III Domingo de Pascua
22 de abril de 2007

La homilía de Betania


1.- APARECE EL SEÑOR, Y TODO AMANECE

Por Javier Leoz

2.- SIN BENEFICIO DE INVENTARIO

Por Gustavo Vélez, mxy

3.- EN MI NOMBRE, NO

Por Gabriel González del Estal

4.- EL DULCE CRISTO EN LA TIERRA

Por Antonio García Moreno

5. - "ES EL SEÑOR"

Por José María Martín, OSA

6.- JUNTO AL MAR

Por José María Maruri, SJ

7. - COMO UNA PELÍCULA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


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Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


EL BUEN PASTOR Y LOS MERCENARIOS

Por Pedro Rodríguez


1.- APARECE EL SEÑOR, Y TODO AMANECE

Por Javier Leoz

El domingo pasado, aquellos que eran amigos y apóstoles, estaban con las puertas cerradas a cal y canto; hoy tímidamente y al aire libre. Aquel día paralizados y petrificados por el miedo; hoy más sueltos aunque sin tener demasiado claras las ideas. Entonces asustadizos por los acontecimientos que se habían dado en Jerusalén; en este instante vueltos a la normalidad en su ser pescadores…pero con las redes vacías.

Estaban tan acostumbrados a vivir al calor y al amparo del Maestro que se habían olvidado hasta de trabajar para vivir y, cuando regresan a lo de siempre, la suerte les da la espalda: ¡no hemos pescado nada!

¡Cuántos momentos y sucesos entrañables les vendrían a la memoria de aquellos hombres!; tormentas calmadas; Pedro sobre las aguas; curaciones; resurrecciones; idas y venidas; ¡todo! (pensaría alguno para sus adentros) fueron horas felices que quedaron para siempre en el pasado:

-Allá en el mar de Galilea Jesús los constituyó en el grupo de los “doce”.

-En la arena sus ojos se cruzaron con los de Jesús….oyeron su voz y, dejándolo todo, lo siguieron.

-Al murmullo de las aguas, tranquilas pero llenas de vida, contemplaron absortos la multiplicación de los panes y de los peces.

2.-Uno a uno, ¡ay si hablase Tiberíades!, repetiría la misma propuesta con la misma respuesta: ¡seguidme!... ¡contigo iremos Señor!

Y, en el amanecer, cuando aquellos amigos que parecían vencidos por una pesca estéril e infructuosa, cuando el silencio era tenso por la ausencia de Aquel que en el corazón estaba presente…. de nuevo suena la misma voz con llamada al ánimo y a la esperanza, a la insistencia y al desafío: ¡echad de nuevo las redes!

-Lo desconocido se hace amigo

-Los ojos cansados se transforman en asombro

-El ayer, de repente, se actualiza, se retoma… ¡amanece con el Señor!

Y se rompen y saltan por los aires, una vez más, esquemas y redes, sayales y olas, tristezas y sufrimientos, dudas y noches oscuras.

¡Al amanecer, una vez más, Jesús lo hace todo nuevo! En el amanecer de aquel día, el intuitivo Juan, supo reconocer al que en una mesa de Jueves Santo le dejó que reclinase en su pecho. ¡Es el Señor!

Los gestos se repetían con la complicidad de los que nunca jamás olvidaron. Después de “cortarse el fuego” amanece. Jesús, como una luz frente a la oscuridad. Sin su presencia todo esfuerzo habría sido en balde. Con su aparición toda expectativa se queda corta. ¡Es el Señor!

3.- A pie de tierra, el Resucitado (que habla, bendice, indica y comparte) que tiene mucho de Señor y otro tanto de “siervo mayor” se sienta y los hace sentar a los que un día llamó en ese mismo lugar para que descubran en la amabilidad y en la afabilidad, en la sencillez y en el servicio, en la amistad y en el compartir… sigue tan vivo como aquella primera vez….como la primera vez de aquel encuentro inolvidable en el lago. ¡Es el Señor!

Y la noche, que infundía temor y cólera, abatimiento y desesperanza, se transforma en una jornada resplandeciente e iluminada por la presencia de Aquel que, una vez más, les sorprende, les llena y les habla con palabras y gestos de amigo. ¡Es el Señor!

Y con el Señor las cosas toman un cariz totalmente distinto. El trabajo se convierte en misión y la iglesia, a pesar del cansancio, retoma el impulso perdido sabiendo que, cuando Cristo está en el centro, nada es imposible para Aquel que la sostiene. ¡Es el Señor!

4.- ¿Con qué signos se acerca hoy el Resucitado hasta nosotros?

-No con redes o seminarios rebosantes de peces o llamados al sacerdocio…..y sí con rostros cargados de tristezas y de miserias. Con rostros doloridos por fracasos e incomprensiones, luchas y desatinos, dejadez o desencanto.

-No con brasas o dinámicas de trabajo en las que a veces nos malgastamos y nos empeñamos en una agenda interminable……y sí con una llamada responsable a ser iglesia, mejor iglesia, con menos círculos cerrados y alejándonos de la imagen de un simple cortijo donde unos pocos dirigen, y los demás bregan y dejan la piel en la pesca (cada día más difícil) de ese mar inmenso que es el mundo que nos rodea.

-No en lagos, barcas o reuniones que ponen al descubierto diferencias y discrepancias y siempre con más de lo mismo....y sí con una lectura reposada de su Palabra, con una vuelta a su Evangelio, con una sinceridad de vida, con un trabajar más y más horas en favor de su Reino, con un bajar a la realidad y a la vida de tantos que siguen remando mar adentro pero necesitados de palabras de aliento y de consuelo. ¡Es el Señor!

