Domingo X del Tiempo Ordinario
17 de junio de 2007

La homilía de Betania


1.- EL PERDÓN ES FRUTO DEL AMOR... Y VICEVERSA

Por Gabriel González del Estal

2.- UN DIOS QUE NO MARGINA

Por Gustavo Vélez, mxy

3.- EL FARISEO Y LA PECADORA

Por Antonio García Moreno

4.- LOS EXÁMENES DE JESÚS, LA PECADORA Y SIMÓN

Por José María Maruri, SJ

5.- TENÍA MUCHO AMOR

Por José María Martín OSA

6.- ¡ESTOY EN DEUDA CONTIGO, SEÑOR!

Por Javier Leoz

7.- EL AMOR QUE SALVA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA PECADORA PRACTICANTE DE AMOR

Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


LO QUE ESTABA PERDIDO (10-VI-1961)

Por Pedro Rodríguez


HOMILÍA PARA LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


TODO EL AMOR DE DIOS, EN UN CORAZÓN

Por Javier Leoz


1.- EL PERDÓN ES FRUTO DEL AMOR... Y VICEVERSA

Por Gabriel González del Estal

1.- El perdón y el amor son como las dos caras de una misma moneda, el perdón es la cara humilde del amor. Si amamos de verdad a los que nos han ofendido, el perdón caerá espontáneamente de nuestro corazón, como fruta madura que se ofrece, generosa, al amigo. Y si amamos de verdad al que hemos ofendido, la palabra “perdón” brotará con humildad y prontitud de nuestros labios. Cuando perdonamos, acogemos y dignificamos a la persona que nos ofendió y cuando somos perdonados nos sentimos acogidos y dignificados por la misma persona a la que ofendimos. Cuando ofendemos a una persona a la que amamos, y somos conscientes de que le hemos ofendido, queda en nuestro corazón un poso de amargura y un deseo sincero de reparar la ofensa. Al sentirnos perdonados por la persona a la que amamos, se nos ensancha el alma y entra de nuevo la luz de la amistad en nuestro corazón. El perdón es fruto del amor y crea, a su vez, más amor. Dios nos ha perdonado generosa y gratuitamente y cuando somos conscientes de la grandeza y gratuidad de este perdón, se agranda nuestro reconocimiento y nuestro amor a Dios. Y, al sentir la gratuidad del perdón de Dios, nos sentimos más animados a perdonar también nosotros generosamente a los demás.

2.- Los salmos más bellos y profundos del rey David nacieron de su corazón arrepentido. Un apasionado y mal amor le llevó a un gran pecado y el reconocimiento de ese pecado y el saberse perdonado por Dios, acrecentó en él su capacidad de amar y de perdonar. Es bueno que nos fijemos, en este texto, en la importancia que tuvo la mediación del profeta Natán en el comportamiento del rey David. El profeta Natán fue valiente y se atrevió a acusar a su rey directa y personalmente. Seguro que lo hizo con palabras sinceras y verdaderas y seguro que las palabras del profeta Natán rezumaban amor y devoción hacia el mismo rey al que estaba criticando. Las palabras del profeta Natán produjeron arrepentimiento y amor porque fueron pronunciadas con mucho amor. Lo que el profeta Natán le estaba diciendo al rey es que si Dios le había dado mucho y le había perdonado mucho, es porque le amaba mucho. El arrepentimiento del rey David brotó del convencimiento de que Dios le había dado tanto y le había perdonado tanto, porque le amaba tanto. Una vez más, el perdón de Dios produjo más amor a Dios en el corazón del rey David y produjo, a su vez, más deseos de perdonar él a cualquiera de los súbditos que le hubieran ofendido.

3.- También San Pablo nos dice, con palabras distintas, que es el amor de Dios el que nos salva, no nuestro cumplimiento más o menos perfecto de las normas y las leyes. Es evidente que si amamos a Dios, cumpliremos sus mandamientos, pero también es evangélicamente evidente, que si no amamos a Dios, no nos salvará el cumplimiento externo de las obras de la ley. Pablo vive de la fe en el Hijo de Dios, porque sabe que Dios le amó hasta entregarse por él. Es el convencimiento de que Dios le ha amado el que le anima a vivir por Él, con Él y para Él, hasta el punto que se atreve a decir que ya no vive él, sino que es Cristo quien vive en él. Al sentirse amado y perdonado por Dios, él se siente en la gozosa obligación de amar y perdonar a todos los demás.

4.- El relato de Lucas sobre el comportamiento de la mujer pecadora y la posterior reacción de Jesús es una obra maestra de literatura y espiritualidad cristiana. La mujer actúa como actúa porque ama mucho a Jesús y Jesús le perdona todos sus pecados porque ha amado mucho. Pero el relato da un paso más y nos dice que el perdón acrecentó aún más el amor: sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama. Y es porque, como ya dijimos antes, al sentirnos perdonados nos sentimos acogidos y, cuando consideramos que la persona que nos perdona es muy digna, nos sentimos dignificados por la persona que nos perdona. La pecadora actuó por amor; el amor produjo perdón; el perdón engendró más amor. Así suele ocurrir habitualmente en nuestra vida diaria.


2.- UN DIOS QUE NO MARGINA

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Y estando a la mesa, una mujer pecadora vino con un frasco de perfume y se puso a regarle los pies al Señor con lágrimas”. San Lucas, Cáp. 7. Las primeras mujeres del Nuevo Testamento nos las presenta san Mateo en su genealogía del Señor y son dos pecadoras: Tamar y luego Rahab, la madre de Booz.

De Tamar, señala el Génesis que ejercía la prostitución sagrada. Rahab era la dueña de “un conocido albergue junto a los muros de la ciudad”, como dice Flavio Josefo, eufemismo para designar un burdel. Y cuando los judíos echan en cara a Jesús: “Nosotros no hemos nacido de prostitución”, quizás le estaban enrostrando esos turbios ancestros.

2.- Pero cuenta san Lucas que un fariseo, quizás por curiosidad, o por darse importancia, ha invitado a comer al Señor. Y cuando todos los convidados están ya reclinados en círculo, en torno a la mesa, aparece “una de aquellas”.

La casa de Simón, a donde no podía llegar nada impuro, queda contaminada de inmediato por esa mujer, conocida por todos “como una pecadora”. Los presentes se sorprenden aún más cuando la intrusa, “con un frasco de perfume y colocándose detrás, junto a los pies del Señor, llorando, se pone a regarle los pies con sus lágrimas. Los cubría de besos y se los ungía con el perfume”. Como si la escena no fuera lo suficientemente escandalosa, san Lucas añade que la mujer “le enjugaba a Jesús los pies con sus cabellos”.

