Domingo XXV del Tiempo Ordinario
23 de septiembre de 2007

La homilía de Betania


1.- EL DINERO INJUSTO

Por Gabriel González del Estal

2.- LOS MANEJOS DE UN ASTUTO

Por Gustavo Vélez, mxy

3.- TRÁFICO DE INFLUENCIAS

Por José María Maruri SJ

4.- FIELES EN LO POCO

Por Antonio García Moreno

5.- ¿QUÉ VAS HACER POR TU VIDA?

Por Javier Leoz

6.- "NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO"

Por José María Martín OSA

7.- LOS DOS ADMINISTRADORES

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ASTUCIA

Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


“MANDATUM NOVUM” (2-X-196O)

Por Pedro Rodríguez


1.- EL DINERO INJUSTO

Por Gabriel González del Estal

1.- ¿Cuándo es justo o injusto el dinero que tenemos? No es fácil encontrar una definición general y exacta sobre el dinero injusto. En cada caso concreto, muchas veces nos resultará difícil decidir si el dinero que tiene una persona es justo o injusto. Tampoco ahora a nosotros, en el contexto cristiano y homilético en el que nos movemos, nos importa demasiado establecer definiciones. Nos bastará decir que llamamos dinero injusto al dinero adquirido por medios injustos y al dinero que retenemos, pero que no necesitamos. Yo, arriesgando mucho, me atrevo a decir que para el evangelista Lucas el dinero de los ricos de su tierra y de su tiempo era siempre un dinero injusto. En el tiempo y en la sociedad en la que escribe Lucas había pocos ricos y muchísimos pobres. Y Lucas tenía muy claro que el Maestro había sentido siempre una predilección especial por los pobres. La pregunta que se hacía Lucas, y que podemos hacernos ahora cada uno de nosotros, es esta: ¿Tiene uno derecho a vivir como rico, a retener un dinero que no necesita, si está rodeado de pobres que no tienen dinero suficiente para vivir? Es verdad que el evangelista Lucas, en el caso concreto del administrador infiel, se está refiriendo al dinero que éste había obtenido por medios injustos. Pero, si leemos con detención todo el evangelio de Lucas, comprobaremos fácilmente que Lucas creía que a un rico le iba a costar entrar en el reino de los cielos tanto como a un camello pasar por el hondón de una aguja.

2.- Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero... en lo ajeno. Sí, más de una vez he oído decir que para conocer a un buen cristiano no es suficiente verle rezar en la iglesia, hay que ver cuál es su actitud ante el dinero. Evidentemente, una persona que busca y ama el dinero injusto, es decir el dinero que no necesita para vivir o que ha conseguido por medios injustos, no es una persona cristiana, por mucho que rece en la iglesia o en su casa. El que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. El que no es honrado con el hermano necesitado, tampoco es honrado con Dios. El uso que hacemos del dinero es, sin duda, una buena piedra de toque para saber cuál es nuestra calidad de cristianos. Con el dinero se pueden conseguir, sin duda, muchas de las cosas materiales que más nos gustan, por eso la tentación del dinero es una tentación universal y de cada día. Es bueno, justo y necesario, tener el dinero que necesitamos, pero es también una tentación muy humana desear, buscar y retener el dinero que no necesitamos. Pidamos a Dios que no nos deje caer en esta tentación.

3.- Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables. El profeta Amós se refería directamente a los ricos comerciantes de su tiempo, pero, desgraciadamente, sus palabras siguen siendo palabras acusadoras para los ricos de todos los tiempos. Muchas naciones se han hecho ricas exprimiendo a naciones pobres y muchas personas se han hecho ricas despojando a sus jornaleros y a sus empleados de un salario justo que les deben, pero que no les dan. La tremenda y lacerante desigualdad económica en la que vive nuestra sociedad actual no es una desigualdad querida por nuestro Dios cristiano; es una necesidad impuesta por el Dios Dinero al que nuestra sociedad sirve y da culto. Yo creo que el profeta Amós no rebajaría ni un milímetro la intensidad de sus críticas, si hablara hoy a los ricos de nuestro tiempo. Pero le crucificarían inmediatamente, claro.

4.- Quiero que recen en cualquier lugar, alzando las manos libres de ira y divisiones. San Pablo nos exhorta a rezar continuamente los unos por los otros, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro. Sabe muy bien el apóstol que la paz y la tranquilidad de la sociedad depende en gran parte de los que ocupan cargos, por eso nos dice que recemos en primer lugar por ellos. En nuestras oraciones, y en nuestras acciones, debemos tener siempre como modelo a nuestro Salvador, Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. No debe ser nunca la ira, ni la ambición, las que guíen nuestras oraciones, sino el deseo sincero de que todos podamos vivir en paz y tranquilidad. Dios quiere que todas las personas seamos buenas y felices, en esta vida y en la otra. No seamos nosotros, con nuestro orgullo y nuestra ambición, los que nos opongamos a los buenos deseos de Dios.


2.- LOS MANEJOS DE UN ASTUTO

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “Entonces un hombre rico llamó a su administrador y le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”. San Lucas, Cáp. 16. Miembros del sanedrín, funcionarios de Herodes, terratenientes y comerciantes conformaban la clase rica de Jerusalén en tiempos de Jesús. Había entre ellos negociantes de grano y fabricantes de vino y aceite, que empleaban administradores y obreros. A veces las mercancías se pagaban en dinero. Otras se permutaban o se daban en préstamo hasta la próxima cosecha. Todo esto lo aprendemos en las parábolas del Maestro.

Un día Jesús nos habló de un mayordomo, capaz seguramente, que sin embargo fracasó de buena o mala fe en su tarea, y perdió por lo tanto el favor de su amo. Éste lo llamó a cuentas, aunque dándole tiempo para explicar su gestión. Entonces aquel hombre saca relucir su astucia: ¿Qué voy a hacer cuando me quiten el empleo? “Para cavar no tengo fuerzas. Mendigar me da vergüenza”. Resuelve pues ganarse a los deudores de su señor falsificando las facturas. Cuando me despidan, se dijo, encontraré “quién me reciba en su casa”.