Malo será que, por estar tan pendientes del micrófono y de las luces, de las flores y de las convocatorias, de los departamentos y de tanto montaje……olvidemos que el Señor nos exige y nos invita echar las redes en otras direcciones y, a veces, hasta con otras personas. Cuando los responsables de la evangelización se empeñan en mantener, al frente de sus estructuras, a agentes de pastoral gastados e indefinidamente perpetuados en los cargos, en vez de aparecer el Señor…..suele surgir el desencanto y la ralentización, no tanto por las ideas, cuanto por la incapacidad limitaciones naturales de llevarlas a cabo.

5.- ¡ES EL SEÑOR!

La oscuridad, se convierte en luz

La esterilidad, en fruto abundante

La apatía, en dinamismo

La vergüenza, en valentía apostólica

 

¿No lo veis? ¿No lo sentís?

¡Es el Señor!

Y, a su voz, decimos que ¡SI!

Que merece la pena intentarlo de nuevo

Que echaremos las redes en su nombre

Que, incluso con cansancio,

nos lanzaremos aún a riesgo

de perder algo nuestro, por el camino

 

¡Es el Señor!

Y, cuando sale a nuestro encuentro,

es porque quiere que compartamos su vida

Y, cuando anochece en nuestros afanes,

el Señor, desde la otra orilla,

nos brinda la fuerza necesaria

para que no nos ahogue la desesperanza.

 

¡Es el Señor!

Cuando amanece con el Señor,

todo cambia de color:

el cansancio desaparece

la mala suerte termina

el esfuerzo inútil da lugar al trabajo fecundo

 

¡Es el Señor!

Y, cuando uno cree en El,

en silencio cree en El, espera en El y ama en El

Y, cuando uno cree en El,

como Pedro, los ojos se ponen en El, las alabanzas, los pies en la tierra

y la barca dejada en El.

 

¡Es el Señor!

Y, cuando uno ama como Juan

los labios se atreven a pronunciar

lo que el corazón siente y la fe anima:

¡Es el Señor!


2.- SIN BENEFICIO DE INVENTARIO

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “Estando a la orilla del lago y después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro respondió: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero”. San Juan, Cáp. 21. A pocos kilómetros de Damasco, se asienta un pueblecito sirio de nombre Malula, habitado por musulmanes y cristianos que, a pesar del árabe su lengua oficial, conservan el idioma arameo como un recuerdo de familia. Quisiéramos visitar este poblado, con el evangelio en la mano, para escuchar de algún vecino en su idioma original, aquella frase de Jesús: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. La cual debió sonar con inusitada mansedumbre y amable fortaleza. Se trataba de resituar en su peculiar vocación, a quien sería en adelante la piedra fundamental de la Iglesia.

El texto de san Juan es la contraparte de otro que encontramos en san Marcos. Pedro había negado a su Maestro y el evangelista cuenta el hecho tres veces, que es una forma bíblica de resaltar lo sucedido. Y el Resucitado, al reencontrase con los suyos, le pregunta al jefe de los Doce: “Simón, Hijo de Juan, ¿me amas?”. Por segunda vez lo interroga. Y al final: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”.

2.- Frente al paisaje abierto de lago, junto a las barcas y las redes tendidas al sol, Pedro recordaría con dolorosa claridad lo sucedido aquella oscura noche: “También tú estabas con Jesús de Nazaret. Tu acento lo delata”, le había dicho la criada del pontífice. Y el apóstol se había defendido: “No conozco a ese hombre de quien hablas”. San Juan consigna también la respuesta de Pedro a Jesús: “Señor, tú sabes todo. Tú sabes que amo”. Una afirmación inigualable. Asegura que el Señor conoce su historia íntegramente, pero a pesar de todo, sabe muy bien que lo ama. De parte del Señor hubo también una confirmación escalonada: “Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas”. Y finalmente: “Apacienta mis ovejas”. El triple testimonio que, según la tradición judía, le daba consistencia a un contrato.

3.- Pero todo ello explica además el estilo del perdón que Dios concede. Es la ratificación de su amor, de su confianza en nosotros, sin beneficio de inventario. Porque la conversión cristiana y el Sacramento de la Reconciliación invitan encarecidamente a mirar hacia delante. No motivan una regresión sicológica, que ahonda las heridas y puede enfermar el espíritu. No entendemos entonces ciertas escuelas ascéticas empeñadas en recalcar, a todas horas, nuestra culpabilidad. Ni ciertos grupos piadosos, dedicados a enumerar y clasificar pecados. Como tampoco a quienes redactaron prolijos textos de examen de conciencia, añadiendo otros párrafos para evaluar si tales exámenes habían quedado bien hechos. A la luz del evangelio la moral cristiana no puede reducirse a un elenco de fallas. Ha de presentarnos, ante todo, los valores del Reino de Dios, que a diario nos reparte su paz y su alegría. Esta serenidad y este gozo conforman el clima de la Pascua y el contexto de toda vida cristiana.

4.- Una profesora de física decía: No entiendo a los predicadores que hacen continuo énfasis en el pecado. En mis estudios he encontrado numerosas páginas que presentan las maravillas de la luz. Jamás un texto que profundice en las tinieblas.


3.- EN MI NOMBRE, NO.

