LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: NUESTRA VIVA ESPERANZA

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"En efecto, la esperanza del impío es como brizna arrebatada por el viento, como espuma ligera acosada por el huracán, se desvanece como el humo con el viento; pasa como el recuerdo del huésped de un día"(Sb 5,14).

El autor concluye la disertación acerca de los impíos con una confesión lúgubre por parte de éstos, que son conscientes de que la inconsistencia y vaciedad de su existencia les ha llevado al más profundo abatimiento y desánimo. Hombres cuya esperanza radicaba en sí mismos. En la conquista a cualquier precio de sus ambiciones, constatan que prolongar sus éxitos teniendo la perspectiva de la muerte es tan ilusorio e inútil como retener un poco de agua entre sus manos. Espuma ligera acosada por el huracán, o humo disipado por el viento, son algunas de las imágenes con las que dibujan su paso por el mundo.

El libro de Job ilustra abundantemente la suerte de aquellos que apartaron a Dios de sus vidas, creyendo que no era más que un estorbo para sus planes y proyectos. También ellos se dan de bruces ante la rotundidad del paso del tiempo, que vierte sobre todo su ser la amargura de la incertidumbre y la conciencia de haber vivido de fantasías que, como tales, se evaporan y le abandonan a la más cruel soledad ante la muerte: "Tal es el fin de los que a Dios olvidan, así fenece la esperanza del impío. Su confianza es un hilo solamente, su seguridad una tela de araña. Se apoya en su morada. y no le aguanta, se agarra a ella y no resiste" (Jb 8,13-15).

Ante esta realidad, a la que nadie es ajeno, nos podríamos preguntar qué papel activo juega Dios. Si ciertamente somos tan débiles, tan inclinados a idolatrar todo lo que producimos con nuestras capacidades y esfuerzos, ¿qué hace Dios por nosotros? ¿Permanece impasible ante nuestros continuos y repetidos errores y equivocaciones? ¿Se queda estático en su trono viendo cómo caminamos hacia la destrucción? ¿Le mueve o le conmueve algo nuestra desesperanza?

El profeta Ezequiel nos ayuda a responder a estas preguntas que son más bien interpelaciones angustiosas que surgen impetuosas de nuestras entrañas. En una visión. Yahvé hace ver al profeta cuál es la situación de Israel después de haber sido conducido al destierro hacia Babilonia. Lo que le es dado ver al profeta no puede ser más desolador y trágico. El que fue un pueblo santo, fuerte y glorioso, no es más que un enorme campo de huesos carcomidos, un cementerio. Su infidelidad le llevó a valerse por sí mismo prescindiendo así del apoyo y la protección de Dios. No es que Dios castigase al pueblo, sino que éste, en su necedad, se apartó de Él; en su jactancia, creyó oportuno prescindir de su presencia y, más aún. de su tutela. Apoyado en sí mismo, fue presa fácil de sus enemigos que le despojaron de su tierra y lo sometieron a la servidumbre.

Ezequiel recoge este lamento estremecedor que surge del pueblo, subyugado por la tiranía de su nuevo dominador: "Entonces me dijo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros" (Ez 37,11).

Hagámonos eco de sus gritos: Se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros. Se asemejan muchísimo al abatimiento y desesperación que encontramos en el texto de la Sabiduría. Pues bien, Dios no queda impasible ante el grito dolorido de su pueblo ni de ningún hombre. Se acerca a Ezequiel y le pone en misión. Le envía para decir a su pueblo extenuado que sí hay esperanza, que Él es Dios de perdón y amor y, por lo tanto, deseoso de rehabilitar a todo aquel que haya perdido la confianza, en este caso el pueblo de Israel Oigamos la buena noticia que Dios comunica al profeta: "Por eso, profetiza. Les dirás: Así dice el Señor Yahvé: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel... Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahvé, lo digo y lo hago" (Ez 37,12-14).

Como decía, la inaudita acción salvadora de Yahvé para con su pueblo se extiende hacia toda la humanidad. Con su muerte y resurrección, el Señor Jesús es levantado y constituido como esperanza de todo hombre, sea cual sea su raza lengua o nación (Ap 5,9).

Frente a nuestros fracasos, idolatrías, infidelidades, que tejen nuestra desesperanza, Dios no desespera y tantea nuestro espíritu de mil maneras buscando la forma de entrar en él para infundirle una nueva Vida. Jesucristo es el enviado del Padre para prender la llama viva de la victoria sobre el mal que hemos asimilado. El mal hace parte de la historia, y nosotros hacemos parte de ella. Pensar que podemos vivir en una urna de cristal preservados de su contaminación, es pretencioso e ilusorio. Nuestra esperanza radica en que uno de los nuestros, Jesús de Nazaret, aplastó con su victoria al mal Por Jesucristo, el hombre no es preservado del mal, pero sí se alza victorioso sobre sus venenos mortales.

Más allá de nuestra condición de pecadores, el Resucitado es nuestra victoria frente a todos los engaños del Príncipe del mal. No deja de conmovemos el himno litúrgico que los primeros cristianos entonaban jubilosos en sus asambleas, y en el que aclamaban al Señor Jesús de esta manera: "¡...Porque Cristo, mi esperanza, ha resucitado!..."