2.- La parábola presenta dos ejemplos, aunque pudieron ser otros más, de las trampas que fraguó mayordomo: ¿Cuanto debes a mi señor? - Cien barriles de aceite. - Toma de inmediato tu recibo y escribe cincuenta. ¿Le adeudas a mi amo cien cargas de trigo? Pronto. Cambia tu documento y ya no debes sino ochenta. Jesús orienta su parábola desviándola luego de la realidad. Así convenía para presentar su enseñanza. Porque el rico estafado no se enoja con su mayordomo. Más bien lo alaba por labrarse un futuro, así fuera de una forma injusta. Y termina el Maestro: “Los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz.” Más tarde san Pablo, llamará también “hijos de la luz e hijos del día” a los fieles de Tesalónica. Es decir cristianos, que se empeñan en el proyecto de Dios.

3.- Otro día Jesús había indicado a sus discípulos que el Reino de Dios “padece violencia y solamente los violentos lo arrebatan”. Entendemos que esta violencia significa el esfuerzo cotidiano, la lucha con las fuerzas negativas que nos asedian. Ahora el Maestro nos habla de la astucia. La cual se identifica con un sentido común, avisado y prudente, que ofrece soluciones acertadas a situaciones imprevistas.

Los santos que la Iglesia nos presenta como ejemplo, fueron ante todo creativos y originales, en las circunstancias adversas que vivieron. De igual manera, los notables que recuerda la historia, se enfrentaron a una dolorosa realidad y la trasformaron positivamente. Ante el mundo de hoy esa astucia, recomendada por el Señor, podría traducirse como honradez a toda prueba, capacidad de iniciativas y sobre todo, solidaridad. No valemos como creyentes del montón, con cuyo esfuerzo el mundo actual no cambiará ni un milímetro.

4.- Aquel mayordomo despedido confesaba que para cavar no servía, de mendigar tenía vergüenza. Sin embargo los cristianos de este siglo podemos ahondar en nuestro propio corazón y en aquél del vecino, para desenterrar muchos talentos, con los cuales es posible reconstruir el mundo. Podemos mendigar, no por las calles, pero sí en el entorno familiar y social, a favor de los más necesitados.


3.- TRÁFICO DE INFLUENCIAS

Por José María Maruri SJ

1.- “… y el amo felicitó al administrador injusto”. ¡Lo qué nos faltaba! ¡Qué el mismo Señor Jesús alabe la corrupción y el tráfico de influencias! Yo creo que el hilo conductor del pensamiento de Jesús está en aquellas palabras: “dinero injusto”, “lo menudo, o sea sin importancia, el vil dinero, o sea despreciable, lo ajeno, o sea lo que no es tuyo…”

a).- El Señor no habla de la riqueza injusta, sino de dinero injusto y eso le pone a uno tan nervioso que hasta la calderilla que llevamos en el bolsillo se mueve y tintinea.

No es injusto el dinero que ganamos con el sudor de nuestra frente, pero cuando cerramos los ojos y echamos a volar la imaginación por los campos desiertos de Somalia con cientos de miles de niños muertos de hambre, o el hambre endémica en otros países tercermundistas, hasta la calderilla se nos hace injusta, es injusta esa situación tan terrible, nos amarga la cerveza en un día de calor. Es injusta la distribución del dinero aunque sea calderilla.

b).- Otra palabrita del Señor es eso de menudo, insignificante, pequeño, como si el Señor ya conociera las monedas de un céntimo de euro –o de dólar, que se parecen—que se pierden entre los dedos de la mano.

Ese es el valor que da Jesús al dinero, el de un centimito sin apenas valor, sin importancia. Y hay que ver el valor que damos nosotros a un montón de esas monedas, pero junto a un billete de 500 euros –o su equivalencia en monedas—no nos parece nada menudo, sin importancia… ¿Estará Jesús equivocado o nosotros?

c).- Tal vez el equivocado sea Jesús, pero Él insiste en que ese dinero es vil, despreciable, mentiroso, como aquellas cuentas de cristal que se abrían en grandes arcones, ante los ojos de los indios, para cambiarlas por oro de verdad.

Y esto es lo que el Señor nos aconseja, que seamos espabilados, despiertos, para cambiar el despreciable y menudo dinero por oro de verdad, eso que nos quema en los bolsillos por injusto, que lo damos para ganarnos amigos.

d).- Sobre todo, que ese dinero no es nuestro es ajeno, ajeno a mí y por eso un día tendré que dejarlo todo aquí y marcharme como vine al mundo. Ajeno porque el único señor de todo y todos es Dios, y Él nos lo da para que lo administremos

2.- Y lo que el Señor no entiende es que nos duela tanto usar ese dinero que no es nuestro. Si fuera nuestro, y tuviéramos que extender un cheque de nuestra cuenta, yo creo que Dios entendería nuestra tacañería, pero no tenemos chequera, ni cuenta, no es nuestro, no nos lo podemos llevar. ¿Entonces, por qué nos cuesta dar de lo ajeno? Simplemente porque en lugar de servirnos del dinero servimos al dinero, estamos atados al dinero como esclavos de él, lo servimos, lo adoramos, los hacemos nuestro Dios.

Aprendamos la viveza, el talento de aquel administrador que con el dinero ajeno (como el nuestro) supo ganarse amigos. Derrochemos el dinero ajeno en manos que se tienden a nosotros escuálidas, amarillentas, frías ya por la cercanía de la muerte… Para ellos nos presta el Señor su dinero, menudo, vil y despreciable, pero necesario para administrarlo bien a favor de los demás.