Por Gabriel González del Estal

1.- ¡Pobres Pedro, Tomás, Natanael, Juan, Santiago y los otros dos discípulos del Señor! Toda la noche trabajando, peleando con el frío y con las olas, remando impacientes en todas las direcciones, y, al final, cuando llegó el alba, ¡nada!, las manos y las redes vacías. Ellos eran pescadores expertos y conocían metro a metro los caladeros y profundidades donde se escondían los peces del lago de Tiberíades. ¿Qué podía haber pasado? No lo entendían. Y ahora, cuando ya estaban dispuestos a abandonar, llega un desconocido y les dice que echen las redes a la derecha y que encontrarán peces grandes y en cantidad. ¡Valiente consejo! A la derecha y a la izquierda han echado ya ellos la red durante toda la noche cientos de veces. ¿En nombre y a santo de quién van a echar la red precisamente ahora, cuando ya ha amanecido, en ese lugar donde ya lo han intentado, fatigosamente y sin éxito, tantas veces? En fin, dirá Pedro, si vosotros queréis que hagamos caso a este desconocido y que sigamos remando y peleando con las olas, podemos volver a intentarlo, pero por mí y en mi nombre desde luego no lo haríamos. En su nombre, desde luego, no.

2.- Pero, en fin, después de todo, ellos son buena gente y no tienen motivos para desconfiar de este forastero que parece tan bien intencionado. En nombre de ellos no lo harían, pero en nombre de esta persona que parece tan bien intencionada lo intentarán de nuevo. ¡Y la red se llenó de grandes peces! ¡Es el Señor! dijo el discípulo que más amaba. Lo que a nosotros nos parecía imposible, lo que nunca hubiéramos conseguido con nuestras solas fuerzas, lo hemos conseguido con la ayuda del Señor. ¡Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente! La confianza en el Señor nos ha salvado. Qué peligroso es, debió pensar Pedro, fiarse sólo de uno mismo y querer hacer todas las cosas en nombre propio. El orgullo, la vanidad, el egoísmo se meten fácilmente entre las rendijas del alma y nos empujan a caminar en dirección equivocada.

3.- Y Jesús tomó el pan y se lo dio, y lo mismo el pescado. Seguro que estos expertos pescadores y humildes discípulos se acordaron entonces de la última cena que habían celebrado con el Maestro y del relato que les habían contado los dos discípulos que se dirigían a Emaús. También ellos, ahora, habían reconocido al Maestro y estaban seguros que era el Señor. También ellos le habían reconocido al partir el pan. En adelante se fiarían siempre del Señor y, en nombre del Señor, repartirían siempre el pan de la palabra y el pan de vida. Querían convertirse en pescadores de hombres, en apóstoles, enviados, del único Maestro al que habían escuchado palabras de vida eterna. En nombre propio podían conseguir muy poco, pero en nombre del Señor iban a conseguirlo todo.

4.- No iba a ser fácil para ellos recorrer todo el camino por el que ahora habían comenzado a caminar. La incomprensión y la hostilidad del mundo en el que se movían tratarían de aplastar sus mejores propósitos. Pero ellos lo tenían muy claro: debían obedecer a Dios antes que a los hombres. No a cualquier dios, sino únicamente al Dios al que ellos habían descubierto en el rostro y en la vida del Maestro; sí, a un Dios de vida, de verdad y de amor. Y si tenían que padecer, o incluso morir, por el nombre de Jesús, ellos estarían siempre contentos de haber merecido aquel ultraje.


4.- EL DULCE CRISTO EN LA TIERRA

Por Antonio García Moreno

1.- "¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestras enseñaza" (Hch 5, 28) Una vez más están frente al Sanedrín, ante el Tribunal Supremo de justicia de Israel. Y no será la última. Después serán otros tribunales, los romanos, los griegos, los egipcios, los persas, los hispanos. Habrá sentencias, sentencias capitales, sentencias de muerte. Ya lo había dicho el Señor: "Os llevarán a los tribunales por mi nombre. No temáis, no penséis qué habéis de contestar. Yo estaré muy cerca, el Espíritu contestará por vosotros".

Es claro, se ve palpablemente que estos hombres tienen una nueva fuerza desconocida, no hay manera de hacerlos callar. Y hablan, nada menos de que Jesús de Nazaret ha resucitado, de que es el Mesías prometido por los profetas, de que han crucificado al que había de venir, al Cristo de Dios, al Ungido, al Rey de Israel. Estas palabras sacuden sus conciencias dormidas. Pero en lugar de reconocer los hechos, en lugar de arrepentirse y hacer penitencia, se empeñan en ahogar aquellas voces que proclaman la verdad. Esa verdad a veces dura e hiriente, pero la única que salva, la verdad que nos libera. Ojalá que nosotros nunca la disimulemos ni la rechacemos, que la abracemos tal cual es, que la aceptemos plenamente. Así nuestra vida será un canto a la sinceridad, la sencillez, a la franqueza, a la humildad.

"Los Apóstoles salieron del Consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús"(Hch 5, 41) Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Eran cuarenta varazos menos uno, descargando el golpe en seco sobre sus espadas desnudas, restallando sin piedad la dureza de sus nudos. La sangre que amorata lívidos cardenales en surco, la sangre que brota y que resbala caliente y viscosa sobre la piel. Apóstoles y mártires, enviados y testigos de excepción. Era la primera vez. En el cielo se oyó el preludio de esa sinfonía heroica y sangrienta que tantas veces terminaría en la muerte tan dolorosa como gloriosa.

