TALLER DE ORACIÓN

ORACIÓN Y ENCUENTRO (Segunda parte)

Por Julia Merodio

“Venid a un lugar tranquilo y descansemos” (Marcos 6, 30-32)

Si en la primera parte del tema Oración y Encuentro, ofrecida la semana pasada, el hilo conductor del contenido era: La Oración personal y el silencio; en esta segunda parte era la relación, con una: Oración a través de la palabra. Para ello, la dinámica que se nos proponía estaba clara:

LOS ENVIÓ DE DOS EN DOS

Teníamos claro que la llamada siempre es personal, pero Jesús no es alguien solitario. Él elige vivir en grupo, en comunidad, en la intimidad con los amigos. Por eso en este segundo momento se nos invitó a salir de dos en dos, para compartir experiencia y poner en común nuestros dones y carismas a fin de enriquecernos y empezar a saborear la necesidad que tenemos de ser: Uno en la Pluralidad. ”Diversidad de dones, pero un mismo Espíritu”

Así, después de compartir las experiencias, sobre la oración personal nos numeramos y nos fuimos juntando con la persona que tenía nuestro mismo número. Así pasamos largo tiempo conociéndonos y compartiendo nuestra realidad.

Posiblemente alguien pueda decir en este momento: Pero ¿Qué sentido tiene, traer esta situación, a nuestro Taller de Oración? Pues creo que tiene una doble significación:

- Primero.- Puede adaptarse a cualquier grupo y parroquia para hacer una experiencia similar.

- Y segundo.- Puede aplicarse a, cualquier grupo de matrimonios, que también quieran tener un encuentro, en este mismo sentido.

La verdad es que no puedo aportar lo que significó para el grupo, pues no pudimos ponerlo en común, por cuestión de horario, pero durante la comida todos coincidíamos en lo interesante que había sido para cada uno. Porque, es cierto que, como personas, somos únicos e irrepetibles, con nuestros dones y nuestros carismas, con nuestra realidad personal… pero, no `podemos sospechar lo que se crece cuando se junta nuestra experiencia con la de otro. De ahí que quiera haceros llegar mi aportación sobre, la grandeza de ser “Enviados de Dos en Dos”

MANDADOS A EVANGELIZAR

“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para taparla con una vasija; sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Así debe de brillar vuestra luz en medio de todos los hombres. (Mateo 5, 14 – 17)

Los que, libremente, nos hemos comprometido, desde la realidad que sea, en el Apostolado Seglar, somos portadores de la Buena Noticia.

Junto a Jesús hemos ido superando, poco a poco, los miedos, las desconfianzas y las ataduras; para procurar cumplir con nuestra misión y manifestar a los demás que el estilo de vida del evangelio merece la pena, que ayuda, conforta y te lleva a ser cada día más feliz.

Jesús nos envía a ser luz para el mundo. No podemos quedarnos en nuestro rincón con nuestras cosas, empobreciéndonos cada día; necesitamos salir, gritar que tenemos algo que merece la pena, nuestro amor, y que queremos compartirlo como nos dijo Jesús que lo hiciésemos.

Esto no es una utopía, ni una teoría, el amor existe porque Dios lo puso en nuestro corazón, porque Él nos amó hasta el extremo para enseñarnos a amar, y porque nos concedió la gracia de que nosotros amemos. Amamos a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestra parroquia, a toda la Iglesia... y no lo podemos ocultar. Tenemos que pregonarlo con el testimonio, las obras y la vida. Ya lo hemos dicho al hablar de envío, que todo encuentro con Jesús se traduce en llevar su mensaje a los demás, no podemos guardarnos nuestras experiencias para nosotros solos.

Y la misión a la que nosotros como, comunidad, como matrimonio, como Iglesia… nos sentimos enviados es: a ser portadores de Evangelio, allá donde nos encontremos. Esto no supone estar por encima de nadie, sino anunciar a otros el camino por el que andamos. Para ello tendremos que compartir, no solo, nuestras buenas obras; compartiremos, además, nuestra amistad, nuestro afecto, nuestra relación desde la responsabilidad y la coherencia, nuestra oración. Tenemos que ser signo vivo de la presencia de Jesús: viviendo cada sacramento recibido, estando prontos al servicio, siendo comunidad y pareja abierta y apostólica, poniendo nuestra vivencia y experiencia al servicio de la Iglesia para enriquecerla en esta ayuda que hoy necesita de manera especial.

Ya que cuando Jesús te invita, como cristiano, a comunicar este carisma a los demás, compruebas asombrado, el gran regalo que te ha hecho a ti de enriquecimiento personal. No olvidemos que, una experiencia llega dentro cuando se vive, cuando se interioriza, cuando se traduce en signos concretos.