4.- FIELES EN LO POCO

Por Antonio García Moreno

1.- “Escuchad esto los que exprimís al pobre y despojáis a los miserables..." (Am 8, 4) Amós guardaba ovejas por los campos de Tecua; también descortezaba sicómoros. Y un día Yahvé le sacudió de pies a cabeza. Entonces el profeta sintió escocer en su propia carne toda la tragedia que sufría la gente de su pueblo, toda la tremenda injusticia social en que la gente vivía. Los ricos abusaban de los pobres aprovechándose de su situación privilegiada. Los hacían trabajar sin descanso, malpagaban su trabajo, pisoteaban los derechos más sagrados de la persona.

Dios no podía quedar impasible ante esa situación. El pecado de injusticia contra los pobres enseña Santiago (St 5,4) es de los que claman al cielo. Por eso la voz de Dios se oye clara y enérgica, como un rugido, dirá el profeta. También hoy se explota al pobre por parte de ciertos poderosos, que abusan de su poder, enriqueciéndose injustamente a costa de los demás.

La Iglesia clama con la voz misma de Amós, lo vuelve a proclamar ante todos los hombres que han sido llamados a ser discípulos de Cristo y quizá no son consecuentes con su fe. Los Sumos Pontífices defienden en sus encíclicas sociales a quienes son víctimas del egoísmo y la ambición de los de arriba, recuerda con valentía los deberes de justicia que todo hombre tiene, más acuciantes y graves en los que poseen el capital.

"Jura el Señor por la gloria de Jacob que nunca olvidará vuestras acciones..." (Am 8, 7) No se puede acusar a la Iglesia de silencio, no se puede decir que haya callado consintiendo en las injusticias para con los más necesitados. No, la Iglesia nunca ha sido cómplice de los poderosos, no apoya la injusticia sino que la condena con todas sus fuerzas.

No obstante, los inicuos agentes de la injusticia siguen su marcha, no escuchan esas palabras de condena, esos consejos y normas para promover un mundo más justo. Por eso los pobres siguen oprimidos, sufriendo mientras que el corazón se les llena de odio ante el aumento de las riquezas mal adquiridas.

Pero de Dios nadie se ríe. Su palabra sigue viva, su maldición está ahí: Cambiaré en duelo vuestra fiestas, y en lamentos vuestras canciones. Si, llegará un día en que la justicia divina se impondrá y cada uno pagará con creces el mal que hizo. Ese enriquecimiento viene a ser, dice Santiago en su epístola, como el engorde para el día de la matanza.

2.- "El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el cielo...” (Sal 112, 1) La altura es para los hombres un signo de grandeza. Mientras más digna sea una persona, más alto decimos que está. Sirviéndose de este valor comparativo habla el salmista para referirse a Dios, a quien presenta por encima de todos los pueblos, más arriba incluso que los mismos cielos. Y, en efecto, Dios es el ser más excelso de cuantos existen, es la fuente misma de la existencia. Nada ha sido hecho sin Él y en Él todo subsiste.

Después de preguntar sobre quién es como el Señor nuestro Dios que se eleva en su trono, el salmista proclama también que ese mismo Señor y Dios se baja para mirar al cielo y a la tierra. Es decir, pregunta sobre quién como Él desciende de su grandeza, para preocuparse de lo que está por debajo de Él. Con ello nos enseña el salmista que si grande es Dios por estar tan alto, tanto o más lo es por bajar de su altura, y ocuparse de cuanto existe con una Providencia que atiende a todos y cada uno de nosotros, con el mismo interés que el padre más bueno que exista.

"Levanta al desvalido, alza de la basura al pobre..." (Sal 112, 7) Es lógico que al pensar en Dios lo imaginemos según nuestras propias categorías. Corremos, incluso, el peligro de hacernos un Dios deforme; que pensemos que Dios, lo mismo que suele ocurrir con los grandes de la tierra, se preocupe de favorecer a los ricos y a los poderosos, olvidándose de los pobres y los débiles. En los potentados de la tierra es natural que suceda así, ya que esa grandeza es mantenida muchas veces por esos otros que, aunque menos poderosos, tienen sin embargo en su mano el poder de derrocar al que está constituido en el poder supremo.

Dios no. Dios es autónomo, es plenamente soberano. Su poder brota de su propia grandeza y magnitud. Él no necesita halagar a nadie, inclinarse injustamente hacia uno u otro lado con merma de la justicia. Por eso Dios acude al que más lo necesita, al desvalido y al pobre, preocupándose de atender a sus necesidades, sin hacer demagogia ni obrar de cara a la galería. Ante esta realidad jamás hemos de dar cabida a la tristeza o al desaliento: antes al contrario, el optimismo ha de ser la tónica ordinaria de nuestra vida, por muy pobres y desvalidos que nos veamos.

3.- "Te ruego, pues, lo primero de todo..." (1 Tm 2, 1) San Pablo escribe a Timoteo, aquel joven discípulo que le acompañó en sus correrías apostólicas. Cuando se escribe esta epístola, Timoteo se encuentra al frente de una de aquellas comunidades cristianas, a las que el apóstol inició en la fe. En esta carta, como en la segunda que escribe también a Timoteo y en la de Tito, Pablo comunica a sus discípulos una serie de normas y consejos para el buen gobierno de aquellos cristianos. Y en estas palabras, inspiradas por el Espíritu Santo, tienen hoy la misma validez de entonces.

En este párrafo, que consideramos en presencia de Dios, la liturgia nos propone la obligación que tenemos los cristianos de hacer oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por cuantos están en el mando, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro. Llama la atención que Pablo diga que se ore y ruegue por los que mandan, supuesto que en ese momento es Nerón quien imperaba. Y sin embargo, el Apóstol encarece la conveniencia de que se ruegue a Dios, para que se compadezca del emperador y les conceda la paz que todos necesitan para vivir con tranquilidad.