Toda mujer judía guardaba cubierta la cabeza. Sólo las prostitutas soltaban sus cabellos para seducir a los clientes.

Los invitados están atónitos. Dejarse rozar apenas por una de estas mujeres volvía a un hombre impuro, inhábil para relacionarse con Dios. Y los rabinos prescribían que, ante una prostituta, había que mantenerse a la distancia de dos metros.

3.- ¿Y el Maestro? Ninguna reacción. Jesús no la rechaza. ¿Por qué no la reprende? Para el fariseo es claro entonces que su huésped no es ningún profeta. De serlo “sabría quién esa mujer que lo está tocando y qué clase de mujer es: Una pecadora”. Con toda razón otros comentarán que Jesús es “un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadoras”. La visión del fariseo se opone diametralmente a la del Jesús: El dueño de casa juzga a la mujer desde la religión legalista de entonces. Jesús la mira desde el amor del Padre celestial que lo ha enviado no a condenar, sino a “buscar lo que estaba perdido”.

4.- A Simón que mira únicamente una pecadora, Jesús le corrige: “¿Ves esta mujer?” Una expresión que algunos biblistas han traducido por “señora”. Desde la mentalidad de fariseo esta mujer está incitando a los presentes. Para Jesús, esas actitudes manifiestan su fe: “Tu fe te ha salvado”. Jesús no la invita a “No pecar más”, como lo hizo otra vez con la adúltera. La invita a caminar en paz. Es decir, hacia una meta de serenidad. A avanzar en la medida en que sus circunstancias le permitan. “Sus muchos pecados se le han perdonado porque tiene mucho amor”, advierte el Maestro. Que siga amando, lo que ella sabía hacer, aunque ahora de una forma distinta.


3.- EL FARISEO Y LA PECADORA

Por Antonio García Moreno

1.- "Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl... “(2 S 12, 7) David era el más joven de sus hermanos, tan joven que cuando llegó Samuel a elegir rey de entre los hijos de Isaí, éste le presenta a todos menos a David, entonces simple pastor de ovejas. Demasiado niño para pensar en él como rey. Pero Yahvé se había fijado en él, le había elegido para la dignidad suprema del pueblo hebreo. David quedó, después de la unción, transido por la fuerza del Espíritu. Su brazo es fuerte y su puntería certera cuando se enfrenta con el temible filisteo. Después de su victoria sobre el gigante Goliat, vendrían otras muchas victorias, pues Dios estaba con él, luchaba a su lado sin que hubiera enemigo que se le resistiera. Pero luego David se olvidó de Dios.

Lo mismo que nosotros hemos hecho tantas veces. Nos olvidamos fácilmente de la misericordia de Dios para con nosotros y le ofendemos. Reflexionemos en esta verdad y reaccionemos llenos de compunción y de deseos de expiar nuestro pecado.

"¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a Él le parece mal?" (2 S 12,9) David, a pesar de todo, era noble y generoso, sensible y fácil al arrepentimiento. Sus buenos sentimientos se pusieron muchas veces de manifiesto. Sobre todo al perdonar a su mortal enemigo que con tanta saña como injusticia trataba de matarlo. Sin embargo, David se ve de pronto envuelto por la maraña de una baja pasión. Se enamoró de Bel sabe, la mujer de Urías. Y llevado de esa pasión salta por encima de lo más sagrado con tal de lograr su propósito: avasalla, mata, traiciona.

Somos capaces de todo. Basta un descuido, una mirada indebida, una simple negligencia para que el corazón se nos descontrole, se nos pudra. No podemos descuidarnos, no podemos bajar la guardia, ni dejar de luchar contra nuestras malas inclinaciones, esos deseos bastardas que sólo morirán con nosotros mismos.

Y si llega el pecado, si caemos víctima de nuestra condición de barro, que sepamos confesarlo en el Sacramento de la Reconciliación, decir aquello que en medio de un profundo pesar dijo el rey David: He pecado contra Dios... El Señor le perdona su pecado y así se lo hace saber por medio del profeta Natán. Es suficiente reconocer la propia falta, y confesarla con humildad, para que el perdón de Dios no se haga esperar.

2.- "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado" (Sal 31,1) Dichoso el hombre -sigue diciendo el salmista- a quien el Señor no le apunta el delito... Ahí cifra este autor, inspirado por el Espíritu Santo, la felicidad humana. Ante esto alguno pudiera ser que sonriera un tanto escéptico, o que pensara que hay gustos para todo. Quizá haya quien piense que ocurre todo lo contrario, y que es el pecado y su permanencia en él lo que de verdad hace feliz al hombre.

Es cierto que, al parecer por lo menos, hay quienes presumen de ser dichosos sin pensar siquiera en el perdón de sus pecados, quienes viven despreocupados en medio de placeres e injusticias. Para quien no tiene fe, es posible vivir sin Dios. Pero en el fondo se trata de una felicidad ficticia y caduca, que no va más allá de un cierto tiempo y, desde luego, que se acaba con la muerte; una felicidad que se trunca en desesperación o en frío estoicismo cuando llega la adversidad.

La vida sin Dios es, por otra parte, una vida inhumana, achatada y deforme. Al quitar la dimensión trascendente, el hombre es poco más que un animal. Las auténticas y profundas aspiraciones de la naturaleza humana quedan insatisfechas si quitamos a Dios de la existencia del hombre.

"Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito" (Sal 31, 5) De todos modos nosotros, los que creemos en Dios, nos damos cuenta, lo sabemos por experiencia personal, que el sentirse perdonados por el Señor nos reporta una gran paz, una dicha incomparable. También sabemos que lo único realmente temible y horrendo es estar lejos de Dios, tener el alma manchada, muerta, siendo inmortal, por el pecado. Y nos acongoja y nos hace sufrir el pensar que Dios esté enojado con nosotros. Es como si perdiéramos a la persona que más queremos y más necesitamos.

Una congoja y pena que se convierte fácilmente en dicha y felicidad, puesto que basta reconocer humildemente la propia falta ante el confesor y pedir perdón, para que Dios nos perdone de nuevo y nos libere del remordimiento, el único peso que realmente oprime al hombre. El saber que Dios es el Padre bueno de que nos habla la parábola del hijo pródigo, ha de mantenernos siempre esperanzados... Ante esta realidad maravillosa de Dios que perdona, repitamos con emoción la plegaria del salmo de hoy: “Tú, Señor, eres mi refugio, me has librado del peligro, me rodeas de cantos de liberación”.

