TALLER DE ORACIÓN

AMAR EN “CALDERILLA”

Por Julia Merodio

De nuevo, se presenta, ante nosotros la conmemoración de DOMUND, yo creo que, en el momento actual, tiene distintas significaciones:

• Para unos es un día que se inventa la Iglesia, para sacar dinero.

• Para otros, es una jornada en que se les habla a los niños de las misiones.

• Para, los que cumplen el precepto dominical, se trata de un día en que hay que ayudar, con algo de dinero, a los del tercer mundo.

• Y, para los cristianos comprometidos:

Qué es y qué significa el día del DOMUND?

Sin embargo, es revelador, que hay algo común para todas las opiniones: El DOMUND es un día de solidaridad. Pero de solidaridad en el amplio sentido de la palabra. Ya que cuando nos hablan de solidaridad, normalmente, pensamos en abrir el monedero y, acallar esas voces que nos cuestionan, con un poco de calderilla suelta.

Este año vamos a tomárnoslo, más en serio, vamos a profundizar, vamos a implicarnos, vamos a responder de verdad.

Por eso, para empezar, os invito a que nuestra oración de hoy, será una oración solidaria, en la que pongamos en las manos del Señor, no sólo a los cercanos, -que, sin duda, son realmente misioneros; sino a cada uno de los habitantes de la tierra. Le presentaremos: tanto a los próximos, como a los que se han ido lejos: a esos hombres y mujeres que en cualquier forma y planteamiento, respondiendo afirmativamente a la llamada, dejaron cuanto tenían, para ir a evangelizar allá donde se encuentren. Ellos son: Los misioneros. Los portadores de la Buena noticia.

Vamos a tomar conciencia de que, el día del DOMUND, es un día de: fraternidad, de unidad, de apoyo, de ayuda, de responsabilidad…y tendremos, una mención especial, para tantos cristianos anónimos, como recorren nuestra tierra y que no se caracterizan por ser sabios, ni potentados, ni superhombres, sino por ser: unos apasionados de Jesucristo.

También, a ello, podemos y debemos aspirar tú y yo; pues nosotros, tenemos que ser misioneros y evangelizar ese trozo de tierra que el Señor ha puesto en nuestras manos; sabiendo que, ser misionero es algo que se fragua, en el día a día, en la familia, que se alimenta con el amor y que se manifiesta con el servicio.

ENRIQUECER A OTROS PRODUCE VIDA

Normalmente lo que prima, en este momento de la historia es tener: Tenemos: cosas útiles e inútiles, coleccionamos objetos inservibles adquiridos por fascículos, tenemos coches de alta cilindrada, casas estupendas –aunque sea a costa de inmensas hipotecas… pero hemos aprendido a no compartir, a guardarnos todo, por lo que pueda pasar; nos hemos hecho nuestro el refrán: “Lo mío es mío porque así lo manda Dios y lo tuyo de los dos”; pero contrariamente, a lo que pueda parecer a simple vista, el guardar lo que somos empobrece, separa, aísla… y, ¿cómo estar gozosos con tanta pobreza? Es hora de que seamos consientes, de que: lo que no se da se pierde.

En este proceso de evangelización aparecen, como no puede ser de otra manera los pobres: Los carentes de lo necesario para tener una vida digna: tanto material, como espiritualmente.

Dios tiene preferencia por los pobres. Lo vemos en el evangelio: Jesús igual multiplica el pan para que nadie pase hambre, que perdona a la pecadora, que devuelve la dignidad a la adúltera… Él no pierde ocasión de evangelizar y, en la inmensa mayoría de los acontecimientos, lo hace por medio de los pobres, porque donde hay alguien que sufre allí está Jesús. El Papa Juan Pablo II lo decía así: “El cristiano es el que tiende la mano al pobre”

No puede ser de otra manera el Padre siempre da preferencia a los hijos más débiles ¡Qué bien se entiende esto cuando se es padre!

Pero, a través de los misioneros, el DOMUND nos recuerda como se extiende la pobreza, hasta los que parecen tenerlo todo.

