1.- OH SEÑOR, TU QUE ERES LA LUZ DEL MUNDO

Por Javier Leoz

 

Señor, ilumina nuestra mente y nuestro corazón,

para que siguiéndote a Ti

no caminemos en tinieblas,

sino que tengamos la luz de la vida.

 

Tú, que has abierto los ojos

al ciego de nacimiento,

abre también nuestros ojos,

para que reconozcamos en Ti al Hijo de Dios,

te proclamemos

como nuestro Señor y Redentor,

te adoremos y te rindamos culto

con toda nuestra vida.

 

Tú, que con el don del Espíritu Santo,

nos haces hijos de la luz y del día,

haz que nos revistamos de las armas de la luz

y nos comportemos como en pleno día,

coherentes y valientes

para difundir y defender la fe,

siempre dispuestos para dar razón

de la esperanza que llevamos dentro,

con dulzura, respeto y conciencia recta,

felices de sufrir por el Evangelio

con una donación total de nosotros mismos,

que no tema ni siquiera la muerte.

 

Tú que nos has hecho sal de la tierra

y luz del mundo,

aumenta nuestra poca fe

y fortifica nuestra adhesión al Evangelio,

para que vivamos

en la historia y en el mundo

al servicio del Reino de Dios.

 

Que resplandezca nuestra luz ante los hombres,

seamos siempre tus testigos

con nuestra propia vida

y te hagamos visible a Ti,

nuestro Señor crucificado y Resucitado,

única esperanza que jamás defrauda,

única alegría que puede saciar

el hambre del corazón de cada ser humano.

 

2.- VENID A MÍ…

Por David Llena

… los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré (Mt 11, 28)

Dos años llevaba mi alma (y todo mi ser con ella) en lista de espera para ponerse en manos del Señor. Apartarse del mundanal ruido y dedicarse por completo a estar en su compañía.

Así, llegado el momento, en que Dios me concedió esa Gracia, no pude por más que sentir, emoción y alivio. Era hora de reencontrarse con Él como en aquellos días de mi juventud.

El miedo y la rutina habían apagado aquella luz, su calor aún continuaba, su recuerdo aún quedaba marcado en mí alma, pero andaba a oscuras, a tientas. El maligno había ido taponando todas mis (sus) iniciativas engañándome, diciéndome que Dios exige mucho: “Mira a Abraham le exigió su hijo, a su propio Hijo le exigió la vida…”. Me volví cobarde, no quería exigencias de Dios, le rehuía, le temía. Jeremías vino en mi auxilio cuando recriminaba en nombre de Dios algunas falsas costumbres: “cosa que no le mandé ni me pasó por la mente” (Jr 7,31). Y con esa esperanza me quedé esa noche. En la eucaristía matinal, sentí a Cristo “reprocharme” tras la comunión: “Yo me he dado a ti, tú has comido mi Cuerpo, y ¿tú que me das?, ¿qué me vas a dar?”.

“Arrasar para sembrar, derribar par construir” (cf. Jr 1,10). Fue la clave de ese fin de semana. Mirarnos aquello que debíamos arrasar en nosotros. Y eso lo llevamos al sacramento de la Penitencia, otro encuentro con Dios. Allí escuché: “No tengas miedo, Dios te conoce y sabe pedirte, Él no quiere tu perdición, sino que te conviertas y des fruto”. Ahí desenmascaré mi miedo, ya estaba en disposición de coger la mano de Dios, como un niño coge la de su Padre, confiado, mirándole, admirándole… y decir con Santa Teresa: “Me pudiste señor”

En la primera meditación, había pedido a Dios que no fueran unos ejercicios personales, sino que trabara amistad con todos los que Él había querido que compartiéramos aquellos días con Él.

Aún quedaba un paso antes de esto. La meditación de la tarde fue el culmen, el Tabor, «Dios volvía a preguntar: “¿A quien mandaré?” Y yo respondí: “¡Aquí estoy Señor! ¡Mándame!”» (Is 6,8)

El Vía Crucis, fue ese momento de unión entre todos. Llegó la complicidad, se borró la falsa prudencia, nos sentimos como hermanos. El seguimiento de Cristo lleva a la cruz pero ese no es el final. Si Cristo venció, nosotros venceremos. Pero para ser fieles a Cristo en los momentos de cruz debemos cultivar nuestra amistad con Él.

Para finalizar el día contemplamos y meditamos la vida del Padre Pío de Pieltrecina. ¡Cómo sufrió la persecución del Maligno, de la Iglesia…! pero fue fiel siempre a Cristo y a la Iglesia. ¡Ojalá los cristianos seamos siempre fieles a Cristo!

Llega el momento de bajar del Tabor, para enfrentarnos a la Pasión. Ya tenemos la receta oración y confianza plena en el Señor. No olvidemos tomarla cada 8 horas, para que haga efecto.

