Domingo XXIX del Tiempo Ordinario
21 de octubre de 2007

La homilía de Betania


1.- DÍA UNIVERSAL DE LAS MISIONES: EL SERMÓN DE LOS CINCO TODOS

Por Gustavo Vélez, mxy

2.- CREER ES ESPERAR

Por Gabriel González del Estal

3.- PERSEVERANCIA

Por José María Martín OSA

4.- EL JUEZ INJUSTO

Por José María Maruri, SJ.

5.- ¡QUÉ NO DECAIGA EL ÁNIMO!

Por Javier Leoz

6.- ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE

Por Antonio García Moreno

7.- JESUS ENSEÑA A ORAR A TODA HORA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


REZAR, SIEMPRE REZAR, ES COSA ÚTIL

Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


AMAR CON OBRAS Y DE VERDAD (30-X-1960)

Por Pedro Rodríguez


1.- DÍA UNIVERSAL DE LAS MISIONES: EL SERMÓN DE LOS CINCO TODOS

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- "Así habló Jesús y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre santo, como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo". San Juan, Cáp. 17. Confucio nos dejó un pensamiento que, aplicado a nuestro compromiso cristiano, explica muchas cosas: “Oigo y olvido. Veo y recuerdo. Hago y aprendo".

Muchos no hemos comprendido qué es la fe y menos aún qué es el Evangelio, porque es pobre nuestra práctica cristiana. O, muchas veces, nula. Lo que oímos en nuestra educación cristiana, ya lo hemos olvidado. Sería entonces necesario mirar a nuestro alrededor para recordar muchas cosas. Y actuar de modo decidido. Lo cual sería un constructivo aprendizaje.

Todas las comunidades cristianas se examinan hoy sobre su deber misionero. La Iglesia no puede continuar existiendo en dos facciones: Quienes se comprometen a anunciar el Evangelio y aquellos que permanecen mano sobre mano, viviendo pasivamente su fe. Porque todos los bautizados hemos sido enviados, cuando Cristo envió a los apóstoles. Para toda la Iglesia pronunció Jesús el "Sermón de los cinco todos", que encontramos en el capítulo 28 de San Mateo y en el 16 de San Marcos: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan por todo el mundo. Anuncien el Evangelio a toda la tierra. Enséñenles todo lo que yo les he enseñado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos".

2.- En este sermón vale la pena reflexionar, de modo peculiar, sobre el primero y el último “todo”: “Se me ha dado todo poder”, dice Jesús: Apoyo decidido del Maestro a nuestras iniciativas apostólicas. “Yo estaré con ustedes todos los días”: Seguridad de la presencia del Señor en nuestros proyectos. El proceso de maduración de una comunidad cristiana no termina en la cosecha de vocaciones para el sacerdocio, y la vida religiosa. No se agota en las estructuras eclesiales, las obras de beneficencia, la suficiente atención pastoral a las parroquias, o en los movimientos apostólicos. Culmina cuando rompemos nuestro tradicional egoísmo y vamos más allá de las fronteras.

Entonces inauguramos la tarea cristiana de dar y recibir. Un flujo y reflujo de vida entre Iglesias más estructuradas y otras más necesitadas, para compartir fraternalmente los valores del Evangelio. Diástole y sístole del corazón cristiano, dos mecanismos que aseguran su buena marcha.

La madurez de una comunidad, de una parroquia, de una diócesis se expresa en la ayuda generosa, aún dando desde la pobreza, a quienes aguardan el anuncio del Señor Jesús.

3.- Antes la evangelización brotaba en aras de la salvación eterna para neutros hermanos que no han recibido el bautismo. Se creía y predicaba sobre su segura condenación. Hoy los esfuerzos misioneros de una actitud generosa hacia toda la humanidad. Vivir el Evangelio es el camino más apto hacia la salvación. Y es además de elemental nobleza hacer conocer a Cristo, el Salvador. Los actuales documentos de la Iglesia y especialmente la encíclica Redemptoris Missio de Juan Pablo II, nos señalan un derrotero. Es necesario que nuestros laicos ocupen el lugar que les pertenece en la tarea apostólica. Es necesario que nuestras comunidades cristianas sean más vivas y responsables. Es necesario darle a nuestra pastoral una dimensión universal.

Así habrá recursos humanos y económicos para las necesidades domésticas y, para el hambre de Dios de todo el mundo.


2.- CREER ES ESPERAR

Por Gabriel González del Estal

1. – Creer es esperar y confiar. La simple creencia racional de que Dios existe no tiene fuerza suficiente para hacer saltar la chispa de la esperanza en un Dios que puede salvarnos. El Dios de los filósofos no hace creyentes vivos; Pascal no empezó a vivir su fe hasta que se encontró con el Dios de los patriarcas, con el Dios de la fe. Un Dios con el se podía entrar en diálogo, a quien se le podía descubrir la profundidad de la herida, a quien se le podía confiar el secreto más hondo del corazón. Creer en el Dios cristiano, en el Dios de Jesucristo, es creer en un Dios que me ama, en un Dios que está más dentro de mí que yo mismo, en un Dios católico y universal que se ha acercado hasta nosotros, para salvarnos a todos. Creer en él es esperar que cumpla su palabra, creer que está siempre esperando al hijo pródigo y desagradecido, buscando entre las zarzas espinosas a la oveja perdida, curando al poseso y al paralítico, defendiendo a la mujer pecadora, amando y perdonando a todos hasta el extremo. Sólo a este Dios se le puede rezar, se le puede abrir el corazón, se le puede llamar Padre y se le puede decir: hazme justicia frente a mi adversario. El lema de este domingo del DOMUND es: dichosos los que creen. La pregunta que podemos hacernos nosotros, los burgueses de esta Europa capitalista, es: ¿cómo van a poder creer en el Dios de los cristianos tantos millones de personas a quienes los cristianos, con nuestro monstruoso egoísmo, estamos abandonando a la miseria y a la muerte? ¿Pueden confiar en nuestro Dios y esperar algo de nosotros, los cristianos, aquellos que sólo nos ven como a sus explotadores y comerciantes aprovechados? Si no esperan nada bueno de nosotros, si no confían en nosotros, ¿cómo van a creer en el que decimos que es nuestro Dios?

2. – Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Moisés rezaba por el pueblo, mientras Josué peleaba con la espada contra los enemigos del pueblo. Es cierto que hoy no podemos pedirle a nuestro Dios que derrote a nuestros enemigos, a filo de espada. Nos lo impide nuestra sensibilidad religiosa y nuestro amor a un Dios que es padre de todos y que quiere salvarnos a todos. Pero la insistencia de Moisés en la oración, que sostuvo las manos en alto hasta la puesta del sol, mientras Josué peleaba valientemente, sí nos hablan del valor de la oración comunitaria y del trabajo comunitario como valores cristianos de todos los tiempos. El ora et labora de San Benito, el “reza y trabaja”, sobre todo cuando se hace comunitariamente, a favor del pueblo de Dios, sigue siendo hoy un consejo y una práctica cristiana de gran valor. Unir trabajo y oración, tiempos de actividad y tiempos de ocio, de diálogo, de lectura, de contemplación, es algo necesario para mantener el buen tono físico, psíquico y espiritual de la persona.

3. – Toda Escritura inspirada por Dios es útil para... educar en la virtud. Educar en las virtudes humanas, en las virtudes cardinales y en las virtudes teologales, en el perfeccionamiento progresivo y continuado de nuestro ser humano. La escritura que no sirve para educar en la virtud no puede ser una escritura inspirada por Dios, por muy dicha y escrita que esté en lugares y libros llamados santos. Educar en la virtud era ya el máximo ideal de los filósofos griegos de los siglos cuarto y quinto antes de Cristo, pero que, desgraciadamente, no es el máximo ideal de la mayor parte de los padres de familia y gobernantes de este tiempo en el que nosotros vivimos. Sobre todo, si, como nos dice el autor de la carta a Timoteo, el educar en la virtud supone proclamar la palabra, insistir a tiempo y a destiempo, reprender, reprochar, exhortar, con toda paciencia y deseo de instruir. Educar en la virtud supone mucho en el que educa; supone paciencia, fortaleza, sabiduría y, sobre todo, mucho verdadero amor. Virtudes que, por desgracia, no abundan hoy mucho en los que tenemos la sagrada misión de educar.

4. – Hazme justicia frente a mi adversario. Más de una vez, el mayor adversario de cada uno es uno mismo. Ese yo egoísta, vanidoso y ambicioso, que vive dentro de cada uno de nosotros. Lo llevamos siempre dentro de nosotros mismos, tentándonos y empujándonos hacia el mal camino, hacia la deificación del yo y hacia el desprecio o la indiferencia frente al hermano. También hay adversarios externos, personas, instituciones, cosas, que nos tientan, o nos deslumbran, o nos atontan, o nos apartan del verdadero camino de la justicia, de la paz y del amor. De todos los adversarios quiere librarnos el Señor bondadoso y bueno, el Padre que sabe mejor que nosotros lo que necesitamos y que conoce nuestras debilidades y nuestras equivocaciones. Vamos a pedirle al buen Dios que nos ayude a librarnos de todos nuestros adversarios. Poniendo de nuestra parte todas nuestras escasas fuerzas y confiando, teniendo fe, en la misericordia de nuestro Dios, de un Dios que, antes que juez, es Padre misericordioso.


3.- PERSEVERANCIA

Por José María Martín OSA

1.- Oración y fe. Decía San Agustín en una de sus homilías que "la fe es la fuente de la oración y no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua". Es decir, para poder orar y pedirle a Dios hay que, primero, creer y confiar en El. El domingo pasado se nos recordaba la importancia de la oración de acción de gracias. Nos gusta más pedir que dar gracias, pero también es necesario pedir, pues quien pide es porque se siente necesitado y porque cree y confía en ese Alguien que puede ayudarle. Pedimos porque creemos, pero, al mismo tiempo, la oración alimenta nuestra fe. Quien no ora debilita su experiencia de Dios. Hemos de pedir a Dios que "ayude nuestra incredulidad". Si nos falla la oración ¿no será porque nuestra fe también es tambaleante? Ocurre que frecuentemente no sabemos pedir y nos decepcionamos si Dios no nos concede lo que pedimos. No puede ser que Dios conceda a todos acertar el número de la lotería y es imposible que conceda a la vez la victoria a dos aficionados de dos equipos distintos que se enfrentan entre sí. Dios no es un talismán, o un mago que nos soluciona los problemas. Cuando pedimos algo nos implicamos en eso que pedimos y nos comprometemos a hacer realidad, con la ayuda de Dios, lo que suplicamos.

2.- Pedir realmente lo que necesitamos. Dios sólo habla en el silencio y la oración más profunda en el Nuevo Testamento no es tanto hablar con el Padre, sino escuchar al Padre. Cristo es el “el oyente de la Palabra” y para oír la palabras de Dios hemos de crear un clima ausente del ruido exterior. Sólo el que escucha saber pedir lo que le conviene. Es curioso observar cómo muchas veces acudimos a Dios en los momentos difíciles de nuestra vida, en espera de obtener esas gracias de orden material: salud, enfermedades, trabajo… ¡Qué pocos piden por su vida interior, por la paz espiritual, para tener un corazón más limpio y una purificación profunda en todas sus actitudes ante la vida!.. Frente a un mundo amoral en el que nos movemos, en donde todo se compra y se vende y las personas se reducen a objetos de uso y disfrute, los cristianos hemos de ofrecer espacios de meditación en los que podamos encontrar un poco de paz y alegría.

3- La oración en grupo nos ayuda. En el trayecto por el desierto los israelitas se enfrentan a muchas dificultades. Moisés oraba por el pueblo con las manos en alto. Pero necesita la ayuda de otros para mantenerlas en alto. Así cada uno de nosotros necesita ser sostenido en la oración. Esta es la fuerza que da un grupo de oración en el que haremos bien en participar. La vida es una lucha en la que tenemos que estar siempre despiertos. Dios quiere que se pongan ante todo los medios humanos posibles y los casi imposibles para poder superar las dificultades que se presenten. Después, o al mismo tiempo, hay que orar. Dios es para nosotros “la cálida sombra” -Salmo 120-, que nos protege de los ardores del sol y de los rigores del frío.

