“SPE SALVI”, LA NUEVA ENCÍCLICA DE BENEDICTO XVI

Por Ángel Gómez Escorial

No pretendo reseñar la nueva encíclica del Papa, como ya hice, en varias entregas, con su libro, con su sensacional biografía, inacabada, de Jesús de Nazaret. No obstante, supongo, que tendrá que emplear más de un artículo en mis reflexiones sobre “Spe Salvi”. En fin, un primer movimiento, a la hora de escribir, es que uno siente la necesidad de hablar de lo “periférico”, de los comentarios suscitados por la aparición de la encíclica y, en ese sentido, lo primero que se me ocurre decir es que muchos –la mayoría—de sus críticos, o de los que emiten juicios de valor favorables, han leído poco, en su vida, a Joseph Ratzinger.

Esta encíclica es Ratzinger en estado puro y recuerda a sus obras fundamentales sobre todo una que hablaba de la democracia en la Iglesia. ¿La recuerdan, verdad? Y, entonces, ¿tiene que dejar de ser Ratzinger, Benedicto XVI? Es imposible. Y digo todo esto porque a mí –y lo expreso con la mayor y sincera modestia—no me ha parecido difícil, ni ininteligible, ni en exceso filosófica. Tiene LA estructura dialéctica habitual en Ratzinger que siempre comienza basándose en la realidad histórica de una cosa, o en sus antecedentes para construir su discurso. Otro aspecto habitual de Ratzinger es comparar las cuestiones en los dos ámbitos escriturísticos: el del Antiguo Testamento y el de la Buena Nueva.

Y en este momento habría que decir que su primera encíclica al definir algo tan sublime como la naturaleza de Dios que es el amor, tal vez no pudo explayarse en su juego dialéctico de orígenes históricos que sí hizo, sin embargo, con lo lingüístico. Y menudo susto pego a los “ortodoxos” que siempre buscaban poner “fuera de juego” en el significado de caridad, el termino griego eros. Y en cuanto a la biografía de Jesús de Nazaret pues la propia exhibición de fuentes y de recursos históricos ayuda a la comprensión inmediata y fácil de la obra. ¿Y en Spe Salvi? Pues algo parecido pero con más profundidad. En primer lugar, al tratar el amor en Dios, se lanza a profundizar en la fe y en la esperanza unidas, porque el fragmento –la frase—de la Carta a los Romanos con que inicia la carta encíclica “Spe Salvi facti sumus” (en la esperanza fuimos salvados) muestra la salvación no solo a los habitantes de Roma de hace dos mil años, si no a todos y en todas las generaciones. Y este camino de salvación total basado en la esperanza es el contenido de la obra, ni más ni menos. Lo dice claramente en sus primeras palabras: una esperanza fiable que nos lleva a un gran meta: ser salvos.

Va a analizar enseguida la esperanza en su contexto histórico, la esperanza en el Nuevo Testamento y en la Iglesia Primitiva. Es un ejercicio de “orígenes”, tal como le gusta a Joseph Ratzinger. Y luego va a intentar definir la vida eterna. Son dos pasos fundamentales para seguir escribiendo la carta, ya que ha sido “en esperanza donde hemos sido salvados” Y la salvación es el acceso, sin retorno, a la vida eterna. A partir de ahí se va analizar la esperanza cristiana de todos los modos y maneras. Y aquí, quiero quedarme. Ya seguiré en mis comentarios.

Tan solo quiero añadir que las Cartas Encíclicas son modos de ejercer el supremo magisterio de la Iglesia por parte de los Pontífices y que, en general, son administradas en partes, en dosis, mediante frases, listas y valores que hacen otros y que el pueblo recibe. Aquí, me parece, que cada uno que desee que la encíclica Spe Salvi le aproveche, le enseñe o que le sirva para así mejor conozca la doctrina del Papa, va a tener que leérsela, y releérsela, y sacar sus consecuencias. Creo –y lo digo con mucho respeto—no sirven los apuntadores. En fin, voy a seguir escribiendo de “Spe Salvi” que, desde luego, me ha fascinado.