TALLER DE ORACIÓN

EL ESPECTÁCULO DE LA LUZ

Por Julia Merodio

“Así dice el Señor: te he respondido en tiempo de gracia. Te he auxiliado en día de salvación. Te he formado y, te he hecho, alianza de un pueblo; para restaurar el país, para repartir las heredades desvastadas para decir a los cautivos: ¡Salid! y a los que están en tinieblas ¡Dejaos abrir los ojos!” (Isaías 49, 8 – 10)

Cuando uno es capaz, de hacer silencio, para percibir lo que le rodea, se da cuenta de que, hoy más que nunca, nos movemos en la superficialidad. Sólo vemos el exterior de las cosas, de los sucesos, de las personas…

El estilo de vida que nos envuelve no nos deja pensar; las noticias se suceden, con más rapidez de la que podemos abarcar y unas a otras se tapan el contenido, sin tiempo para asimilarlas.

Sin embargo, casi sin apercibirnos de ello, nos estamos perdiendo las realidades más hermosas de la vida:

• El saborear a las personas que amamos.

• El ver crecer a nuestros hijos.

• El acariciar, la mano, de los padres ancianos.

• El frescor de la Creación abriendo la mañana.

• El lucir de las estrellas en una noche serena…

Y lo que más importa los sentimientos que, el fluir de la vida, va dejando en la persona, ya que lo más importante es invisible a nuestros ojos. Será, el mismo, Jesús el que nos lo diga: “El hombre mira las apariencias, pero Dios ve el corazón”

LAS CEGUERAS QUE NO QUEREMOS ACEPTAR

Todos sabemos ese dicho popular “No hay peor ciego, que el que no quiere ver” Por tanto lo primordial es, reconocer nuestras cegueras, porque si no somos conscientes de descubrir que no vemos, no necesitaremos acercarnos a Jesús para decirle: ¡Señor, que vea!

A mi me parece que nuestra primer ceguera consiste, en que no queremos mirarnos a nosotros mismos y por lo tanto no nos reconocemos.

Es cierto que todos tenemos una parte que se ve mejor desde fuera que desde dentro; es, esa parte de nuestra personalidad, que tenemos que ir desvelando poco a poco junto al Señor.

Porque, no siempre nos vemos como nos deberíamos ver. A veces, tenemos un desenfoque visual de nosotros mismos y no nos reconocemos bien. Algunas veces nos sobre-valoramos, nos creemos mejores que los demás y no nos importa despreciar a los que no nos gustan demasiado.

Otras veces nos infravaloramos; nos creemos poca cosa, nos parece que no servimos para nada, nos sentimos desgraciados y, todos hemos constatado alguna vez que, si alimentamos esta realidad, podemos desembocar en una depresión.

Este desenfoque puede llevarnos a querer desarrollar cualidades triviales: A obsesionarnos por nuestro físico, a condicionarnos por la posición social, a alimentar nuestro ego… olvidándonos de los verdaderos dones que Dios ha puesto en nuestra alma.

Y tantas cegueras, no nos dejan ver, está conexión con el misterio de Dios, donde se funden:

- El valor de los hermanos.

- El valor de uno mismo.

- Y el valor por las cosas que, Dios ha puesto en nuestra vida, como un regalo

singular.

Después de ver la ceguera de “mirarnos a nosotros mismos” aparece la ceguera que, no nos deja reconocer a los demás, como hermanos nuestros.

Como ciegos que somos, juzgamos a los otros por las apariencias. No somos capaces de aceptar el misterio de los demás y no es posible amar a lo que, en cierto modo, encierra un misterio.

Urs von Baltasar decía: “sólo donde hay misterio, hay hondura” Por eso, si nos movemos en la superficie, veremos al hermano como un simple rival, o como una cosa pero no seremos capaces de ver, la huella de Dios, que hay en cada ser humano.

LA CALIDEZ DEL ENCUENTRO

El ciego se encuentra con Jesús. Y, no es que tuviera deseo de hacerlo. Su ceguera era tan profunda que no tenía la aspiración de curarse. Se había instalado en ella y no creía que pudiese salir de aquella situación.

De nuevo es Jesús el que toma la iniciativa. Él es la Luz del mundo. Ha venido para disipar todas nuestras tinieblas.

Y con esta afirmación, se presentan ante nosotros, dos actitudes reveladoras:

* Catequizarnos para que nuestro proceso se encamine a la Luz.

* Reconocer el contrasigno: la falta de respuesta que imposibilita la salvación.

En el proceso de curación del ciego, Jesús, vuelve a darle un giro a nuestra mente corta y estrecha, mostrándonos el por qué y el para qué de esa ceguera:

- No es cosa de pecado, sino de gracia.

- No es castigo, sino bendición.

- No es una negatividad, sino una mirada positiva de encuentro, con la

realidad de la Luz.

 

Jesús es, la medicina que actúa siempre que lo deseamos con fuerza.

Jesús nos saca del abismo de nuestra miseria, acogiéndonos con su gran

misericordia.

Jesús regenera el cuerpo y el corazón y pone a la persona en contacto con el

mismo Dios.

Jesús, además, no elude los medios humanos, manda, al ciego: Lavarse, obedecer y creer. Más tarde el ciego entenderá que, el agua que Jesús le ofrece es la del Bautismo. La misma agua del Espíritu de vida; un agua, ofrecida por la “piscina” de la Iglesia y la fuerza de la fe.

El ciego es curado por el gran Sanador de: ayer, hoy y siempre… ¡Pero cómo nos cuesta creerlo!

El ciego, sin saberlo, ha entrado en la dinámica de la fe.

• Primero: con una Fe incipiente, solamente ve a Jesús, como un simple

hombre.

• Después, con la Fe adulta, empieza a verlo como un profeta que viene de

Dios.

• Más tarde, con la Fe cristiana, se postra para confesarlo: Enviado y Mesías.

• Finalmente, su Fe testimonial, será capaz de sufrir persecución para dar

testimonio de Cristo.

El Ciego, se ha convertido en testigo. Ha dejado los salvavidas y se ha sumergido en el mar de Dios.

Que momento tan oportuna para preguntarnos:

• ¿Qué situaciones me han llevado, a saber que no veía con claridad?

• ¿Qué personas me han ayudado a descubrir, mis cegueras?

• ¿Con qué medios he contado, para acercarme a Jesús y decirle: ¡Quiero ver!?

• ¿Qué situaciones, personas o cosas me ayudan a conocer mejor a Jesús?

TEXTOS PARA LA ORACIÓN

“El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del señor, las maravillas que hace en la tierra” (Salmo 45, 8 -9)

“Mira: has quedado sano, pero no peques más no sea que te ocurra algo peor. El hombre se marchó y dijo a todos quien lo había curado” (Juan 5, 5 – 16)

“Así dice el Señor: En tiempo de gracia te he respondido, en el día de la salvación te he auxiliado; te he defendido y te he constituido alianza del pueblo” (Isaías 49, 8 – 10)

Los que obran mal, se engañan porque los ciega su maldad. No conocen los secretos, de Dios, ni esperan el premio de la virtud, ni estiman la recompensa de una vida intachable” (Sabiduría 2, 1ª. 18 – 22)