A pesar del progreso, el desarrollo de las grandes potencias, de que la tierra produzca bienes suficientes para alimentar a toda la humanidad… sigue habiendo personas que carecen hasta de lo más elemental. Son los pobres de hoy: sedientos, hambrientos, prisioneros, enfermos de sida, drogadictos, alcohólicos… pobreza de cualquier estilo y situación. Pero esta lista se va alargando. De ahí que, sigamos preguntándonos: ¿Quiénes más son los pobres de hoy? ¿Quiénes los necesitados de evangelización?

Cuando haces un recorrido, por las situaciones más diversas, te das cuenta de que, salvo los que no se quieren enterar de nada, encontramos:

- Los pobres de siempre: los de la calle.

- Los del tercer mundo: pobres tan lejanos que, casi no los tenemos en cuenta.

- Los del cuarto mundo: ancianos, viudas, enfermos incurables, imposibilitados por accidentes…

- Los pobres: carentes de fe. Unos que no han oído nunca hablar de Jesucristo; otros que, sabiendo mucho de Él, han entrado en una crisis de fe.

- Pobres millonarios: que sólo tienen dinero. Carecen de: alegría, de afecto, de esperanza, de entusiasmo… no se morirán de hambre, pero pueden morir de tedio y de falta de ilusión. Quizá, también, mueran de decepción al comprobar que, lo esencial, no se puede comprar con dinero.

Esta realidad nos emplaza ante dos opciones: O hacemos lo que la Palabra de Dios nos dice, o nos tapamos los ojos y los oídos para no enterarnos.

Es el momento de tomar una decisión y si no lo tenemos claro deberíamos preguntarnos: qué haría Jesús en nuestro lugar. Después guardaremos silencio para ver lo que Él hizo, ya que Jesús fue el primer misionero, el que cumplió todas las particulares necesarias, a la perfección, el que nos llamó a seguir su ejemplo y el que nos da fuerza para llevarlo a cabo.

EN ORACIÓN ANTE EL SEÑOR

Llegamos ante Ti, Señor, con nuestra realidad de seres humanos, con esas debilidades que Tú bien conoces. Es verdad que tenemos buenas intenciones y buenos deseos pero, nos acompaña nuestra manera de ser, nuestro temperamento y nuestro orgullo. Nunca sabemos como vamos a reaccionar cuando inesperadamente nos atacan y los ataques ante la evangelización, Señor, se producen con mucha más frecuencia de lo que nos gustaría.

Mas, Tú sabes como nos preocupa dar respuesta, a nuestra compromiso de misioneros, aunque la mayoría de las veces nos justifiquemos diciendo que eso no es para nosotros.

Por tanto aquí estamos, ante un nuevo toque de vigilancia, en este día del DOMUND, un momento en el que se nos insta a catequizar y todos sabemos la falta de apóstoles que tiene nuestro entorno.

Es una situación, que nos vuelve a presentar varias actitudes:

• Huir.

• Ser espectador.

• O Comprometerse.

Por eso necesitamos tu ayuda, Señor, tu cercanía y tu fuerza para implicarnos de verdad, en esta apasionante tarea.

De ahí que digamos con el salmista:

Levanto mis ojos a los montes:

¿de donde me vendrá el auxilio?,

el auxilio me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

EL SEÑOR QUIERE QUE NOS LEVANTEMOS

Siento que hoy el Señor quiere que nos levantemos de nuestro confortable asiento. Somos cristianos cómodos, pegados a nuestro banco diga lo que diga la Palabra de Dios, diga lo que diga el sacerdote que comparte la reflexión; no hay quien nos mueva, nos tragamos todo cuando puedan echarnos encima.

Sería bueno que, en un día como este, tomasen actualidad las palabras de San Ignacio que, muchos conoceréis, aunque no tengan demasiado énfasis en la actualidad: “En todo Amar y Servir” ¡Qué lema tan fascinante para un misionero! San Francisco Javier había bebido de ellas y, estoy segura que las haría su himno en la misión.

Pero enseguida nos damos cuenta, de que esto no es fácil en un mundo cambiante y tenso, como el nuestro.