4.- Orar siempre, sin desanimarnos. Empezar a orar es fácil. ¡Qué difícil es la perseverancia! Qué cierto es que el empezar es de muchos y el terminar de pocos. Lo sabemos por experiencia propia. San Pablo exhorta a Timoteo a permanecer en lo que ha aprendido y se le ha confiado. Es necesario orar siempre, sin desanimarse nunca. Sin embargo, muchas veces no es así y fácilmente abandonamos la oración El Señor nos propone una parábola, la del juez inicuo. Si un hombre malvado, como era el juez, actuó de aquella forma, qué no hará Dios con quienes son sus elegidos y le gritan de día y de noche. De nuevo tenemos la impresión de que Dios está más dispuesto a dar que el hombre a pedir. Lo que ocurre es que nos falta fe. Por eso, a continuación de esta parábola, el Señor se pregunta en tono de queja si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en el mundo. Da la impresión de que la contestación es negativa. Sin embargo, Jesús no contesta a esa pregunta, a pesar de que Él sabe cuál es la respuesta exacta. Sea lo que fuere, hemos de poner cuanto esté de nuestra parte para no cansarnos de acudir a Dios, una y otra vez, todas las que sean precisas, para pedirle que no nos abandone, que tenga compasión de nuestra inconstancia en la oración. Sin El no podemos hacer nada.


4.- EL JUEZ INJUSTO

Por José María Maruri, SJ.

1.- Si ya –desde luego en otro tiempo—un célebre alcalde andaluz hubiera oído en tiempos de Jesús está parábola del Juez Injusto, hubiera sin duda dicho aquella frase que dijo en otra ocasión (**) y que estuvo a punto de costarle su vida política. Se ve que ya desde por los menos dos mi años atrás la justicia ha estado mal tratada…

La parte fuerte es el juez que ni teme a Dios ni le importan los hombres. La parte débil es una viuda que exige justicia sin tener más armas que su debilidad, pero que conoce la única debilidad del juez: su egoísmo, que le dejen en paz. Lo que el Señor nos quiere enseñar con la parábola del Juez Injusto está claro porque lo dice el mismo Evangelio: “quería explicar como tenían que orar siempre sin desanimarse”. Lo cual supone una parte fuerte que puede acceder a los ruegos, y una parte débil que pide. Y el que pide siempre es débil.

2.- En la gran Historia del mundo, lo mismo que en la pequeña historia de cada día hay ejemplos de una parte fuerte vencida por la debilidad. Gandhi venció con su debilidad al Imperio Británico, consiguiendo la independencia de la India, gracias a su constancia. Pues esta constancia es la que nos pide el Señor. Constancia hasta que nos oigan. Creo que no es falsear la parábola si pensamos que la viuda estuvo muchas veces a punto de tirar la toalla por cansancio. Lo mismo que el juez antes de tomar su decisión estuvo muchas veces dispuesto a ceder. ¡Os imagináis si el día que el juez le dice al alguacil que traiga a la viuda para hacerla justicia hubiera resultado que la viuda hubiera desaparecido! Y nosotros que acusamos al Señor de que no nos oye, cuántas veces hemos dejado al Señor con la pluma en la mano cuando se disponía a firmar el decreto de concesión de lo que pedíamos. Como el juez injusto tenía un punto débil por donde la viuda le atacó. También el Señor tiene un punto débil. Al juez no le importaban los hombres, por eso podía despreciarlos.

3.- --Al Señor le importan los hombres y las mujeres.

--Al Señor le importan tanto los hombres, le parece tan maravilloso ser hombre que Él mismo se ha hecho uno de nosotros.

--Le importan tanto los hombres que ha hecho por cada uno de nosotros lo que sólo un gran amigo hace por otro y es dar su vida por él.

--Al Señor le importamos tanto que se ha quedado con nosotros hasta el fin de los siglos.

Por eso nos dice Jesús: “¿Ese Señor os dará largas? ¿Dejará de hacer justicia?”

4. - ¿Nos os parece un maravilloso símbolo ese Moisés de la primera lectura con los brazos abiertos en oración pidiendo por su pueblo? ¿No os recuerda a esas personas queridas de nuestras familias; tal vez la abuela, tal vez la madre, que han volcado sus corazones delante del Señor pidiendo por cada uno de nosotros y a cuyas oraciones deberemos, sin saberlo, nuestro encuentro con el Señor en tanto momentos de nuestra vida? Moisés ayudado por los suyos para que no desfalleciera. Padres y madres de familia a los que agobian los problemas de los hijos, ayudaos el uno al otro para perseverar en esa oración hasta que lo consigáis, no tiréis la toalla en el momento en que el Señor os va a escuchar.

(**) El padre Maruri se refiere al Alcalde Pacheco de la ciudad de Jerez de la Frontera, en Cádiz, España, que ante una decisión de un juez dijo: “La Justicia es un cachondeo” y que tuvo extraordinaria repercusión política y éxito popular.


5.- ¡QUÉ NO DECAIGA EL ÁNIMO!

Por Javier Leoz

1.- Siempre que escuchamos este evangelio de San Lucas nos debiera de sacudir en lo más hondo de las entrañas esa pregunta, que al final de la parábola del juez injusto, te hace, me hace y nos hace Jesús: “Cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará Fe sobre la tierra?

De sobra sabemos que Dios es grande y bueno. Que no hay límites en su corazón. Que, como buen Padre que es, nos concede a tiempo y a destiempo aquello que necesitamos para vivir o seguir como hijos en el camino de la fe.

Pero ¿sabemos si la oración es grande en nosotros? ¿Si el motor de nuestra actividad humana y eclesial está sustentado en una relación de “tú a tú” con Dios o si, por el contrario, ese compromiso del día a día, ha caído en un puro activismo dejando caer el peso y toda su fuerza en nuestras habilidades, carismas, carácter, temperamento y aptitudes?