3.- "Estoy crucificado con Cristo" (Ga 2, 19) Es éste uno de los pasajes más elevados que salieron de la pluma de san Pablo, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Son palabras que ningún hombre se hubiera atrevido a escribir por sí solo. Son palabras, por otra parte, que hay que entender en su justo sentido. Palabras también que abren infinitos horizontes al corazón humano, ya que estas palabras las puede repetir todo el que, como Pablo, crea en Cristo, le ame de verdad y confíe plenamente en Él.

Pablo considera que todo el que es bautizado muere con Cristo y resucita con él. Así es en realidad según nuestra fe. En la iglesia primitiva, esta verdad se vivía plásticamente en el mismo rito del bautismo, que no se administraba por aspersión como hoy, sino por inmersión; es decir, el catecúmeno que se bautizaba era inmerso en el agua de una especie de piscina. Así se simbolizaba su muerte, para resurgir luego del agua, limpio y con una vida nueva, la vida misma de Cristo. El hombre viejo y caduco, destinado a la muerte, el nacido de Adán, es sepultado en las aguas. Luego el hombre nuevo, el nacido de Cristo, surge radiante, siempre joven, sin miedo a la muerte. Para él la muerte ya no existe.

"Y mientras vivo en esta carne..." (Ga 2, 20) San Pablo es consciente de la realidad. Se da cuenta de que el prodigio no se ha realizado del todo, sabe que todavía tiene sobre sus hombros la pesada carga de su carne podrida, sabe por experiencia lo que es la lucha contra las pasiones, lo que es el aguijón de la carne, lo que es el barro de esa vasija en la que lleva con difícil equilibrio el tesoro grandioso de la nueva vida que no muere.

Pero en medio de esa vida dura de cada jornada, en medio de esa debilidad del barro de botijo que se quiebra con facilidad, Pablo permanece confiado y sereno. Él cree en Cristo, cree sobre todo en su amor. Y cuando el cacharro se rompe, el perdón del Dios-Amor lo recompone con lanas que llegan a embellecer incluso ese cacharro roto.

Y en medio de esa lucha, de esas derrotas y de esas victorias, podemos exclamar con san Pablo: “Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí...” Así el prodigio se irá realizando de forma paulatina, y cada día daremos un paso más en nuestra identificación con Cristo. Hasta que podamos decir de una vez: vivo yo, pero no yo.

4.- "Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa" (Lc 7, 36) Hoy encontramos a Jesús en casa de un fariseo. Él sabía que la invitación para que comiera en su casa, no era más que una ocasión para observarle de cerca, para ver si podía cocerlo en falta. Sin embargo, el Señor acepta la invitación como manifestación de su buena voluntad hacia todos, también hacia quienes le miraban con malos ojos. Se dio cuenta enseguida de la falta de corrección de aquel hombre principal que, aunque debía saber las normas de la hospitalidad judía, prescinde de aquellos detalles de cortesía que suponían cordialidad y benevolencia hacia el visitante. Pero Jesús no dijo nada entonces y disimulando se sentó a la mesa de Simón el fariseo.

Mientras estaban recostados según la costumbre del tiempo, una mujer se acercó a los pies de Jesús para besarlos, mientras lloraba copiosamente. Simón se da cuenta de que aquella mujer era una pecadora, una mujer de la calle, despreciada por todos, evitada en público y requerida quizá en privado, objeto de escándalo y motivo de vergüenza. Pero el Señor la deja que siga llorando mientras le enjuga los pies con sus cabellos y se los unge con un costoso perfume. Simón se escandaliza de lo que estaba ocurriendo, se persuade de que Jesús no puede ser un profeta, y mucho menos el Mesías, pues no sabía qué clase de mujer era aquella que le besaba entre lágrimas y suspiros.

Es la misma actitud que muchas veces adoptamos también nosotros al juzgar con ligereza a los demás, al despreciar a quienes consideramos pecadores. Sin darnos cuenta de que a los ojos de Dios, esas personas que consideramos despreciables, son quizás más agradables ante el Señor y con un corazón más encendido y limpio de soberbia y de orgullo que el nuestro. Desde luego en el pasaje que comentamos, Simón aparece ante la mirada de Jesucristo como un hombre que no le ha sabido comprender, que le ha tratado con indiferencia, que le ha mirado con prevención. Por el contrario, la mala mujer aparece acongojada y arrepentida, llena de amor y de fe por Cristo.

Entonces el Señor habló y consiguió del fariseo que reconociera que la pecadora se había portado con él mejor que quien le había invitado a su casa, y no le había ofrecido agua para lavarse los pies, ni le había dado el beso de paz. El fariseo consideraba que nada tenía de qué ser perdonado, lo mismo que esos que demoran la confesión o la consideran innecesaria, sin darse cuenta de su condición de pecadores. En cambio, la pecadora, se llena de desconsuelo al reconocerse como tal, y no duda ni por un momento en postrarse a los pies de Jesús e implorar su perdón.


4.- LOS EXÁMENES DE JESÚS, LA PECADORA Y SIMÓN

Por José María Maruri, SJ

1.- No es novedad que aquí en España estamos de exámenes, y que los sufrimos todos, los jóvenes, los padres, los abuelos y hasta los confesores. Digo, hasta nuestros políticos que acaban de pasar un examen con las elecciones.

Pues nuestro fariseo, Simón, invitó a Jesús con animo de examinarlo de profetismo… y por cierto que cuando vio como aceptaba el cariño y las lágrimas de la pública pecadora lo suspendió sin remedio: “si este fuera profeta sabría quien es esta mujer”. De lo que no se dio cuenta el buen Simón es de que, al mismo tiempo, él estaba pasando un examen. Y aunque estaba contento de cómo llevaba sus asignaturas, se le olvidó una especial.

Fariseo, estricto cumplidor de todas las leyes, todos los ayunos cumplidos, oraciones al entrar y salir de casa, limosnas al Templo, asistencia ejemplar a la sinagoga y muchos lavatorios de pies y manos para no contaminarse con nada, ni con nadie. Hasta el susto que le dio la irrupción de una mujer, y tal clase de mujer, en un banquete estrictamente para gentlemen, vino a confirmarle en lo bien que llevaba él todo con Dios, porque él nunca había caído tan bajo como ésa. Y aquí comenzó a echar de menos su olvidada asignatura.

