LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LOS PLANES DE DIOS

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Ven la muerte del sabio, mas no comprenden los planes del Señor sobre él ni por qué le ha puesto en seguridad; lo ven y lo desprecian, pero el Señor se reirá de ellos" (Sb 4,17-18).

Este texto es uno de los muchos que encontramos a lo largo de toda la Escritura en la que se proclama la protección de Dios sobre todos aquellos que han puesto su vida en sus manos. Se acogen a Él no sólo en el sentido de que les proteja, sino también para hacer su voluntad. Ahora bien, un ser humano que se pone así a disposición de Dios de forma que éste pueda hacer su obra en él, es considerado necio a los ojos de los hombres. Débil y desvalido para los fuertes y poderosos del mundo, es valorado por Dios como instrumento preciosísimo en sus manos.

No comprendieron los planes de Dios sobre él, acabamos de leer en el pasaje anterior. Efectivamente, los que no tienen ojos para ver más allá de sí mismos, no comprenden que una persona ponga su vida en manos de Dios, que tenga otros planes y proyectos que los suyos. Los impíos y los necios no lo comprenden porque no les entra en sus mentes que Dios -hacer su voluntad- sea suficiente para alguien. Por eso, como vemos en los salmos, se burlan de los planes de estos fieles a los que consideran unos desdichados. Como veremos inmediatamente, Dios vela por los planes de estos hombres por más que sean motivo de irrisión y menosprecio: "De los planes del desdichado os burláis mas Yahvé es su refugio" (SI 14,6).

Vamos a acercamos, dentro del Antiguo Testamento, a un profeta que, me parece a mí, representa al sabio y, al mismo tiempo, desvalido y débil ante los ojos de los demás por el hecho de haber aceptado el plan de Dios sobre él. Me estoy refiriendo a Jeremías. Seducido por Dios y enviado por Él a una misión profética en medio de su pueblo, que vive una terrible crisis de escepticismo, conoce en su propia carne la burla, el rechazo y el desprecio más profundo. Sin embargo, al mismo tiempo es testigo de la protección de Dios, del calor de su presencia y compañía.

Oigamos su experiencia. Empieza su testimonio con una protesta contra Yahvé por haberle seducido y llamado a la vocación profética. Ha aceptado la llamada, y ésta no le ha traído sino desgracias y desengaños (Jr 20,7-8). Jeremías es un buen hombre, no hay duda de que su corazón ama y busca a Dios, pero cree que no puede más y decide tirar la toalla. Piensa que Dios "se ha equivocado" al darle una vocación que supera sus posibilidades, y le expone su deseo de abandonar: "Yo decía: No volveré a recordarlo ni hablaré más en su nombre" (Jr 20,9a).

A punto de llevar a cabo su resolución, resulta que no puede hacerlo. Puede apartar de su mente la llamada, pero siente un fuego en su interior que no es capaz de extinguir. Lo intenta por todos los medios pero no lo consigue; el fuego sigue vivo en su corazón y en todo su ser: "Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía" (Jr 20,9b).

La tristeza y desánimo se convierten en canto de júbilo y victoria. Al no poder extinguir el fuego que arde en su interior, se da cuenta de que es Dios mismo el que vive y está con él. ¿Qué le importa que los hombres desprecien sus planes si éstos son impulsados y aprobados por Dios? ¡Dios mismo, que está con él, le mueve a proclamar su victoria! "Pero Yahvé está conmigo, cual campeón poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes; se avergonzarán mucho de su imprudencia" (Jr 20,11).

El profeta pasa de una vida despreciada por los hombres a una vida alabada por Dios. Se considera a sí mismo un pobrecillo a quien Dios mira con amor, le asiste y le salva. Su corazón, invadido antes por la tristeza y el desánimo, se fortalece e invita a todos a entonar un canto, un himno de alabanza a Yahvé, porque se ha acordado de él cuando ya pensaba que su vida, en manos de los impíos, no tenía ningún valor: "Cantad a Yahvé, alabad a Yahvé, porque ha salvado la vida de un pobrecillo de manos de malhechores" (Jr 20,13).

Pobre, desvalido y despreciado fue el Hijo de Dios en medio de la humanidad. Tan despreciado como para ser sistemáticamente rechazado cada vez que su Palabra ponía al hombre ante la verdad. Es indudable que es más gratificante dar a la gente la razón en su obrar que ponerla ante la verdad El rechazo de Jesús llegó hasta el punto de condenarle a muerte, y muerte ignominiosa de cruz. Pagó este precio para que los hombres no tuviéramos miedo a la Verdad

Dios, su Padre, veló sobre los planes de su desvalido, su propio Hijo. Alzándose majestuosamente sobre toda maldad e impiedad humana, le levantó victorioso sobre todo poder del mal, y anunció a las mujeres que fueron a ver su sepulcro, su victoria sobre la muerte que es también la nuestra: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24,5).

Nota.- En la sección de "El Libro de la Semana" damos la reseña del excelente libro del Padre Pavía sobre los salmos que, como se sabe, son textos que se publicaron en esta mismo espacio de "La Oración de y con Jesuscristo". Y en la sección de Reportajes hay un magnifico texto sobre la Oración y la Palabra escrito especialmente para nosotros por don Antonio Pavía.