La Solemnidad de la Anunciación del Señor ha sido trasladada al 31 de marzo, por haber coincidido el 25 de marzo como martes dentro de la Octava de Pascua. Nos ha parecido interesante dar en esta página de Reportaje la Misa de la Anunciación, con Moniciones, Lecturas y Homilías y no desplegar en esta ocasión un número doble, dada la cercanía de la edición especial de Semana Santa y Pascua. Al final publicamos un estupendo reportaje de nuestro coloborador, el padre Jesús Martí Ballester, sobre la Solemenidad de la Anunciación.


La Misa de la Anunciación del Señor

MONICIÓN DE ENTRADA

Este año la Solemnidad de la Anunciación del Señor, la celebramos el lunes 31 de marzo, que es el primer día libre, tras la Semana Santa y la Octava de Pascua. La fecha habitual es el 25 de marzo, pero este año ha sido el martes de la Octava de Pascua. Vamos, entonces, a celebrar esta Solemnidad como una fiesta conjunta del Señor y de la Virgen. La escena de Nazaret, el diálogo entre la Virgen Maria y el Arcángel San Gabriel, es uno de los episodios más bellos del texto evangélico y, sobre todo, es el principio de nuestra Redención. Celebremos jubilosamente, con espíritu pascual, esta fiesta de Jesús y de Maria.

MONICIONES SOBRE LAS LECTURAS

1.- Hemos de apreciar, en la primera lectura, la especial importancia de la profecía de Isaías sobre el nacimiento de Emmanuel, hecha muchos años antes de la escena de Nazaret.

2.- En la Carta a los Hebreos se recalca la superioridad del Señor Jesús sobre todos los profetas y personajes del Antiguo Testamento, pero además su sacrificio nos ha santificado para siempre.

S.- El salmista, en este Salmo 39, aboga por un culto más personal –más espiritual, más moral-- dirigido a Dios y menos ritual. El fragmento de este salmo que proclamamos hoy se inicia en el versículo 7 y el verso responsarial se compone con el 8 y 9. El fragmento, pues, enfatiza más esa entrega personal a Dios.

3.- Sobresale, como no podía de ser otra forma, entre las lecturas de hoy el relato del Evangelio de Lucas sobre la Anunciación a María. Debemos de escucharlo con mucha atención y llegar a discernir como Maria fue libre para aceptar lo que le ofrecía Dios, no era una imposición divina. Dios no se impone.


Lecturas

PRIMERA LECTURA

LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 7, 10-14; 8, 10

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz:

—Pide una señal al Señor, tu Dios: en el hondo del abismo o en lo alto del cielo.

Respondió Acaz:

—No la pido, no quiero tentar al Señor.

Entonces dijo Dios:

—Escucha casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”.

Palabra de Dios

 

SALMO RESPONSORIAL

SALMO 39

R.- AQUÍ ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,

y, en cambio, me abriste el oído;

no pides sacrifico expiatorio,

entonces, yo digo: “Aquí estoy”. R.-

 

“Como está escrito en mi libro,

para hacer tu voluntad”.

Dios mío, lo quiero,

y llevo tu ley en las entrañas. R.-

 

He proclamado tu salvación,

ante la gran asamblea;

no he cerrado los labios:

Señor, tú lo sabes. R.-

 

No me he guardado en el pecho tu defensa,

he contado con tu fidelidad y tu salvación,

no he negado tu misericordia y tu lealtad

ante la gran asamblea. R.-

 

SEGUNDA LECTURA

LECTURA DE LA CARTA A LOS HEBREOS 10, 4-10

Hermanos:

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo:

—Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”.

Primero dice:

—No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias.

Después añade:

—Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.

Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Palabra de Dios

 

ALELUYA Jn 1, 14ab

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria.

 

EVANGELIO

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 26- 38

A los seis meses el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:

—Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntó qué saludo era aquel. El ángel le dijo:

—No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su Padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Y María dijo al ángel:

— ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?

El ángel le contestó:

—El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.

María Contestó:

—Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor


La homilia

EN MARIA VENCE EL ¡SI!

Por Javier Leoz

1.- En la festividad de la Anunciación recordamos aquella hora en la que, el Angel Gabriel, se coló por la ventana de la humilde casa de Santa María anunciándole el futuro nacimiento de Jesús: ¡nueve meses exactamente quedan para Navidad!

María es grande no por sus acciones y sí por el hecho de que hizo posible con su "SI", la venida de Jesús.

María, en la balanza de su propia vida, pudo más la disponibilidad que la cerrazón. Se impuso la gratuidad frente al egoísmo. La confianza venció a toda duda. Gracias a su "sí" humilde y tembloroso la humanidad pudo contemplar con sus propios ojos un Dios humanado, humillado, pequeño y débil que comenzó a gemir, sin comprenderlo muy bien Ella, en sus entrañas.