"Eso es bueno y grato ante los ojos de nuestro Salvador..." (1 Tm 2, 3) Cuántas veces hacemos distinciones entre las personas; confeccionamos nuestros catálogos particulares y clasificamos a unos como buenos y a otros como malos. En consecuencia amamos a unos y odiamos a otros, pedimos a Dios por los que nos interesan y olvidamos a los que no nos importan. El cristiano tiene que estar abierto a todos. La Iglesia es portadora de amor y comprensión, no de odios y violencias. Siempre ha sido así y siempre ha de serlo. También hoy, también aquí.

En la llamada oración de los fieles se van formulando al Señor una serie de peticiones. Pues bien, la segunda petición suele referirse siempre a los gobernantes de todo el mundo, para que Dios les asista en el cumplimiento de su difícil misión. Vamos a rogar por nuestros gobernantes, para que sean íntegros, honrados, fuertes, comprensivos, justos. Y vamos también a formular el propósito de colaborar con la autoridad, de obedecer a sus órdenes y cumplir sus leyes, siempre que no vayan contra la Ley de Dios. Y al mismo tiempo vamos a responsabilizarnos para que en nuestro mundo, en nuestra patria, haya concordia y paz, justicia y amor.

4.- “Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes" (Lc 16, 1) La parábola de hoy nos habla del balance de una gestión. Con ello se nos recuerda que todos y cada uno de nosotros hemos de rendir cuentas ante el Señor de toda nuestra vida, hemos de entregar un balance de nuestra gestión. Y según sea el resultado, así será la sentencia que el Juez supremo dicte en aquel día definitivo. A lo largo de nuestra vida vamos recibiendo bienes de todas clases, materiales y espirituales, vamos disponiendo de meses y de años, de horas y de minutos.

Son dones que Dios nos concede para que los negociemos, para que los aprovechemos en orden a nuestro beneficio y al de los demás. Con la ayuda de lo alto podemos, y debemos, transformar todos esos bienes terrenos en gloria eterna, conseguir que un día el divino Juez se llene de alegría al decirnos que nos hemos portado bien y que merecemos un premio inefable y eterno. Qué astuto era aquel administrador infiel, qué afán ponía en sus asuntos, cuánto se jugaba por solucionar sus problemas. El Señor da por supuesto lo inmoral de su conducta, pero reconoce al mismo tiempo la eficacia de su actuación, la inteligencia de que hizo alarde para salir de su apurada situación. Compara esa manera de proceder de un granuja con la actuación de los que son buenos. Y concluye que los hijos de las tinieblas son más astutos en sus asuntos que los hijos de la luz en los suyos. A pesar de que los primeros persiguen sólo unos bienes caducos, mientras que los que alcanzan los hijos de Dios son unos bienes superiores e imperecederos.

De todo ello se concluye que hemos de poner más empeño y más cuidado en nuestra vida de cristianos, que hemos de luchar, dispuestos a cuantos sacrificios sean precisos por lograr que el amor de Cristo, para que su paz y su gozo se extiendan más y más entre los hombres. No nos dejemos ganar por los que sólo buscan su provecho personal y el logro de una felicidad pasajera y aparente, pongamos cuanto esté de nuestra parte, para que el Evangelio sea una realidad viva en nuestro mundo.

Termina el pasaje evangélico con una sentencia de enorme valor práctico: el que es que es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho. Se subraya así la importancia de las cosas pequeñas, lo decisivo que es ser cuidadoso en los detalles, en orden a conseguir la perfección en las cosas importantes. En efecto, quien se esfuerza por afinar hasta el menor detalle, ese logra que su obra esté acabada, evita la chapuza. Es cierto que para eso es preciso a veces el heroísmo, una constancia y una rectitud de intención que sólo busca agradar a Dios en todo. Pero sólo así agradaremos al Señor y nos mantendremos siempre encendidos, prontos y decididos a cumplir el querer divino.


5.- ¿QUÉ VAS HACER POR TU VIDA?

Por Javier Leoz

1- La parábola de este domingo tiene muchas lecturas. Una de ellas, la que convendría destacar, es que el futuro de nuestra eternidad depende -en parte- de lo que hacemos en la realidad, en nuestro hoy, en el aquí y ahora.

El famoso adagio “donde está tu corazón ahí está tu tesoro” resume el contenido del evangelio de este día. Ser honrado, entre otras cosas, implica permanecer fiel en aquello que estimamos que es beneficioso para nosotros y, a la vez, para los demás.

Cuando nos afanamos en poner seguridad en nuestras casas, a nuestras joyas, vehículos y riquezas es porque tememos que nos falle en un futuro el bienestar; los andamiajes que, aparentemente, cubren la fachada de nuestra dicha o de la suerte que nos aplaude.

Pero nuestra vida, la terrena, necesita de un “seguro” que la blinde frente a diversos ataques que la debilitan e intentan convertirla en algo efímero, pasajero y sin ningún tipo de trascendencia.

2.- ¿Qué podemos hacer? En primer lugar no hacer definitivo lo que es totalmente tangencial. Si ponemos en el centro de la felicidad lo que debiera de figurar en su extrarradio (dinero, placer, comodidad), cuando se quiebra todo ello, nos quedamos tan desnudos que no hay consuelo que valga. ¿Dónde –entonces- quedan los amigos que juraron siempre serlo?

En segundo lugar pensemos que, aún siendo nosotros administradores de los bienes que disfrutamos, el dueño es Dios. ¿Qué estamos haciendo con todo nuestro patrimonio? ¿Cómo y en qué lo estamos empleando, mejorando y acrecentando? ¿Qué dirección toman nuestras riquezas y aquello que nos sobra ante determinadas necesidades? ¿Apuntamos lo que damos o, por el contrario, ofrecemos con mano tendida, generosa y sin exigir nada a cambio?

3. Un día, tarde o temprano, el Señor nos preguntará: ¿qué es eso que me cuentan de ti? ¿En qué has invertido y aprovechado tanto y cuanto puse en tu camino?

