TALLER DE ORACIÓN

LA ASCENSIÓN

Por Julia Merodio


Estamos en Pascua. ¡Cristo ha resucitado! Y, con el Aleluya en nuestro corazón, retomamos la contemplación de los Misterios del Rosario. En esta ocasión lo hacemos con los Misterios Gloriosos que, nos darán pie, para orar y adentrarnos en los momentos sublimes, en que Jesús aparece: como dueño del mundo y Señor de la historia. Como hijo del mismo Dios. Y, esto lo haremos, no como algo que pasó sino como un presente, en el que Jesús llega a nuestra vida para decirnos: ¡Soy Yo! ¡He resucitado!


Si quieres ser presencia de Cristo en medio de la historia, acompaña, a Jesús, hasta el monte donde tuvo lugar su Ascensión; deja que te bendiga, que haga presente en ti su espíritu, y, después, dile que te envíe a ser signo, para cada persona que se cruce en tu camino…

Segundo Misterio.- La Ascensión.-

Jesús vuelve a subir al monte para despedirse de los suyos. Su misión sobre la tierra ha terminado. Y quiere volver al Padre para preparar sitio a todos los que ama. Le sigue una gran comitiva. En cabeza los apóstoles y entre ellos alguien muy especial. La Madre. Ella siempre mezclada con las personas. Siempre huyendo de privilegios, pasando desapercibida; aunque sin saberlo brille con luz propia ante el mundo.

SUCEDIÓ EN UN MONTE

Nos sorprende observar, cómo elige Jesús, la montaña para los grandes acontecimientos de su vida.

-En la montaña multiplica el pan para que llegue a todos.

-En la montaña muestra su gloria el día de la transfiguración.

-En la montaña entrega la vida por amor a la humanidad.

-En la montaña nos enseña a perdonar, a acoger, a suplicar.

-En la montaña nos entrega a María por madre.

-Y ahora vuelve a subir a la montaña para despedirse de los suyos. ¡Debe de tener para Jesús un significado muy especial el monte!

El monte significa superación, ascenso, escalar, abrir caminos... Y Jesús sabe muy bien que el ser humano es el continuador de la creación, un productor de la tierra, un caminante en busca de Dios que es la perfección plena.

Y eso, precisamente, es lo que busca Jesús para cada uno de nosotros. Él ya había dicho “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. ¿Acaso Jesús al decir esto ignoraba lo precario de la condición humana? Al contrario, Jesús conocía mejor que nadie la precariedad. Él había querido sentirla en su carne haciéndose hombre como nosotros... y sin embargo se atreve a decirnos que seamos perfectos.

Él sabía bien que cuando hablaba de perfección, se refería a la superación, al progreso, a la madurez... a dar pasos adelante para alcanzar nuevas metas, a desarrollar los dones recibidos para compartirlos con los demás, a esforzarnos por llegar a Él, única plenitud.

Por eso cuando quiere referirse a la naturaleza humana, lo hace con su sencillez habitual; mostrándonos una semilla, un granito de mostaza... cosas insignificantes a primera vista. Para decirnos que, las grandes generosidades de la persona, Dios las ha plantado en nuestro corazón y, a cada uno, nos corresponde cuidarlas, engrandecerlas, hacerlas germinar... para que den fruto, porque sólo así podremos ofrecerlas a los demás dignificadas.

Muy sencillo, pero muy costoso. Para llegar a hacerlo realidad, no queda más remedio, que insertar el amor en nuestra vida. Oigamos como nos lo dice Jesús: “Al que me ame, vendremos a él y haremos morada en él”.

En los salmos, también lo hemos leído: “Dios habita en su santa morada” Pero: ¿qué morada he preparado yo a Cristo para que habite en mí? ¿Cómo podría mejorarla?

Nos encontramos ante el misterio que hay dentro cada persona al saber que Dios habita dentro de ella. Sin embargo, ¡Que diferente sería nuestro trato si fuésemos capaces de creérnoslo de verdad! ¡Cómo intentaríamos comprender a los que están a nuestro lado!

Todo ser humano es morada de Dios, porque un día, no sólo, “la Palabra (Jesús) se hizo carne y habitó entre nosotros” sino que habitó en nosotros.

Por eso Jesús nos dice hoy a cada uno en particular: Ahora vivo en ti que me escuchas, en ti que me rezas, en ti que me necesitas, en ti que me amas… Ahora vivo en ti si me dejas amarte.

• Pidiendo, al Señor, por todos los que viven como si el Señor no existiera, como si no estuviera en sus vidas, como si no les importasen los favores que les brinda, rezamos juntos: Padrenuestro.

