando se avecinaba la guerra, de perdón cuando existía mucho rencor, de vida pura y casta cuando había mucha lascivia y erotismo... Los apóstoles no trataron de suavizar el mensaje, de acomodarlo más o menos a sus oyentes, de limar aquellas estridentes aristas de las palabras de Jesús de Nazaret. Y muchos aceptaron, no todos por supuesto, y aceptaron hasta las últimas consecuencias, dispuestos a dar su sangre por defender la pureza de su fe y de sus costumbres. Y muchos dieron testimonio con su muerte heroica entre las llamas, o entre las garras de las fieras. Y muchos más dieron su testimonio con una vida callada, una vida laboriosa y honrada, una vida entregada al servicio generoso de los demás. Constantes en la doctrina, fieles siempre a la enseñanza de Pedro, el primer papa, y de los apóstoles, los primeros obispos.

Vivían unidos, se amaban hasta el punto de transparentarlo exteriormente, se ayudaban hasta los más grandes sacrificios, rezaban y cantaban juntos, participaban gozosos en la fracción del Pan, el santo sacrificio de la Misa, el Sacramento del altar. Eran hombres encendidos por la fe, luminarias que Cristo vino a prender en la tierra.

La gente estaba maravillada ante aquel espectáculo. Mirad cómo se aman, decían. Y la multitud de creyentes crecía sin cesar hasta el punto de exclamar sin jactancia: Somos de ayer y lo llenamos todo... La Iglesia, nosotros los cristianos, es, somos, un signo de salvación para todos los pueblos. Un testimonio evidente del amor infinito de Dios. Un testimonio que ha de estar hecho de una vida honrada y laboriosa, una vida limpia y casta. Testimonio de comprensión y de apertura, de perdón. Testimonio de lealtad a unos principios y a una moral, de constancia y fidelidad en escuchar y practicar lo que enseña nuestra santa madre la Iglesia católica, apostólica y romana.

2.- El perdón de Dios.- "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 19). Antes de perdonarnos los pecados, la Iglesia nos recuerda en la fórmula del sacramento de la Penitencia que Dios Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, derramó el Espíritu Santo para el perdón de los pecados. Ya el profeta Ezequiel, cuando habló de la renovación mesiánica, vaticinó la purificación mediante la aspersión del agua y un cambio del corazón, infundiendo un Espíritu nuevo que haga posible el cumplimiento gustoso de la Ley de Dios.

También san Juan nos refiere cómo Jesús habló a Nicodemo de una regeneración espiritual por medio del agua y del Espíritu. En el pasaje de hoy, el Señor transmite a sus apóstoles el divino poder de perdonar los pecados, soplando sobre ellos al tiempo que les dice que reciban el Espíritu Santo.

Ese soplo de Cristo sobre los apóstoles recuerda el soplo de Yahvé sobre el rostro del primer hombre, cuando todavía era un montón de barro. Con esa leve espiración, Adán cobró vida y sus ojos brillaron con la chispa luminosa de la razón. En el caso de Cristo, también ese soplo hizo posible una nueva creación, una nueva historia en la que el hombre puede reconciliarse con Dios, ser perdonado y restituido en su condición de hijo de Dios.

Es cierto que a fuerza de recibir con frecuencia un mismo bien, corremos el riesgo de no apreciar debidamente ese don, por muy excelso que sea. Eso es lo que puede ocurrirnos con el perdón divino, que a fuerza de recibirlo una y otra vez, perdamos el sentido profundo que tiene, y despreciemos el valor excelso que encierra. Hay que reaccionar, hay que recapacitar y comprender que nada hay tan valioso como el perdón de Dios.

Por otra parte, ese perdón ha de fortalecernos en nuestra lucha contra el pecado. No podemos abusar del amor divino, no podemos jugar con su disposición permanente de compasión. Al contrario, ese perdón del Señor, esa bondad que entraña, ha de mantenernos más firmes en el combate, deseosos de agradar a quien tanto nos ha perdonado, dispuestos seriamente a no caer jamás en el pecado.


6.- ¿FE ADULTA O FE DE INFANCIA?

Por Javier Leoz

El encuentro del Resucitado con los discípulos, les había cambiado la vida. Todos eran hermanos y sentían lo mismo: la alegría de la Pascua.

1.- Contemplaban los acontecimientos a la luz de la Verdad y, en ello, ponían todas ilusiones y toda su existencia.

El choque del Resucitado con los apóstoles había sido tan decisivo que, su testimonio, era algo natural, espontáneo y lógico: disfrutaban hablando de Aquel que, bajando a la muerte, subió de la tierra tal y cómo les anunció en los días de su pasión.

