1.- UNA POLIZA DE SEGUROS

Por David Llena

Creo que la seguridad, es una de las razones de nuestros desvelos. Estar seguros de tener un futuro tranquilo, una vida sin sobresaltos y si éstos se producen que haya alguien que nos lo arregle. Además también nos hacemos seguros de vida, de automóvil, de casa, por seguridad blindamos nuestras puertas, enrejamos nuestras ventanas e incluso contratamos alarmas que ahuyenten a los posibles ladrones.

Los cristianos de vez en cuando nos olvidamos, influenciados por el ambiente, de que tenemos en Cristo un verdadero seguro de Vida. Que si importante es esta vida, más lo es la Vida Eterna y no somos capaces de confiar en Cristo más que en los hombres.

Yo no he tenido grandes problemas con los seguros, (tengo los mínimos exigidos), pero escucho de gente que vive confiado en su seguro y éstos luego no responden como nosotros había creído. Aparecen las ya eternas franquicias, que consisten en que nosotros debemos pagar una parte del coste de la reparación, hasta “letras pequeñas” que no leímos y donde nuestro caso se excluye del seguro.

Sin embargo, la póliza que firmamos con Cristo el día de nuestro bautismo, incluye todos los gastos, incluso el precio de la póliza también corre de su parte. Cuando tenemos algún “accidente” y damos parte, Él siempre lo “arregla” y sin penalizar la cuota al año siguiente. Incluso cuando creemos que nos va a exigir un cambio en nuestra forma de conducirnos por la vida, Él nos perdona, no nos castiga. Nos invita a reparar aquello que solo nosotros podemos reparar (Dios pide permiso para actuar en nosotros) y cuando somos capaces de abrir nuestro corazón al Señor, Él restaura nuestra herida, sin franquicias, sólo nos pide que demos parte del accidente. Pero, nosotros seguimos confiando más en los hombres que en Dios…

 

2.- COTTOLENGO, 75 AÑOS Y SISTEMAS

Por Pedrojosé Ynaraja

¡Y dale con lo mismo! Pensará, si hay, algún lector habitual de mis artículos. Es bueno proclamar y publicar las obras gloriosas de Dios, se dice en el libro de Tobías. Y no seré yo quien deje de hacerlo. Nadie que esté en su sano juicio, dudará que lo que fundó hace 75 años y un mes el jesuita P. Alegre en Barcelona, es obra de Dios. Me invitaron a la fiesta conmemorativa. Me alegró sobremanera que algunos de los enfermos, ellos y ellas, me saludaran. Uno, sólo sabía repetir: Padre, la Castanyera (es el nombre que recibe la casa donde pasan su vacaciones y a la que acudo a celebrar misa). El arzobispo que presidía repitió más de una vez en su predicación, que aquello era un trozo de Cielo en la tierra. Admito su buena intención y no quiero reprobarla, pero me gusta expresarme de otra manera, seguramente equivalente, aquello es una tierra diferente, diría yo. Una isla, un país de las maravillas. Haré dos comentarios al efecto.

En el tiempo que llevo acudiendo a aquel bendito lugar del macizo del Montseny, he observado una cosa insólita: entre los enfermos hay un ansia de colaboración enorme y ausencia de egocentrismo. Mis motivos tengo para afirmarlo. Observo, por ejemplo, como una con síndrome de Down empuja complaciente a quien debe desplazarse en silla de ruedas. Sé otras situaciones paralelas. No hay manifestaciones clamorosas de protagonismo o ganas de llamar la atención. El enfermo, lo sabemos todos, y mayormente el crónico, se torna egoísta. A veces, en su queja, se vuelve pesado y uno debe acudir a profundas convicciones cristianas para ir a visitarle. La simple operación de repartir unos caramelos a un colectivo disminuido, se vuelve heroica labor. Nada de esto he observado allí. Lo comento con alguna monja, y creo que en la actualidad merezco su confianza para que se expresen con total sinceridad, y me dice que en el Cottolengo existe siempre esta ayuda mutua, esta falta de egoísmo.

Para un sacerdote actual, acudir al Cottolengo, como ser apasionado colaborador y peregrino de Tierra Santa (no simple viajero) proporciona el prestigio que antiguamente daba una canonjía, o tal vez más. A mí Dios me ha concedido ambos dones y no olvido proclamar estas gracias. Cuando hablo de ello con gente de Barcelona, me cuentan que en su juventud también habían ido allí a ayudar voluntariamente. Uno escucha todavía el eco de aquella generosidad. Parejo al de los que habían servido en aquel escultismo casi heroico, de tiempos pasados, gratuito, cuando era casi clandestino. Indaga entonces la realidad espiritual de sus hijos, de los hijos que tienen ellos, y como son ahora y le cuentan que se han alejado de la Iglesia o que se han casado y descasado o viven, según la lamentable expresión, vida de pareja, sin comprometerse.

Las escuelas de hoy día organizan un montón de actividades: colonias, semanas blancas, castañadas, carnavales y otras hierbas. En el terreno extraescolar abundan los cursos de inglés, las piscinas de agua caliente para la natación invernal, los equipos, y correspondientes entrenamientos, de los más diversos deportes, las escuelas de baile de salón o de patinaje, etc. etc. La mayor parte de estas actividades están tarifadas. No hay grupos de actividades que no exija la correspondiente cuota, de lo que tampoco se libra el escultismo. El chico, él y ella, si le queda algún momento, está ocupado en su correspondiente juego cibernético. Entre una cosa y otra vive agobiado, amén de sufrir de hiperactividad, dichosa, o lamentable, expresión que se usa, para ocultar la falta de disciplina. Ya sé que apuntarlos a esas actividades muchos, no todos, lo hacen con el deseo de que no frecuenten discotecas y no se sumerjan en el mundo de la droga. Pero hay que advertir que el procurar valores intermedios, a la larga o a la no tan larga, no procura satisfacción plena y llega un día que con inglés y baile, con deporte y viajes de estudios acumulados en su historia personal, sienten hastío y caen en el terreno de la angustia y la depresión, de la que es difícil escaparse.

¿Y si volviéramos a antiguos métodos? ¿Y si en vez de procurarles viajes a caros parques temáticos, se les enseñara la realidad del Cottolengo? Cuando, ¡feliz momento aquel! solicitaron las monjas que les celebrase misa, sólo les pedí que el domingo lo fuera a las 17h. Pueden, de esta manera, desplazarse y conocer, mis habituales compañeros de celebración dominical, desde pequeños, algunas de las realidades que allí se viven. Un chiquillo le decía en una ocasión a su madre: ¡mamá, si que son feos! era en el preciso instante en que un enfermo se acercaba y me abrazaba, vio el muchacho lo contento que yo me sentía. ¿Y si cuando fueran un poco mayores se les invitara a colaborar allí o en otros voluntariados cristianos? Porque, sin duda, no se nos examinará ni de inglés, ni de deporte, ni de aire libre, para poder entrar en la Feliz Realidad Eterna, llámesele Cielo. Y con una tal experiencia acumulada, se va por la vida sin sentir el síndrome de abstinencia espiritual, que tantos sufren.