LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: DIOS ILUMINA

POR ANTONIO PAVÍA. MISIONERO COMBONIANO

"El día de su visita resplandecerán, y como chispa en rastrojo correrán" (Sb 3,7).

El autor, después de hacer notar las diferentes pruebas por las que han de pasar los justos, anuncia a éstos la buena noticia de que serán visitados y reconfortados por Dios. Ésta es la acepción que conlleva en este texto la palabra visita. Dios visita a los suyos para rescatarlos. Como ejemplo, podemos recordar su visita al pueblo de Israel cuando estaba sufriendo la esclavitud en Egipto. Dios decide ir al encuentro de su pueblo por medio de Moisés, e inicia su rescate que culminará con la conquista de la tierra prometida.

Sin duda, el culmen de la relación visita/rescate 10 tenemos en la Encarnación. Recordemos la alabanza que Zacarías, padre de Juan Bautista, elevó a Dios al conocer que el Mesías esperado estaba ya gestándose en el seno de María de Nazaret. Ante la inminencia de la redención y la salvación, sus labios bendijeron a Yahvé con una oración sublime de la que entresacamos este pequeño párrafo: "Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David su siervo" (Lc 1,68-69).

Volviendo al texto de la Sabiduría, nos damos cuenta de que la visita rescatadora de Dios lleva consigo un sacar a los suyos de las tinieblas de la prueba hacia la luz. Con esta acción de Dios, los justos "resplandecerán y como chispas de rastrojo correrán".

Vamos a analizar catequéticamente las primeras palabras: Los justos, al ser visitados por Dios, resplandecerán. Como ya hemos señalado antes, Dios los libra de las tinieblas y los reviste con su luz. A este respecto, podemos acercamos al texto evangélico en el que Jesús explica a sus discípulos la parábola del trigo y la cizaña. Jesús culmina su catequesis con el siguiente anuncio: "Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre" (Mt 13,43).

Como vemos, Jesús afirma que en el Reino de su Padre los justos brillarán en todo su esplendor. Sin embargo, este esplendor empieza ya a ser una realidad desde el momento en que el hombre acepta la fe, es decir, se acoge, se abraza, al Evangelio de su Hijo.

El apóstol Pablo exhorta a los discípulos de Éfeso a valorar la luz que han recibido por medio de la predicación del Evangelio. Les recuerda que también ellos participaron anteriormente de las obras de las tinieblas, y que Dios, al visitarles a través del Evangelio, les hizo hijos de la luz. Escuchemos la exhortación del apóstol: "Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor" (Ef 5,8-10).

Acerca de la capacidad que tiene la Palabra para hacer pasar a un hombre de ser hijo de las tinieblas a hijo de la luz, nos podemos remitir a numerosos textos de la Escritura, de entre los cuales nos fijamos en el que nos ofrece Juan en el Prólogo de su Evangelio. Después de anunciar que la Palabra es la luz de Dios que brilla en las tinieblas y que es superior a ellas, proclama exultante: "La Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9).

El discípulo del Señor Jesús es probado en todo, incluso en su fe. Sin embargo, su abrazarse al Evangelio como única esperanza en sus desvelos por encontrar a Dios, provoca en Él un resplandor interno que hace que se convierta en signo luminoso para sus hermanos; por eso dice Jesús que sus discípulos son y serán luz del "mundo" (Mt 5,14). Este ser luz para sus hermanos no es un privilegio que lleva consigo honores y prebendas, sino un servicio que normalmente es rechazado e incluso perseguido: "Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio entre ellos y ante los gentiles" (Mt 10,16-18).

La buena noticia que resuena, a pesar del rechazo de la luz de la que son portadores los discípulos de Jesucristo, es que ningún poder de las tinieblas, ningún desprecio, persecución, etc., podrán anular la salvación y rescate que Dios ha traído a toda la humanidad por medio de su Hijo. En Él, Dios ha visitado al hombre y lo ha proyectado de las tinieblas a la luz. Jesucristo es nuestra visita de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros permanentemente (Mt 28,19-20).

Nos dice el texto de la Sabiduría que los justos, a quienes Dios hace resplandecer, "correrán como chispa de rastrojo". Es una metáfora preciosa que nos indica que su existencia, que es una continua búsqueda y carrera hacia Dios, se convertirá en un camino luminoso que, como tal, tendrá un profundo poder de atracción para los demás. Así lo vemos en todos los santos. Idénticos a sus hermanos en cuanto a debilidad pero que, apoyados en Dios, son como focos de luz que nos gritan y animan a que apostemos por Dios; que no ahorremos energías en nuestros esfuerzos para buscarle porque no quedaremos defraudados.