CONFIDENCIAS DE BENEDICTO XVI

Por Ángel Gómez Escorial

En los ambientes cercanos a la Compañía de Jesús circula muy ampliamente un rumor, o una leyenda, o un hecho real, que pudo surgir en la conversación mantenida entre el Papa Benedicto XVI y el padre Peter-Hans Kolvenbach, Prepósito General de los jesuitas. Era el primer encuentro entre el recién proclamado pontífice y el sucesor de Ignacio de Loyola. Ya el padre Kolvenbach le dijo, como una reflexión, que había pensando dejar el gobierno de la Compañía, aunque, claro está, le gustaría –aunque no fuera en ese momento—conocer la opinión del Papa, respecto al cual los jesuitas profesan un voto de obediencia. Parece que el Papa Ratzinger no le contestó directamente, pero le habló que el mismo, si llegaba a los 85 años, pensaría en ver si podría haber sucesión para el Pontífice. Con una cosa así –y eso dicen-- Peter-Hans Kolvenbach prefirió no seguir hablando del tema.

Hemos celebrado en estos días –el lunes 16—el cumpleaños del Papa. Tiene ochenta años y exhibe una excelente forma, que, por ejemplo, le permitió terminar el Via Crucis del Coliseo romano con un discurso improvisado, que, sin duda, puso en algún aprieto a los encargados de transmitir –urbi et orbi—dicha ceremonia por televisión. Y eso demuestra que Benedicto XVI no sigue las pautas preestablecidas y que hace –sin duda—lo que el Espíritu Santo le indica. Personalmente, no sé la autenticidad de los términos de esta conversación, solo que la he oído en ambientes jesuíticos. Y no se olvide que siempre ---y sobre todo en Roma—hay mucho rumor en torno a la Sede Apostólica. Todos los días llega alguno.

Sin embargo, si me hace reflexionar sobre la autonomía de Benedicto XVI en sus decisiones, independientemente del consejo que reciba de sus colaboradores más cercanos; o, también de los deseos más queridos de algunos grupos o personas influyentes. Se dice que el Papa Benedicto no ha contentado a todos. Ni siquiera a aquellos que creían que la elección del Cardenal Ratzinger beneficiaría a sus opiniones e intereses. Pero me da la impresión de que tampoco Juan Pablo II gobernó al gusto de todos, casi bien al contrario. Y Pablo VI tuvo que luchar denodadamente contra un exceso de tendencias y presiones. Y, desde luego, el beato Juan XXIII superó cualquier expectativa posible con la convocatoria del Concilio Vaticano II.

¿Y si se jubilara Benedicto XVI a los ochenta y cinco años? Pues creo que no pasaría nada. Y que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo seguiría su camino sin problemas. Ya he explicado alguna vez que tuve una fuerte intuición, durante mi presencia en el Aula Pablo VI, durante una audiencia del siempre recordado Juan Pablo II, de que lo importante era el Pontificado y mucho menos las personas que habían recibido la enorme dignidad de ser Vicarios de Cristo. De todos modos, ¿quién puede hacer planes a cinco años? Creo que razonablemente nadie. Las cosas cambian y cada momento tiene su decisión. Pero la anécdota, el rumor, o el hecho real, que cuento tiene su interés. O, al menos, eso me ha parecido.