• Rezamos cinco avemarías y volvemos a quedar en silencio para volver a interiorizar:

DESDE EL MONTE: UN ENCARGO

La primera recomendación de Jesús, causa sorpresa a cuantos esperaban de Él, una gran alocución: “no estéis tristes”. Me voy, pero no os dejo solos. Os amo demasiado para que esto tenga un final. Cuando llegue os mandaré mi espíritu y en Él estaré siempre con vosotros. Es verdad que no me veréis con los ojos, pero os aseguro que me sentiréis con el corazón.

No podían creer lo que acababan de oír “os conviene que me vaya” ¿Por qué? Si nosotros estamos bien así. Si no queremos te vayas, queremos que te quedes que permanezcas... Las mismas palabras que volveríamos a repetir hoy si nos lo preguntasen a nosotros. Jesús ¡No te vayas! ¡Quédate! ¡No sabes cómo te necesita el mundo de hoy!

Por eso, te pido que vuelvas de nuevo al monte. Contempla el momento en que, Jesús, se va. Deja que te bendiga. No estáis solos, acababa de decir. La Iglesia es Jesús resucitado en forma de comunidad y nosotros somos los responsables de hacer lo mismo que Él hizo.

Aquí está una prueba más del amor que Dios nos tiene a todos y cada uno en particular. Él mismo, en persona, quiere preparar un sitio para nosotros. No puedo prescindir de ninguno, nos dice. Quiero que todos estéis aquí conmigo. Quiero que, los que me habéis seguido en la pena, me acompañéis en el gozo.

Pongámonos en pie, sigamos caminando, pidamos fuerza al Señor que nos ayude, oigamos como nos dice: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” Sin embargo ¡Cuántas circunstancias hacen temblar nuestro corazón! ¡Cuántas realidades nos privan del gozo que Jesús nos trae!

De ahí que, de lo profundo del corazón surja nuestra súplica:

Ayúdanos Señor para que vayamos a tu encuentro; a ese lugar donde siempre nos esperas para consolarnos, para fortificarnos, para alimentarnos. Ayúdanos a vivir, de una manera especial la Eucaristía, para hacer nuestra tu Palabra de vida, para dejar entrar, en cada uno, el amor con que nos amas, y para llevar esa vida a cada hermano que está esperando de nosotros algo nuevo y distinto de lo que hasta ahora habían conocido.

• Rezamos las siguientes cinco Avemarías y gloria al Padre…

EN ORACIÓN ANTE EL SEÑOR

Cuando entendamos que, acompañar a Jesús, no consiste en elevarnos; sino en descender hasta, ese misterio insondable que nos habita; no seremos capaces de postrarnos, ante Él, para adorar su grandeza absoluta.

Todavía resuenan en mis oídos las palabras que un obispo pronunció en una homilía radiofónica hace ya algún tiempo. No puedo precisar más datos porque tuve que salir deprisa, pero se repiten en mis oídos una y otra vez: “Yo quiero ser el obispo de los sagrarios abandonados. ¡Gracias Sr. Obispo por sus palabras!

Yo sé que eso de estar ante el sagrario no se lleva, sé que hay opiniones que sólo con oírlas te penes triste, pero también sé lo que Jesucristo nos dijo el día en que volvía al Padre: “Me voy pero volveré”. Sin embargo hay gente que se queda aparcada en el monte mirando al cielo, tiene miedo a bajar y encontrarse con su propia realidad, todavía no se han dado cuenta de que Jesús puede irse y quedarse a la vez, por algo es Dios. Él, que se hizo hombre libremente, para estar entre los nosotros no nos va a dejar nunca.

Y ahí está, junto a ti y junto a mí, junto a todos esperándonos en la Eucaristía para hacerse uno con nosotros. Esperándonos en ese sagrario de cualquier iglesia, en el de cualquier capilla; en el sagrario de la gran ciudad, en el de ese pueblo pequeño y en ese que está abandonado, como nos decía el señor Obispo.

No pases de largo, no creas que en el sagrario sólo están las “beatas” que no tienen otra cosa que hacer. Cuando lo encuentres ponte ante él, siéntate, entra dentro de ti sin prisa, no digas nada tan sólo escucha y espera a que el Señor te responda inundándote con su amor. Os aseguro que nunca que estéis ante el Señor en el sagrario os iréis sin haber recibido nada, pues él siempre te engrandece aunque tú ni siquiera lo hayas notado.

TEXTOS PARA LA ORACIÓN

“Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros” (Juan 14, 3)

A cada uno de nosotros se le ha dado una gracia. según la medida del don de Cristo. Él ha constituido a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y maestros para el perfeccionamiento de los santos y la edificación del cuerpo de Cristo. (Ef. 4, 4 – 13)