En la Anunciación, María, supo querer a Dios con todas las consecuencias. Sin pedir nada a cambio, sin exigir explicaciones, María, fue un cheque en blanco para un Dios que nos desconcierta en más de una ocasión eligiendo los caminos mas insospechados (hoy la sencillez de una nazarena) para acompañar de un modo más radical al hombre: su Encarnación.

María, además de a Dios, dijo un "sí" a Jesús, a las promesas hechas desde antiguo, a la humanidad que quiere volver del pecado, a nosotros, a la iglesia que estaba por nacer y a todos los que esperaban y desean ver a Dios en la tierra.

2.- Aprender a querer, a Dios, como Maria, es:

-No poner filtros ni paréntesis a la voz de DIOS que nos presenta a su Hijo como “búsqueda del hombre movido por su corazón de Padre” (frase del recordado Juan Pablo II)

-Evitar los prejuicios que podamos tener sobre nuestra misión de cristianos en un mundo donde apenas se escuchan ni interesan los voceros de Cristo.

-Curarnos del egocentrismo que nos invade: con DIOS podemos hacer obras grandes....sin El, la vida, se convierte en un caos permanente.

-Recuperar la inocencia perdida: “eh aquí la esclava....”. Ponernos en camino y en disposición hacia DIOS es avanzar hacia la plenitud como personas y como creyentes. Es encontrar nuestra razón de ser.

-Sentirnos contemplados por DIOS (no observados) da seguridad a nuestros pasos, luz a nuestras acciones, profundidad a nuestra existencia.

-Turbarnos ante la presencia de Dios (no temerosos). También nosotros somos benditos desde el día de nuestro Bautismo. Otra cosa es que no seamos conscientes de la multitud de saludos que, como en María, nos llegan de parte de Dios en diversas circunstancias y a través de numerosos ángeles con rostros de personas.

-Que a la hora de decidirnos en nuestras respuestas pueda más en la balanza de nuestra vida el “SI” nítido y convencido que el “NO” del miedo y de la cobardía, de la comodidad y del pasotismo, de la duda y de la mediocridad.

En tiempos de dificultades (¡que época no ha estado exenta de tropiezos para la Fe!) tendríamos que dar gracias a DIOS porque se ha fijado en nosotros para prolongar su presencia en hombres y mujeres que seguimos apostando y creyendo en su Palabra.

3.- Día de la Anunciación del Señor. Nuestro “SI” o nuestro “NO” a DIOS, en el clarear de cada jornada, en cada situación que se nos presenta, en cada momento y en cada circunstancia se parecen o no se parecen mucho a los que Santa María pronunció mientras estuvo latiendo en la tierra.

Hoy, con el viejo canto --siempre actual-- decimos: “¡Madre de todos los hombres, enséñanos a decir amén!”

Nunca, una embajada del cielo, se dirigió a una mujer con tanto respeto: Dios te Salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.

Maria dijo "si"

A dios, a Jesús,

A la iglesia,

A nosotros y

Al mundo

que necesitaba

a un Dios encarnado.


UN ÁNGEL Y UNA VIRGEN

Por Gustavo Vélez, mxy

“El ángel Gabriel fue enviado a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David”. San Lucas, Cáp. 1.

1.- Fray Angélico desde su primoroso arte, nos dejó un exquisito retablo sobre la Anunciación, que se conserva en el Museo del Prado. El ángel y la Virgen aparecen rubios y hermosos. Ella está sentada a la derecha luciendo una túnica color rosa bajo un manto azul. Ante la inesperada visita, ha suspendido la lectura del libro que mantiene sobre el regazo. El ángel viste un traje adornado con franjas de oro, que cae en pliegues hasta los pies.

En el ángulo izquierdo del cuadro se ve la mano de Dios, que envía un rayo de luz hacia la joven. Entre ella y el ángel hay un jarrón de nardos florecidos que significan virginidad. Si este acontecimiento sucedió de modo visible en aquella aldea olvidada, seguramente no ocurriría con tan suntuosa decoración. Si apenas tuvo lugar en el corazón de la Señora, hemos de felicitar a san Lucas, por haber redactado las cosas de modo tan magistral.

2.- Nazaret tiene hoy unos 30.000 habitantes, pero en aquel tiempo no pasaba de ser un pequeño pueblo, vecino a la llanura de Esdrelón. La casa de María, según los arqueólogos, debió ser medio casa, medio gruta, adosada a un espacio donde se guarecían los animales domésticos. Dios nunca ha sido remilgado anota un autor. Se ha abajado ágilmente para que nosotros, como dice el prefacio de Epifanía, “podamos compartir su divinidad”. Ese día, un ángel y una virgen despertaron el prodigio más grande de los siglos. Nos lo enseña el primer misterio glorioso del Rosario: “La Anunciación del arcángel San Gabriel a María Santísima y Encarnación del Hijo de Dios”.