2.- ¿Y ahora? Como, en todos los grupos, salió una voz discordante y disconforme. Tomás, el incrédulo, no solamente no creía que Jesús hubiera resucitado, es que además se negaba a dar por válido y serio el testimonio del resto de sus compañeros. Su fe, la de Tomás, estaba sostenida por su forma particular de comprender y de acoger las cosas: todo lo que no veo, queda fuera de mí. No me sirve.

¿Le podrían convencer, o volver de sus posiciones, la experiencia, el encuentro, el cara a cara que el resto de los apóstoles tuvieron con Jesús Resucitado? ¿Qué le impedía a Tomás dar el paso hacia la fe aún sin ver? Su dificultad residía, y no lo olvidemos, en una fe hilvanada por el simple hilo de la apariencia.

3.- Tal vez, lo más positivo de Tomás, es que también él quería tener una experiencia real y fuerte del Resucitado. Pero, lo negativo, es que se cerraba a creer por la palabra y la experiencia viva de sus compañeros. Pronto, Jesús, se hizo presente. Las puertas estaban tan cerradas como la mente de Tomás y, a la vez, tan fáciles de abrir como el corazón de aquel testarudo apóstol con la simple presencia del Resucitado.

En ese momento, y no lo olvidemos, todos los esquemas de Tomás caen por el suelo. Aquel que, sin ver no creía, de pronto se fía. ¿Y por qué cree? ¿Por qué ve? ¿Por qué siente que su rostro se sonroja ante la evidencia de la nueva vida? ¿Tal vez por qué, Jesús, no merecía tanta incertidumbre, racionalidad o dudas? En el fondo, Santo Tomás, creía pero…quería un cara a cara con el Señor. Pudo más en él, el afán de seguridades, que el misterio de la fe. Su confesión “Señor mío y Dios mío”, no solamente es un grito de fe. También lo es de arrepentimiento: ¡qué necio he sido! ¡Señor, cómo te he podido tratar así! ¡Qué ciego he estado! ¡Por qué me he dejado llevar por la dureza de la razón!

4.- También, a nosotros, el Señor nos reclama la fe. No tenemos la suerte de asomarnos a ese sepulcro que todavía conserva el calor del cuerpo de Jesús. No poseemos el privilegio de sentarnos frente a Pedro, Juan o Santiago para preguntarles sobre el cómo Jesús resucitó y cómo era. Pero, precisamente por ello, nuestra fe vale lo que el oro fino: creemos por el testimonio de los apóstoles. Creemos por lo que nuestros padres nos han transmitido. Creemos porque, en la experiencia que otros tuvieron del Resucitado, tenemos también puesta nuestra esperanza, nuestra ilusión y nuestra certeza de que Jesús es el principio y final de todo. Creemos porque, la Iglesia, nos ha ido transmitiendo todo esto con sufrimiento, convencimiento y amor: ¡Jesús ha resucitado!

Amigos; nosotros no hemos tenido la oportunidad de meter nuestros dedos en el costado o en las marcas que, la pasión de Jesús, dejó en su cuerpo. Pero, también es verdad, que en la Eucaristía, la escucha de la Palabra, la oración personal, los dramas del mundo, la celebración del resto de los sacramentos nos pueden hacer sentir en propia carne la alegría y la experiencia de Cristo Resucitado. ¿Lo intentamos?

5.- AYÚDAME, SEÑOR

A estar contigo, para cuando Tú llegues

vea y sienta que has resucitado

Para que, cuando los demás me digan que creen

también yo me fíe de lo que creen y esperan

Que no sea tentado por la incredulidad, el mal

la apatía o el escepticismo

Que acoja, con serenidad y con alegría,

la noticia de que Tú vives en medio de nosotros

Que, en las marcas de la humanidad,

descubra las profundas llagas de tu Cuerpo

Que reaccione mi fe, cuando tu Palabra,

sale a mi vida un tanto muerta y fría

Que sea capaz de desplegar los dedos de mi mano

y buscar las heridas de tu costado

Que sepa verte, como Resucitado,

y no recordarte como el Cristo muerto

Que las llagas de tu costado

sean para mí, prueba de tu victoria

Que las heridas que se abren en el mundo

sean una llamada a descubrirte vivo en él

Que con Tomás, postrándome ante tu presencia

resucitada, eterna, viva y pascual

pueda decir hoy y siempre:

¡Señor mío y Dios mío!


7.- VIVIR LA PASCUA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Al domingo de Pascua se llega tras unos días –la octava de Pascua—que son litúrgicamente como la repetición del Día de Resurrección del Señor. Y así el Segundo Domingo de Pascua es, sin duda, como una copia de todos esos días. Hemos de valorar especialmente esa alegría inmensa que el pueblo cristiano vive por la resurrección del Señor y conviene tenerlo presente porque se tiende a considerar –día a día—como si ese hecho prodigioso no se hubiera producido. Merece, pues, la pena enfatizar esa realidad diaria de la Pascua, la cual, si se aprecia de manera muy fehaciente en la Octava, hemos de decir que está presente en nuestra vida y en nuestros rezos durante cincuenta días. Y no debemos de olvidarlo, ni dejarlo al lado, y mucho menos frivolizarlo.