2.- Por su parte, aquella mujer, que se saltaba todas las normas sociales llenas de hipocresía, venía arrastrando asignaturas pendientes toda su vida, y había llegado a tener una bola tal que no sabía por dónde salir. En algún pequeño rincón limpio de su corazón ardía un enorme deseo de dejar de ser cosa, de dejar de ser objeto de mercado, de empezar a ser considerada persona, de encontrar una mirada limpia, un corazón limpio que iluminase la suciedad de su alma y de su cuerpo. Y encontró la mirada de Jesús y su pobre corazón explotó en muestras de agradecimiento.

Y Jesús se olvidó de todas sus asignaturas pendientes y no miró más que lo bueno de aquel rincón de su corazón, su deseo de salir del fango, su amor y su gran agradecimiento. Y la mujer consiguió la aprobación de Jesús: “¡tus pecados están perdonados!”… y a Simón no le valieron sus perfectos esquemas, porque para Jesús la asignatura del amor es definitiva.

3.- “Simón tengo algo que decirte” ¿Cada uno de nosotros no podría ser interpelado por el Señor de esta manera?

--tengo algo que decirte… que ante Dios no es el número de buenas obras lo que cuenta.

--tengo que decirte… que no es el cumplimiento externo de normas y leyes.

--tengo que decirte… que no es lo importante lo satisfecho que estás contigo mismo, sino lo que Dios piensa de ti.

--tengo que decirte… que aun la fe no vale nada sino va acompañada de obras de amor a los demás.

--tengo que decirte… que los juicios de Dios son enteramente distintos a los de los hombres

--tengo que decirte… que nunca hay razón suficiente para despreciar a nadie, aunque sea una pública pecadora.

4.- Acabó el banquete

**y Simón se quedó en casa con sus libros de cuentas en rojo, como si nunca en su vida nunca hubiera ingresado nada.

**la mujer se fue en paz, en paz con Dios, en paz consigo misma, solo la sociedad hipócrita seguiría marginándola

**y Jesús se marchó, de ciudad en ciudad, acompañado de mujeres como la pública pecadora, sin sonrojarse por ello, sin hacer caso de la prudencia que le hubiéramos aconsejado nosotros, si le hubiéramos mujeres de la calle de la Cruz, de la Montera o de la calle Valverde… por mucho que nos asegurasen su conversión. A Jesús no le asustan los escándalos, solo la dureza de corazón.


5.- TENÍA MUCHO AMOR

Por José María Martín OSA

1- Lucas es el evangelio de la misericordia y del perdón. La escena que contemplamos este domingo tiene un gran parecido con la parábola del fariseo y el publicano del capítulo 18 del mismo evangelio. Sabemos quién volvió a su casa justificado. Y también sabemos, por el evangelio de hoy, como derrocha Jesús su gracia y su perdón sobre aquél o aquella que se arrepiente. En este caso se trata del contraste entre la actitud de una pecadora arrepentida y un fariseo incapaz de comprender el significado del perdón. La actitud del último es semejante a la del hijo mayor de la parábola del Hijo Pródigo. En la escena de hoy aparecen la mujer pecadora, el fariseo y en medio Jesús. Lucas, por delicadeza, no dice el nombre de la pecadora. Algunos la identifican con María Magdalena o con María la hermana de Lázaro y Marta.

2.- La mujer está arrepentida, reconoce su pecado, como David: "He pecado contra el Señor". Como el autor del Salmo 31 acude al Señor: "Había pecado, lo reconocí. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado". La mujer ama al Señor y lo demuestra echándose a sus pies, llorando, lavándole con sus lágrimas y enjugándole con perfume. San Agustín dice que esta mujer "hablaba en silencio, no pronunció palabra alguna, pero mostraba gran veneración". Cuando Jesús ve el arrepentimiento y la fe nunca niega el perdón. No nos perdona porque nosotros seamos buenos, sino porque El es bueno. No se nos perdonan los pecados porque hayamos amado mucho. Es al revés "ama mucho porque se le ha perdonado mucho". La mujer está agradecida por los pecados que se le habían perdonado. Jesús con su perdón transforma el corazón y cambia la vida de la persona perdonada.

3.- El fariseo, de acusador se convierte en acusado. Porque no tiene amor y es incapaz de comprender lo que significa el perdón. No da señales de amor a Jesús, sino que tiene un espíritu competitivo en una religión "de méritos". No se da cuenta de que todo es gracia, de que el cumplimiento de la Ley no justifica si no hay amor. Al que poco se le perdona, poco ama. Me recuerdan estas palabras de Jesús aquella historia que decía que cada vez que reconocemos nuestra debilidad pecadora nos acercamos más a Dios. El pecado rompe el hilo que nos une a Dios, pero cada vez que recuperamos su amistad es como si hiciéramos un nudo de nuevo en la cuerda. Cada vez esta cuerda se queda más pequeña y, en consecuencia, estamos un poco más cerca de Dios. El arrepentimiento sincero nos hace valorar mejor la inmensidad de la misericordia de Dios. El fariseo no tiene nada que agradece a nadie, ni se siente deudor de nadie. Su corazón se vuelve cada vez más duro. Quienes se creían "justos" despreciaban a los pecadores y procuraban alejarse de ellos para no contaminarse, por eso se escandalizan de que Jesús se deje tocar por la pecadora. Jesús se daba cuenta de su cerrazón y por eso llegó a decir que "los publicanos y las prostitutas irán por delante de ellos en el Reino de los Cielos" (Mt 21, 31). ¿Seguro que algunas de estas actitudes fariseas no se dan en nuestra sociedad hoy día?

4. - El evangelista Lucas muestra la opción de Jesús por los más débiles: pobres, enfermos y pecadores. Y también por las mujeres, tan discriminadas en aquella sociedad machista. Muchas mujeres nos presenta en su evangelio: María, Isabel, la pecadora, la viuda de Naín. Aquí aparece el nombre de varias mujeres que había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, Juana mujer de Cusa el intendente de Herodes, Susana y otras mujeres que le ayudaban con sus bienes. Seguro que esta actitud de Jesús hacia las mujeres tampoco era bien vista por los "cumplidores de la Ley". Repuestas de sus pecados y dolencias, estas mujeres se convierten en discípulas seguidoras de Jesús. Las más fieles, pues algunas de ellas estarán junto a la Cruz de Jesús. ¿Sabéis por qué? Porque al ser perdonadas tenían mucho amor y así se lo agradecían a Jesús. Me alegra que aparezcan estos nombres en el evangelio de hoy, puede hacernos pensar un poco sobre el papel de la mujer en la Iglesia de hoy.