3.- Y el Padre Astete lo explica con su armonioso lenguaje: “El misterio de la concepción de Jesucristo se obró así: En las entrañas de la Virgen María formó el Espíritu Santo, de la purísima sangre de esta Señora un cuerpo perfectísimo. Creó de la nada un alma y la unió a aquel cuerpo. Y en el mismo instante, a este cuerpo y a esta alma se unió el Hijo eterno de Dios. De este modo, el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo quedó hecho hombre”.

El diálogo del mensajero celestial y la Virgen está colmado de citas bíblicas que lo sitúan dentro de la más rica tradición judía. María entiende y a la vez no entiende. Pero cuando el ángel la ha llamado “Llena de gracia”, logra asomarse a la grandeza de Dios, que hace cosas maravillosas entre los humildes. La Virgen responde con humildad y confianza en Dios, pero además con realismo: “¿Cómo será esto pues no conozco varón?”. Gabriel añade más datos sobre ese Dios que realiza imposibles. En ese instante la historia del universo se queda un momento en vilo. Pero enseguida la joven acepta y “El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”.

4.- No caben en esta festividad demasiadas muchas elucubraciones teológicas. Fe simple, confianza, asombro integran la mejor celebración. Cuando tratamos de explicar los misterios de Dios es posible que los estemos profanando. Vale más sumergirnos en el sobrecogido silencio que arropó entonces a Nazaret. Para escuchar que cada tictac de la historia cristiana repite devotamente: “Santa María, madre de Dios”.


La oración de los fieles

QUE INTERCEDA POR NOSOTROS LA LLENA DE GRACIA

Hermanos:

Pidamos al Padre, autor de la Redención, este día que celebramos que le fue anunciado a la Virgen Maria, el Nacimiento del Salvador, que nos conceda lo que con fe le pedimos.

Y respondemos:

R.- QUE INTERCEDA POR NOSOTROS LA LLENA DE GRACIA

1. - Por el Papa, los obispos, presbíteros, diáconos y seglares comprometidos para que su trabajo de mayor libertad a los hijos de Dios.

OREMOS

2. - Por toda la Iglesia, que está viviendo la Pascua con entrega y amor, para que profundice en libertad por una conversión total en Dios y en los hermanos.

OREMOS

3. - Por los pobres, los enfermos, los emigrantes, para que sepan esperar en Dios la solución de sus problemas y que el uso de su libertad personal les acerque aún más al Señor y a la solución de lo que les oprime.

OREMOS.

4. - Por los periodistas, los escritores, los artistas y todos aquellos que tienen la misión de anunciar y mostrar la verdad, para que Dios les ilumine con la auténtica libertad.

OREMOS

5. - Por nosotros, los que hemos acudido a esta Eucaristía, que hemos acudido a ella con libertad y amor, para que obtengamos, día a día, la Redención que Dios nos entrega desde el momento de la Anunciación.

OREMOS

Recibe Señor nuestras oraciones de este día y concédenos tu libertad, tu amor y tu gracia.

Por Jesucristo, Nuestro Señor.

Amen.


El Reportaje

LA ENCARNACIÓN DEL VERBO

Por Jesús Martí Ballester

 

Esta fiesta hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. Los Padres de la Iglesia creían, demostraban y predicaban que la Madre de Jesús era Madre de Dios. La herejía de Nestorio divulgaba que María sólo era madre de la naturaleza humana de Jesús. Contra este error herético los escritores cristianos escribieron y predicaron la verdad con el objeto de probar en sus escritos y en sus múltiples homilías que en Cristo subsistía la humanidad con la divinidad. María es Madre de Dios, y no sólo Madre de Jesús. El Concilio de Éfeso definirá la verdad de María Madre de Dios, Theotokos, aclamada por los fieles alborozados, que acompañaron a los Padres Conciliares con antorchas en la noche, a la salida del aula conciliar. La literatura aramea había desarrollado el concepto de María como segunda Eva. La virginidad y concepción virginal de María, además, era una verdad que constituía un tema importante de la doctrina cristiana, como lo testimonian Orígenes en “Contra Celsum”; Arístides en su “Apología” dirigida al emperador Adriano en 117, subrayando que Jesús “de una virgen judía tomó y se revistió de carne, y habitó en la hija del hombre”. Y la cuestión era tan importante hasta el punto de creer, según sostiene Ignacio de Antioquia en su Carta a los Efesios 19, 1 que: “Al príncipe de este mundo permaneció oculta la virginidad de María, su parto y la muerte del Señor. Son estos los tres misterios, que se cumplieron en el silencio de Dios"

