TALLER DE ORACIÓN

AL CORAZÓN DE JESÚS

Por Julia Merodio

Leía, el otro día en la una hoja llamada “Hoy Domingo”, que se distribuye en las parroquias de Madrid y, que ciertamente, es muy elocuente y útil; que hay liturgistas que ven difícil justificar esta fiesta, desde el punto de vista litúrgico; ya que, perece ser que piensan que el día de Viernes Santo se celebra el amor de Cristo herido por nuestros pecados y, que por tanto, es el día más apropiado para meditar en su humanidad, incluyendo en ella su Corazón. Sin embargo no deja de apuntar como ha llegado hasta nosotros la devoción al Corazón de Jesús. Situándola ya en la Edad Media y mencionando como se fue extendiendo y por que mediaciones.

Esta nota de entrada no quiero alargarla más, dado que posiblemente sabréis bastante sobre ello y, además yo me centraré más bien en llegar hasta ese corazón que no necesita rezones para que todos acudamos a Él. Por eso, dado que estamos en Junio, mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, quiero compartir con vosotros mi oración, haciéndolo el centro de nuestra vida; pues creo que nada se puede vivir, con profundidad, si no es junto al: Corazón de Cristo.

El corazón es el centro de la persona. En él se fusionan sus facultades, dimensiones y niveles, lo afectivo y lo racional, lo instintivo y lo intelectual, lo espiritual y lo material, haciendo de todo ellos una unidad.

En el corazón está la profundidad y la cordura, la sabiduría y la santidad, a la cual sólo se llega por pura gracia, adquirida en el silencio y la humildad de escuchar a Dios.

Pues sólo desde el amor de Dios es desde donde una persona puede llegar, con mucho esfuerzo, a ser ÍNTEGRA.

LAS ACTITUDES DE JESÚS

Para mí, personalmente, hablar del Corazón de Cristo es algo que me apasiona. Vengo de una familia muy devota al Sagrado Corazón y creo que, a nadie le puede molestarle el que, hablemos y mostremos, todos los dones que, el Señor, derrama, por amor, a cada ser humano.

Me da pena ver como ha decaído la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Pero eso no ha restado, un ápice al amor entregado, que Dios tiene por cada uno de sus hijos. ¡Cuántas generosidades caben en un corazón! Pues todas esas generosidades y muchas, se encuentran insertas, el corazón de Jesús. Sin embargo su grandeza consistió en irlas derramando, regalando, esparciendo... porque Jesús no quería quedarse nada para Él; todo era para ponerlo al servicio de los demás. Por eso sus generosidades crecían tanto porque, la bondad, la misericordia, el amor, la confianza... crecen dándolas, se multiplican repartiéndolas.

¡Qué actitud tan distinta la nuestra! Nosotros guardamos nuestras generosidades para que no crean, que somos tontos. Para que los demás no se aprovechen de nosotros, para parecer más interesantes, más importantes. Y así nos ha ido. Las hemos guardado tanto, se han ido empequeñeciendo de tal manera que a penas las percibimos; imposible ponerlas a funcionar. Mas la semilla nunca muere, ahí sigue en tu corazón. Creo que es un buen momento para regarla, para abonarla, para hacerla fructificar de nuevo. Los que se crucen en tu camino lo agradecerán pues, al ver tus obras, empezarán a vislumbrar, un poco, lo que encierra el Corazón de Cristo.

Mas ¿cuánto hace que tú no te paras a pensar lo que de verdad encierra? Vamos a detenernos en algunas de sus cualidades.

 El Corazón de Jesús estaba presidido por el perdón.

Cuando Jesús se decide a perdonar su estilo tiene una constante. Él no niega la gravedad del pecado, pero se acerca al pecador para regalarle su confianza. El pasado ya no cuenta lo que cuenta es el renacer. “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco. Anda y en adelante no peques más”.

Entrar en el corazón de Cristo supone: dejar de tirar piedras, dejar de creerte justo, cumplidor, mejor que los demás.

Entrar en el Corazón de Cristo supone dejarte bañar por su misericordia, para salir dispuesto a acercarte a lo nuevo, con las manos vacías, pobres disponibles... no para denunciar la culpa sino para mirar al culpable con respeto y caridad. Pues el problema no es el “no peques más”, sino el sentirte verdaderamente pecador. Pero pecador perdonado, porque ha sabido permanecer junto a Jesús.

 El corazón de Jesús está marcado por la acogida.

Jesús ha venido a sanar, a salvar, a enjugar lágrimas.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré...”

Pero esto no te garantiza un camino libre de dificultades, no te dice que se acabarán tus problemas. Es más, te dice: que es necesario pasar mucho para entrar en el Reino.

Llegar supone seguir un camino incómodo pero cargado de perseverancia y fidelidad; con momentos suaves y momento escabrosos, con días sosegados y días complicados… Muchos te dirán, por tu forma de vivir, que estás loco, que eres un ingenuo, que es una utopía... No te quedes con las etiquetas; diles que tú tienes siempre un refugio seguro. Que tú tienes donde saciar tu sed. Que tú tienes dónde aumentar tu fuerza. Que tú has conocido el Corazón de Cristo.

 El Corazón de Jesús está inundado por el amor.

La forma de amar de Jesús nos sobrepasa. Nos presenta un Dios infinito bajando al encuentro del ser humano, que se mueve a ras de tierra. Dios descendiendo de tal forma que llega a fusionarse con el hombre.

