DIOS Y LOS HERMANOS

Por Ángel Gómez Escorial

La semana pasada, las últimas frases de la homilía del Padre Maruri me dejaron muy pensativo y, sobre todo, me sentí emplazado a escribir sobre ellas. José María Maruri es un jesuita sagaz, muy inteligente, bueno, sencillo y de un extraordinario realismo. Y también posee un gran sentido del humor. Sea como sea, las frases en cuestión ponían el dedo en la llaga y su reflexión será muy útil para un buen número de cristianos, avanzados en sus devociones y atrasados en sus obras. Podría ser mi caso. En fin terminaba Maruri su homilía así: “¿Quieres saber lo cerca que estás de Dios? Mira lo cerca que estás de los hermanos. Si te sientes lejos de ellos, muy lejos estás de Dios.”

ACERCARSE A TODOS

Nos pasamos el día pidiendo a Dios que se nos acerque, mientras que completamos la jornada con una lejanía cada vez más grande de los hermanos. Y si nos acercamos a ellos haremos una selección favorable a nuestros gustos. Y como se escribe en la Carta de Santiago colocaremos en el sitio predilecto de nuestras preferencias a los bien vestidos, a los que tienen buen aspecto y mandaremos lejos a los feos, a los harapientos, a los enfermos, a los aparentemente sucios. Y eso como máximo, porque también habrá gente que no querrá saber nada de nadie, acorazada en la tranquilidad del templo y en la relación exclusiva con un Dios lejano, por supuesto, hecho a su medida.

La frase del Padre Maruri tiene su miga porque no hablar de “estar”, si no de “sentir”, de sentirse. En efecto, podría ocurrir que trabajásemos a favor de los hermanos, pero que nos sentiríamos lejos de ellos, a causa de una superioridad aristocrática, la cual nos llevase a cumplir con ellos por una especie de exacerbación del sentido del deber, pero sin amarlos, sin ver en ellos que son nuestros hermanos. Que son sangre espiritual de nuestra sangre espiritual, sangre de nuestra sangre biológica; porque, tal vez, estemos extraordinariamente alejados de gentes necesitadas cercanas y casi familiares, incluso --¿quién sabe?— de nuestra familia.

Llevo años intentado explicar aquí –y a mi mismo—que junto a los pecados más sabidos y admitidos hay otros de los que nos deberíamos guardar y, en su caso, incluirlos en nuestro zurrón de faltas, a la hora de acudir a la confesión, como son los de daño a los hermanos por, sobre todo, actitudes negativas sociales y económicas. Lo que yo deseo es que la gente se conciencie –y yo mismo— que tan pecado grave es fornicar como provocar o incentivar la miseria de los hermanos. Y que tan fuerte es robar el céntimo a la viuda como negar una palabra de apoyo a un vecino desesperado, que vive cerca y del que conocemos su problema. Tenemos que salir a la calle a servir y a no buscar que nos sirvan.

PECADOS GRAVES

Y todos esos pecados graves de atención a los hermanos se producen porque, realmente, dejamos de cumplir otro de los mandatos irrenunciables del Señor Jesús: “amaros los unos a los otros que yo os amo” y “por eso sabrán que sois discípulos míos, porque os amáis”. La frase utilizada por Jesús para indicar que es el primer precepto: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos” ya viene del Antiguo Testamento. Y eso significa que Dios Padre esperaba desde el principio de la Creación que el hombre construyese un Reino de fraternidad en comunión con Él y su Amor. Jesús, además, nos iba a revelar que Dios es amor y que este Dios trinitario al que amamos no es un Dios solitario y que el amor es el flujo de unión entre las Divinas Personas. Esto puede sonar muy solemne y muy formal. Pero si lo ignoramos y cada uno no lo apunta claramente en el catálogo de sus creencias básicas, los hermanos continuarán igual de lejanos.

Seguiré insistiendo en todo esto. A vosotros, amigos lectores, y a mí mismo. Pero esta carta no la puedo terminar de otra manera: “¿Quieres saber lo cerca que estás de Dios? Mira lo cerca que estás de los hermanos. Si te sientes lejos de ellos, muy lejos estás de Dios.”

¡Gracias, Padre Maruri!