En el Símbolo de la Fe la Iglesia confiesa que “Jesucristo descendió del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen” según el Concilio Niceno-Constantinopolitano en 381, que se ha convertido en el carné de identidad y de ortodoxia para todas las iglesias orientales y occidentales. Si bien para llegar a esta formulación costó, pues cada iglesia tenia un formulario o Símbolo donde se expresaba brevemente, las principales verdades de la fe, pero todos hacían explícita fe en la Encarnación y la mayoría nombraban a María en su concepción virginal, algunos no nombraban al Espíritu Santo o primero se nombraba a María y después al Espíritu Santo hasta que cuajó en el actual Símbolo “por obra del Espíritu Santo en María la Virgen”. Estos testimonios reflejan la complejidad de las controversias dogmáticas de los primeros siglos.

«Una sola fuente y una sola raíz, una sola forma resplandece en el triple esplendor. ¡Allí donde brilla la profundidad del Padre, irrumpe la potencia del Hijo, sabiduría artífice del universo entero, fruto generado por el corazón paterno! Y allí relumbra la luz unificadora del Espíritu Santo». Así cantaba en el siglo V Sinesio de Cirene, celebrando, en la aurora de un nuevo día, la Trinidad divina, única en la fuente y triple en su esplendor. Esta verdad del único Dios en tres personas iguales y distintas no está relegada en los cielos; no puede ser interpretada como una especie de «teorema aritmético celeste» sin ninguna repercusión para la vida del hombre, como suponía el filósofo Kant.

La gloria de la Trinidad se hace presente en el tiempo y en el espacio y encuentra su epifanía en Jesús, en su encarnación y en su historia. Lucas escribe la concepción de Cristo a la luz de la Trinidad, según las palabras del ángel dirigidas a María en Nazaret de Galilea. En el anuncio de Gabriel, se manifiesta la presencia divina: Dios, a través de María, entrega al mundo a su Hijo: «Vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Luc 1,31).

EL LAZO CON LA TRINIDAD

En Cristo se unen el lazo filial con el Padre de los Cielos y el lazo con la madre terrena. Pero, en la Encarnación participa también el Espíritu Santo, cuya intervención produce esa generación única: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Estas palabras iluminan la identidad de Cristo en relación con las Personas de la Trinidad. Es la fe de la Iglesia, que Lucas presenta ya en el tiempo de la plenitud salvífica: Cristo es el Hijo del Dios Altísimo, el Grande, el Santo, el Rey, el Eterno, cuya generación en la carne se realizó por obra del Espíritu Santo. Por eso: «Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre» (1 Jn 2,23).

La Encarnación se encuentra en el centro de nuestra fe, en la que se revela la gloria de la Trinidad y su amor por los hombres: «La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14). «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16). «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). A través de estas palabras comprendemos cómo la revelación de la gloria trinitaria de la Encarnación no es una simple iluminación que rompe la tiniebla por un instante, sino una semilla de vida divina en el corazón de los hombres: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios» (Gál 4,4; Rom 8,15). El Padre, el Hijo y el Espíritu están presentes y actúan en la Encarnación para que participemos en su misma vida. «Todos los hombres son llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos» (LG). Y dice san Cipriano, la comunidad de los hijos de Dios es «un pueblo de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Y la Evangelium vitae, 37 dirá: “Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la vida divina. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo”. “En este estupor y en esta acogida vital tenemos que adorar el misterio de la Santísima Trinidad, que es «el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Y por tanto el manantial de todos los demás misterios de la fe; es la luz que los ilumina” (CIC, 234).

En la Encarnación contemplamos el amor trinitario que se manifiesta en Jesús; un amor que no se queda cerrado en un círculo perfecto de luz y de gloria, sino que se irradia en la carne de los hombres, en su historia; penetra en el hombre regenerándolo y haciéndole hijo en el Hijo. San Ireneo decía, la gloria de Dios es el hombre viviente: «Gloria enim Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei»; no sólo para su vida física, sino sobre todo porque «la vida del hombre consiste en la visión de Dios» («Adv Haer» IV, 20,7). Y ver a Dios es quedar transfigurados en él: «seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). (Andrés de Creta y Theofhanes de Creta. 1546. Monte Athos).