La diferencia respecto a la Misa del Día de la Pascua de la Resurrección está en la repetición en todos los ciclos –A, B y C—del evangelio de San Juan que nos relata la posición del Apóstol Tomás, sin duda fuerte y difícil. Pero merece la pena verlo también es positivo.

Y que la respuesta de Tomás a Jesús resucitado --tras verlo-- iba a dar origen a una de las hermosas y breves oraciones de la cristiandad. La jaculatoria "¡Señor Mío y Dios Mío!" la repetirían después miles y miles de hermanos en el momento de recibir la Sagrada Comunión. Y este hecho, no por muy repetido, pierde su sublime aroma. La creencia fuerte del descreído es a veces más importante que el sentimiento regular de seguimiento de muchos "creyentes de toda la vida".

2.- Sin duda, esa fue la segunda conversión de Santo Tomás. Y es, asimismo, ese efecto importante de la "segunda conversión" lo que nos lanza a lo más alto. Hay, sin duda, que esperar la segunda conversión y no conformarse con la primera, aunque aquella tenga mucho de bella y entrañable. Después de muchos años de seguimiento hay un momento en el que todo se ilumina, crece y se perfila. Tomás tuvo la suerte de ver al Resucitado. Pero nosotros lo sentimos, lo tenemos cerca y la alegría de la Pascua inunda nuestros corazones en busca --sin duda-- de la segunda conversión.

3.- El relato de Juan --como todos los del Discípulo amado-- esta pleno de detalles y datos. Estaban las puertas cerradas, entro y su puso en medio. ¿Os lo imagináis? Puertas bien seguras por miedo a quienes habían matado a Jesús. Y entra. ¿Suponéis, amigos, el grado de sorpresa de los discípulos allí presentes? No es fácil. Pero el mensaje de paz del rostro querido del Maestro comunicó esperanza y alegría. La contemplación se hace difícil. Nos gustaría asistir a la escena, pero no es fácil. Les ofrece la paz y les envía a convertir al mundo. En esa escena se consolida la Iglesia de Dios con la llegada del Espíritu Santo y la facultad de perdonar los pecados. Junto a la capacidad detallista de Juan, está su profundidad dogmática. Todo lo que necesitaba la Iglesia para su trabajo corredentor aparece en este trozo del Evangelio. Es, desde luego, la última pagina del evangelio de Juan y es el resumen de toda una narración, plena y profunda, escrita ya muchos años después del resto de los textos evangélicos. Juan quiere perfilar muchas circunstancias y planteamientos que habían sido atacados por las herejías, por las más tempranas herejías. La fe de Tomás, el mandato de evangelización, la capacidad de perdonar los pecados y sobre todo el epílogo sobre las muchas cosas que Jesús hizo. Es lógico, entonces, que dicho texto tenga tanta profundidad e, incluso, complejidad.

4.- En los Hechos de los Apóstoles se narra el ambiente de los primeros cristianos. Etapa deseada por todos y que a muchos nos gustaría que, en cierto modo, volviera. Los creyentes vivían unidos "y eran bien vistos por todo el pueblo". Hay un tiempo de fuerza pascual en esos primeros momentos que nos tiene que servir de ejemplo. Nosotros recorremos en estos días las primeras jornadas de la Pascua, ya con Jesús resucitado, llegamos a este II domingo de Pascua, y hemos construir nuestro "tempo" de paz y concordia, en el templo y en la calle. Hemos de actuar, en la medida, de lo posible como lo hacían los primeros cristianos de Jerusalén.

4.- San Pedro, en su carta, habla de que no hemos visto a Jesús y lo amamos. Y así es. La enseñanza trasmitida por los Apóstoles y sus herederos nos ha dado el conocimiento emocionante de Jesús. Y los elementos para reforzar una fe que, sin duda viene de la profundidad del Espíritu.

Y vamos a terminar casi como empezamos Hay gracias especiales en estos tiempos de Pascua. Debemos aprovecharlas. Hemos de poner nuestra mirada espiritual en estos textos que tanto nos ofrecen. No podemos perder la oportunidad. Hemos de leerlos y meditarlos con entrega y esperanza. La Eucaristía diaria, además nos va marcando los pasos de un caminar muy bello. La liturgia se hace felicidad y alegría en estos días.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL APÓSTOL CIENTÍFICO

Por Pedrojose Ynaraja

1.- Me gusta llamarle así a Santo Tomás. Era hombre concienzudo asimilando sus convicciones. Si no le toco, no me lo creo, dijo. Tocamos cosas y nos equivocamos muchas veces. O no llegamos nunca a tocarlas, dicho en plata, pues es imposible que entre en contacto nuestra piel con otro objeto. Los electrones corticales se repelen. Pero continuamos expresándonos así y creyendo en una cosa que es ficticia. Y nos sentimos seguros con ello.