Después los soltaron. Creyeron que aquel duro castigo sería suficiente para callarlos, una mordaza para sus bocas. Pero se equivocaron. Los Apóstoles, azotados y doloridos, caminaban, sin embargo, contentos, rebosantes de gozo por haber sufrido aquello por amor de Cristo. Cantando iban los mártires a la muerte del fuego, a ser devorados por las fieras. Radiantes de gozo. Era lógico que ante esto, la sangre de mártires fuera fecunda semilla de cristianos. Ir a la muerte cantando, aceptar con alegría el martirio lento de cada día, el martirio de un corazón desprendido, de un trabajo humanamente bien hecho, de un hacer lo que se pueda en favor de los demás, sin esperar ninguna recompensa terrena... Concédenos la fuerza y la gracia que necesitamos para ser mártires, testigos de la Verdad. Con una vida que convenza, que anime, que arrastre.

2.- "Te ensalzaré, Señor, porque me has librado..." (Sal 29, 2) La intervención de Dios impidió la burla de los enemigos. Cuando todo parecía perdido, el Señor sacó del abismo a su elegido. Por eso brotan del corazón del salmista palabras de gratitud y de gozo. El peligro fue tan inminente que parecía imposible salir de él, muy poco debió faltar para sucumbir. Todos de alguna forma, unos más y otros menos, hemos pasado por una situación parecida, aunque quizá ni nos hayamos dado cuenta. Cada vez que hemos ofendido a Dios, hemos corrido el tremendo peligro de ser condenados para siempre. Estuvimos al borde del abismo sin fin, a punto de padecer los tormentos del infierno. Tomemos conciencia de ello y elevemos, nosotros también, nuestro espíritu hacia el Señor, para agradecerle que nos haya librado, para pedirle que nunca más nos pongamos en estado de condenación.

"Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo" (Sal 29, 6) Gracias, Dios mío, gracias porque has querido darme otra oportunidad. Ya estaría apartado de ti para siempre, si tú no hubieras intervenido en favor mío. Por eso el alma se nos ha de llenar de gratitud, de deseos de aprovechar esta nueva ocasión de rectificar, de servir a Dios, de amarlo, de poseerle y de gozarle. Más adelante habla el texto sacro de que la cólera divina dura un instante, mientras que su bondad se extiende por toda la vida. Es cierto que la cólera divina, aunque sea breve, puede derribar y arrasar en un instante cuanto se ponga por delante. Por eso es conveniente tener un santo temor de Dios. Sin embargo, ha de prevalecer en nosotros el amor y la esperanza, la persuasión de que el Señor es ante todo bondadoso, capaz de perdonar una y mil veces, de tener paciencia hasta movernos, a fuerza de comprensión, a ser mejores cada día.

El Señor, además de perdonar, nos fortalece hasta el punto de que nada ni nadie nos pueda desanimar en nuestro propósito de servirle y de amarle sobre todas las cosas. Para ello hemos de recurrir con insistencia y con humildad a su bondad sin límites.

3.- "Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles..." (Ap 5, 11) El Apóstol y Evangelista san Juan es simbolizado con la figura de un águila. Sus alas se extienden poderosamente y surcan los aires hasta las alturas más elevadas. Su vuelo es majestuoso y sereno, seguro. Su mirada penetrante abarca un ancho panorama, descubre desde al altura su presa y mira de hito en hito la luz deslumbradora del sol... Juan sube hasta las cimas de las cumbres de Dios, su vuelo es tan alto que su mirada penetra, absorta y extasiada, en la morada inenarrable de la divinidad.

Sus palabras nos permiten entrever algo de la grandeza sin nombre que hay en el cielo. Millares y millones de ángeles, ancianos de porte mayestático, hombres y mujeres que cantan alborozados la victoria del Señor. La Jerusalén celestial, la Ciudad de Dios construida sobre fundamentos sólidos, con maravillosa y esplendente pedrería preciosa. El trono de Dios en su máxima gloria. Esas voces de muchas aguas que claman: "Al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos...". Danos, Señor, la luz que necesitamos para intuir al menos la maravilla y grandeza de tu Reino. Haz que la esperanza de llegar a gozar de todo eso, nos haga vivir mejor tu ley de amor y de entrega.

"Y los cuatro vivientes respondían: Amén" (Ap 5, 14) Hay palabras que han permanecido invariablemente a través de muchos siglos. Palabras difíciles de traducir con un solo vocablo, palabras tan llenas de significado que en sí mismas son todo un programa de vida, un ideal capaz de llenar por completo a existencia de un hombre. Y una de esas palabras es el "amén". Se trata de un vocablo que se remonta a los primeros pueblos semitas, a los antiguos hebreos que fueron llamados por Yahvé desde las remotas regiones de Mesopotamia.

"Amén" significa: así es, es verdad, es indiscutible, es evidente, es cierto. Por eso rubrica toda confesión de fe firme y decidida. También significa así sea, ojalá que tal suceso ocurra, Dios quiera que eso que pedimos con ardiente súplica nos sea concedido. Finalmente con el "amén" estamos diciendo al Señor que sí, que aceptamos rendidamente su voluntad... Amén, Señor, amén. Porque creo firmemente en tu Palabra, en las verdades que tú nos revelaste y que la Iglesia católica enseña. Amén también, Dios mío, porque deseo que se cumpla en mí tu voluntad. Y porque te pido que me concedas lo que más me convenga para ser bueno y fiel. Por todo eso, amén, Señor, siempre amén.