EL CULTO DE LA ANUNCIACIÓN EN LA PATRISTICA

“Hoy ha llegado la alegría de todos, que absuelve de la primitiva condena. Hoy ha llegado Aquel que está en todas partes, para llenar de júbilo todas las cosas”. “Este es el día de una buena nueva de alegría, es la fiesta de la Virgen; el mundo de aquí abajo se toca con el de ahí arriba; Adán se renueva y Eva se libra de la primitiva aflicción; el tabernáculo de nuestra naturaleza humana se convierte en templo de Dios gracias a la divinización de nuestra condición por El asumida. ¡Oh misterio! El modo del advenimiento de Dios nos es desconocido, el modo de la concepción queda inexpresable. El Angel se hace ministro del milagro; el seno de la Virgen recibe un Hijo; el Espíritu Santo es enviado; desde lo alto el Padre expresa su beneplácito, la unión se realiza por voluntad común; en Él y por medio de Él, henos aquí salvos; unimos nuestro canto al de Gabriel y cantamos a la Virgen: Ave llena de gracia, a través de ti llega la salvación, el Cristo nuestro Dios; la ha tomado nuestra naturaleza y nos ha elevado hasta él. Ruégale por la salvación de nuestras almas.” (Doxasticon)

“Hoy se inicia nuestra salvación y la manifestación del eterno misterio: el Hijo de Dios se hace Hijo de la Virgen y Gabriel anuncia la gracia. Con él decimos a la Madre de Dios: Salve llena de gracia, el Señor es contigo. A ti capitana que por nosotros combates, nosotros, tus siervos, salvados de los peligros, dedicamos el himno de victoria, como canto de agradecimiento, oh Madre de Dios. Pero tú que posees una fuerza invencible, líbranos de todos los peligros, para que podamos cantarte: Alégrate, oh esposa inviolada” (Apolytikion y Kontakion). En la Anunciación es donde “se ha realizado el misterio que sobrepasa todos los limites de la razón humana, la Encarnación de Dios” (Monje Gregorio). Esta fiesta es “el canto proemial de una alegría indecible” (Andrés de Creta).

FIESTA LITÚRGICA

Los primeros testimonios de esta solemnidad litúrgica aparecen en la época del emperador Justiniano, en el siglo VI. En la Iglesia antigua la fiesta de la Anunciación iba asociada a la Navidad. Al aumentar la importancia de la Natividad del Señor, se formó un pequeño ciclo navideño y la Anunciación cobró más autonomía respecto al núcleo primitivo hasta constituirse en fiesta mariana autónoma. El papa Sergio I (687), introdujo esta fiesta en la Iglesia Romana. Se celebraba una solemne procesión a Santa María la Mayor, basílica con mosaicos referidos a la divina maternidad de María, establecida por el Concilio de Éfeso (431). Desde el principio la fiesta se estableció el 25 de marzo, porque Jesús se había encarnado coincidiendo con el equinoccio de primavera, tiempo en el que según los antiguos, fue creado el mundo y el primer hombre, como lo comenta Anastasio Antioqueño (599) en su Homilía sobre la Anunciación.

Ulteriores precisiones de naturaleza teológica son hechas por Máximo el Confesor (662) en la Vida de María, 19. En ambos resuena la concepción de Cristo segundo Adán y la recreación del mundo por parte de Dios en la Encarnación con vistas a la Resurrección, plenitud de todo lo creado. Lo que más llama la atención de esta fiesta es el sentido de alegría profunda de los himnos, oraciones y homilías, en conflicto con la austeridad de la Cuaresma. En la iglesia bizantina se celebra esta solemnidad anticipada al 24 de marzo, con un oficio, himnos y el Canon de Maitines de Teófanes Graptos (845), defensor de los iconos en la época iconoclasta.

LA ICONOGRAFIA

El icono de la Anunciación es colocado en el Iconostasio. Leyendo a Ez. 44, 1-4, se comprende el sentido que alude a la virginidad de María y la gloria del Señor que es ella. Pedro de Argos (922) comenta en una homilía: “Es ella, la Virgen, la puerta que mira a Oriente que llevará en su seno a Aquel que avanza en Oriente sobre el cielo de los cielos y permanecerá inaccesible a nosotros”. El esquema es muy simple: el ángel da su anuncio a una joven muchacha que está hilando la púrpura de pie o sentada. En algún caso tiene entre las manos un aguamanil y está junto a una fuente, esta variante es muy antigua o lee con actitud devota.