2.- La crisis que estamos padeciendo en nuestra iglesia y en nuestras parroquias, en nuestra vida de cristianos y en nuestros seminarios semivacíos, en nuestra felicidad y en nuestra forma de vivir se debe en gran parte a que nuestra oración es escasa, mediocre y débil. Muchos cristianos no saben marcar ni cómo conectar con ese número de la oración. Otros, hace tiempo que lo dieron de baja en su agenda telefónica. A otros, nadie se ha preocupado de hacerles sentir y ver el valor de una relación íntima y personal con Dios para que llegasen a conocer aquella experiencia que Santa Teresa de Jesús nos retrataba; “oración no es otra cosa sino tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”

3.- Hemos de cambiar un poco el “chip” en nuestro pastoreo, en el modo de entender y llevar a cabo proyectos, cursos, dinámicas, departamentos, delegaciones, catequesis y otras actividades evangelizadoras. Es el momento, y el evangelio de hoy nos lo urge más que nunca, de ser como esa insistente mujer que ante el juez injusto exponía una y otra vez sus necesidades con el convencimiento de que tarde o temprano se saldría con la suya. ¿De qué manera?: desde la confianza, constancia, esperanza y creyendo que Dios, siempre justo, permanece al otro lado disfrutando y escuchando nuestra plegaria.

4.- Me gusta el final de aquella leyenda del centinela que se pasó toda una vida esperando la venida de Dios: Un día viéndose ya muy viejo y limitado, dejó salir de su corazón este grito: “me he pasado toda la vida esperando la visita de Dios y me voy a morir sin verte”. Estaba en la torre del castillo. En aquel mismo momento oyó una voz muy dulce a sus espaldas, “pero es que no me conoces”. El centinela aún no veía a nadie. Estalló lleno de alegría, “qué bien que ya has llegado”. ¿Por qué me has hecho esperar tanto? ¿Por dónde has venido que yo no te he visto? Y nuevamente la voz aún más dulce que anteriormente le dijo, “siempre he estado cerca de ti, a tu lado, más aún, siempre he estado dentro de ti. Has necesitado muchos años para darte cuenta, pero ahora ya lo sabes. Este es mi secreto, yo estoy siempre con los que me esperan y sólo los que me esperan pueden verme”. Qué triste sería si, cuando de nuevo vuelva el Señor a la tierra, se encuentre el torreón de su iglesia vacío.

5.- Hoy, gracias a Dios, los misioneros –por miles entregados a su misión en diferentes continentes- siguen haciendo presente lo que nosotros, con más comodidad, vivimos en nuestras parroquias, comunidades, pueblos y ciudades.

Hoy, ante el Señor, no puede faltar nuestra oración –insistente y confiada- para que, una de la caras más bonitas de la Iglesia Católica (los misioneros) sigan contando con los medios suficientes, espirituales y materiales, en su labor evangelizadora.

Si Dios nos ha dado tanto ¡qué menos que en este día compartamos algo! Si Dios nos ha bendecido con una economía estable; ¡qué menos que pongamos, poco o mucho, como ayuda a nuestros misioneros!

Hoy, en el día del Domund, seguimos creyendo, apoyando y orgullosos de tantos hombres y mujeres que, creyendo en lo que predican, hacen y promueven, llevan el anuncio del Evangelio a tantos lugares de la tierra.

Que nuestra oración, junto con nuestro donativo, sea muestra de que seguimos siendo dichosos por creer.

Os dejo con esta oración:

6.- DAME, SEÑOR

Dios, dame el día de hoy fe para seguir adelante,

Dame grandeza de espíritu para perdonar

Dame paciencia para comprender y esperar

Dame voluntad para no caer

Dame fuerza para levantarme si caído estoy

Dame amor para dar

Dame lo que necesito y no lo que quiero

Dame elocuencia para decir lo que debo decir

 

Haz que yo sea el mejor ejemplo para los que me rodean

Haz que yo sea el mejor amigo de mis amigos

Haz de mí un instrumento de tu voluntad

Hazme fuerte para recibir los golpes que me da la vida

 

Déjame saber que es lo que Tú quieres de mi

Déjame tu paz para que la comparta con quien no la tenga

Por último, anda conmigo y déjame saber que así es.


6.- ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE

Por Antonio García Moreno

1.- "En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín..." (Ex 17, 8) Durante la ruta del desierto los israelitas han de superar mil dificultades. Es un camino tortuoso, un sendero largo y escarpado. En medio de aquellos parajes desolados se iría curtiendo el guerrero, que después abordaría sin desmayo la conquista de la Tierra Prometida. En la ascética cristiana esta etapa de la historia de la salvación es fundamental. Por qué también los cristianos vamos caminando hacia la Tierra de promisión, porque también los que tienen fe caminan con el corazón puesto en el otro lado de la frontera.

Nos narra hoy el hagiógrafo el ataque de Amalec. Es el jefe de la tribu de nómadas que habita en el norte del Sinaí. Son hombres avezados a la lucha y están ansiosos de arrebatar a los israelitas sus ganados, sus bienes todos, el botín que traen de Egipto... Ataques por sorpresa, ataques que se ven venir, ataques de gente armada hasta los dientes. La vida es una milicia, una lucha en la que tenemos que estar siempre en pie de guerra. Sólo así resistiremos el empuje enemigo, sólo participando en la refriega de cada combate participaremos en la gloria de cada botín.

"Mañana yo estaré de pie en la cima del monte con el bastón maravilloso en la mano... “(Ex 17, 8) Moisés se siente cansado, sin fuerza para ponerse al frente del ejército. Pero él sabe que su debilidad no es óbice para que la batalla se gane, él está persuadido de que el primar guerrero es Yahvé, que al fin y al cabo es Dios quien da la victoria. Convencido de ello llama a Josué y le expone su plan de ataque.

Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec... Es lo primero, poner todos los medios a su alcance antes de entrar en la lucha. Sí, porque Dios no ayuda a los que no ponen de su parte lo que pueden, a los que son vagos y comodones. Dios quiere, exige que se pongan antes todos los medios humanos posibles, y los casi imposibles para poder superar las dificultades que se presenten. Después, o al mismo tiempo, a rezar... Entonces el poder de Dios se hace sentir avasallador. No habrá quien se nos resista, no habrá obstáculo que no podamos superar, ni pena que no podamos olvidar. Dios no pierde nunca batallas, Dios es irresistible. Por eso la vida que es una milicia, una lucha, una guerra, para el que tiene fe es, además, una guerra ganada.

