1.- ¿QUÉ HAY DE LA IGUALDAD?

Por David Llena

Es ésta una palabra muy manoseada y que se iza fácilmente como bandera, pero que en el Evangelio no aparece en el mismo sentido en que hoy se entiende.

Partimos de aquel consejo que aparece como el testamento de Jesús a sus discípulos: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34), donde parece que debemos ser todos iguales y darnos y dejarnos amar por todos. Pero enseguida podemos darnos cuenta a que se refiere exactamente Cristo cuando dice “como yo os he amado”. Y es que, minutos antes, al principio del capítulo 13, Juan nos narra como Jesús ha cogido una toalla y una palangana y ha lavado los pies uno por uno a todos los discípulos. Y en otro pasaje dice “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros, será el esclavo de todos” (Mc. 10,43-44).

Por tanto la igualdad, no pasa por izar banderas, sino en abajarse y servir a los demás. Es más, Jesús nos invita no a una igualdad ramplona, sino a ser grande (como nos pide nuestra naturaleza hecha a su imagen y semejanza), pero esa grandeza no es la grandeza del mundo, sino la grandeza de servir y hacerse esclavo de los hermanos.

Tampoco en cuestión de recompensas y cuentas el Evangelio trata a todos por igual. Fijémonos en aquella parábola de los talentos (Mt 25, 14-30) a cada uno se le repartió según su capacidad y al que se le dio mucho, se le exigirá mucho. Es decir, no podemos pensar que ya hemos hecho suficiente. Para Dios nunca será suficiente, hasta el final de la vida hemos de negociar aquellos talentos que Él nos ha dado. Deber nuestro es descubrirlos y ponerlos al servicio de la comunidad. Todos los talentos son necesarios.

Es más incluso lo que a nuestros ojos parece una nimiedad no lo es así para Dios. Recordemos en este punto la ofrenda de aquella viuda en el cepillo del templo (Lc. 21 1-4).

Pero es S. Pablo el que, en su carta a los Corintios en el capítulo 12, nos muestra la riqueza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia y donde cada uno tiene su función y no todos pueden ejercer la misma función. Así nuestra labor en el anuncio del Reino es diferente y por tanto no podemos pretender la igualdad en nuestro quehacer.

Pero, como hemos visto, tampoco somos iguales en los dones recibidos, ni seremos igualmente juzgados, en el sentido de que a cada cual le será exigido según esos dones, ni somos iguales en cuanto a nuestra respuesta al amor de Dios. Aunque en esto es en lo único que podemos esforzarnos: En ser grandes a los ojos de Dios, y eso conlleva, como nos dijo Cristo, a servir a los demás por encima de todo.

Cuando lleguemos a la casa del Padre, allí seremos todos iguales, seremos salvos por la Gracia de Cristo, y en el anticipo de ese Reino también debemos ser iguales, cuanto más amamos como Cristo nos amó más nos asemejamos a Él y más iguales a Él somos. De ahí el mandato de Cristo “amaos unos a otros como yo os he amado”.

 

2.- SETAS Y MUSGO (Menudencias)

Por Pedrojosé Ynaraja

En Colonia, nos encontramos en una tienda a una buena señora que se nos dirigió en perfecto castellano. A los buenos oficios de Mn Ll.Bonet, que siempre fue un excelente compañero, traductor y guía, se le añadieron las indicaciones de aquella persona. Insistió ella varias veces: no se vayan de aquí sin probar el vino caliente. Siguiendo sus instrucciones, y bajo el amparo de nuestro compañero traductor, fuimos a la caseta correspondiente y solicitamos un vaso de lo que nos había recomendado tanto. Soy enemigo de calentar o quemar vino o licores. Opino que uno de los encantos detales bebidas está en el alcohol y todas estas manipulaciones no hacen, a mi modo de ver, más que disminuir su grado y cualidades organolépticas. Se nos sirvió un buen vaso, quedé sorprendido al probarlo. A aquel caldo se le había añadido "amaretto" y alguna cosa más. Parecerá banal, pero para mí no lo era. Aquello era vino mezclado, aromado o drogado, en el lenguaje bíblico (aparecen estos términos en Eclesiástico, Proverbios, Cantar y Daniel). Para mi gusto, su elevada temperatura, aun con el frío reinante, el brebaje resultaba demasiado caliente, pero me bebí medio vaso con fruición. En medio de aquella feria de múltiples productos de adorno, culinarios y hasta de vestir, yo estaba gozando de un placer bíblico.

Explico esto para dar cuenta del sentido de mis aficiones. Nadie duda del valor de vivir conscientes de la presencia de Dios. También estamos convencidos de que lo olvidamos con frecuencia. El texto bíblico es Palabra de Dios, toparme con detalles que me hagan presente esta Palabra, es una manera de vivir en su presencia. Cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, que decía aquel.

He vivido durante mi niñez en ciudades donde, en aquellos tiempos y lugares, no se apreciaban las setas. Por aquel entonces consideraba sólo que eran plantas peligrosas. Estudiando bachillerato, aprendí que estos vegetales se situaban en ínfimos lugares. Ni tienen flores, ni son capaces de autonomía para subsistir. Sentí una cierta satisfacción cuando un día que se me ocurrió buscarlos en la Biblia y no los encontré. Pero nunca la dicha es plena. Las setas no son más que miembros del fabuloso mundo de los hongos y estos si que aparecían. Para satisfacción de mi orgullo, en el texto los nombrados, constituían siempre amenaza. Se les llama añublo y tizón. Por lo que leo, sin estar seguro, se debe referir a algo parecido a nuestro cornezuelo del centeno, bien conocido cuando entre nosotros se plantaba este cereal. Era en principio tóxico, pero sé que en su composición entran alcaloides de utilización médica. Otro día me referiré a microorganismos que intervienen en las fermentaciones, es otro tema, no lo ignoro, pero no es el de hoy.

He leído más de ocho veces la Biblia de principio a final y, aun así, siempre me sorprende. Aprendo enseñanzas del Señor, que es lo importante, pero también elementos culturales. Topé el otro día, leyendo el II de los Reyes, con la palabra musgo, que no me sonaba haberla encontrado otras veces. Quise ver si era correcta la traducción que estaba utilizando y recurrí a otras que también merecían confianza. En alguno sí aparece la palabra, en otros la llama hierba de las rocas o de los tejados. Se nombra sin parar mientes, de pasada, como lo hacemos nosotros en la vida ordinaria. Diferente es considerarlo como elemento de belenes, cosa seria entonces, dejémoslo.

Vuelvo a repetirlo, estos detalles, estas minucias, mantienen mi interés constante por conocer más la Biblia. Leo religiosamente cada día en la Liturgia de las Horas y en la de la Misa, textos bíblicos de los que trato de sacar provecho espiritual, pero no desdeño las sugerencias que las oportunidades me ofrecen para recordarlo, sean estas un mercado navideño alemán, un tronco seco y húmedo junto al camino, del que brotan multitud de setas, o un viejo tejado por cuyos rincones se esconden botones de musgo que dificultan el paso del agua.