La Virgen en los iconos es representada joven pues el monje Epifanio (S. IX), en su Discurso sobre la vida de la Madre de Dios, le calcula años, altura, rostro, color de ojos, piel etc. A menudo la cabeza de la Virgen está inclinada ligeramente para dar cumplimiento al salmo: “Escucha, hija, mira, presta tus oídos, olvida a tu pueblo y la casa de tu padre: al Rey le agrada tu belleza” (Sal. 46,11). Desde lo alto un rayo viene a posarse sobre ella. Representa al Espíritu, en forma de paloma, pero no es un rayo de luz sino de sombra: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. En este icono se combinan en el Angel y la Virgen el color verde, azul, rojo, púrpura y oro, todos de gran simbolismo. La Virgen lleva un manto (maforion) rojo - marrón bordado en oro y túnica verde-azulada. El ángel lleva la misma túnica pero manto púrpura, colores que se repiten en las alas del ángel y los cojines donde esta sentada María. El color rojo del manto virginal simboliza la sangre, el principio de la vida, belleza, juventud, amor. Es el color del Espíritu Santo, fuego. Es símbolo del sacrificio y del amor. El color marrón del manto de la Virgen indica la humildad, la tierra arada que se presta a recibir la semilla. Así lo canta el Akathistos. El manto del ángel es púrpura, de igual color es la lana que María hila y representa a Cristo tejiéndose en su seno. El color púrpura esta reservado a las más altas dignidades y simboliza el mas alto poder. El oro simboliza la divinidad, por ello lleva un brazalete oro en el brazo. La vestidura púrpura es a la vez real y sacerdotal. En el Angel, Dios mismo actúa en María. En algunos iconos el color de las ropas del ángel es blanco, que es el que precede a la luz del alba, que anuncia el nacimiento, la vida. Tiene una banda azul en la manga que se difumina en el blanco y da vivacidad a sus alas. El azul es el color de la inmaterialidad y de la pureza, de algo que viene de un mundo superior, de un mundo espiritual.

Las túnicas de la Virgen y del Angel son verdes, color complementario del rojo, como lo es el agua del fuego. Es el color del mundo vegetal, de la primavera y por tanto de la renovación. Verde y vida son dos palabras conexionadas. Situado entre el azul (frío) y el rojo (caliente), el verde representa el equilibrio perfecto y simboliza la regeneración espiritual. El azul simboliza el despego de los valores de este mundo y el ascenso del alma hacia lo divino, que se encuentra con el blanco virginal. El oro símbolo de la divinidad y la perfección ilumina toda la escena desde arriba, es la vida eterna que con Cristo Luz se hace presente en esta vida caduca. El oro espiritualiza las figuras, las libera de toda limitación terrestre con lo que toda la composición se llena de bella armonía.

Las tres estrellas en el manto en la frente y en los hombros, corresponden al gesto trinitario de la mano derecha del ángel y representan la señal de la santificación de la Trinidad, como Madre de Dios. Ella era virgen antes, en y después del parto, la única siempre Virgen en el Espíritu, en el alma y en el cuerpo. “El Señor era Aquel que de ella nació, por tanto la naturaleza su curso mudó,” según el Akathistos, oda 7ª.

María está sentada sobre un trono y sus pies se apoyan en un pedestal, porque ha sido colocada por encima de la naturaleza angélica. Calza zapatos de color púrpura, el mismo color del manto del ángel, del cojín y del velo que está encima de los edificios. Este color rojo púrpura subraya su carácter regio. Es la Madre del Emperador y Señor del universo. “Salve Reina, Paraíso animado, en cuyo centro brota el Árbol de la Vida: el Señor cuya dulzura alienta a aquellos que tienen fe y que ya estaban sujetos a la corrupción”. Akathistos, oda 5 ª. En la antigüedad el oro y la púrpura estaban reservados al emperador y familiares. Se quiere evidenciar la realeza divina que rodea a la Virgen.

SIMBOLISMO DE LOS COLORES

La simbología de los colores quiere manifestar el misterio de la Encarnación. La Virgen hila la púrpura. Teje místicamente la vestidura purpúrea del cuerpo del Salvador en su interior, que es el Rey Dios y Hombre. Efrem de Siria (373), en su Primer discurso sobre la Madre de Dios pone en boca del ángel estas bellísimas palabras: “La fuerza del Altísimo habitará en ti y uno de los Tres morará en ti conforme a cuanto te he dicho. Del hilo por la trama de la tela que es tu corporeidad, El se tejerá una prenda y la llevará”, refiriéndose al cuerpo de Jesús formándose en María. Según Efrem, el Señor teje la nueva prenda para quitar al hombre y a la mujer las túnicas de piel con las que los había vestido al expulsarlos del Paraíso (Gen 3, 21). “Hoy María se ha hecho cielo y ha traído a Dios, porque en ella ha descendido la excelsa divinidad y ha hecho morada. La divinidad se hizo en ella pequeña para hacernos grandes, dado que por su naturaleza no es pequeña. En ella, la divinidad nos ha traído una prenda para alcanzar la salvación”. Efrén de Siria, en su Segundo discurso sobre la Madre de Dios, expresa: “El Señor ante el que tiemblan los ángeles, seres de fuego y espíritu, está en el pecho de la Virgen y lo ciñe acariciándolo como un niño... ¿Quién vio nunca que el fango se hiciera vestimenta del alfarero? ¿Quién ha visto al fuego envuelto a si mismo en pañales?” De la literatura apócrifa vienen varias referencias que se plasmarán en representaciones iconográficas como hilar la púrpura. Lucas no habla de la púrpura, mencionada en la literatura apócrifa cuando se le encarga a María hilar con púrpura y carmesí un toldo para el Templo del Señor. Hilando recibe el anuncio de su maternidad. La Virgen al ver “al Luminoso, nada segura, agachó la cabeza y calló” (Romano el Meloda).

