LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LA PRUDENCIA Y EL OÍDO

"Que el fruto de los esfuerzos nobles es glorioso, imperecedera la raíz de la prudencia" (Sb 3,15)

Hemos hablado con anterioridad y pormenorizadamente acerca del hecho de que Dios bendice a las estériles y a los eunucos, dando a estos términos su más profunda dimensión catequética. Pasamos ahora a detallar cuáles son los bienes con los que Dios, con su bendición, enriquece a estas personas. Dice el texto de la Sabiduría que sus obras son gloriosas, es decir, que no se desvanecen con el tiempo, y explica el por qué: nacen de una raíz inmortal que es la prudencia.

La prudencia, al igual que el hombre o mujer prudente, aparece con frecuencia a lo largo de la Escritura. Hemos de dar a esta virtud su genuino sentido bíblico. A la luz de la Sabiduría de Dios, reflejada en su Palabra, vemos que una persona prudente es aquella que presta suma atención al interlocutor que se pone en comunicación con ella. No escucha de pasada, sino que abre de par en par su corazón a las palabras que le son dirigidas.

Entre los muchos hombres y mujeres a los que podríamos calificar como prudentes por su disposición a acoger en su corazón la predicación que llegaba a sus oídos, me parece oportuno fijarse en una mujer de Filipos que había acudido a oír a Pablo, movida por su deseo de conocer mejor a Dios. El mismo Pablo nos cuenta de primera mano este encuentro en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Dice el apóstol que, llegado a Filipos, se dirigió, junto con Timoteo, al río a hacer oración, y que se encontraron un grupo de mujeres que habían acudido allí.

El apóstol predicó la Buena Noticia de Jesús a todo el grupo. Puntualiza que una de ellas, llamada Lidia, le escuchaba con especial atención. No es que las demás estuvieran ausentes; quiere hacer señalar que una de ellas escuchaba, ponía todo su ser, en orden a acoger el Evangelio que salía de su boca. En esta actitud de Lidia es donde identificamos bíblicamente la virtud de la prudencia. Ella pone todas sus capacidades como persona con el fin de acoger la Palabra que Dios le envía por medio de Pablo.

Es por ello que se nos relata en el texto que Dios abrió el corazón de Lidia para que se adhiriese a las palabras de Pablo. Leamos esta parte de la narración y observemos cómo la prudencia prepara al hombre en orden a recibir de Dios el don de la fe: "El sábado salimos fuera de la puerta, -de la ciudad- a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un sitio para orar. Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido. Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de la ciudad de Tiatira, y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo..." (Hch 16,13-14).

Pasamos ahora a profundizar en lo que hemos anunciado antes: Dios bendice a las estériles y a los eunucos haciendo que el fruto de sus obras sea glorioso, es decir: sobreviven a su muerte física, son eternas. Lo que se nos está queriendo anunciar es que las obras de estas personas son el patrimonio con el que entran en la vida eterna.

Reforzamos el testimonio del autor sagrado con el del apóstol Juan, quien, por mandato expreso de Dios, nos hizo saber en el libro del Apocalipsis que las obras de los que mueren en el Señor les acompañan, tienen el sello de la inmortalidad: "...luego oí una voz que decía desde el cielo: Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, sí -dice el Espíritu-, que descansen de sus fatigas, porque sus obras les acompañan" (Ap 14,12-13).

Por supuesto que nos preguntamos qué obras son éstas, qué es lo que hemos de hacer para que su fruto resista el paso de la muerte y nos lleve hasta la presencia de Dios. Siendo, como somos, tan dados a valorar solamente lo que nuestros ojos ven y lo que nuestras manos tocan, nos resistimos a aceptar que haya realmente obras nuestras que, sobreponiéndose a la muerte, estén revestidas de inmortalidad. Venciendo nuestro natural escepticismo, nos preguntamos: ¿qué obras son esas?

Hay una catequesis del Hijo de Dios que ilumina y disipa nuestra natural resistencia y escepticismo. En el evangelio de san Juan vemos que Jesús, después de hacer el milagro de la multiplicación de los panes, empezó a partir la Palabra -el pan vivo- en contraposición a los panes que los judíos habían comido. En su catequesis, Jesús les exhorta a que trabajen por el alimento que permanece para la vida eterna: "Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre" (Jn 6,27).

Ante tal exhortación, los judíos quedan atónitos, perplejos. Sólo Dios puede hacer obras marcadas por la eternidad. ¿Cómo es que puede un hombre hacer las obras de Dios? Se lo preguntan a Jesús: "Ellos le dijeron: ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?" (Jn 6,28).

La respuesta es clara y directa, no deja lugar a dudas. La obra de Dios, aquella que Él mismo reviste de inmortalidad, tiene su origen en la adhesión del hombre a su Enviado, al Hijo de Dios, a su Evangelio: "Jesús les respondió: La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado" (Jn 6,29).