LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EL FRUTO CORRUPTIBLE

Por Antonio Pavía, misionero comboniano

"Y si mueren pronto, no tendrán esperanza ni consuelo el día de la sentencia, pues duro es el fin de la raza inicua" (Sb 3,18-19).

Recordamos el texto precedente y analizamos las consecuencias que trae consigo el tomar decisiones según el dictado de un corazón adúltero. La muerte del hombre inicuo está teñida de la desesperanza más cruel. Ansias, trabajos, desvelos, luchas...

Toda esta telaraña, tejida a lo largo de su historia, se descompone ante la puerta bloqueada que le debería dar acceso a la vida eterna. Duro es el fin de la raza inicua, hemos leído en el texto. Duro porque no hay mayor desconsuelo que desembocar en el absurdo.

El apóstol Pablo ilumina acertadamente estas palabras del libro de la Sabiduría, lo hace en términos que son válidos para todos los tiempos. Habla del hombre, de su actividad, sean cuales sean sus obras; y lo hace bajo el símil del sembrar y cosechar. Escuchémosle: "No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna" (Gá 6,7-8).

Pablo define magistralmente al hombre que vive según la carne. Es aquel para el cual sólo existe lo que ve con sus propios ojos. Está cerrado a cualquier atisbo de trascendencia. Toda su vida gira en torno a sí mismo. Sus desvelos y ambiciones están marcados por el poseer, no importa si mucho o poco; lo importante es vivir para tener, no para ser. Por eso dice el apóstol que este hombre siembra en su carne. Trabaja para lo inmediato, lo concreto, lo que puede caber en sus manos. Es tan necio que no le interesa lo que cabe en las manos de Dios, infinitamente mayores; tan grandes que en ellas cabe la vida eterna de cada uno de sus hijos. Duro es su fin, leíamos en la cita de la Sabiduría acerca de esos hombres. Duro justamente por eso, porque es su fin. Acabado el último suspiro de su carne, no queda ningún palpitar que anuncie triunfalmente su inmortalidad.

Pablo utiliza los términos sembrar y cosechar, para hablamos del hombre de la carne y del espíritu. Jesucristo ilumina el hecho de que las obras del hombre son corruptibles o incorruptibles con el símil del árbol: éste puede ser bueno o malo. Según sea, así será el fruto. En el contexto en que habla el Hijo de Dios, entendemos que el árbol es identificado con el hombre, cuyos frutos pueden ser corruptibles o incorruptibles: "Suponed un árbol bueno, y su fruto será bueno; suponed un árbol malo, y su fruto será malo; porque por el fruto se conoce el árbol... El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas; y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas" (Mt 12,33-35).

Por supuesto que sólo en Dios se da la incorruptibilidad. Sólo los frutos de Dios son incorruptibles. Su Palabra es eterna, como lo vemos anunciado a lo largo de la Sagrada Escritura. Recordemos a este respecto que Jesucristo anuncia enfáticamente que podrán pasar el cielo y la tierra, pero no su Palabra; ésta permanece para siempre (Mt 24,35).

Con la proclamación del Evangelio, el Señor Jesús dio plenitud a toda la revelación que Yahvé había transmitido al pueblo de Israel. Los santos Padres de la Iglesia afirman a este respecto que términos del Antiguo Testamento como, por ejemplo, ley, mandamiento, precepto, etc., pasan a ser palabra viva y eficaz a la luz de Jesucristo y de su resurrección de entre los muertos. Jesucristo mismo es la Palabra del Padre viva y eficaz que da al hombre la capacidad real de la conversión.

Respecto a la concepción de los Padres de la Iglesia acerca de Jesucristo como Palabra viva y eficaz, nos dejamos iluminar por un texto catequético de Melitón, obispo de Sardes, -siglo II- "La ley es antigua, pero la Palabra es nueva. La figura es pasajera, pero la gracia eterna. Corruptible el cordero, pero incorruptible el Señor. El cual, inmolado como cordero, resucitó como Dios... La ley se convirtió en la Palabra, y de antigua se ha hecho nueva. El mandamiento se transformó en gracia".

En y por Jesucristo, también la obra de todo hombre que llega a ser discípulo suyo es así mismo incorruptible. En su catequesis de la vid y los sarmientos, el Señor Jesús anuncia que todo aquel que permanece en Él permanece en la vid verdadera, y que dará el fruto agradable al Padre, el fruto incorruptible: "Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15,4-5).

Como hemos podido ver en esta cita evangélica, Jesús también anuncia a los apóstoles que separados de Él no pueden hacer nada. Con esta exhortación del Hijo de Dios nos remitimos nuevamente al texto de la Sabiduría. Separados de Jesucristo se pueden hacer muchas obras, recorrer triunfantes las diferentes etapas de la vida, pero al final todo queda en nada, en el absurdo más traumatizante, porque la muerte, como si de un camión de basura se tratara, arroja las obras muertas en el vertedero de la nada. Es la Palabra sembrada en el corazón del hombre la que hace que toda nuestra vida permanezca en comunión con el Señor Jesús.