No podemos correr el riesgo de sentirnos potentados absolutos. Como muchos administradores que, a la corta o la larga, dejarán detrás de sí una estela de generosidad o de tacañería, un camino marcado por el desprendimiento o por la ansiedad en el acaparar.

Demos gracias a Dios porque es mucho con lo que nos recreamos. Y, por lo tanto, miremos –en justicia y con ojos bien abiertos- hacia aquellos hermanos nuestros que tan sólo son regentes de desgracias y de pobreza, de injusticias y de vacío, de indigencia o de mala suerte.

Demos gracias a Dios porque, el Evangelio de este domingo, nos invita a la “santa astucia”. A trabajar con previsión de futuro. A mirar, por encima de la azotea de nuestra fortuna, a ese otro gran raudal que se esconde en el cielo y al cual hemos de llegar desprendiéndonos de aquello que, para Dios, es simple hojalata que se queda en la tierra.

Demos gracias a Dios porque, frente a El, todo lo que ensalzamos como grandeza, colosal, brillante y diamante…es carcoma o simple bisutería. Y, esto hermanos, no es demagogia ni poesía barata. Debe de ser así. Cuando uno descubre a Jesús y lo pone en el centro de su existencia…todo lo demás gira en torno a su servicio y volcado en gran parte hacia los demás.

Pregunta importante la del final de esta reflexión: ¿Cómo estamos administrando nuestra vida? ¿En qué estamos invirtiendo nuestro tiempo y nuestros afanes? La respuesta dará, ni más ni menos, la calidad de autenticidad cristiana que llevamos en el día a día.

4.- QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

Y codiciar, con la inteligencia que Tú me has dado,

lo que será de mi vida en un futuro en el cielo

Y trabajar, con los recursos que Tú me has enriquecido,

los bienes que dispongo en la tierra

Y brindar al servicio de los demás, con la caridad,

lo que en generoso servicio quedará grabado en la eternidad

Y borrar de mi memoria, para que sólo quede en la tuya,

detalles y manos abiertas con aquellos que llamaron a mi puerta

Y apartar, con visión de futuro, con la presencia del Espíritu

lo que, ante Ti, vale poco o nada

Y pensar, con visión de futuro, con la presencia del Espíritu

lo que, ante Ti, es capital de eternidad

QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

 

Con tus cosas para nunca perderlas

Con tu fortuna para no malograrla

Con tu Palabra para no olvidarla

Con tu presencia para no vivir de espaldas a ella

Con tu voz para poder escucharla

Con tu soplo para dejarme empujar por él

QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

 

Para que nadie me aparte de Ti

Para que no me deslumbre ni el oro ni el dinero

Para que no te haga nunca de menos

Para que guarde lo que merezca la pena

Para que no extorsione ni oprima a nadie

QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

 

Pero, eso sí –Señor—astuto a lo divino

Amén.


6.- "NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO"

Por José María Martín OSA

1- El peligro de las riquezas. Como todos los domingos la Primera Lectura, el Salmo y el Evangelio guardan entre sí una estrecha relación. La sentencia con la que culmina el Evangelio de Lucas en este día nos aclara el tema central de la Palabra de Dios: "No podéis servir a Dios y al dinero". Lucas es el evangelista de la misericordia, pero también el que defiende a los pobres y oprimidos, porque seguramente estaba dirigido a una comunidad en la que había grandes diferencias sociales y económicas. Los bienes de este mundo pueden considerarse como una bendición de Dios, pero suponen también un grave peligro en la medida en que nos esclavizan y nos hacen "materialistas", con el consiguiente olvido de Dios y de todo lo espiritual.

2- Dios toma partida por lo pobres Lo que denuncia el profeta Amós es la riqueza fruto de la injusticia. Amós es uno de los "doce profetas menores", el más antiguo de ellos: predicó en el siglo VIII antes de Cristo. Nació en la aldea de Téqoa (cerca de Belén), donde se dedica al oficio de cultivar higos y a sus rebaños. Pero predica en el Reino del Norte, unos treinta años antes de la conquista de los Asirios. Es curioso, pero el Reino está viviendo un período de prosperidad económica, que hace que sus habitantes se olviden de Dios y reine la corrupción moral y religiosa. Seguro que además de los que se aprovecharon de la bonanza económica la inmensa mayoría vivía sumida en la miseria. ¿No pasa esto mismo en nuestra sociedad opulenta, la llamada "sociedad del bienestar"?. Muchos millones de personas en la Tierra pasan hambre, tienen que buscarse la vida emigrando a otros países en pateras y barcos que se hunden en el mar. Hay muchos explotadores que incluso tratan a sus semejantes como esclavos y les extorsionan hasta que "pagan la deuda" asumida en su peligroso trayecto por la mar. Dios toma partida por los pobres y llega a decir que "no olvidará jamás vuestras acciones". En cambio, como proclamamos en el Salmo 112 "Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes".

3- Jesús en el Evangelio no alaba la injusticia. No hay que tomar al pie de la letra el "Ganaos amigos con el dinero injusto". Lo que alaba es la astucia en el proceder. Nos anima a no dejarnos engañar por los criterios de este mundo y a emplear los medios adecuados para poner en práctica el Evangelio. Ser cristiano no es ser ingenuo o apocado, es estar despierto y saber emplear los medios necesarios frente a la astucia de los que quieren imponer otros valores que no son los evangélicos. Obligándonos a elegir entre Dios y el dinero, Jesús nos invita a la felicidad que produce un espíritu liberado y desinteresado, frente a la esclavitud de lo material. El capítulo 16 de Lucas termina con la narración de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

