1.- EN EL CUMPLEAÑOS DE BENEDICTO XVI

El lunes pasado, día 16, cuando ya estábamos enfrascados en los compases finales del final de esta edición, la Iglesia universal celebraba el cumpleaños del Papa Benedicto XVI. Y como decía el jesuita padre Lombardi, director de la Oficina de Información del Vaticano, ha sido Joseph Ratzinger quien nos ha hecho un regalo a todos. En efecto, ha publicado un libro, sin duda, importante, por parte del Pontífice. No hemos tenido nosotros que enviarle un libro como presente en su octogésimo cumpleaños, nos lo envía el a todos los demás. “Jesús de Nazaret”, que así se titula, es un reflexión sobre el Salvador, llevado a cabo por este brillante teólogo y ya veterano pastor, que le ha tocado gobernar la Iglesia en estos años primeros del Tercer Milenio.

Como se sabe el viernes de la Octava de Pascua tuvo lugar la presentación de la edición italiana y a lo largo de las fechas siguientes se fueron presentan do otras ediciones en varios idiomas y estas hasta 21, que son las lenguas en las que aparecerá, dentro de esta primera tacada. Vamos a reproducir en la sección de Noticias las palabras de Federico Lombardi, SJ, que será siempre una excelente reseña del nuevo libro de Joseph Ratzinger, que ya ha escrito muchos, a lo largo de su vida, aunque este tiene una característica muy especial es el primero que escribe el Papa Benedicto XVI y el segundo texto que sale de su mano, tras la publicación de la Encíclica “Deus Cáritas Est”. Damos, igualmente, otras noticias sobre el cumpleaños del Papa que consideramos que son de gran interés.

En fin, el Papa ha cumplido ochenta años y es, sin duda, una edad importante, pero la longevidad acompaña ahora a nuestros mayores y no es, para nada, una edad que pueda plantear la cercanía de un final. Le quedan, pues, al Papa muchas nuevas cosas que hacer. A nosotros nos gustan muy especialmente los desarrollos intelectuales del Pontífice. Y sería interesante que, además, de los escritos más cercanos y ajustados a la necesaria magistratura de la Iglesia, pues nos “regalara” cada año una nueva obra. Y no sería nada extraño que así fuera.

 

2.- UNA IGLESIA AL SERVICIO DE TODOS

Aunque llueva mucho fuera, la Iglesia debe permanecer igual: ha de ser un refugio para todos. Ocurre que el incremento de los ataques y de los hostigamientos de algunas fuerzas políticas de la izquierda respecto al papel de la Iglesia católica española ha hecho bascular la mirada de algunos obispos y de no pocos fieles hacia el “amparo” de la derecha política, aunque en épocas anteriores tambien hubo diferencias con el PP y, sobre todo, con José María Aznar. La Iglesia, sin embargo, no debe ser correa de transmisión de ningún partido político y ni siquiera aplaudir ciertas opciones políticas porque coyunturalmente le sean más favorables. Esa Iglesia debe ser amparo y refugio de todos, incluso de los pecadores, y de los alejados, en la espera de que, un día, vuelvan.

LLEVARSE MEJOR CON LA DERECHA

Siempre ha sido un motivo de difícil análisis porque obispos y clérigos se llevan mejor con los partidos de la derecha, cuando, sin embargo, el mensaje más transparente de Jesús de Nazaret es aquel que se acerca a los pobres, a los desheredados, a los más débiles. Y eso es lo que, mejor o peor, defiende la izquierda. De ahí tampoco se entiende como esa misma izquierda recela de la Iglesia cuando su mensaje liberador podría parecerse al suyo. El encontronazo histórico entre la Iglesia y el Liberalismo fue evidente y hoy, con una cierta perspectiva histórica no tiene el menor sentido. Pero se defendió a las monarquías absolutas frente a lo “disoluto” de las nuevas ideas liberales. De esos movimientos liberales surgió la Declaración de los Derechos Humanos que, hoy, nadie combate. El Concilio Vaticano II dio un giro importante al Rebaño de Cristo que se situó en esos parámetros de libertad, igualdad y de pasión por los más pobres y desheredados. Ciertamente, que ese nuevo planteamiento hizo que algunas fuerzas políticas ultraizquierdistas quisieron suplantar la acción pacífica de Jesucristo e utilizar a la Iglesia para sus fines.

