LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: FRUTO MEDICINAL

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

"Se quebrarán sus ramas todavía tiernas, inútiles serán sus frutos, sin sazón para comerlos, para nada servirán. Que los hijos nacidos de sueños culpables son testigos, en su examen, de la maldad de los padres" (Sb 4,5-6).

La enseñanza catequética que se nos ofrece a continuación se impone por su claridad y evidencia. Un árbol que no echa raíces profundas no puede dar frutos y, si acaso los diere, no alcanzarán su madurez, por lo que no son apetecibles. Son frutos inútiles, amargos, rechazados por el paladar. Pueden ser hasta vistosos, pero su apariencia lo es todo. No sirven como alimento, y lo mejor es que se pudran en el árbol que los engendró.

En esta línea catequética nos acercamos al profeta Isaías. Pone en boca de Yahvé una canción bellísima, un poema de amor hacia su pueblo a quien compara con una viña exquisita. Escuchemos el poema: "Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por su viña. Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agraces" (Is 5,1-2).

Desmenuzamos catequéticamente esta canción que, como vemos, está revestida de una delicadísima calidad poética. Dios ha plantado en el mundo un pueblo, su viña. Hizo por ella todo 10 que se puede hacer para que diera su buen fruto. La mimó con esmero, arrancó de su suelo las piedras, cavó profundamente. Fue una plantación hecha con cuidado y ternura. Sin embargo, cuando fue a recoger fruto las uvas eran agraces. Algo así como parecidas a los frutos silvestres que no han sido trabajados.

La catequesis que Dios nos da por medio de Isaías, no pretende demonizar a Israel como si éste fuese el pueblo más perverso de la tierra. Apunta más bien al hecho de que no está en el hombre la capacidad de dar fruto agradable a Dios. El fruto agradable a Dios tiene el sabor de su bondad y santidad. Bajo la luz de esta catequesis, entendemos que la denuncia de Isaías es más bien un anuncio: Dios mismo, encarnándose en Jesús de Nazaret, será el Árbol de la vida, del buen fruto, plantado en medio de la humanidad; Él es el fruto apetecible a Dios. Engendra a lo largo y ancho de toda la tierra innumerables árboles de vida llamados a ser alimento y medicina para todos los hombres.

Ezequiel nos transmite una hermosísima profecía en la que nos cuenta una visión que tuvo acerca del Templo de Jerusalén. Dice que del lado derecho del Templo se abrió una hendidura. De ella surgió un torrente que, cada vez más caudaloso, iba saneando las comarcas por donde discurría. Ante lo que le es dado ver a sus ojos, el profeta proclama una promesa sobrecogedora. En las márgenes de las aguas por donde serpentea el torrente, a su tiempo, han de crecer árboles de toda clase de frutos que aliviarán y traerán la salvación a todos los hombres.

Ezequiel profetiza que los frutos de dichas plantaciones vienen al encuentro de nuestras hambres y enfermedades. Escuchemos el principio y el fin del capítulo 47 del libro de Ezequiel, en donde vemos plasmada la impresionante y liberadora promesa con la que Dios alegra nuestros corazones: "Me llevó a la entrada de la Casa -el Templo-, y he aquí que debajo del umbral de la Casa salía agua. en dirección a oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho de la Casa, al sur del altar" (Ez 47,1).

En las primeras líneas del capítulo, hemos visto cómo el Templo da a luz un torrente de agua. El profeta continúa su narración diciendo que este manantial en crecida empapa la tierra haciéndola fecunda. Por la fuerza de esta agua habrá de brotar el fruto agradable a Dios, beneficioso y medicinal para toda la humanidad: "A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina" (Ez 47,12).

El Señor Jesús es el fruto agradable a Dios y, a la vez, salvífico para todos nosotros. Elevado en la. cruz, una lanza perforó su costado, de cuya hendidura salió el torrente de sangre yagua. De su costado abierto manó la fuente de nuestra salvación: "Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Jn 19,32-34).

He ahí el torrente profetizado por Ezequiel. Sangre y agua brotaron de su costado abierto. Los Padres de la Iglesia ven en la herida abierta del cuerpo del Señor Jesús la medicina que sana nuestros corazones heridos. Sin esta medicina, dada a luz en el misterio de la cruz, el corazón del hombre es y será siempre inconvertible, incapacitado para dar el fruto agradable a Dios.