El ángel empuña con la mano izquierda un largo bastón, símbolo de autoridad y dignidad del individuo, del mensajero, del peregrino. Pues el ángel responde a estas características. La mano derecha se extiende cual si quisiera poner el anuncio, señal visible de una palabra que pasa de un individuo a otro. Acompaña a la mirada dirigida a María: “Un día la serpiente fue para Eva fuente de luto, y yo ahora te anuncio la gloria”. Himno Akathistos.

Sus dedos se colocan a menudo, no en el típico gesto alocutorio, sino en el gesto de la bendición bizantina y cargada de simbología. Los tres dedos abiertos recuerdan a la Trinidad y que Cristo es una de las tres personas divinas. Los dos dedos replegados recuerdan que en Cristo subsisten dos naturalezas, la humana y la divina, aunque en las representaciones no están visibles, porque el misterio de la Encarnación aun no había comenzado. La figura angélica emana sensación de vitalidad, de movimiento, pero su rostro trasluce una expresión de perplejidad. A veces hay dos ángeles en la escena. Una que representa la reflexión del ángel que “llegado a Nazaret ante la casa de José, se detiene perplejo pensando que el Altísimo quisiera descender entre los humildes y piensa: “El cielo entero no es suficiente para contener a mi Señor ¿y podrá ser acogido por esta pobre joven? ¿Se haría visible en la tierra el Todopoderoso desde ahí arriba? Pero ciertamente será como Él quiere. Luego, ¿por qué me paro y no vuelo y le digo a la Virgen: Salve, Virgen y Esposa?” (Romano el Meloda).

MARÍA NARRA LÍRICAMENTE A JOSÉ EL MISTERIO

El mismo Romano (S. VI) narra como la Virgen refirió a José el encuentro con el ángel: “Se presentó un ser alado y me entregó un regalo de bodas, perlas para mis orejas; puso sus palabras como pendientes (Prov 25,12)...Ese saludo, dicho a mis oídos, me hizo resplandecer, me hizo madre, sin haber perdido mi virginidad...”. Para los sabios antiguos, la vida entra en nosotros a través de los oídos. Los escritores cristianos siguieron esta manera de entender la concepción. Tertuliano en “La Carne de Cristo” habla de la concepción de Eva a través del oído en analogía con la de María: “Como la palabra del demonio, creadora de muerte, había entrado en Eva aún virgen, de modo análogo debía entrar en una virgen el Verbo de Dios, edificador de vida, para que lo que cayó en perdición fuese reconducido a la salvación; Eva había creído en la serpiente; María creyó en Gabriel: el pecado que Eva cometió creyendo, fue borrado por María creyendo... ”La palabra del demonio se entiende como semilla de muerte. La palabra de Dios, Jesús, semilla de vida se sembró en María por las palabras del ángel.

Efrén el Sirio en 373, comenta en el Diatessaron: “La muerte hizo su entrada por el oído de Eva, por tanto la vida entró a través del oído de María”. El oído como símbolo de obediencia a la palabra y aceptación libre de la maternidad mesiánica. Son muchos los escritores orientales y occidentales los que han entendido la concepción virginal de esta forma: Teodoro de Ancira (446) “... María la Profetisa, a través del oído concibió al Dios viviente: pues el paso físico de las palabras es el oído...” Homilía IV sobre la Madre de Dios y Simeón; Pseudo Crisóstomo (446) este sigue con la idea de Teodoro de Ancira en su Homilía sobre la Anunciación de la Madre de Dios. Proclo de Constantinopla (446) “El Emmanuel abrió las puertas de la naturaleza como hombre, pero como Dios no rompió el sello virginal, de esta forma salió del útero como por el oído había entrado; así fue alumbrado, como concebido; sin pasión entró, sin corrupción salió.” Dicen el Pseudo Atanasio y Atanasio Antioqueño (599) “El ángel entonces se alejó, mientras ella concibió a través del oído” (Homilía contra Arrio sobre la Virgen Madre de Dios” del Pseudo Atanasio. Atanasio el Antioqueño sigue con este argumento en su Homilía II sobre la Anunciación.