2.- "Levanto mis ojos a los montes..." (Sal 120, 1) Valle de lágrimas se llama en la Salve a esta vida nuestra. También se dice en esa bellísima oración que los hijos de Eva somos unos desterrados que gimen y que lloran... En cierto modo, así es como describe también el salmo de hoy nuestra vida; inmersa en un valle de sombras, rodeado de altas montañas a través de las que nos ha de llegar el remedio para nuestros males.

En medio de la angustia y el miedo de esa situación, surge una viva esperanza porque el auxilio nos vendrá del Señor que hizo el cielo y la tierra. Y siendo tan poderoso el Todopoderoso es cómo no podrá ayudarnos en nuestras necesidades, cómo no podrá librarnos de todo mal. Máxime cuando el mismo Señor nos dice: No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme ni reposa... Dios está siempre velando, permanece de continuo protegiéndonos, pendiente de cada uno de nosotros.

"El Señor te guarda a su sombra..." (Sal 120, 5) Dios es para nosotros la cálida sombra que nos protege de los ardores del sol y de los rigores del frío. Ya en el desierto aliviaba el calor sofocante de su pueblo por medio de la nube protectora, que se hacía fuego en las duras y frías noches de la tierra arenosa. Flotaba sobre el pueblo que caminaba, a veces perdido, por aquellas regiones inhóspitas, bajo el clima inclemente del yermo.

Con sencillez y hasta con ingenuidad nos asegura el canto interleccional que el Señor está a nuestra derecha, y que ni el sol ni la luna podrán dañarnos. También nos recuerda que nos libra de todo mal, que guarda nuestra alma donde quiera que esté, ahora y por siempre. Son palabras que han de suavizar las penas de este nuestro recorrido por este valle de lágrimas; son promesas que han de limpiar nuestro llanto, mitigar nuestros pesares y preocupaciones... Haz, Señor, que sea así. Haz que tu poder nos anime sin cesar y que, pase lo que pase, esperemos confiados en tu ayuda.

3.- "Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado" (2 Tm 3, 14) Qué difícil es la perseverancia. Qué cierto es que empezar es de muchos y el terminar de pocos. Lo sabemos por experiencia propia. Iniciamos muchas cosas y finalizamos pocas, o ninguna. A veces se afirma que la inconstancia es propia de la juventud, y yo diría que lo es de la naturaleza humana herida.

Y hay cosas en las que hemos de permanecer firmes, si queremos salvar nuestra alma. Porque si claudicamos, o nos cansamos de cuestiones accidentales, la cosa no tiene mayor importancia. Pero si nos cansamos de ser fieles a nuestra fe, entonces estamos perdidos.

Tengamos, pues, cuidado. Vigilemos con atención, luchemos con abnegación. Hay que ser leales con Cristo, leales con la Iglesia. Hoy cuando tanta traición existe, tanta deslealtad, tanto conformismo. Permanecer en lo que hemos aprendido, en esas verdades de nuestro Credo que son perennes, tan perennes como el mismo Evangelio.

"Sabiendo de quien lo aprendiste..." (2 Tm 3, 15) Cuando uno ha aprendido algo de quien se equivocaba, entonces es lógico que se trate de rectificar lo que ha aprendido. O cuando quien nos ha enseñado resulta que es un embustero, un embaucador que trata de sacar partido de su engaño, entonces también es razonable no hacer caso, olvidar eso que nos dijeron.

Pero en el caso de ese dogma y de esa moral, que aprendimos de la Iglesia, de boca de nuestros mayores, en ese caso no hay ni mentira ni ignorancia. Todo lo contrario, pues nadie ha tenido ni tiene la verdad como la tiene la Iglesia católica. No por un privilegio debido al mérito humano, sino por pura benevolencia y libre concesión de Dios. Ni nadie, por otra parte, tiene la garantía de la asistencia infalible del Espíritu Santo, como la Iglesia tiene desde el comienzo de su historia y hasta la consumación de los siglos.

Firmes, pues, fuertes en la fe, leales pese a tanta concesión. Fieles siempre. No olvidemos que la victoria definitiva es la del que gana la última batalla. El triunfo es de los que terminan y no de los que se limitan a empezar.

4.- "Jesús, para explicar cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola..." (Lc 18, 1) Hay verdades tan claras que no necesitarían, para comprenderlas, otra cosa que la exposición de las mismas. Así, por ejemplo, la de que es necesario orar siempre, sin desanimarse nunca. Para quienes se ven de continuo necesitados, ha de ser evidente que han de recurrir a quien les pueda cubrir sus necesidades. Podríamos decir que lo mismo que un niño llora cuando tiene hambre, hasta que le dan de comer, así el que se ve necesitado clamará a Dios, que todo lo puede, para que le ayude y le saque del apuro.

Sin embargo, muchas veces no es así. Nos falta la fe suficiente y la confianza necesaria para recurrir a nuestro Padre Dios, para pedirle humildemente nuestro pan de cada día. O nos creemos que no necesitamos nada; somos inconscientes de las necesidades que padecemos. Reducimos nuestra vida al estrecho marco de nosotros mismos y limitamos nuestras necesidades a tener el estómago lleno. Sin darnos cuenta de cuantos sufren, cerca o lejos de nosotros; sin comprender que no sólo de pan vive el hombre, y que por encima de los valores de la carne están los del espíritu.

Así, pues, aunque resulta evidente que quien necesita ser ayudado ha de pedir ayuda, el Señor trata de convencernos de que hay que orar siempre sin desanimarse. Para eso nos propone una parábola, la del juez inicuo que desprecia a la pobre viuda, y no acaba de hacer justicia con ella. Esa mujer acude una y otra vez a ese magistrado del que depende su bienestar, para rogarle que la escuche. Por fin el juez se siente aburrido con tanta súplica y asedio continuo. El Señor concluye diciendo que si un hombre malvado, como era el juez, actuó de aquella forma, qué no hará Dios con quienes son sus elegidos y le gritan de día y de noche. Os aseguro, dice Jesús, que les hará justicia sin tardar.

De nuevo tenemos la impresión de que Dios está más dispuesto a dar que el hombre a pedir. En el fondo, repito, lo que ocurre es que nos falta fe. Por eso, a continuación de esta parábola, el Señor se pregunta en tono de queja si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en el mundo. Da la impresión de que la contestación es negativa. Sin embargo, Jesús no contesta a esa pregunta, a pesar de que .el sabe cuál es la respuesta exacta. Sea lo que fuere, hemos de poner cuanto esté de nuestra parte para no cansarnos de acudir a Dios, una y otra vez, todas las que sean precisas, para pedirle que no nos abandone, que tenga compasión de nuestra inconstancia en la oración, que tenga en cuenta nuestras limitaciones y nuestra malicia connatural.