En un mundo donde prima el tener al ser.

En un mundo de palabras sugerentes pero escaso de hechos.

En un mundo que grita que lo significativo no es dar, sino producir.

Sin embargo, las lecturas del marco donde, se encuadra este día, quieren ser un toque de atención a nuestra pasividad. Nos instan a que levantemos los ojos para pedir el auxilio del Señor, a que levantemos nuestras manos, como Moisés, para implorar; a que levantemos nuestro corazón para suplicar, al Señor, la sabiduría que conduce, por la fe en Cristo, a la salvación.

¡Demasiado esfuerzo y demasiada responsabilidad!

LA LITURGIA DEL DOMINGO

Fijémonos en la liturgia del día. Se nos narra que, Moisés ha de afrontar una batalla crucial con Amalec. Él es el jefe y tiene que llevar el peso de la batalla por eso no duda en levantar las manos a Dios en señal de súplica. Esas manos vacías de armas, manos tendidas a lo alto, manos alzadas en oración.

Y el auxilio le venía del Señor que hizo el cielo y la tierra, del Señor que hizo las entrañas de cada persona y puso el amor en su corazón.

Pero los brazos de Moisés empiezan a sentirse pesados por el cansancio, igual que los nuestros cuando la espera es demasiado larga. Mas Moisés no se desmorona, recluta las manos de otro hombre para que no dejen de implorar la ayuda del Señor y así se van levantando unas manos tras otras, suplicando hasta la puesta de sol. Acaba de aparecer la solidaridad.

Él sabe, que cuando muchas manos se juntan, para ayudar, el resultado está asegurado, sabe que las posibilidades humanas fallarán pero que el compromiso de Dios no falla nunca.

Y es que la liberación siempre viene de Dios. Todo lo que esclaviza al ser humano, todo lo que lo oprime, lo que le angustia, lo que sofoca la conciencia, lo que atenta contra la dignidad no viene nunca de Dios sino de la maldad de nuestro corazón. Dios, siempre está presente, cuando se trata de hacer el bien al ser humano. Está presente: en la transparencia de vida, en la vivencia evangélica, en el servicio a los demás.

Dios está en esas manos limpias que suplican, que motivan, que esperan, que creen, que perdonan, que oran...

Pero, las manos, no se levantan hacia lo alto por miedo a ensuciarlas en tareas desagradables.

No se pueden alzar hacia el cielo porque la tierra nos dé asco, sino porque estamos decididos a cambiar el mundo.

Pues, quien ora, quien reza, quien suplica al Señor no puede ser un resignado que pasa de largo ante los problemas existentes haciéndose cómplice de ellos.

Se ora para comprometerse. Para alcanzar el coraje necesario que transforme las injusticias existentes, sin echar la culpa a Dios de nuestras huidas e incumplimientos.

Se ora para estar presente ante el Señor, pero sin ausentarnos de nuestros compromisos concretos.

El orante y el evangelizador, han de ser la misma persona. Se trata de evangelizar y orar al mismo tiempo. Se trata de rezar para no rendirnos ante el cansancio, se trata de orar para seguir esperando y resistiendo en el compromiso hasta la “puesta del sol”.

El orante es una persona que está en guardia, que no se adormece para no ver, que es paciente, que cree en lo imposible.

El orante es el que cae de rodillas una y otra vez para decirle al Señor:

Tú sabes, Señor, que mi corazón no está maduro todavía.

Tú sabes, que aún le falta resistencia, que tiene miedo a lo definitivo y sabe poco de fidelidad.

¡AYÚDAME, SEÑOR!

Por eso, Señor, te pido que me ayudes a salir de mis ataduras y amarras.

Que derribes los cercos que limitan mi libertad,

que me ayudes a romper los barrotes que me tienen prisionero y oprimido, y que quites las alambradas que no me dejan respirar.

Ayúdame a entrar por el camino de lo auténtico,

por el camino del bien y de la paz,

por el camino que conduce a la vida,

por el camino que desemboca en tu verdad.