De igual manera Sofronio de Jerusalén (638) en su Homilía sobre la Anunciación. Andrés de Creta (740), expresa: “Ella acogió en vez del semen, la voz de Gabriel y quedó en cinta” Homilía de la Anunciación. Juan Damasceno (749) “La concepción tuvo lugar a través del oído, mientras el nacimiento ocurrió por la salida usual. No era en efecto imposible salir por la puerta regular sin dañar los sellos de esta”, dice Zenón de Verona (380) “El diablo, insinuándose en el oído con la seducción, había herido y destruido a Eva, Cristo también, a través del oído ha penetrado en María y naciendo de la Virgen ha eliminado todos los vicios del corazón...”. “Dios hablaba por boca del ángel y la Virgen se sentía impregnada en los oídos” dice Fabio Fulgencio (S.V); el mismo concepto en Bloso Emilio Draconcio (S. V). Ambos insisten en la imagen “La concepción tiene lugar a través del casto oído... mediante la palabra fecundante... Dios entra en el seno virginal”. Y Enodio (521) “La Virgen viviendo sola, concibe al Hijo a través de la escucha... lo que la lengua profirió, se hace semen”. Y Alcuino (804) “El Arcángel infundió la palabra en sus oídos y Dios unió íntimamente a sí los miembros humanos; la fe acogió al que la castidad engendró, mientras la antigua maldición fue destruida por la nueva bendición”.

El misal de Estrasburgo: “Alégrate, Virgen Madre de Cristo, que has concebido a través del oído”. El breviario maronita: “El Verbo del Padre entró en el oído de la Bienaventurada” La escena tiene lugar en el exterior de unos edificios. El velo púrpura que a veces cubre a la Virgen y que esta situado sobre los edificios, es una alusión al velo del templo y símbolo del velo del cuerpo del Salvador que estaba sobre ella antes de entrar en ella. Así lo expresa Efrem el Sirio. Ninguna religión antigua puede comprender ni abarcar el misterio de la Encarnación, es algo nuevo. Dios es distinto a todas las concepciones captadas por el hombre hasta ahora. Es Dios y Hombre, el Todopoderoso se despoja de todo poder. El Incorruptible se hace corrupción. Al que el universo entero no puede contener ni abarcar se esconde en el seno de una Virgen. La razón humana nada puede entender, hasta que este misterio sea revelado por Cristo.

El pozo, que en iconos de la Anunciación, situado delante de María y lugar donde esta recibe el saludo del ángel, aparece detrás del estrado donde está sentada la Virgen. El pozo es cuadrado, símbolo de la tierra, de lo creado en general y por tanto puesto en plano distinto respecto al ángel, señalando la superioridad de la naturaleza angélica. El pozo subraya la disponibilidad de lo creado a recibir el agua de la vida: Cristo en María. El pozo en culturas antiguas y en la hebrea, tiene atributos sagrados, pues sintetiza los tres ordenes cósmicos: cielo, tierra, infierno y los tres elementos: agua, tierra, aire. Realiza una escala de salvación que une entre sí los tres planos de lo creado. En hebreo el pozo reviste también el significado de mujer y esposa.

En algunas representaciones, junto a los dos protagonistas, Angel y Virgen, aparece una joven. Puede ser una transposición iconográfica del anuncio a Ana. A veces aparece hilando la púrpura con la Virgen. A veces hay un jarrón de flores, que puede ser el aguamanil que llevaba la Virgen al hombro o un jarrón ornamental con flores. O la imagen del elogio Akatistos “Flor de Incorruptibilidad”, difundido en Occidente por Bernardo de Claraval como “Lirio de castidad inviolada”. Los textos de esta fiesta están influenciados por la tradición bíblica y patrística desde los apócrifos, en especial del Protoevangelio de Santiago. También de tradición apócrifa es el estado viudo y de edad de José, así como la vara florecida de éste, como signo de elección para esposo de María, con la variante de la paloma que sale del bastón de José y se posa sobre su cabeza como elegido. La iconografía parece haber sintetizado las aportaciones de estas tradiciones que tienen una raíz común en el evangelio de Lc 1, 26, en el que está contenida la esencia del Credo de los primeros cristianos sobre la Encarnación: Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y ha nacido de una Virgen.

Sobre el texto de Lucas 1, 26, Santos Padres y escritores espirituales, comentan: por qué el anuncio fue dado a una virgen prometida y por qué la virgen quedó turbada por el saludo del ángel. Orígenes, Ignacio de Antioquia, Sofronio de Jerusalén, Agustín de Hipona defienden que la Virgen había hecho voto de castidad. Beda el Venerable sigue esta línea que es también de Orígenes sobre la meditación que María hacía, representada con un libro entre sus manos. La misma idea remarca Epifanio: “María se dedicaba intensamente al estudio de la Sagrada Escritura, trabajaba la lana, la seda...” María aparece con un libro entre las manos o en el atril con el significado teológico de que ha concebido al Verbo, la Palabra, el Libro de nuestras almas,” afirma el Doxasticon.