4.- "Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades" (Jn 21, 1) Muchas veces la escena evangélica se desarrolla a la orilla del lago de Tiberíades. Sus aguas limpias y azules fueron el fondo entrañable de los encuentros de Jesús con sus discípulos. En esta ocasión la pesca ha sido infructuosa. Toda la noche rastreando el lago, sin conseguir nada. Las luces del alba descendían desde las colinas cuando divisaron en la orilla la figura de un hombre. Les pregunta a lo lejos si han cogido algo, y al contestarle que no, les dice que vuelvan a echar las redes hacia la derecha de la barca. Como un último intento, aquellos pescadores le hacen caso... Entonces, un enjambre de peces aletea dentro de las redes, cargadas como nunca. Juan mira hacia la orilla y reconoce gozoso que al Maestro.

Pedro, el que por tres veces le negó, no duda ni por un momento en ir a su encuentro. Él sabía que el Señor le amaba más que lo suficiente para perdonarle su pecado. Esa era la diferencia respecto de Judas. Éste huyó de Jesús, no creyó posible el perdón para su traición. Pedro es cierto que lloró amargamente su pecado. Pero sabía que el Maestro le volvería a perdonar. Quien le había enseñado a perdonar siete veces siete, bien podría perdonarle a él. Y no se equivocó. El Señor le acoge con el mismo cariño de siempre, le mira con la misma profunda mirada, con la misma comprensión de antes.

Lo que quizá no imaginaba Pedro es que el perdón de Jesús iba a ser tan grande, que todo sería lo mismo que antes. Lo lógico hubiera sido que el primer puesto lo ocupara otro que lo mereciera más que él, otro que al menos no hubiera renegado de su Maestro hasta jurar que no le conocía. Sin embargo, Jesús le vuelve a encomendar el cuidado de su rebaño, le entrega otra vez el poder de regir a su Iglesia, la misión excelsa de ser su vicario en la tierra, el que haga sus veces cuando él se marche a los cielos.

Al mismo tiempo le profetiza las dificultades que ese papel entraña. Llegará el momento en que le perseguirán y el encarcelarán, le calumniarán y le maltratarán, lo llevarán maniatado adonde él no quisiera ir, le crucificarán en una de las colinas de Roma. La profecía se cumplió. Y se seguirá cumpliendo. Porque también hoy, lo mismo que ayer y que mañana, el Vicario de Jesús, el dulce Cristo en la tierra, sufrirá en su carne el dolor de ser fiel a su divino Maestro.


5. - "ES EL SEÑOR"

Por José María Martín, OSA

1. - El capítulo 21 del Evangelio según San Juan está cargado de simbolismo. La escena de la pesca es muy semejante a la que Lucas narra en el capítulo 5 de su evangelio. La diferencia es que ahora Jesús es el Señor resucitado. El vencedor de la muerte dice a sus discípulos "echad la red". Los siete discípulos representan a toda la Iglesia, que debe dar testimonio de su fe; los 153 peces quizá simbolicen el número de naciones conocidas entonces, porque a todos se les anuncia la Buena Noticia. Al principio no pescan nada, pues sin la presencia de Jesús la Iglesia no puede nada, aunque emplee los medios más modernos en la transmisión de la fe.

2. - La Iglesia nace de Jesús, muerto y resucitado, que se hace presente en medio de los discípulos. La red no se rompe, es decir recibe a todos sin excepción. Jesús toma el pan y se lo da, como en la Ultima Cena cuando se entregó y se "partió" por todos nosotros.

Jesús pide por tres veces que Pedro le confiese su amor. De esta manera, Pedro repara sus tres negaciones. La intención del texto es señalar la misión que Cristo encomienda a Pedro de pastorear a su Iglesia. Pero es el amor a Cristo la primera condición para ser "pastor" en su Iglesia. La misión de todo cristiano, y en especial de los pastores, es transmitir la fe. Pero esto no se hace sólo con discursos grandilocuentes, sino desde la experiencia de fe en Cristo resucitado.

3. - Ya lo decía San Bernardo: "creed al experimentado". La Iglesia desde el principio aparece como signo de contradicción, por eso es perseguida. El anuncio valiente del Evangelio puede acarrear persecución por parte de los poderes de este mundo, pero está claro que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Si la Iglesia se acomodase a este mundo perdería el sentido de su ser. Sólo si presenta con valentía el anuncio gozoso y liberador del Evangelio se identificará con el Cordero Pascual, Jesucristo muerto y resucitado que se entrega por nosotros.


6.- JUNTO AL MAR

Por José María Maruri, SJ

1.- Y la cosa comenzó en Galilea, nos dice San Pedro, expresando con una frase incolora un hecho que transformó su propia vida y transformo el mundo entero.

+ La cosa comenzó en Galilea es un Dios, despojado de su rango, hecho carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos.

+ La cosa de Galilea es la proclamación a la humanidad de que ya no hay esclavos y libres, judíos o paganos, hombres o mujeres.

+ La cosa es la mayor revolución social y religiosa que jamás ha existido en el mundo.

+ Y la cosa para Pedro es el comienzo de una amistad que no pasará nunca.

2.- Y ese Señor que quiso comenzar la cosa en Galilea quiere acabar el capítulo de su vida mortal donde comenzó: en Galilea.

Y por eso, porque el Señor los ha convocado en Galilea nos encontramos hoy a los discípulos junto al mar de Tiberíades esperando la llegada del Señor.

Y la historia es que en la casa de la suegra de Pedro, donde están, se acaban las provisiones, que son demasiados seis huéspedes en una casa pobre. Y Pedro decide ir a pescar y todos se van con él. Y en toda la noche no pescan nada. Y en el fresco y limpio amanecer se les aparece el Señor a la orilla del mar.

3.- Y ese Jesús, en cuclillas ante el fuego, donde asa un pez, piensa en su Galilea, patria chica de todos ellos. Su mar con sus bonanzas y sus borrascas. Los campos de trigo mecidos por la brisa. Los lirios del campo y los pajarillos del cielo. Pueblo querido, gente muy buena que le han seguido.