4- Una nueva imaginación de la caridad y de la justicia. El gran pecado es no saber "compartir". Hace falta una nueva imaginación de la caridad, que debe partir siempre de la justicia. Mohamed Yunus, premio Nóbel de la Paz 23006, llamado "El banquero de los pobres", ha declarado que "la paz está amenazada por la injusticia del sistema económico, social y político, por la ausencia de democracia y por las violaciones de los derechos humanos. Se puede decir más alto, pero no más claro: la paz se consigue combatiendo la pobreza y favoreciendo la justicia. El sí ha tenido imaginación. Es el fundador del Banco Grameen, que se dedica a dar micro-créditos a los bangladesís más pobres, aquellos que no pueden acceder a ningún tipo de crédito, pues carecen de todo. No se les pide ningún aval, como hacen los demás bancos y la restitución del crédito es cuestión de un código de honor, según palabras del propio Yunus. Estos micro-créditos permiten el autoempleo y aliviar su situación de miseria. Es una manera de luchar contra la pobreza de manera efectiva y más allá de las buenas palabras. También fue claro al decir que la pobreza existe porque queremos que exista, pues hacemos muy poco por combatirla. Y puso el ejemplo de que si el hombre quiso llegar a la luna y lo consiguió, seguro que acabaría con la pobreza si se lo propusiera. Es una pena que para algunas cosas pongamos todo nuestro empeño, pero para otras seamos tan perezosos..... Y es que la solidaridad comienza en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Por lo menos, no colaboremos a la injusticia. Es sangrante ver cómo muchos de los que nos llamamos cristianos "regateamos" a la hora de pagar un salario justo a las personas que cuidan de nuestros mayores o realizan servicios que nosotros no queremos realizar. Jesús nos invita a ser honrado en lo menudo, en nuestros pequeños asuntos. Construir un mundo más justo no es un sueño imposible. Comenzar a soñar es comenzar a cambiar.


7.- LOS DOS ADMINISTRADORES

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Siempre ha extrañado este evangelio de Lucas que hemos escuchado hoy. El ingenio tramposo del administrador no parece apropiado para la línea de pensamiento que muchos –en todos los tiempos—han querido adivinar en Jesús. No es honradez, precisamente lo que demuestra ese empleado. Pero, bajo mi punto de vista, creo que a este administrador hay que medirle con otro rasero y compararle con el que nos refiere Mateo en su capítulo 18, versículos 23 al 34. Es aquel siervo que tras habérsele perdonado una deuda de muchos millones de euros, no quiso perdonar –maltratándole físicamente—a un deudor propio que le debía poco más de 100 euros. Ciertamente, Jesús, en el evangelio de San Mateo, explica esta parábola al hilo del perdón, del necesario perdón a todos y en todas las ocasiones. El administrador de Lucas, 16, 1-3, también obtiene el perdón de una muy mala administración, aunque llegara a obtenerlo con inteligencia. El único que perdía era el más rico, el amo, el que lo tiene todo y puede perdonar lo que quiera. Sus deudores se ven beneficiados por el “descuento” realizado por el administrador y, sin duda, se lo agradecerán en el futuro. Pero el administrador de Mateo, 18, 23-34, no valora el beneficio de un perdón por valor de muchos millones y exige con violencia, como avaro que es, una cantidad ridícula en comparación con la se le ha perdonado a él.

2.- Jesús de Nazaret tiene una forma de pensar muy alejada de lo convencional, de lo que suele estar bien entre la mayoría. Además no tiene nada, ni quiere tenerlo. Avisa en muchas partes del relato evangélico que el dinero es peligroso y que la avaricia es una especie de idolatría. El mayor pecado que podía cometer un judío era ser idólatra, adorar a los ídolos que no ven, ni oyen, y no hacerlo ante el Dios vivo. Tampoco Jesús quiere convertirse en árbitro del reparto de una herencia. Se entristece, asimismo, ante la “adicción” que tiene por el dinero aquel joven que quiere seguirle –y que Jesús miró con afecto y ternura—pero que no es capaz de librarse de la influencia de su fortuna. El administrador ingenioso adopta un cierto papel de reparto, las nuevas deudas acreditadas son mucho menores y van dirigidas, obviamente, a quienes no han podido pagar hasta entonces, sin duda por no tener o estar más necesitados que el amo. El Señor define, además, el dinero adeudado como injusto es clara alusión a que pocas veces las grandes fortunas proceden de procederes justos.

3.- Es en, cualquiera de los casos, esas últimas palabras del Evangelio de Lucas donde Jesús explica su valoración del dinero y de donde nosotros tenemos que aprender. Y así en el caso del administrador que nos describe San Lucas pues también se puede pensar que el dinero del amo fuera injusto y ganado con “facilidad”, porque nadie perdona 100 millones de euros –más de 130 millones de dólares—si se han obtenido con mucho esfuerzo, aunque sea una enorme cantidad. Jesús ha vuelto a burlarse del dinero y de los que lo poseen. Y quiere dar ejemplos que devalúan el poder y el valor del dinero. De ahí que bien pueda verse una relación entre los dos administradores citados.

4.- Y si recordamos lo dramático que conlleva la narración del fragmento ya aludido de Mateo con la historia del administrador cruel y avaro. No menos podemos dejar de observar la dureza de lo que el Profeta Amos nos ha contado hoy en la primera lectura. Es una advertencia a los explotadores, a los defraudadores, a quienes abusan de la pobreza de los más pobres para explotarlos y aprovecharse de su indigencia. Amos dice que el Señor Dios no olvidará jamás esa mala conducta. Y este aspecto –insisto muy dramático—nos recuerda a un párrafo de casi al final de la Carta de Santiago (Sant. 5, 1-6) donde se condena, con enorme dureza, a los empresarios que estafan y esclavizan a los trabajadores. De hecho el que estafa, roba, oprime económicamente lo hace por avaricia, por tener más dinero que le corresponde, utilizando la fuerza para conseguirlo. Ya Amos se adelantaba más de 700 años al juicio del Apóstol Santiago, pero estando éste último influenciado –como no podía ser de otra forma—por el pensamiento de Jesús de Nazaret.