6.- ¡ESTOY EN DEUDA CONTIGO, SEÑOR!

Por Javier Leoz

1.- Amigos; ahora, si que volvemos –en verdad- a la normalidad. Han quedado atrás los días de la Pascua y, con gran alegría, hemos celebrado las solemnidades de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi.

Pero, todos los domingos, nos traen algo nuevo. Y, también, todos los domingos, nosotros debiéramos de llevar, en respuesta y como compensación, algo al Señor. Hoy, el evangelio, tiene aroma de perfume. ¡Cuánto valora Jesús cuando, lo que hacemos, lo hacemos con fe! Todos somos deudores. No sé con quién, de quién… ni de cuanto.

Del Señor si que lo somos. Nuestra deuda no la hemos saldado del todo con El: ¡ha hecho tanto por nosotros! El evangelio de hoy, nos habla del perdón de los pecados y, hay que reconocerlo, hablar hoy del pecado es poco menos que “provocador”. ¿Pecar? ¿Qué dices? ¡Eso está pasado de moda! Nos contestan en cualquier círculo donde se debate cualquier tema religioso. ¿Es el hombre consciente de que peca? ¿De que rompe con ciertas normas, morales y éticas, que han sido el código de seguridad de nuestra fe y de nuestra sociedad? Posiblemente no.

2.- Hoy, como ayer, todos seguimos estando en deuda con Jesús. Algunos pensarán que no. Su autosuficiencia y su religión a la carta, les hacen llegar a pensar que, en todo caso, como Dios es tan bueno, ¡ya comprenderá los deslices o contradicciones del ser humano!

Al reflexionar el evangelio de este XI domingo del Tiempo Ordinario, podríamos preguntarnos cada uno de nosotros:

-¿En qué estamos en deuda con el Señor?

-¿Por qué estamos con cuentas pendientes con el Señor?

-¿Por qué no hacemos algo más, para que se denote nuestro cariño a Jesús?

3.- El movimiento se demuestra andando. Hoy, con esta sugerente lectura, el Señor nos pone en alerta: sólo cuando uno se siente perdonado, acogido, abrazado, querido…es capaz de amar con todas las consecuencias.

Por el contrario, el rechazo, el alma solitaria, los recelos o las envidias, las murmuraciones o las críticas destructivas, los cortijos –en los que a veces caen instituciones, servicios y departamentos- producen deserción, frialdad y desconfianza.

Al retomar el Tiempo Ordinario, es bueno entrar en la casa del Señor y derramar sobre El, el perfume de nuestra oración, el beso de nuestra adoración y las lágrimas de nuestro agradecimiento por permitirnos acercarnos a su mesa a pesar de arrastrar tantos kilos de contradicciones.

4.- ¿ME DEJAS, SEÑOR?

¿Acercarme a Ti, a pesar las murmuraciones y críticas sobre mi vida?

¿Derramar el perfume de mis obras, a pesar de hacerlo con cuentagotas?

¿Agradecer, con mi llanto, tu presencia que me rescata y me renueva?

¿ME DEJAS, SEÑOR?

¿Olvidarme de lo mucho que me separa de Ti?

¿Acercarme, con un corazón humilde, para que Tú lo restaures?

¿Lanzarme con pasión a la búsqueda de tu rostro?

¿ME DEJAS, SEÑOR?

Hoy, como aquella mujer,

también quiero pasar de la oscuridad a la luz

de la debilidad a la fortaleza

del pecado a la Gracia

de la muerte a la vida

del distanciamiento a la comunión contigo, Señor.

¿ME DEJAS, SEÑOR?

Hoy, como aquella mujer, a la que no le tembló el pulso

quiero hacerme hueco en medio de tanto obstáculo

que me impide llegar a Ti

Si; Señor

No sé si estoy totalmente arrepentido

lo que sí sé, es que sin Ti,

no el perfume de la vida me sabe a poco

las lágrimas de cada día se secan pronto

y los cabellos del prójimo

son utilizados para arrastrarlo por el miserable suelo.

¿ME DEJAS, SEÑOR?

Sólo te traigo, lo que en el corazón tengo: AMOR

¿ME DEJAS DÁRTELO, SEÑOR?

Y así, sólo así y entonces,

podré de verdad…irme en paz.

Amén


7.- EL AMOR QUE SALVA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Iniciamos el tiempo ordinario como tal. Las anteriores solemnidades – La Santísima Trinidad y el Corpus Christi—son tambien del tiempo ordinario pero tienen el significado especial que les da su propio enunciado y que sin duda, hemos celebrado los dos anteriores domingos con alegría y unción. Iremos a lo largo de este tiempo contemplando la vida de Jesús y su camino de pasar la vida haciendo el bien y ayudando a los más necesitados. En este domingo undécimo se nos hace presente el esplendido relato de Lucas en que nos cuenta el banquete que el fariseo Simón ofrece a Jesús. El episodio está lleno de matices y de enseñanzas. Tenemos al fariseo que al ver que Jesús de Nazaret acepta el homenaje de una mujer pecadora, conocida por todos, duda de la misión profética del propio Jesús. Asimismo, llega el perdón de los pecados a esa mujer no tanto por una confesión explicita o por un arrepentimiento expresado. Llega el perdón porque ama y Jesús aprecia el enorme amor que impregna su vida. Sus lágrimas son una mezcla de amor y de arrepentimiento, ella quiere purificarse para permanecer –ya siempre—a lado de Jesús.

2.- Pero el fariseo es incapaz de apreciar todo lo que de sublime y maravilloso tiene la escena. Solo está ocupado por su “misión”. Probablemente, sus compañeros de la secta de los fariseos rogaron a Simón que le invitara a comer para saber más del Maestro, de, sobre todo, sus condiciones de profeta, que era el don público más alto que un hombre podía conseguir bajo la valoración del ambiente religioso del pueblo de Israel. Y Simón se queda en la superficie del don de la profecía. Es decir, en una especie de capacidad de adivinación, de acertar cosas sin conocerlas previamente. Y, sin embargo, no aprecia lo fundamental de lo profético, que es, sin duda, demostrar que Dios ama, conoce y perdona. Y es el amor a Dios lo que perdona esa mujer. San Agustín tiene una frase insuperable: “Ama y haz lo que quieras”. Es decir con amor es imposible hacer nada malo y con mucho amor es imposible permanecer del lado del pecado, de la ofensa a Dios.