El vino de Caná, la viuda de Naín, María la de Magdala. Nazaret, infancia protegida y acunada en el pecho de una madre cariñosa, experiencia nueva que el Hijo de Dios se lleva a su gloria.

Y los apóstoles, que ya llegan sin poder apenas con el peso de la red llena se sientan junto a Jesús, en profundo silencio, sin atreverse a preguntar: “Tu quien eres…”, porque en la paz de su corazón saben que es el Señor.

4.- El Señor se les aparece a la orilla del mar. Ese mar que recuerdan furioso y terrible dominado por el sólo mandato del Señor. Ese mar en cuyas orillas la multitud ha escuchado la palabra de Dios.

Ese mar que les hace pensar en la infinitud de Dios, empequeñecida en el cuerpo humano de ese Jesús, su Señor, su Dios. Un mar que pasea su mano suave por la arena de la playa borrando cualquier huella, como la mano piadosa de Dios acaricia el corazón humano perdonando setenta veces siete.

Señor mío y Dios mío, resuena en el corazón de cada uno de ellos ante el divino galileo que les invita a comer.

5.- Cuantas veces en nuestra vida nos pasamos largas horas, largos días y noches saneando y no pescamos nada, hasta que empieza a apuntar el día y sentimos nuevas fuerzas, nueva paz en el corazón y tampoco necesitamos preguntar “Tu quien eres” porque sabemos que es el Señor, el que en el sufrimiento y el dolor nos llevó en sus brazos dejando sólo sus huellas en la ardiente arena quemada por el sol.

Ojalá el Señor se nos aparezca a la orilla del mar de nuestra vida en la paz del amanecer.


7. - COMO UNA PELÍCULA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Hay una enorme plasticidad en el Evangelio de San Juan de esta tercera semana de Pascua. Es toda una escena bien contada, como en un guión para cine o televisión. Primero, Pedro dice que va a pescar. Luego, sus amigos se unen. Después, Juan ve al Señor. Pedro que esta desnudo se cubre y se lanza a nado. Hay en la playa hay unas brasas. Van a desayunar. El Señor Jesús que aparece ahora es algo distinto. En todos los relatos evangélicos sobre el Resucitado se observa esa diferencia. El cuerpo glorioso de Jesús contiene diferencias.

Los diálogos también están ordenados muy cinematográficamente. Pero ellos van a marcar el contenido profundo de este relato evangélico. Al final, se establece la conversación --sin duda tensa y dolorosa para Pedro-- entre Jesús y su futuro vicario. Las tres afirmaciones de amor obtenidas por Jesús de los labios de Pedro sirven para purgar las tres negaciones de la difícil noche del Jueves Santo. Siempre se ha interpretado este pasaje como una "regañina" de Jesús a Pedro y, sin embargo, hay que verlo como una fórmula del Sacramento de la Reconciliación. Jesús ayuda a Pedro a confesarse para que purgue y olvide su antiguo pecado. Probablemente desde ese día, Pedro no tendría escrúpulos interiores y se sintió limpio y perdonado. Y es que uno de los mayores enemigos del alma es el escrúpulo. El acto de confesarse da una vía objetiva de que los pecados han sido perdonados. Otra cosa es que Pedro recordarse con tristeza y sensación de sentirse pecador sus negaciones, pero sabiendo que la culpa había sido borrada.

3. - Pero volviendo al símil cinematográfico este Evangelio de San Juan es como un "flash back", un resumen final de toda la actividad de los Apóstoles. Desde su trabajo primero como pescadores, con el recuerdo de su pesca prodigiosa y abundante, hasta la comida con el maestro con la partición del pan. Ahora el Cenáculo es la bóveda del cielo y sus otros límites la tierra firme y el mar azul. Debemos de pensar, en paz y en sosiego, como fueron esos días de presencia de Jesús Resucitado en los que ya de una forma sobrenatural, el Dios hecho hombre completó la formación a sus Apóstoles. El vigor, la inteligencia, el valor que se va a ir observando en los Hechos de los Apóstoles se entiende mejor analizando ese periodo glorioso de Jesús en la tierra. Ciertamente, que la venida del Espíritu Santo será el "combustible" que impulse definitivamente a esos hombres, antiguamente ignorantes y toscos, a las más altas cotas de inteligencia y de capacidad. La clave de la transformación de los Apóstoles es también un buen argumento para nuestras meditaciones. Jesús Resucitado nos puede transformar a todos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


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Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Podría comentaros de otra manera el evangelio de este domingo, mis queridos jóvenes lectores, pero me fijaré en unos detalles que, sin ser los mas importantes, me parece que para vosotros sí que os resultarán interesantes y útiles en gran manera. Seguramente otros pondrán el acento en diferentes ideas, más dogmáticas probablemente, y yo no lo ignoro.