5.- Por tanto la enseñanza de hoy está muy clara y no permite equívocos. La adoración del dinero es un vicio muy duro. La gente cambia hasta de humor cuando se dedica solo a pensar en su dinero. Yo mismo he podido advertir en algún amigo que entregado solo a ganar dinero, ha dejado de tener amor por el gente, incluso por su gente y su familia. Hemos de tener cuidado con obsesionarnos por el dinero. Hemos de ir por la vida ligeros de equipaje y admitir el dinero como un instrumento para vivir adecuadamente. Pero, desgraciadamente, hay muchos adoradores del dinero, incluso entre los pobres, entre algunos pobres.

6.- Merece la pena, por otra parte, glosar el fragmento que de la Primera Carta a Timoteo aparece en nuestra segunda lectura de hoy. Ha sido la base, durante siglos, para confeccionar las preces de nuestras Eucaristías. Las oraciones de los fieles siguen conservando la estructura de este discurso de Pablo en su comunicación a sus discípulo Timoteo. Hay que rezar todos por todos y, además, insistentemente. Y, también, por el “emperador”, por los gobernantes para que su buena gestión nos haga vivir en paz y sin perturbaciones que estorbaran el ejercicio de nuestra fe. Como se sabe las lecturas litúrgicas de cada domingo están sabiamente relacionadas para ofrecer una enseñanza coherente y eficaz. La invocación de Pablo para orar por todos no es, para nada, un desajuste respecto al consejo importante de no poder el corazón en el dinero. Al contrario, cuando rezamos por los gobernantes, por los responsables políticos o administrativos lo que estamos pidiendo es que todos ellos sean excelentes seguidores de Jesús de Nazaret y no detentadores del poder y de la jerarquía para su beneficio personal o de solo unos pocos. Lo que pedimos es que sean dignos, honrados y creadores de situaciones aprovechables para el bien común. E, incluso, cuando en la oración de los fieles pedimos por el Papa y los Obispos elevamos nuestra oración para algo igual: que ellos sean fieles a la doctrina de Jesús y sepan llevar a su pueblo por el camino que el Maestro señaló. La avaricia, la vanagloria por el poder, la ausencia de humildad no tienen nada que ver con lo que Cristo dice. Por eso, uno de los títulos del Papa más cristiano es aquel dice que “es el servidor de los siervos de Dios”, el último para ser primero en el Reino.

En fin, reflexiones hoy sobre la pobreza que necesitamos en nuestras vidas y que a veces no es solo de falta de dinero, también de ausencia de soberbia o de dificultad para servir a los demás. Jesús no tenía donde recostar la cabeza, pero nadie de los que acudían a Él salían con las manos vacías. Confiemos en Jesús y lo demás que necesitamos se nos dará por añadidura.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ASTUCIA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os puede desconcertar, mis queridos jóvenes lectores, la lectura del evangelio del presente domingo. Hablo de las sentencias finales, pues la historieta tiene una cierta gracia. Que a uno le despidan de la empresa multinacional es una casi común realidad de hoy en día. Se le llamará reducción de personal, liquidación o desplazamiento de lugar de producción, se le llamará como se quiera, el caso es que hay gente que, de la noche a la mañana, se encuentra de patitas en la calle, aunque no la hayan echado de una productora global donde laboraba. A veces, como en el caso de la parábola, el interfecto se lo merece. No os habrá chocado la narración, de aquí que, tal vez, no os hayáis fijado en las sentencias finales. Voy a dedicarles unas cuantas líneas a algunas, no a todas.

Es posible que en catequesis, en clases de religión o en actividades semejantes, se os recomiende la piedad, a veces insulsa. No hay duda que desde pequeños os han dicho que debéis evitar las peleas entre hermanos o compañeros. También que no digáis mentiras. Es evidente que estos consejos son buenos, pero sinceramente, si os quedáis con su sólo cumplimiento, ser cristiano pensareis, resulta un poco aburrido. Una vida bastante pasiva. Yo no sé, mis queridos jóvenes lectores, si conocéis un poco la panorámica espiritual de hoy en día. Me temo que os hablan más de la superabundancia de CO2 o del agujero de la capa de ozono, cuestiones que no os niego son importantes, pero se pretende ignorar la penuria de valores de honradez, el atractivo que tiene la heroicidad del martirio y otras muchas cosas más, precisas todas ellas, para vivir en plenitud el cristianismo. A mí personalmente, me preocupa más una realidad acuciante: con frecuencia, cada uno procura por sí mismo, el simple filete de una cualquiera de nuestras comidas, vale más que lo que puede consumir durante todo un día, mucha gente del Tercer Mundo. Aquella sabrosa carne, o aquel apetitoso pastelito, conseguido gracias al gran comercio o a industrias multinacionales, opresoras de naciones que poseyendo riquezas naturales no están capacitadas para administrárselas, en las que estamos sumergidos, resultan ser alimentos injustos. (No pueden faltar en la dieta los hidratos de carbono -los macarrones que tanto os gustan- ni la fruta con su fibra, no hay que olvidarlo. Pero ¿os habéis dado cuenta de que cuando estáis diciendo que no queréis aquel plato de pescado azul, el de mejor valor alimenticio, estáis despreciando a tanta gente joven que debe contentarse con una ración de manioc, adornado con insectos secos? No os extrañe que el Señor, a una tal riqueza de la que gozamos, la llame injusta.