Nosotros hemos elegido, caminando juntos, ser para los demás el rostro concreto de la Iglesia de Jesús; en medio de tanta gente como sigue creyendo, que esto es algo pasado de moda.

Tenemos que cuestionar con nuestra vida a todos, de tal forma, que nos pregunten: ¿Qué hacéis para vivir con ese talante? ¿De dónde sacáis esa alegría? Pues la sacamos porque hemos entendido que el darnos, el relacionarnos, el comprendernos… está por encima de cualquier organización; hemos mirado más las personas que las estructuras; hemos ido al interior del ser humano, como lo hacía Jesús. Y esto se lo debemos a tantos como nos enseñaron la importancia de comunicarnos a través de nuestro interior.

Hemos aprendido, a dejar las teorías, sacadas de los libros para llegar a las vivencias. Hemos aprendido a orar mirando el rostro concreto de la gente, acogiendo, a cada persona y compartiendo con ella su situación.

“ANUNCIAD LO QUE HABÉIS VISTO Y OÍDO”

Anunciad, también, lo que habéis vivido y experimentado. Ya que lo importante en la vida es aprender a vivir y a crecer. Os animo a que no os quedéis parados esperando que alguien os llame. Buscad el sitio propicio para cada uno de vosotros, donde todo esto se haga realidad.

La ilusión puede con todo. No podemos perder la oportunidad de decir, a tantas personas como viven tristes y sombrías, que con un pequeño esfuerzo pueden ser mucho más felices.

Para llegar a esto, lo primero tendremos que descubrir que somos imagen de Dios y que Él no puede hacer nada mal hecho.

Tenemos que dejar esos miedos que nos separan y caer en la cuenta de que si yo soy imagen de Dios, los otros también lo son.

Tenemos que optar juntos por el proyecto de vida que Dios nos brinda, ya que cualquier otra forma de vivir, pronto o tarde nos hará caer en la incomprensión y la apatía.

Debemos tomar conciencia de que El Señor siempre está ahí para ayudarnos, para enseñarnos a ver con sus ojos. Pero esta tarea nos implica directamente a cada uno y no podemos descuidarla ni un momento.

Este estilo de vida nos llevará a unos resultados que no podíamos sospechar. Nos abrirá horizontes, nos hará sentiros criaturas nuevas capaces de aceptarnos a nosotros y a los demás tal y como somos. Y nos enseñará a poner estos dones al servicio de los demás siendo acogida, perdón, amor mutuo. Y caeremos en la cuenta que la Iglesia, como comunidad de creyentes, no es algo abstracto sino algo que forma parte de nuestra vida. En ella encontraremos comprensión, perdón, ayuda y nos llevará a vivir, desde la libertad, todo eso que queremos transmitir a los demás.

A ello hay que llegar desde una profunda humildad. Nadie tiene una importancia superior a los otros, todos nos necesitamos, todos somos responsables, todos aportando su don.

Haciendo realidad todo esto, no solo cuando las cosas van bien, sino cuando el esfuerzo te supera y encuentras razones para dejar de perseverar. Recuerda, entonces, que Jesús no te pide que llegues, te pide que sigas caminando.

Por último tendremos que confiar, a pesar del riesgo que supone, sabiendo que, nada está conseguido y que ahí, es donde radica la grandeza de vivir en plenitud el día a día.

Todo este planteamiento tendría que llevarnos a caer de rodillas ante el Señor para decirle:

Padre: Henos aquí, en tu presencia. Tú sabes lo que quieres de nosotros. Tú nos has dado un don, una gracia y nos mandas salir al mundo a comunicarla a los demás.

Nos has concedido ser parte activa de la Iglesia y de la sociedad y nos dices que tenemos que ser luz, viviendo tu mensaje como persona, como matrimonio y como comunidad.

Gracias por poner a nuestro lado a gente que, nos ayuda a vivir este compromiso, a sentirnos vivos, a compartir la vida en profundidad y a cumplir la misión de llevar, todo lo que hemos recibido, a cuantos quieran acogerlo.

Queremos ir a ellos desde el respeto, valorando todo lo bueno que tengan y confiando en su amistad.

Nos gustaría que cualquier persona que escuchase que el amor de Dios mueve al mundo, pudiera decir: Esto es una gran verdad, yo he visto como se aman.

Desde ese amor he descubierto:

• Que no sólo hay que escuchar, hay que oír.

• Que hay que querer a los demás tal como son.

• Que el amor puede estar dormido, pero ahí está.

• Que antes que hacer, hay que ser y hay que amar.

• Que cuando creas que no tienes que trabajar tu vida, seas capaz de buscar el problema que hay en ti.

• Y, sobre todo, que no dejes nunca de buscar, lo que hay de bueno, dentro de los demás.

Tengamos valentía para vivir en serio nuestra vocación porque si lo hacemos así, pronto sentiremos que, la alegría y el gozo, llegan a vuestro corazón.