BETANIA: SUCEDIDOS Y ESTADOS DE ÁNIMO

Por Ángel Gómez Escorial

Un par de episodios recientes me han inquietado. Y ya saben mis lectores que, antes o después, yo lo cuento todo aquí. Un caso es el del Santoral. Durante algo más de 24 horas apareció en el menú azul de la izquierda un link que ponía eso: “Santoral”. Se había creado una página más de Betania, a partir de un texto, enviado en CD, por nuestro colaborador –y buen amigo—Pedrojosé Ynaraja. Me sugirió que lo publicará, en partes, pero a mi me parecía demasiado complicado, ofrecer los santos de una semana, de martes o martes, o de miércoles a miércoles, o algo así. Y aquí estuvo el famoso CD cerca de un año. Su contenido pertenecía a don Jorge Sans Vila. Bueno, finalmente, decidimos dar todo el santoral completo dividido por meses, pues parecía la formula más adecuada. Pedrojosé me facilitó un correo para que escribiera Sans Vila. Y así lo hice. Y esperé dos semanas. Y nadie me contestó. Y creyendo que Pedrojosé tenía todas las bendiciones –nunca mejor dicho—para ese trabajo pues se publicó. A las 24 horas recibí unos correos con un “sonoro” objeto que decía en mayúsculas “QUITELO, QUITELO”. Eran de don Jorge Sans Vila que, desde luego, estaba muy enfadado, e incluía un correo enviado a mí, que nunca recibí. Parece que el problema era más de forma que de fondo. Bueno lo quité. Y para siempre, claro. Me quedó el resquemor sobre si don Jorge reaccionó tarde, que no había reaccionado hasta que lo vio publicado. Su imperioso “QUÍTELO” me produjo muchas dudas y un poco de desánimo. Era la primera vez, en la historia de Betania, que alguien objetaba tan drásticamente que no se publicara una cosa. No lo sentí porque me ocupaba mucho espacio, pero si lo sentí porque nos costó muchas horas ordenarlo, desde el punto de la presentación y la edición.

Otro correo era de un señor, este sin nombre, nunca firmó los correos de la correspondencia mantenida, diciendo que como nos habíamos atrevido a quitar el contenido del Diurnal, de la liturgia de las horas, sin avisar. Lo que había pasado es que a este lector, nuevo sin duda, su ordenador le había jugado la mala pasada de no liberar los archivos antiguos de la edición anterior y por eso no obtenía los contenidos. Simplemente habiendo pulsado la famosa tecla F-5 hubiera resuelto el problema. Pero me debió pillar mal su exigencia y le dije que Betania no tenía la obligación de avisar a nadie de sus contenidos, ya que era una página privada que no tenía vinculación con nadie. Y así mantuvimos unos cuantos correos con tino diverso. Pero, a la postre, este señor no me comunicó jamás su nombre. Yo a él, si. Podría publicar el nombre “compactado” que aparece en su correo, pero no es cuestión de dar pistas. La única cosa que quedó por saber es quien era más soberbio, si él o yo. Y yo desde luego algo de soberbio tengo, pero él mucho de taimado por no dar su nombre.

En fin, y como verán los lectores que me conocen, además de pasar muchas horas en esto de sacar adelante Betania, no me aburro. ¡Que Dios nos bendiga a todos los que pasamos por aquí! Sea para lo que sea. ¿No les parece?

 

Nota del Editor.- Prometí la semana pasada escribir sobre la persecución religiosa en España durante la Guerra civil. Lo haré la semana próxima