3.- ¿Qué solución nos propone? ¿Debemos irnos al bosque a vivir de vegetales silvestres? ¿Debemos dejar de comer y caer en la consabida anorexia? Ambas actitudes serían erróneas y nada solucionarían. Con nuestras riquezas, aquel dinero que os dan para chucherías o para poder ir al cine, ganaos amigos, es decir, colaborar en ayuda al Tercer Mundo o al Cuarto Mundo, que tal vez esté próximo a vosotros. Dejar de pretender que os compren ropa de marca o de beber refrescos caros. El organismo humano necesita agua, (se dice que un 80% de él se compone de H2O), pero no es preciso que venga vehiculado en cualquier cola. Con lo que dejáis de gastar, al darlo generosamente, os procuraréis amigos pobres, anónimos. Serán ellos los que, al morir vosotros, os abrirán las puertas del Reino de los Cielos.

Os he dicho que seguramente no os han recomendado que aprendáis a practicar una virtud cristiana que, como tal, es bastante desconocida: la astucia. Los antiguos pueblos semitas la apreciaban en gran manera, aunque a veces, como en el caso del comportamiento de Jacob con su hermano, vaya acompañada de trampa engañosa, proceder que no es bueno. Nosotros, frecuentemente, ignoramos esta picardía, de aquí que, siendo tantos los cristianos, observemos lamentablemente, como dirigentes y organizadores de la cosa pública sean amos tiránicos, que gobiernen de acuerdo con intereses personales o de partido, más que procurando el bien común general. Mis queridos jóvenes lectores, no os toca ahora pretender ser dirigentes políticos o líderes sindicales, pero podéis influir en vuestra clase, en vuestro taller, en vuestro equipo, en vuestra pandilla, preparándoos para influir cuando seáis adultos en el bien colectivo.

4.- En otro momento el Señor Jesús nos pidió que fuéramos astutos como serpientes, no lo olvidéis, aunque, para que no nos alejáramos de la nobleza, nos dijo que cándidos como palomas. Vivir un cristianismo así, honrado, fiel, austero, pero con un buen puñado de astucia se convierte en una existencia más interesante que un viaje a la Antártica o una expedición al Amazonas. Sin olvidar que de unos tales desplazamientos podemos conseguir fotografías o traernos souvenires, pero nunca la seguridad de que tenemos reservada, para cualquier momento en que nos llegue, una plaza eterna en la compañía feliz del equipo de Jesús o de la pandilla de María, que es lo mismo.


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


“MANDATUM NOVUM” (2-X-1960)

Por Pedro Rodríguez

Evangelio dominical meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años, en la época de Juan XXIII. Hoy es un testimonio de la continuidad de la liturgia y de la meditación del Evangelio en el tránsito del Misal de San Pío V al de Pablo VI. La fecha que se hace constar es la del domingo en que se publicó en los periódicos.

DOMINGO XVII DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

San Mateo 22, 24-36:

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:

—Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le respondió:

—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Estaban reunidos unos fariseos y Jesús les preguntó:

—¿Qué pensáis del Mesías? ¿De quién es hijo?

—De David —le respondieron.

Él les dice:

—¿Entonces, cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor al decir: Dijo el Señor a mi Señor “Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies”? Por lo tanto, si David le llama “Señor”, ¿cómo va a ser hijo suyo?

Y nadie podía responderle una palabra; y desde aquel día ninguno se atrevió a hacerle ya más preguntas.

“Mandatum novum” (2-X-196o)

El Evangelio que la Iglesia nos propone esta semana es la versión según San Mateo del mismo pasaje de la vida de Cristo que hace unos cuantos domingos leíamos en la versión de San Lucas: un escriba que interroga al Señor acerca del primer mandamiento de la Ley de Dios. Mateo y Lucas nos transmiten al unísono el mismo mensaje (Lucas en boca del escriba, Mateo en palabras de Jesús): “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento. El segundo es semejante al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En aquella ocasión —domingo XII después de Pentecostés—, el texto de San Lucas nos dio ocasión para puntualizar uno de los aspectos de la virtud de la caridad: concretamente su carácter sobrenatural, que no es obstáculo —veíamos— para que esa virtud sobrenatural se manifieste en actos ordinarios y corrientes, naturales, “humanos”.

El texto que hoy leemos en el Misal incluye unas palabras en la respuesta de Cristo al escriba, que debieron quedar muy prendidas en el corazón del Apóstol San Mateo. El Señor, una vez enunciado el precepto del amor a Dios y al prójimo por Dos, agregó: ”De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”. Y estas palabras de Jesús son las que van a orientar nuestra meditación evangélica.

La excelencia de la caridad, es decir, su carácter de primer mandamiento, ya sería de por sí suficiente para darnos una idea del papel preponderante que el “mandatum novum” debe desempeñar en la vida de un cristiano. Pero estas palabras tan gráficas de Jesús —de la caridad “penden” la Ley y los Profetas— resaltan al máximo la importancia de la caridad, al darnos a entender la influencia que ejerce sobre la vida moral.

Todas las demás virtudes están como “prendidas” en la caridad, que es como decir que de ella les viene su “valor” a los ojos de Dios. Ciertamente pueden darse virtudes morales en un hombre que no tenga caridad: no todo acto realizado al margen de la caridad es ipso facto malo. Pero esas virtudes carecerán, como dice un autor contemporáneo, “de ese fundamento sustancial en toda actividad virtuosa que es el deseo firme y ardiente en todo del fin supremo: Dios”.

Esta verdad fundamental la expresaba San Pablo en los albores del Cristianismo con aquellas palabras famosas de la primera carta a los Corintios: “Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles mas no tuviese caridad, no soy sino una campana que suena o un címbalo que retiñe” (1 Cor 13, 1).

La conclusión de nuestro comentario es clara: si no crecemos en la caridad, que va directa a Dios y al prójimo por Dios, estamos perdiendo el tiempo, porque nuestros esfuerzos, en todo caso, corren por un camino que no acaba en Dios. En cambio, el hombre que va avanzando en la “amistad con Dios y con los hijos de Dios”, que eso es la caridad, arrastra en su movimiento a todas las virtudes, pues el amor de Dios es la fuente de todo mérito y la esencia del Cristianismo.