Esta experiencia de amor es la que nos hace llegar al corazón de Cristo. Por eso ya no puedes estar triste, ni decepcionado, ni puedes tirar la toalla, porque cuando llegas al encuentro con Jesús desaparecen tus intereses personales.

Nos dice San Pablo “El amor habita en vuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

El amor cristiano, salido del corazón de Cristo, no es el que se queda en efusiones sentimentales, ni se reduce a intercambiar beneficios, sino el que se convierte en don, en gratuidad, en abandono. El que es capaz de romper las lógicas del conocimiento humano.

Es el amor que no se programa, que no pone límites que sabe lo que es dar y darse, que se abre de para en par, para dar cabida en su interior a cuantos llegan buscando, razones sólidas, para seguir el camino.

 En el Corazón de Jesús reside la verdad.

En medio de una vida cargada de mentira y desamor, aparece Jesús como testigo de la verdad.

La escena se sitúa en la conversación que entabla Pilatos con Jesús. “Para eso he venido al mundo, le dice Jesús, para ser testigo de la verdad.”

Jesús es el testigo fiel, el que revela en sí mismo la verdad. La verdad de Dios y la verdad del hombre.

Sólo desde el don de la fe, que nace en el corazón de Jesús, podremos conocer la verdad, valorarla, vivirla y cumplirla.

 En el corazón de Jesús encontramos la Vida.

Jesús es el dador de vida. No tenemos nada más que abrir el evangelio para comprobarlo. “El que venga a mí tendrá vida. Y la tendrá en abundancia.”

Él ha devuelto la vida a un gran número de hombres que estaban muertos. Él ha devuelto la vida a los que se habían alejado y estaban muriendo por inanición.

Nos sorprende recordar la resurrección de Lázaro. Nos sorprende cuando Jesús devuelve la vida a la hija de Jairo, un jefe de la sinagoga. Nos sorprende cada resurrección narrada en el evangelio. Todavía no nos hemos creído que, Jesús, es el Señor de la vida. Él no resucita el alma y el cuerpo por separado. Él resucita a la persona enteramente. No en vano antes te devolver la vida, ha devuelto ya la fe, ha devuelto el amor, ha devuelto la integridad. Porque Jesús primero sana el corazón, luego la enfermedad. ¡Cómo impactó este procedimiento a los que estaban junto a Él!

También hoy puede devolverte a ti, y a mí, esa vida de creyentes que tanto languidece. Esa vida de fe, esa renovación interior de búsqueda, de hacerte caer en la cuenta, que habita en tu corazón. Y de que el amor de Dios ha sido derramado en el corazón de cada hombre.

 En el corazón de Jesús brillaba la luz.

Nosotros tenemos que ser luz. Jesús nos lo dice: “Vosotros sois la luz del mundo. No se enciende una lámpara y se oculta bajo un celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos.”

Pero reconocemos que somos astros opacos que sólo podemos dar luz si la recibimos del “Astro Rey”, Dios. Por eso tu luz brillará más en tanto en cuanto seas capaz de acercarte al Señor de la vida.

Mas toma conciencia de que Dios está dentro de ti. No lo busques fuera porque no lo encontrarás. Tu luz tendrás que encenderla en el silencio que surge del encuentro con Dios. Tu luz se hará cada vez más potente en la oración. Y te irá iluminando de tan forma que los hombres la verán por donde quiera que vayas.

El día que el Señor viva en ti su luz irá destruyendo de tu vida la oscuridad, la duda, la incertidumbre... será como un amanecer. Pues en su luz vemos la luz.

Deja que el Señor te dé su visión, sus puntos de vista. Pídele que te haga ver a las personas y a los acontecimientos como Él los ve. Pídele que seas capaz de ver todo con su luz. Pues en la luz de Cristo reside en el don de la fe. Y en su vida el don de la gracia.

 En el Corazón de Jesús estaba el DON.

Muchas veces nos planteamos que Jesús no tenía los pies en la tierra, que la vida es otra cosa.

Cada año oímos en las lecturas de la Misa: “Si conocieras el don de Dios”.

Y nos tragamos la lectura de la Palabra y la homilía sin inmutarnos, sin inquietarnos, sin desconcertarnos.

Sin tener la valentía de ver que el mundo de Jesús, ciertamente, pertenece a un mundo totalmente distinto al nuestro, porque la realidad del evangelio no tiene nada que ver con nuestros puntos de vista cortos y miopes.

Acercarse a recoger el don supone, no sólo, escuchar con atención, sino tomar la decisión de caminar con disponibilidad para intentar la aventura.

HE CONOCIDO EL CORAZÓN DE CRISTO

Ahora que has conocido un poco mejor el Corazón de Cristo, te irás dando cuenta de la clase de amor que te ofrece. Te darás cuenta de cómo te espera para ofrecértelo. Cada día te espera, “con las brasa preparadas y asando los peces”, porque quiere comer contigo. En esa intimidad te preguntará como a Pedro: ¿Me amas?

Ahora que conoces un poco mejor su corazón, deberás responder a su pregunta con la mayor libertad.

Yo os invito a sumaros conmigo para responder con San Pablo:

“¿Quién me separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de estas pruebas. Pues ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”

Porque en los momentos claves de la vida, cuando tus decisiones sean importantes, cuando necesites una mano para apoyarte. Entonces, vuelve la vista al Señor para decirle: ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!