3.- La breve parábola del mayor deudor, que le cuenta Jesús, golpea la conciencia de Simón. Amará más a quien más se perdona. Muchos comentaristas han opinado sobre lo que ocurrió después de la escena que se nos narra hoy. Desde luego, la mujer se fue en paz y feliz. Probablemente decidió seguir a Jesús como otras muchas mujeres. Simón, sin duda, tuvo que entender su error y es más que probable que la “misión de escrutador”· encargada por sus correligionarios quedara como algo ridículo, sin sentido. Tal vez se convirtió. Tal vez, no; porque la ceguera y el rigorismo de los fariseos eran grandes muy grandes. A nosotros, hoy, nos debe interrogar con fuerza. Si no amamos, si nuestra condición de cristianos se basa, solamente, en el cumplimiento de unos ritos y la observancia fría de unos preceptos morales, no estaremos siguiendo al Maestro. Si por el contrario el amor llena nuestras vidas y estamos pendientes de los demás es que si hemos encontrado el camino que Jesús nos muestra. Analicemos, en profundidad, nuestra alma y nuestro corazón y si están secos, si no somos capaces de amar es que algo muy grave nos está ocurriendo, porque “Dios es Amor”.

4.- Pablo de Tarso nos cuenta aquí su teoría de la justificación. Es decir la fe en Cristo perdona todos los pecados. Ciertamente, San Pablo afirma esto en un contexto en el que compara la fe en la divinidad de Cristo con las exigencias --algunas verdaderamente absurdas—como las de la religión oficial judía. No obstante una fe profunda en Cristo supone un conocimiento en profundidad del Salvador y en consonancia con ello es muy difícil vivir en la senda de proximidad al pecado. Si Cristo llena nuestras vidas, el pecado se alejará de nosotros. El arrepentimiento sincero era el camino para obtener el perdón de Dios en el Antiguo Testamento: “un corazón contrito y humillado tu no lo desprecias, Señor”. Y así es. Es lo que nos expresa el fragmento que henos escuchado del Libro Segundo de Samuel. La nueva dimensión que nos muestra Jesús de Nazaret es que el amor purifica y engrandece. El amor –ese enorme amor—llevo a la pecadora del relato a ser perdonada. Es su fe lo que la ha salvado. Es verdad esa frase impresionante de que “al atardecer de la vida nos examinarán de amor”. Y así, ante ello, sería bueno que estuviéramos al tanto, día y día, de la calidad y de la cantidad de nuestro. Es lo que nos pide Jesús de Nazaret.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA PECADORA PRACTICANTE DE AMOR

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Yo no sé si habéis observado, mis queridos jóvenes lectores, que en el mundo de la política o en cualquier otro ámbito de la vida publica actual, cuando surgen conflictos que ocasionan males u ofensas, si se llega a reconocer alguna culpabilidad, si se admite que alguien fue la causa del trastorno y quiere arreglar el desaguisado, lo máximo que se consigue es que presente sus excusas, que dé explicaciones, que lamente su proceder. Cuando se ha llegado a esta situación, todo el mundo queda satisfecho y parece que se haya deshecho totalmente el entuerto. Tal vez en este terreno de la vida pública sea suficiente la referida actitud, pero en las relaciones personales de los cristianos es preciso ser más exigentes. Es necesario que veamos que nuestra Fe, nuestra fidelidad a Cristo, pide más. Hay que pedir perdón y conseguir recibirlo. En el episodio que narra el evangelio del presente domingo el Maestro nos lo enseña.

2.- Para empezar, y suponiendo que ya habéis escuchado o leído el fragmento de S. Lucas, quisiera advertiros que nada concreto sabemos de esta mujer, que se trata de una "pecadora anónima" que por su gesto y proceder, merecería un monumento. No hay que confundirla con la María de Betania, que también ungió al Señor y también recibió su elogio, ni con María, la nacida en Magdala, compañera de la "tropa" que le seguía, ni con ninguna más. Es una pecadora y santa desconocida, habitante y profesional, de uno de los pueblecitos que surgían a la sombra del Tabor, en la llanura de Esdrelón, bastante al norte de Tierra Santa. He dicho profesional, pues, su quehacer reconocido era ejercer la prostitución, aunque esta palabra no se nombre explícitamente. Quisiera advertiros que el episodio ocurre en el Israel de aquellos tiempos, que tenía características peculiares, que a veces no se quieren tener en cuenta y son diferentes de las nuestras. Cada uno es cada uno y tiene sus “cadaunadas”, dijo alguien. En general, podemos afirmar que el pueblo del que os hablo, carecía del sentido erótico de las relaciones personales. Dicho brevemente: era sexual, pero no sensual. El oficio de esta mujer era maldito y marginal, ciertos hombres se valían de ellas para satisfacer sus inclinaciones biológicas, sin poner en ello otra cosa que el dinero que debía pagar. El proceder de estas mujeres resultaba inhumano, eran puro objeto, instrumento y esclavitud de otra persona.

3.- Jesús se acerca a aquella casa que la regía un hombre de cierta categoría social y cultural. (Tenía domicilio fijo y estaba adherido al grupo de los fariseos, un conjunto de "ultras", radicales en religión y patriotismo). Por las tierras del Medio Oriente soplan vientos cargados de finas partículas de arenilla, que se pegan a la piel sudorosa. No se puede hablar de pies sucios del viajero, pero sí que era un gesto de hospitalidad y deferencia, el agacharse y lavárselos simbólicamente, cosa que no se había hecho con el Señor. Entra en escena esta buena mujer que trae consigo un frasco de alabastro con perfume. Aunque así se los llamase, no eran precisamente de alabastro estos recipientes, sino de vidrio de calidad, del tamaño de lo que hoy sería una botella de refresco. Los arqueólogos han encontrado ejemplares de aquella época y he podido ver unos cuantos en Jerusalén, por eso os doy estas precisiones. En este caso no se nos dice de que perfume se trataba, seguramente sería alguna fragancia de la tierra, a diferencia del otro caso parecido, el de Betania, en que se nos advierte que la esencia era de importación.