 

3.- LO QUE NOS UNE

Por Pedrojosé Ynaraja

Cuando uno ha vivido tres cuartos de siglo, y los ha vivido con pasión y ambición, ha gozado de la vida que el Señor le otorgaba y ha sufrido la incomprensión de muchas personas. Hubo tiempos en los que la semilla plantada por nuestros mártires y abonada con su sangre, germinó y creció. Los campos de Dios, entre nosotros, eran casi dos únicos: la Acción Católica y las Congregaciones Marianas. Fomentada la primera por las parroquias, por los jesuitas las segundas. Entre alumnos, nuestras discusiones al respecto, eran frecuentes, pero se quedaban en eso, en discusiones. Podía uno asistir a Círculos de Estudio de AC, para aprovecharse luego de la biblioteca de la "Congre". Las disputas quedaban en casa, o en el patio del colegio.

La total uniformidad de la liturgia, de su lengua y de sus ritos, aceptados sin discusión, más que entendidos, y una fe sencilla en los sacramentos (aquellas confesiones que nos parecían siempre iguales) las comuniones tan distraídas, pero que no por ello dejaban de ser alimento espiritual, promocionaban nuestra vida. Fueron otros tiempos, eran así, llegaron diferentes.

Llegó la etapa de los llamados nuevos movimientos y nuevas comunidades. Prodigiosas intuiciones, casi siempre. Nuevas semillas, que anunciaban nuevas cosechas. Había una gran variedad de las iniciativas. Era asombroso. No quiso verse esta riqueza y, en ocasiones, se pretendió implantar una sola, la que mas impulso tenía, la que había llegado antes o la que un supuesto líder local difundía. Se pretendió el monocultivo, que siempre perjudica. Monocultivo que en el pueblo vecino era otro, de aquí que surgieran rivalidades.

Ocurrió que, por desgracia y con frecuencia, se miró más en lo que se diferenciaban que lo que las unía. Y desde cada bando, se trató de ver los defectos de los otros, más que sus ricas peculiaridades y se olvidó con frecuencia que una inmensa riqueza nos era común. Y llegó el distanciamiento. Se fue más crítico con un grupo cristiano que tenía una característica que no nos resultaba simpática, que con la entidad que era adversaria de la Iglesia. Crecieron los grupos y grupitos encerrados en sí mismos. De algunos, los que los observaban desde fuera de la Iglesia, dijeron que eran sectas. Los que los mirábamos desde dentro, nos atrevíamos a decir que usaban técnicas sectarias. Crecieron a pesar de ello, muchos necesitaban amparo y protección, careciendo de espíritu crítico. O el espíritu crítico lo reservaban para los otros, los rivales, aquellos que cobijándose en el mismo cristianismo, no obstante, eran de diferente tendencia. Muchos se quedaron fuera, con un cierto complejo de solitarios. Siguieron la mayoría de ellos fieles a unas enseñanzas fundamentales, aunque se sintieran, a veces, bichos raros.

Y nos encontramos hoy anímicamente muy distanciados. Ocurre que se descubren errores o pecados, que se atribuyen al grupo, sin constatar que, si se considera cristiana a aquella comunidad, sus fallos nos perjudican a todos. Desde fuera se fomenta la difusión de estos errores o procederes malos, se les da publicidad notoria, de manera que parece que la existencia de la Santa Iglesia corre peligro. Hay que recordar aquello de que mete más ruido un árbol que cae, que el lento crecer de todo el bosque.

Mi escrito puede parecer muy teórico y no he querido lo fuera. No he facilitado nombres, para que la reflexión que se hiciera cada lector, pudiera ser sincera. Estoy harto de recibir comunicados que explican que tal grupo, tal organismo, tal obispo, hacen o dicen cosas que no gustan. Proponen, casi exigen, campañas de protestas, respuestas airadas. ¿No es perder el tiempo? ¿No sería mejor despreocuparse de ellos, por desviados que parezcan, y dedicar la vida y los esfuerzos, a evangelizar? ¡Cuantas ocasiones de trabajar por el Reino se pierden! Descubro gente sencilla en sus planteamientos que se ha mantenido firme en sus convicciones, que ha querido ser fiel a la oración, ha recibido los sacramentos y en su entorno, ha ayudado, ha sido generosa en la dedicación de su tiempo y en sus dádivas, para las necesidades de quien fuera. Cristianos anónimos, bosque silencioso que crece, mientras se derrumban o desaparecen tantos que un día quisieron sentirse monopolizadores, pretendiendo que todos lo vieran y vivieran todo, a su manera. La Santa Iglesia continúa creciendo lozana, aunque sus brotes no sean espectaculares. El Evangelio es levadura oculta pero eficaz, también en nuestro mundo de hoy.