1.- A LOS PIES DEL SEÑOR

Por David Llena

Aún sin saber que el evangelio de este domingo retraba la actitud de aquella mujer en un acto de amor supremo a los pies del maestro, pensé en titular como lo he hecho este artículo de esta semana. Pues trataba de contar mi experiencia en la pasada procesión del Corpus, donde me “tocó” ir junto a la custodia durante todo el recorrido.

Debió de ser mi actitud la de aquella mujer, sin embargo anduve “distraído” en las cosas de este mundo: en que el paso marchase en dirección correcta, en que la gente no se quemara con la vela que llevaba, en atender a los constantes saludos de mi hija, en disfrutar del calor de la gente porque el calor atmosférico no era precisamente para disfrutarlo…

Debí recordar otros pasajes importantes de los evangelios, como el de María y Juan al pie de la Cruz, o aquel otro de Jesús caminando sobre las aguas. Jesús pasaba por las calles de nuestra población y yo iba acompañándolo, quizá como sus discípulos que durante el camino iban hablando sobre quién era el más grande o como aquellos cinco mil hombres que se saciaron de pan, recostados en la hierba, pero no entendieron el mensaje de aquel milagro.

Sin embargo, medito ahora con más tranquilidad aquel par de horas junto a Cristo y revivo con mayor nitidez y paz aquellos momentos que viví distraídamente, y un montón de sentimientos brotan de nuevo. Son sentimientos vividos en otros momentos, en otros tiempos sentimientos de agradecimiento a Dios por los dones recibidos, también yendo de camino se curaron aquellos diez leprosos y sólo uno volvió a dar gracias a Jesús.

De todos los instantes recuerdo uno donde, desde mi posición y al mirar la custodia, ésta tapaba el sol y por tanto parecía como si el brillo emanase de Cristo mismo, y como si el calor viniese de Él. Me dije que así debía ser siempre; que siempre “viese” el brillo de la Eucaristía y que siempre “notase” su calor, quizá no fueron tan distraídas las dos horas que pase a los pies del Señor.

 

2.- SANGUIJUELA

Por Pedrojosé Ynaraja

Desde pequeño he visto muchas veces este gusanito en charcas y lavajos. Leo ahora que, debido a insecticidas, desertización invasora, etc. ha desaparecido casi por completo. No niego que tenía gracia su caminar, pero lo que me contaban de él, provocaba en mí un cierto temor. Había oído que cuando una persona se ponía enferma, era cosa común que viniera el barbero con sus sanguijuelas, para sacarle sangre al paciente. Aun ahora no entiendo como podían chupar suficiente para rebajar la presión del torrente sanguíneo, como explican se conseguía. O tal vez lo que pasaba es que los resultados eran solo aparentes. Me intriga pensar en el criadero que deberían tener tales profesionales, para lograr animalitos siempre a punto de succionar, dejando reposar, durante la larga digestión, a los que ya habían cumplido el encargo.

Se me ocurrió preguntarme si el tal gusanito aparecería nombrado en la Biblia. La consulta fue fácil en el programa del ordenador. Escribí la palabrita y pinché el correspondiente "buscar". Ante mi sorpresa descubrí que aparecía y como preludio de una sentencia que comentaré. Se trata de Pr30, 15. El autor, que sin duda había visto muchas sanguijuelas y observado su original manera de desplazarse, conocía también sus propiedades. No poseía, evidentemente, ni un microscopio, ni una simple lupa, de aquí que pensara que tenía dos bocas y que imaginase que eran capaces ambas de solicitar alimento. Esta observación le sugiere unas sentencias.

Si en la naturaleza existe el animal de dos bocas siempre hambrientas, en el cotidiano vivir se dan también realidades insaciables: el sheol (para entendernos, la vida de ultratumba). El vientre femenino estéril (ya lo comentaré) la tierra siempre sedienta de lluvia (pienso en la expresión del salmo 63,2: "sed de ti, tiene mi alma, cual tierra seca, agotada, sin agua") y el fuego que nunca dice basta (lo entenderán mejor los que han gozado de los fuegos de campamento o que en su casa tengan chimeneas).

No comento lo del sheol, que no corresponde exactamente a nuestros conceptos de Cielo o Infierno, realidades de las que nos hablaría posteriormente Jesucristo. La imagen de la tierra creo que todos la hemos contemplado cuando, en pleno verano, nos sorprende una tormenta y las gotas, al engullir la superficie seca, desprenden un agradable olor. Por mucho que sepamos en que consiste el fenómeno de la combustión, el fuego ardiendo, al final de la jornada de campamento o la observación de la llama de unos troncos en el hogar de la sala de estar de casa, que tantos ratos de mirada absorta nos deparan, son siempre experiencias fascinantes.

Creo yo que el comportamiento de la mujer de vientre estéril a que se refiere el texto, en épocas en que la medicina interna era desconocida, y refiriéndose a las que no aceptaba su infecundidad, correspondería a la actual expresión, que no admite el diccionario, mujer ninfómana, que sí que encuentro en enciclopedias. Sentencia pues peyorativa, extensible a las personas impertinentemente insaciables, que no han de ser necesariamente mujeres, hay que advertir. Aceptación sin rebeldía, pero sin sumisión de esclavo, cave tener. Pues la poderosa imaginación de Dios siempre abre caminos inmensos, a los que la naturaleza o las circunstancias sociales, les han cerrado una ventana.