4.- Está Jesús probablemente reclinado sobre cojines, según costumbre, dada la categoría del anfitrión, seguramente apoyado en la alfombra con el codo izquierdo, de cara al señor de la casa, aparentemente absorto en lo que le decía. Tal vez elogiando sus manjares. En realidad era pura educación su proceder, pues, sus desvelos estaban en lo que hacía aquella mujer que se había deslizado desde el exterior. Resultaba sencillo hacerlo, dado que lo que hoy llamaríamos comedor, era una estancia abierta al exterior. Notaría el Maestro el perfume que se escurría entre los dedos de sus pies, las lágrimas que caían sobre su piel, la cabellera que servía de improvisada toalla. Sentiría el Señor el latido frenético de su corazón de carne y resonaría en su interior los sentimientos de amor y dolor, del corazón espiritual. Él nunca era indiferente a tales actitudes de los que se le aproximaban.

5.- No es hora, mis queridos jóvenes lectores de que analicemos, frase por frase, la secuencia. Es evidente que hay dos personajes de actitudes dispares. El anfitrión, hombre convencido de su rectitud y buen parecer, y la ignota mujer, de reconocida mala fama. Lo que importa no son sus actos diarios. Lo que importa es la actitud del corazón, el propósito que abriga su interior. La mujer ama y obtiene perdón y elogio. El propietario vive según buenas costumbres sociales de la época y de ello se siente orgulloso. El amor de la mujer inundado de lágrimas, incapaz de cualquier gesto que expresase satisfacción de sí misma, humillada, pues, utiliza el signo de elegancia femenina que era la cabellera para secar los pies del Señor, esto que no tenía precio en el mercado, era signo de amor, de dolor, de arrepentimiento, de deseo de cambio de vida. Y es lo que vale.

6.- Dios aprecia más los ensueños quiméricos que las propiedades y satisfacciones personales, de aquí que proclame que la mujer ha recibido el perdón de los pecados, la que había cometido muchos y el otro, al que le ha faltado amor y ternura, se quede sin premio, sin la paz, sin la salvación. Amar para ser perdonada, amar por ser perdonada, es en esencia lo que llena su interioridad. Consecuencia de esta actitud se le reconoce su Fe y se le otorga la paz. Mis queridos jóvenes lectores, estoy casi seguro de que en vuestra vida no ejercéis la prostitución, yo tampoco la ejerzo, pero uno acaba atreviéndose a pensar, que si este fuera el único camino, por él estaría dispuesto a pasar, para obtener un tal preciado galardón: paz y salvación, vuelvo a repetirlo. Pero no es preciso, es la senda espiritual de esta mujer, lo que debemos imitar, y esto siempre dignifica: la humildad con que se acercaba a Jesús, la humillación a la que libremente se sometió, la ternura con que le trató. Así debemos siempre ser nosotros


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


LO QUE ESTABA PERDIDO (10-VI-1961)

Por Pedro Rodríguez

Evangelio dominical meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años, en la época de Juan XXIII. Hoy es un testimonio de la continuidad de la liturgia y de la meditación del Evangelio en el tránsito del Misal de San Pío V al de Pablo VI. La fecha que se hace constar es la del domingo en que se publicó en los periódicos.

DOMINGO III DESPUÉS DE PENTECOSTÉS (10-VI-1961)

San Lucas 15, 1-10:

En aquel tiempo: Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.

Entonces les propuso esta parábola:

—¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros, gozoso, y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió”. Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión.

” ¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió”. Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.

Lo que estaba perdido (10-VI-1961)

La alegoría del Buen Pastor, que San Juan recoge en el capítulo 10 de su evangelio, nos fue presentada por la liturgia en el domingo II después de Pascua. Ahora, en este tercer domingo que sigue a Pentecostés, la Iglesia se detiene en la parábola de la oveja perdida que nos cuenta San Lucas. El arte cristiano de los primeros siglos hizo una combinación de ambos elementos bíblicos y gustaba de representar a Jesús como un pastor que regresa lleno de alegría con su oveja recién encontrada puesta sobre los hombros. Esta imagen reclama hoy nuestra mirada.

Cristo es el Buen Pastor, la parábola de la oveja perdida contemplada a la luz de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que precede a este domingo es un presentarnos de nuevo, “los torrentes de misericordia y de gracia” que salen del Corazón de Cristo.

San Gregorio Magno, en su bella homilía sobre el evangelio de hoy, da una sugestiva interpretación de la parábola que nos ocupa. Esa oveja que se extravió por senderos torcidos es la Humanidad toda, hundida por el pecado original. Las legiones de los Ángeles en el Cielo son “las noventa y nueve restantes”. Y Dios baja a la tierra y pone sobre sus hombros a la Humanidad perdida cuando el Verbo se encarna en el vientre de Santa María y se reviste de la naturaleza humana. “Hallada la oveja —dice San Gregorio— vuelve a casa, porque nuestro Pastor, una vez redimido el hombre, vuelve al Reino Celestial”. Y los Ángeles en el cielo se gozan contemplando la Tierra, que estaba perdida y ahora ha sido encontrada….

Todo hombre que viene a este mundo es una oveja perdida que Cristo anda buscando continuamente. Todo hombre, en mayor o menor grado, tiene necesidad de conversión. Unos desde una sima profunda, otros desde la llanura, otros quizá ascendiendo las cumbres. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Mt 9, 12). “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Lc 5, 32).

Estamos, pues, dentro de la “llamada” de Cristo en la medida en que nos reconocemos pecadores. Y esto incluso aquellos que siempre hayan llevado una vida limpia: porque eso es señal de que Cristo desde el principio los ha tenido sobre sus hombros….

La parábola nos muestra con una plasticidad impresionante el amor que Dios tiene a todas las almas, por muy alejadas que estén del redil de Cristo. A todas las llama: con más insistencia aún a las que parece que humanamente no tuvieran remedio. El mismo San Gregorio nos lo explica: “Hay mayor alegría en el Cielo que por la constancia de un justo, porque un Capitán ama más en una batalla a aquel soldado que, vuelto al combate después de haber huido, acomete con coraje al enemigo, que al otro que, si bien es cierto que nunca volvió la espalda, en cambio nunca hizo nada con valor”.

El espíritu de la parábola, en cuanto que nos mueve a levantar el corazón a Dios en petición de ayuda, está expresado con profundidad en la oración-colecta de la Misa:

“Oh, Dios, protector de los que en ti esperan y sin el que no hay en el hombre ni firmeza ni santidad: multiplica sobre nosotros tu misericordia para que, siendo Tú nuestro Pastor y nuestro Guía, pasemos por los bienes temporales de modo que no perdamos los eternos”.