La Fe no es una cosa sensorial, ni es huella anclada en neuronas cerebrales. Todo esto es pura fachada. La realidad es enigmática y nos convence por otros caminos. No es pretensión mía daros una lección de física, mis queridos jóvenes lectores. Ni de psicología profunda, ni de epistemología. Y me temo que si habéis llegado a leerme hasta aquí, os empiece a aburrir lo que yo hoy os escribo. Recordad una advertencia: Dios no engaña, por muy enigmático que a veces sea. Dios nos ama, y esta es la principal prueba de su existencia. Remacho el clavo con un ejemplo. Cuando encuentro algún joven que me dice no cree en Dios, pues le faltan pruebas de su existencia, yo le digo: dibújame la huella dactilar de tu novia. Respuesta: la desconozco. Añado, dime el número de pasaporte, confirma también: no lo sé. Enséñame una fe de vida, expedida por un juez, evidentemente, no la tiene. Así que le digo: tu novia no existe, no me das ninguna prueba de ello. Existen ambos, él y ella. Impepinablemente, se aman. De ello no hay ninguna duda. Es su mejor prueba de la existencia. Aunque sufran, en ocasiones, conflictos que cuestionen su amor. Algo semejante se podría decir de Dios, que probara su existencia.

2.- Otra advertencia. Estamos en muchos terrenos teñidos de filosofía griega que ha influido, y para bien, en occidente. Pero, dada la época y antigüedad de su origen, padece hoy en día de limitaciones insalvables. Resulta difícil expresarse en un lenguaje propio de nuestros tiempos, trasmitiendo verdades que durante siglos se han pronunciado de acuerdo con otra ideología. El concepto de cuerpo que tenemos es difícil de compaginarlo con la facilidad de aparecer a la vista y desaparecer, atravesar paredes y saber de interioridades personales. Es preciso que progrese la cosmología acorde con la física moderna. Ya llegará. Mientras tanto, confiemos en lo esencial: Jesús, tanto si lo sentimos, como si no, está próximo a nosotros. Reconocerlo como Dios y Señor, es un riesgo. Pero solo aceptando la aventura, se progresa en la vida. Y se recibe el mayor aprecio del Señor. Quien quiere ir siempre seguro, se rezaga.

3.- Perdonar los pecados. Otorgar el poder de hacerlo. Reconocer la posibilidad de no recibirlo. He aquí la cuestión que a muchos les cuesta admitir. Prefieren, según dicen, confesarse directamente con Dios. Una tal actitud es propia de aquellos que ponen el acento en sus pecados. Que hasta, me atrevería a decir, sienten el orgullo de ser personajillos malos. Nuestra vista ha de estar puesta en el horizonte espiritual, sabiendo que allí está Dios esperando que le abramos las puertas de nuestra alma, para que pueda acercársenos, regalarnos su bondad, otorgándonos su perdón, que nos convierte en buenos. Olvidarse de su bondad es rechazar enriquecernos. Pura tontería.

La comunicación personal es siempre sensorial. Necesitamos que nos digan que nos quieren, necesitamos que nos adviertan de los peligros que corremos, que nos instruyan en los requisitos que se precisan para progresar. Nuestros sentidos ciertamente nos pueden equivocar, os lo decía al principio, pero no hay otro modo de sentirnos acogidos, de saber que somos aceptados, si no es mediante la comunicación personal y sensorial. Que nos hablen y nos toquen. Se dice, a veces, que llegará un día que la comunicación será telepática. Respondo con sorna, que ningún enamorado aceptaría tal modo de entenderse. Que son las palabras susurradas al oído, los abrazos, las caricias… lo que convence de que hay amor. Vendrán después los hechos. De igual manera Jesús desea que nuestra conciencia sienta su cariño y esté abierta a recibir el don del perdón generoso, no comprado. El pecado agrieta nuestra alma. Por estas mismas fisuras entra la benevolencia de Dios. Encerrarse en sí mismo es orgullo. El ensimismamiento impide la llegada del Señor. La Iglesia, el sacerdote, es el vehículo, el cartero que nos trae el documento y al recibirlo sentimos el gozo de haber sido escogidos como hijos predilectos, ciudadanos de honor, del Reino del Señor. Perdonadme, esta vez he sido demasiado conceptual. Pero no está mal que, por un día, no haya hecho ni siquiera mención de un paisaje de Tierra Santa, cosa que sabéis nunca falta.