Hay que imaginar la situación por la que pasaban los antiguos amigos del Señor. No dudaban de su existencia, pero tampoco entendían como trascurría esta. Se encontraban con Él sin tener previsto ni el momento ni el lugar. Su mensaje tampoco era esperado, siempre sorprendente. Gozaba su cuerpo, aquel que vieron herido, muerto en la cruz y enterrado en el sepulcro, de unas particularidades que nunca habían sospechado. Atravesaba paredes, se hacia visible en un sitio o en otro, sin deber desplazarse y no era esclavo de las necesidades biológicas que a ellos les parecían indispensables. A pesar de estos intríngulis, era preciso vivir, se decían, y trabajar, si querían conseguir el sustento necesario. La profesión de casi todos ellos era la de pescador y a ella se entregaron unos cuantos, aquella noche. Si uno sale a segar, cortará cereal, con más o menos maña, pero volverá con gavillas. Si uno busca leña, podrá, con seguridad, traerse a casa troncos más o menos grandes. Si uno quiere hacerse una herramienta, y es forjador, lo conseguirá. Pero si uno es pescador, sabe muy bien que una serie de imponderables que condicionarán el resultado y que tal vez vuelva a casa sin nada en el zurrón. Con caña o con red, el éxito de la pesca siempre es un misterio y no hay cosa que más le fastidie a un pescador, que el que alguien le pregunte si pican los peces y quiera, además, darle consejos de cómo conseguirlo. Pues eso precisamente es lo que imprudentemente hizo el Señor, aunque ellos no supieran que era Él. ¡Vamos! ¡Que después de una noche de probarlo, sin conseguir un solo pez, venga un extraño a darles lecciones, es lo más inaudito que uno pueda imaginar!. Les sugiere que calen las redes a la derecha y ellos lo hacen. Se hinchan de peces como algunas otras veces, pero no precisamente como habían estado deseando ellos aquella noche. Era asombroso aquello, aunque no imposible. El asombro no demuestra nada, pero pequeña es la estatura espiritual del que no es capaz de asombrarse. Su vida trascurrirá pobremente, sin gozosos logros. En el júbilo del asombro es cuando se dan cuenta ellos de que es Él. Se tira Juan decidido al encuentro del Maestro y los demás le siguen. Está asando pescado. Se han acercado prudentemente con sus redes cargadas de peces. Y a Él, el que los multiplica cuando conviene, no se le ocurre otra cosa que pedirles que aporten algo de lo conseguido, para juntarlo a lo suyo y compartirlo. ¡Qué ocurrencias!

2.- De entre todo el perímetro del Lago, que he recorrido varias veces en vehículo y muchos de los tramos hecho a pie, el lugar que mas aprecio es el que recuerda este acontecimiento. Probablemente, el lugar, señalado por una desgastada escalinata que desciende hasta la superficie del agua, sea auténtico. Se trataría de un sencillo puerto del que nos habla, pues lo visitó, la peregrina Egeria, en el siglo IV. Le contaron que era el lugar del encuentro con aquellos pescadores, fracasados primero, afortunados después. Estando en el lugar, uno piensa que seguramente se ha acertado al señalarlo y mira por si baja el Maestro por aquellos toscos escalones.

Si aprecio tanto el lugar no es ni por el prodigio de la pesca, ni por la confirmación que del primado de Pedro se describe más tarde hizo allí. Lo que a mi me gusta, es el gesto de Jesús con sus amigos. Al amanecer tiene preparado el pescado asado, no sabemos de donde lo habría sacado, pero era suyo y no lo quiere solo para sí mismo, ni quiere repartirlo alegremente a sus discípulos. Desea que estos aporten de los suyos, de los que con su esfuerzo han conseguido. Quiere compartir. Tendemos nosotros al individualismo, el Señor prefiere el trabajo en equipo. No hay duda de que la escena nos sugiere una situación eucarística y acordaos que, cuando comulgamos, es preciso que primero aportemos nosotros pan y vino, para que la acción sagrada se realice. Nunca quiere actuar solo. Todo lo bueno quiere compartirlo, únicamente el dolor de la pasión y muerte, lo sufrió en solitario.

3.- Os lo vuelvo a repetir, mis queridos jóvenes lectores, paso buenos ratos en el lugar, recuerdo que en una ocasión, nos encontramos con unos cuantos amigos y comimos, con gran emoción por mi parte, exquisito helado y rico melón que Fra Rafael Dorado trajo para obsequiarnos. Sólo faltaba Él, o tal vez estaba muy presente, sin que lo viéramos.

Al lado mismo de este minúsculo puerto, en una pequeña y sencilla iglesita celebro, casi siempre, a continuación la misa. Al acabar, ya al atardecer, como es habitual, aquella superficie que habíamos dejado antes de empezar lisa y llana como el agua de una bañera, empieza a ensayar unas olas, que por la noche se convierten en pequeña o grande tempestad, es otro encanto.

Me han dicho que cuando el lugar fue visitado por el Papa, sugirió que se levantase una gran iglesia y los franciscanos le explicaron que era mejor que continuara siendo una sencilla edificación de piedra negra, humilde, como lo fue aquella reunión.

Os cuento que, en alguna ocasión, me ha gustado salir con chicos a pescar y lo capturado, lo hemos asado y comido como si se tratase de aquel encuentro, o tal vez es que el espíritu que lo animaba era el mismo y atraía la compañía del Maestro. Si os es posible a vosotros hacerlo, no dejéis de disfrutar de una tal experiencia, un tal almuerzo os sabrá a gloria. Viviréis el Evangelio y os podréis fácilmente comprometer a no hacer nada en vuestra vida, sin contar con la colaboración de los demás. Así, de una simple experiencia, aprenderéis a vivir a la manera de Jesús. Y su Espíritu os acompañará.


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


EL BUEN PASTOR Y LOS MERCENARIOS

Por Pedro Rodríguez

Evangelio dominical meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años, en la época de Juan XXIII. Es un testimonio de la continuidad de la liturgia y de la meditación del Evangelio en el tránsito del Misal de San Pío V al de Pablo VI. La fecha es la del domingo en que se publicó en los periódicos (1960 o 1961).