HOMILÍA PARA LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


TODO EL AMOR DE DIOS, EN UN CORAZÓN

Por Javier Leoz

1.- Celebramos, en el viernes siguiente a la festividad del Corpus Christi, una de las fiestas más populares de nuestro calendario cristiano: EL CORAZON DE JESUS.

En El, y por eso lo honramos y lo queremos, percibimos visible e invisiblemente, el amor inmenso que Dios nos tiene.

Mirar al corazón de Cristo es contemplar todo el plan que Dios tenía trazado desde antiguo.

2.- Acercarnos al Corazón de Jesús, es beber a manos llenas, del torrente de la vida y de la alegría, del amor y de la paz que, a través de su corazón, desciende en riadas desde el cielo hasta la tierra.

Existe un conocido refrán que dice lo siguiente: “allá donde está tu corazón, está tu tesoro”. Observemos detenidamente el Corazón de Jesús; ¿dónde lo tiene puesto? ¿Hacia dónde lo tiene inclinado? ¿Qué nos señala?

El Corazón de Jesús, y esa es su esencia, está puesto en Dios. Sólo se mueve por El, desde El y para El. Forman una unidad.

El Corazón de Jesús, está inclinado hacia los hombres. Es un amor que no se queda cómodamente instalado en las alturas. Adentrarse en el Corazón de 3.- Cristo es coger una escalera rápida y segura para alcanzar el mismo corazón de Dios.

-Como la Samaritana, también nosotros, tenemos que asomarnos a ese profundo pozo de agua viva que es Jesús.

-Como el enfermo, también nosotros, podemos acercarnos a ese gran mar de salud que es el corazón de Jesús.

-Como el paralítico, también nosotros, podemos zambullirnos de lleno y nadar en las corrientes de un corazón que revitaliza la vida de los que creen y confían en Jesús.

3.- Hoy, en los tiempos que corren, encontramos muchos corazones a la deriva. Corazones que palpitan pero que no sienten una felicidad íntegra, pletórica y duradera. Corazones ansiosos, no por amar, sino por tener. Corazones, por los que vibra la sangre, pero hace tiempo que se detuvo la energía del vivir, la sensación de paz y de serenidad.

Hoy, y no pasa nada por reconocerlo, el corazón del ser humano está enfermo. Nunca tantas posibilidades para llenarlo de satisfacciones y, nunca, tanta medicina para calmarlo, para que siga funcionando, para que no se detenga, para que no esté triste. ¡Volvamos, nuestros ojos, al Corazón de Jesús!

El es la fuente de la eterna salud. No es palabrería barata. No es frase que viene a los labios porque si. Jesús, cuando copa el centro de nuestras miradas, cuando dejamos que mueva los dos impulsos de nuestro corazón, cuando dejamos que se siente a nuestra derecha, cuando lo hacemos nuestro confidente…..se convierte en un surtidor de vida, de alegría, de esperanza, de ilusión y de fe.

4.- El es la fuente, y hay que recordarlo, de consuelo. El hombre anda mendigando amor. Nunca como hoy tan próximos (en la calle, en el metro, en los hospitales, en las fiestas) y nunca, como hoy, tan solitarios.

El Corazón de Jesús es el confidente. El compañero que más kilómetros nos acompaña. El inspirador de muchas de nuestras acciones. El que abre su puerta, cuando estamos bien, y el que la vuelve abrir cuando nos encontramos mal.

Este, ni mas ni menos, es el Corazón de Cristo. Un Corazón que, por estar orientado y conectado al cielo, es un maná de salvación, de perdón, de acogida, de misericordia y de amor.

¿Qué y quién es el Corazón de Jesús? Ni más ni menos que, el mismo Corazón de Dios (con los mismos sentimientos e impulsos de Jesús) latiendo en la tierra. Y, por cierto, también nuestros corazones necesitan, de vez en cuando, una gran transfusión de luz divina; de fuerza divina; de ilusión divina; de fortaleza divina.

Es el mejor donante…Jesús de Nazaret. Tiene corazón para dar y regalar.

Y, también, el mejor cardiólogo es Jesús (que sabe lo que ocurre en el corazón de cada uno, porque sufre, porque se acelera, porque se detiene, porque odia, porque ama, porque se revela, etc.)

5.- MÍRAME, SEÑOR, Y NO DEJES NUNCA DE MIRARME

No dejes, nunca, de mirarme, Señor

porque, donde Tú miras, sé que se encuentra el pozo de la felicidad.

¿Qué tiene tu mirada, Señor?

¿Por qué, hundiéndose tus ojos en el suelo, no dejas de poseer tu corazón en el cielo?

No dejes, nunca, de mirarme, Señor

porque, de la manera en que Tú miras

uno se encuentra con la paz sin fisuras

con la sabiduría que viene del cielo

con la serenidad que necesita nuestra existencia.

 

¿Por qué me miras, así, Señor?

Indigno soy de tu mirada, Señor.

Me propones caminos de vida, y elijo los que conducen a la muerte

Me susurras palabras de aliento,

y me disipo en el ruido

Me acaricias con mano de amigo,

y mendigo aquellas que no me ofrecen nada.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.

Porque, el camino, cuando Tú marchas delante

es menos árido y menos complicado

Porque, la senda, cuando es iluminada

por tu presencia

se convierte en vida y esperanza,

ilusión y agradecimiento.

 

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.

Para que mi corazón, junto al tuyo siempre,

se agite con movimiento ascendente, hacia el cielo

y en ritmo descendente, hacia la tierra.

¿Por qué me miras, así, Señor?

¿Qué tengo yo de noble para que tus ojos

se detengan en mí?

¿Qué has encontrado en mi vida

para que, por un solo instante,

sea yo merecedor de tanto amor y de tanta gracia?

No me importa, Señor;

Aquí tienes mi fragilidad y mi angustia

mis temores y mi cobardía

mi dureza y mis egoísmos

mis luchas y mis contradicciones

mis flaquezas y mis caídas.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.

Porque, cuando Tú miras,

sé que el futuro ya no será tan incierto

ni tan difícil soportarlo

Sé que el presente estará más lleno

de plenitud y de luz

Sé que el pasado, ya no contará

por los errores cometidos.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme

Y, cuando me mires,

déjame, siquiera un segundo,

acercarme a tu corazón y,

luego, seguir adelante.

Amén