Hay que rezar siempre sin desanimarse. Hemos de recitar cada día, con los labios y con el corazón, esas oraciones que aprendimos quizá de pequeños. Muchas veces oraremos sin ruido de pala¬bras, en el silencio de nuestro interior, teniendo puesta nuestra mente en el Señor. Cada vez que contemplamos una desgracia, o nos llega una mala noticia, hemos de elevar nuestro corazón a Dios -eso es orar- y suplicarle que acuda en nuestro auxilio, que se dé prisa en socorrernos.


7.- JESUS ENSEÑA A ORAR A TODA HORA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- No sé que os parecerá a vosotros, pero la frase: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?" me ha producido siempre una enorme inquietud. Y es que esta última frase de Jesús que aparece en el relato evangélico de San Lucas –y que se lee en la misa de hoy –es una de las más preocupantes de todo el Nuevo Testamento. El Hijo de Dios se pregunta sobre la continuidad de su obra. Y parece oportuno reflejar con toda claridad esta idea del Maestro, ya que celebramos el Domund, el domingo Mundial de la Propagación de la Fe, que este año nos ofrece el eslogan: “Dichosos los que creen”. Jesús, es el gran agente de nuestra fe, el Maestro que nos ha mostrado la cara visible de Dios invisible. La pregunta de si al volver Él puede encontrar fe en la tierra puede ser tomada, también, como exclusivamente didáctica, como una advertencia a los Apóstoles, y a las generaciones venideras, sobre la fragilidad de la fe en el genero humano y la necesidad de trabajar con ahínco para mantener esa fe.

Pero también como Hombre Verdadero podría sufrir inquietudes respecto al futuro, aunque como Dios Verdadero conoce el auténtico "resultado final". Hay muchos acercamientos a la psicología del Salvador. Es Romano Guardini quien más habla de las discrepancias entre Cristo y su tiempo. El formidable escritor y teólogo ítalo germano dice en su obra "El Señor" que las cosas cambiaron, que Jesús pudo pensar que iba a conseguir una Redención en paz cuyo resultado se aproximaría bastante a las profecías de Isaías. Hemos repetido aquí varias veces la teoría de Guardini y no es extraño porque, para nuestro gusto, es subyugante.

2.- Sea cual sea la interpretación que más nos guste, la realidad es que los cristianos tenemos la responsabilidad de trabajar duro para que cuando vuelva Jesús haya fe en la tierra. Tenemos una responsabilidad, compartida con Cristo --así como suena--, en la Redención. No podemos prescindir de nuestra labor en la transmisión de la Palabra de Dios y en el conocimiento de Jesús es el Señor. Fórmulas para acometer ese camino de apostolado habrá muchas y cada uno tendrá que elegir la que más le convenga, pero, en ninguno de los casos, hacer dejación de esa responsabilidad. Pero, en ninguno de los casos, inhibirse o decir que la evangelización o el apostolado es cosa de curas y monjas, de misioneros y misioneras consagradas.

Cada uno, en la medida de nuestras posibilidades, tendrá que hacer, por los menos, algo --¡ya!—sin obviar su responsabilidad. La forma más cercana –y posible—es orar y entregar nuestra ayuda económica a las Misiones. Y no se olvide esa vieja receta –siempre vigente y actual—del Antiguo Testamento que las limosnas ayudan a perdonar los pecados. Y es la oración insistente la que hoy Jesús nos recomienda en el Evangelio de Lucas. Oremos por las misiones. Oremos para que las enseñanzas de Cristo Jesús lleguen hasta los confines de la tierra, sin olvidar, por supuesto, que estén presentes en los más cercanos, en nuestra familia, en nuestros amigos, en nuestros vecinos.

3.- Parece que el Evangelio de hoy, este fragmento del principio del capítulo 18 de San Lucas, tiene un contenido sencillo. Si Jesús enseñaba a los discípulos a orar entonando el Padrenuestro es obvio que les recomiende la oración continua e insistente ante el Padre, tal como él mismo hacía. La parábola también parece simple, pero no lo es. Los jueces estaban muy valorados en el mundo que circundaba la vida habitual del Israel de tiempos de Cristo. Pero, sin embargo, se sabía que practicaban una justicia que favorecía a los poderosos, prestando poca atención a los más pobres y, dentro de ellos, a las viudas que eran, sin duda, el escalón más desprotegido de la sociedad. Es posible, incluso, que el episodio de la viuda insistente hubiera ocurrido hace poco y fuera objeto de comentarios en el entorno próximo a Jesús.

Enfrenta, pues, una vez más, Jesús de Nazaret a los más pobres como a los más poderosos y de ahí sale la parábola. Y en ella, sin duda, la viuda del relato demuestra una gran valentía, pues las antesalas y barreras para que un pobre viera a un juez eran imponentes. Pero ella siguió insistiendo hasta que el juez decidió hacer lo que tenia que hacer: justicia. La viuda es, pues, un ejemplo que puede tomarse en lo preciso del “cuentecillo”, del relato específico de la parábola. Claro que la comparación entre el juez vago y malvado y el Dios tierno y compasivo solo puede favorecer la confianza de aquellos que rezan. Dios Padre, sin duda, vendrá en su ayuda y les hará justicia. Mucha gente, hoy, en este mundo tan injusto espera la justicia de Dios. Y es conveniente que nuestra oración continua pida tambien que llegue esa justicia divina para que este nuestro mundo sea algo mejor.

4.- La oración insistente, con una apoyatura física indudable, nos la presenta la primera lectura de hoy. Procede del Libro del Éxodo y es un fragmento muy conocido. Mientras que Moisés mantenía los brazos levantados orando las tropas hebreas de Josué, que atacaban a Amelec, iban venciendo. Si Moisés, rendido por la fatiga, bajaba las manos, el decurso de la batalla se inclinaba a favor de las huestes de Amelec. Por fin, Aarón y Jur se ingeniaron un modo de paliar el cansancio de Moisés, sentarle en una silla y sujetar ellos mismos los brazos orantes del “Hombre de Dios”. Dios valora ese esfuerzo y ese ingenio, igual que el juez malo valoró la capacidad de insistencia de la viuda, que, sin duda, también tuvo que saltar muchas barreras físicas, impuestas por los servidores del inicuo magistrado.