Existen, por tanto, contradicciones, y algunas importantes, pero que a veces no lo son tanto. Cuando se habla de la “cultura de la vida” desde la Iglesia y se condena el aborto, desde el otro lado se dice que la jerarquía no condena la pena de muerte. Ahí lo que tenía que surgir es una explicación más amplia por parte de la jerarquía. Y dicha explicación no es otra que tanto Juan Pablo II, como Benedicto XVI, han ido pidiendo en casos concretos moratorias contra la aplicación de la pena de muerte en algunos Estados como paso previo para conseguir que todos estos Estados que tienen relación con el Estado Vaticano lleguen a la abolición de la pena de muerte. No se explica esto, tal vez por prudencia.

En cuanto al aborto es muy difícil para cualquier conciencia considerarlo solo como una acción terapéutica, cuando lo que se hace es destruir un ser vivo y terminar con la existencia de un ser humano. Una sociedad adulta y políticamente justa debería analizar este tema y llegar a su erradicación. Quienes se declaran defensores a ultranza de los débiles deberían ser quienes tendrían que intentar cambiar sus ideas y sus conciencias al respecto de considerar el aborto como solamente un derecho o una cuestión sanitaria. Se rompe una vida de un indefenso. Hay muchas personar, contrarias al aborto, que consideran que el mayor problema es que la sociedad no lo vea como un crimen, como la destrucción de una vida humana y sus mayores esfuerzos se dirigen a que cambie ese concepto, desgraciadamente, muy generalizado en la mayoría de las sociedades. Y hacen bien. Y además es un tema prioritario. Pero a veces se llega al exceso de ver en el problema del aborto lo único que justifica la lucha de los cristianos por la justicia. Hace unos meses una noticia procedente de Latinoamérica decía los niños abortados son los pobres de este tiempo. Se quería desviar la atención hacia la pobreza que, desde luego, es muy importante en Iberoamérica. Y es que hay cristianos que no les gusta la pobreza, ni verla de lejos, ni mucho menos, luchar para erradicarla, porque, probablemente, los agentes que provocan la pobreza y la opresión económica están cerca de ellos. No podemos dejar de luchar por los pobres, de ayudarlos, de entregarnos por ellos. Y además de trabajar para que el aborto se vea en su autentica dimensión: como un fracaso colectivo del género humano, que permite el sacrificio de sus propios hijos.

NO SE TRATA DE “CENTRAR” A LA IGLESIA

No se trata, pues, de “centrar” a la Iglesia católica. Se trata de ella como Madre cuide de todos sus hijos, incluso de los que parece que hoy discrepan con ella. Cada vez son más necesarios los foros de discusión en que se analicen las cuestiones reales de nuestro tiempo en función de la fe en Jesucristo. La grandeza del Concilio Vaticano II es que enmendó con gran humildad y gran sentido de la justicia actitudes que no eran propias de un rebaño fundado por Jesús de Nazaret. Y a ello se llegó con un enorme debate que dio muchos frutos. El retroceso no debe producirse. ¿Qué hubo abusos? Sinceramente he decir que en el interior de la Iglesia católica, de la Iglesia que vive en comunión con el Sucesor de Pedro, pocos, muy pocos. Fuera, tal vez. Por eso lo que no puede hacer la jerarquía, hoy, es cambiar por lo que han hecho otros o, en el caso de España, tomar aproximaciones políticas de unos, porque los otros no hacen caso e, incluso, agraden.

Suponemos, por otra parte, que tampoco hay que dramatizar en demasía. El Espíritu Santo acompaña a la Santa Iglesia y le ayuda a tener siempre el camino adecuado. Esa es nuestra esperanza, hoy más que nunca, ya que nos quedan menos días para llegar a un nuevo Pentecostés. A esa fiesta del Espíritu que celebramos todos los años, con alegría y esperanza, con la misma que desplegamos hace tres semanas en la Vigilia de Resurrección. ¡Jesús, vivo, está con todos nosotros, con todos!