DOMINGO II DESPUÉS DE PASCUA

San Juan 10, 11-16:

”Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye —y el lobo las arrebata y las dispersa—, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor.

EL BUEN PASTOR Y LOS MERCENARIOS (16-IV-1961)

¡Cristo ha resucitado! “Mors illi ultra non dominabitur”. A Cristo ya no le domina la muerte. Vive para siempre. Aleluya. ¡La resurrección de Nuestro Señor! Esta realidad increíble en la que creemos penetra todo este tiempo que ahora transcurre en la liturgia. También nosotros hemos resucitado con Cristo a una vida nueva, llena de fe, de amor y de pureza. Si no en el cuerpo, sí en el alma hemos llevado aquellas vestiduras blancas que los recién bautizados en la antigua cristiandad portaban en la semana de Pascua. “Saboread las cosas de Dios”, nos ha repetido, insistente, la Santa Madre Iglesia, que el domingo pasado elevaba al Señor en nuestro nombre esta espléndida plegaria: “Haz, te rogamos, oh Dios omnipotente, que habiendo celebrado las fiestas de Pascua, continuemos, con tu gracia, realizando su ideal en nuestra vida y costumbres. Por Jesucristo Nuestro Señor”.

Es en este contexto litúrgico como deben entenderse los textos de la misa de hoy, especialmente el Evangelio. Parece como si la Iglesia –que es nuestra Madre, no lo olvidemos– nos dijera: Habéis resucitado con Cristo, queréis seguirle, queréis “realizar su ideal en vuestra vida y costumbres”. Pues bien, no olvidéis que para perseverar en ese ideal –que es capaz de llenar las ansias del corazón–, para apartar todos los obstáculos, para superar todas las dificultades, hay que tener muy dentro lo que Jesús dice hoy de sí mismo: “Yo soy el buen Pastor”.

Este domingo es, en efecto, el domingo del Buen Pastor. En la epístola, San Pedro hace una emotiva evocación de los padecimientos de Cristo y de su fruto inmenso en las almas. Termina diciendo: “Andabais como ovejas descarriadas, pero ahora os habéis convertido al Pastor de vuestras almas”. En el Evangelio Jesús lo dice directamente: “Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí”.

La idea de Cristo-Pastor penetró de tal forma el corazón de los primeros cristianos que la imagen del Buen Pastor está unida al brote inicial del arte cristiano. En las Catacumbas de Domitila –siglo I– aparece ya la figura del Buen Pastor. Desde entonces es un motivo, un modelo constante de iconografía cristiana. La plasticidad de esta imagen ha sido incorporada por la Iglesia a su liturgia y hoy la tenemos por delante. ¿Qué mensaje nos trae en este domingo segundo que sigue a la Pascua?

Entre la multitud de ideas y sugerencias que solicitan nuestra atención al mirar a Cristo, pastor bueno de las almas, hay una que, me parece está en el centro de la liturgia pascual: Cristo, que ha resucitado y nos ha abierto el camino de una vida nueva es también el único que puede conducirnos hasta llegar a la meta.

Dos puntos tenemos que considerar aquí. El primero es esa exclusividad de Cristo –con pleno derecho: derecho de conquista, decían los antiguos– para conducirnos al triunfo. Los demás, dice el Señor, son mercenarios. Yo soy el Buen Pastor. Por medio de su doctrina, de sus sacramentos y de la jerarquía por El establecida, Jesús es el único que puede guiarnos. A veces, el hombre –es una constante histórica– cree escuchar por otras partes mensajes de salvación, doctrinas o personajes que se presentan con carácter mesiánico. No nos engañemos: son mercenarios, no aman al hombre de carne y hueso. Por eso, al venir el lobo, dejan las ovejas y huyen, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. Cristo es el Buen Pastor porque da su vida por las ovejas. Ha entregado su vida por nosotros y la ha recobrado triunfante como primicias de nuestro personal triunfo. Cristo dice de sí mismo cosas impresionantes. Hay que meditarlas despacio: Yo soy la Verdad. Yo soy el Camino. Yo soy la Vida. Yo soy la Puerta. Yo soy el Buen Pastor… No se nos ha dado otro Nombre, dirá poco después San Pedro (Hechos 4, 12), en el que podamos ser salvos, que el Nombre de Jesús.

Pero si Cristo es el único que puede conducirnos a la Vida, a nosotros toca el no poner obstáculos. Este es el segundo punto. Dice Jesús que cuando llega el Buen Pastor, “las ovejas oyen su voz y llama a las ovejas a cada uno por su nombre… y va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz”. La vida cristiana es un dejarse llevar por Jesucristo. De ahí, que una característica fundamental del cristiano sea su docilidad a la gracia, a la acción de Dios en el alma. Lo cual –quede bien claro– no significa en lo más mínimo pasividad: ser dócil a la gracia –a las indicaciones del Buen Pastor– es faena sobrenatural de altos vuelos, que exige en el hombre acopio de energía y mucha generosidad. Seguir a Cristo, dejarse conducir por Él, exige al hombre cristiano día a día, hora a hora, una batalla campal contra los enemigos del alma, que tiran hacia abajo, hacia el barro. Lo que sucede –y aquí está el secreto de la vida cristiana– es que esa batalla no es una lucha negativa, agria y seca, sino la lucha victoriosa, alegre, comprometida de los hombres que en el seguimiento de Cristo encuentran su felicidad y su triunfo.

Cristo es el Buen Pastor. Es el Único: los demás son mercenarios. A cada uno nos llama por nuestro nombre. Que sepamos seguirle. Este es el ideal de la Pascua.