Ya hemos dicho en domingos anteriores que la Segunda Carta de San Pablo a Timoteo tiene un enorme valor catequético dentro de la formación de ministros de la Iglesia –y de todos los fieles—y que así ha sido a lo largo de la historia. Hoy Pablo dice a su discípulo Timoteo que la inspiración divina está en la Escritura y que esta tiene que ser enseñada en todo momento y de manera insistente. Guarda, pues, un paralelismo la enseñanza catequética con el hecho de orar. Y así ofrece Pablo esta frase también un tanto impresionante: “proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda comprensión y pedagogía”.

Hoy, todos, –en lo más íntimo de nuestro corazón—deberíamos pedir al Señor Jesús que nos dé fuerzas para rezar a toda hora. Y que las distracciones –muchas de ellas bastante inútiles—que nos trae la vida, no impidan nuestra oración continua. Jesús de Nazaret está siempre dispuesto a ensañar a orar a todo aquel que se lo pide.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


REZAR, SIEMPRE REZAR, ES COSA ÚTIL

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Me gusta, mis queridos jóvenes lectores, explicaros el paisaje o los lugares por donde trascurren los hechos narrados en las lecturas del domingo. En esta ocasión me resulta difícil. El episodio del Éxodo al que se refiere la primera de hoy, ocurre al Sur del Israel actual o al Norte de la Península del Sinaí, según se mire. Os hablaré un poco de esos entornos. Tanto si le llamamos desierto de Sin, Paran o Sinaí, se trata de grandes extensiones carentes de ciudades, constituidas por rocas que se elevan formando montañas, dejando en los valles, sean estrechos, a los que llamamos wadis, o amplios, que permiten que las caravanas de beduinos se desplacen lentamente o se estacionen. Lo que sorprende al viajero es que por aquellos lugares pueda existir vida. Sí, todavía hoy, en algunos rincones, se ven algunas jaimas, normalmente al lado de algún mechón de palmeras, pocas y no demasiado altas, indicación segura de que hay humedad, indispensable para la vida. En alguna ocasión, se encuentra una losa tapando una cavidad, si la levanta, puede, de aquel estrecho agujero, sacar agua. La que le sobra, la vuelve a tirar al mismo pozo, dejándolo tapado de nuevo, antes de marcharse. Aquel áspero terreno tiene la característica de ser uno de los espacios con atmósfera más nítida de nuestro planeta. Las lluvias caen esporádicamente y lo hacen a raudales, arrastrando todo lo que encuentran, si no está bien anclado en el terreno.

Las palmeras o las acacias, los sittin, pueden hincar sus raíces hasta 40 metros, para obtener agua y mantenerse fijas. Las otras plantas son retamas o arbustos semejantes, de piel dura, de terminaciones espinosas para ahorrar evaporaciones innecesarias. De una tal vegetación se aprovechan las cabras, los huesos de los dátiles son alimentación de camellos y supongo que las vacas y las ovejas, con dificultad, deben comer algunas hojas de las dichas acacias, amén de pequeñas plantas, que se asoman por las grietas de las rocas. Imaginaos la batalla en uno de estos llanos arenosos por donde querían atravesar los israelitas, camino de la Tierra Prometida. Moisés en lo alto de uno de estos agrestes picos, divisando con detalle el desplazarse de sus huestes, avanzando, luchando o retrocediendo.

2.- Desde lo alto Moisés, ya anciano, reza. Será otro quien dirija la batalla. O, tal vez, quien lleve por buen camino y procure el éxito sean, no las espadas, sino sus súplicas. El estilo de la narración evangélica del presente domingo, mis queridos jóvenes lectores, es didáctico. Se enseña la necesidad de la oración, de la constancia en la plegaria.

Yo estoy seguro, mis queridos jóvenes lectores, que todos tenéis alguna experiencia en este terreno. Recordáis momentos de súplica y que habéis sido oídos, pero, hay que reconocerlo, en otras ocasiones, habéis quedado un poco decepcionados. Antes de proseguir os voy a dar un texto de A. de Saint-Exupery, el que fue hace años, premio Goncourt. Lo he visto citado, no sé de qué obra suya será. De todos modos aunque fuera anónimo, resultaría interesante para lo que os quiero explicar.

…Señor – dije, en la rama de aquel árbol hay un cuervo; comprendo que tu majestad no puede rebajarse hasta mí. Pero yo necesito un signo. Cuando termine mi oración, ordena a este cuervo que emprenda el vuelo. Esto será como una indicación de que no estoy completamente solo en el mundo… Y observé al pájaro. Pero siguió inmóvil sobre la rama. Entonces me incliné de nuevo ante la piedra.

Señor –dije- tienes razón. Tu majestad no puede ponerse a mis órdenes. Si el cuervo hubiera emprendido el vuelo, yo ahora me sentiría más triste aún. Porque este signo lo hubiera recibido de alguien igual a mí, es decir, de mi mismo; sería el reflejo de mis deseos. Y de nuevo no hubiera encontrado sino mi propia soledad.

Me prosterné y me volví. Pero en aquel preciso instante mi desesperación se trasformó en una inesperada alegría…

3.- La oración es siempre un acto que sale del alma humana, misterio para nosotros mismos. Decíamos antiguamente que nadie nos entendía, hasta que constatamos acongojados, que no nos entendíamos a nosotros mismos. La dirigimos a Dios, misterio también. No podemos calcular, ni establecer previsiones, en este viaje, no cuentan las compañías de seguros. En este terreno, como en tantos del espíritu, se juega en un campo anclado en el espacio y el tiempo, un partido de consecuencias eternas. Se juega, se llora o se sonríe, soñando victorias inmediatas. Y el triunfo es consecuencia de un entreno duro, constante, largo. Dios es misterioso, pero nunca engaña, decía Einstein. Nunca decepciona, os añadiría yo, aunque cueste aceptarlo.

4.- El mismo Jesús que nos pone el ejemplo del juez, que parece que nos diga que a Dios puede manejársele con nuestra impertinencia, es el que en Getsemaní clamaba: aparta de mí este cáliz o que después gritaba: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado? Que la oración es un misterio y la utilidad que de ella se derive también lo sea, es tan seguro, como que nuestro mundo se merecería hundirlo en los abismos infernales, pero que no cae, y que la plegaria de una inmensidad de monjes y monjas, que en sus monasterios rezan, impiden que esta condena se cumpla.

5.- Aunque la plegaria oculta, silenciosa y constante, sea propia de los que han escogido esta vocación, yo os pido, mis queridos jóvenes lectores, que no dejéis de ser agradecidos, de manifestárselo a ellos, cuando tengáis ocasión y que también, si llega la oportunidad, os incorporéis a su vida intercesora. Me lo decía un día el Hno Juan, un cartujo de la de Miraflores, trabajando en la Grande, la de los Alpes, después de una jornada de arduo trabajo, en ciertas ocasiones, no era capaz de otra cosa que de acompañar en el coro la plegaria de un padre. Sembrados por doquier, nunca al tuntún, encontraréis comunidades contemplativas. En sus coros, o a su vera, siempre habrá un sitio para que vuestra oración les acompañe. Y si no sabéis rezar, si estáis cansados, no os avergoncéis de contentaros con acompañar su oración con vuestra sola presencia. Como los asistentes de Moisés, o las mismas piedras, se limitaban a sostener sus brazos. El resultado final, subir al podio, no debe corrernos prisa. La victoria corresponde a la Eternidad. Allí nos encontraremos con que el Jesús vacilante de Jerusalén, el temeroso de la cruz, es el Cristo glorioso y resucitado.


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


AMAR CON OBRAS Y DE VERDAD (30-X-1960)

Por Pedro Rodríguez

Evangelio dominical meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años, en la época de Juan XXIII. Hoy es un testimonio de la continuidad de la liturgia y de la meditación del Evangelio en el tránsito del Misal de San Pío V al de Pablo VI. La fecha que se hace constar es la del domingo en que se publicó en los periódicos.

DOMINGO XXI DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

San Mateo 18, 23-35:

Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré todo”. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda.

Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: “Págame lo que me debes”. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

Amar con obras y de verdad (30-X-1960)

“El Reino de los Cielos es comparable a un rey que quiso tomas cuentas a sus siervos”. El Evangelio de la Misa de hoy, domingo XXI después de Pentecostés, nos presenta a Jesús en los campos de Galilea, hablando al pueblo, según su costumbre, por parábolas de lenguaje gráfico e incisivo, que se grava —junto con la doctrina que encierra— en los corazones que le escuchan. Hoy habla a los discípulos: “dixit Jesús discipulis suis”. Y el Señor expone a aquel grupo de hombres que le siguen la doctrina del perdón de Dios y del perdón humano. Sus palabras nos presentan la figura de un rey que convoca a sus ministros para que le den cuenta de su gestión. El texto evangélico queda escrito más arriba. Vamos a buscar ahora en su mensaje.

La primera parte de la parábola nos descubre, bajo la figura del Rey, el corazón misericordioso de Dios. Aquel gran señor, al que basta una palabra sincera —“¡Ten paciencia conmigo!”— para arrancarle un perdón absoluto —“Compadecido el Señor le perdonó la deuda”— no es sólo justo sino misericordioso. Esta es la gran revelación de Jesucristo: que Dios nos ama con amor que perdona, que eso es la Misericordia de Dios. Dios es nuestro Padre que ¡ha querido hacernos hijos suyos! En esos diez mil talentos de la parábola —una suma enorme— están representados la multitud de nuestros pecados, es decir, radical separación de Dios. Compadecido el Señor, nos perdonó la deuda. Ese perdón de Dios, ese abrazo divino no se expresó en una palabra fría, sino en la Palabra eterna, en el Verbo de Dios, “que se hizo carne y habitó entre nosotros”. Jesucristo mismo es la manifestación del Amor divino a los hombres. Es, por sus méritos, una continua y superabundante oferta de perdón, que se nos da ahora en el sacramento de la Penitencia. “¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos se castiga al que confiesa su culpa: y en el divino, se perdona”. (Camino, 309).

Pero el mismo Jesús nos enseñó a dirigirnos al “Padre nuestro que está en los cielos” para decirle “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Esta es la condición. Dios nos perdona —por su Misericordia—, pero tenemos que querer. Y querer ser perdonadas es igual a perdonar a los demás. Es como si fuera una gran Ley de la vida cristiana: el Perdón eterno de Dios, el Amor que baja del cielo a la tierra —“et Verbum caro factum est”— ha de transfundirse, ha de extenderse desde cada cristiano a los que le rodean, al prójimo, es decir, al próximo —que eso quiere decir la palabra—, es decir, empezando por el que está más cerca. Eso es lo que no entendió aquel siervo del Rey: no supo perdonar a un compañero de profesión una deuda insignificante comparada con la inmensa suma que le condonó el Señor. Y en esto el Amor de Dios es “intransigente”. “Enojado su Señor hizo entregarle a los verdugos. Así hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de corazón cada uno a su hermano”. Hay que repetirlo: querer ser yo perdonado por Dios implica perdonar yo a los demás.

Jesús en la parábola utiliza el ejemplo de la deuda, pero en ella se resume toda actitud ante los que nos rodean. Cristo nos habla de la caridad: que es perdonar, que es comprender, que es amar. Amor con amor se paga, dice un viejo refrán. Al amor de Dios al hombre ha de corresponder el amor del hombre a Dios. Y la piedra de toque del amor a Dios es el amor al prójimo. No en balde es un único precepto: amar a Dios y al prójimo por Dios.

El Apóstol San Juan, en los últimos años de su vida, cuando había profundizado verdaderamente la esencia del mensaje de Jesucristo, dejó escritas estas palabras que son como un eco del Evangelio de hoy: “El que no ama a su hermano, a quien ve, a Dios, a quien no ve ¿cómo podrá amarle?” (1 Jn 4, 20). Y para que quedara clara la doctrina, había escrito poco antes: “Hijos míos, no amemos de palabra y con la boca, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3, 18).