LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: LA VERDAD Y LA MENTIRA
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

"Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza". (Sb 2,19).

A pesar de todos los desprecios y humillaciones con los que los impíos intentan someter al justo, éste permanece fiel a su entrega y obediencia al designio de Dios sobre él. Esta determinación exaspera a sus enemigos por lo que deciden dar una vuelta de tuerca en su actitud opresora y desafiante. Nos los imaginamos deliberando entre ellos, maquinando nuevos ultrajes sobre él hasta que dan con la solución: Ya que permanece firme en la exclusión a la que le hemos conducido, vamos a derribar su entereza por medio del tormento. Si es necesario, le conducimos hasta la muerte, a ver si entonces, al ver su vida en peligro, mantiene su temple y fidelidad.

Como ya venimos observando en los versículos precedentes, estas maquinaciones contra el justo son una visión profética acerca de los padecimientos que colman la vida y misión del Mesías, el enviado del Padre para la salvación de Israel y del mundo entero.

El autor de la carta a los Hebreos se hace eco de la figura del Mesías, Jesús, al que presenta envuelto en la ignominia. Sobre Él recayeron todas las fuerzas del mal, y que fueron desatadas por la impiedad que habita en el hombre. La ignominia de los seres humanos levantó al Hijo de Dios hacia la cruz presentándole ante todo el pueblo como el más miserable e impío de Israel: "Fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo"(Hb 12,2-3).

Fijémonos en que el autor presenta este texto para animar a los primeros cristianos que, sin duda, estaban sufriendo en su carne toda clase de vejaciones, injusticias, persecuciones e, incluso, la muerte, por el hecho de haber abrazado la fe. Habían adherido sus vidas al Señor Jesús, y ante la encarnizada persecución que se desató contra ellos, les fortalece y anima a perseverar. Les exhorta con estas palabras: "Fijaos en Él, en la trayectoria de su vida, para que vuestro ánimo, vuestra fe y vuestra esperanza no desfallezcan".

Tal y como hemos leído anteriormente en el texto bíblico, el Señor Jesús cargó a lo largo de su vida con una contradicción que podríamos llamar inaudita. Por una parte "le esperaban"; mas cuando se manifestó ante el pueblo como luz para iluminar los corazones y las intenciones ocultas, fue rechazado. Le esperaban como el Santo de Yahvé; mas cuando impulsó a los hombres a seguir un camino con el fin de hacer verdaderamente la voluntad de Yahvé, la reacción fue considerarlo endemoniado (Jn 10,21). Como culmen, acusaron al enviado de Dios de ser blasfemo y, por lo tanto, acreedor de la muerte: "...Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Respondieron ellos diciendo: Es reo de muerte" (Mt 26,65-66).

Precisamente por esto, por nuestra permanente doblez de corazón, murió el Hijo de Dios. Murió para sanar al hombre, para sanamos a todos de la Mentira, que ha asentado su trono en nuestro corazón y en nuestro espíritu.

El Señor Jesús tiene conciencia clarísima de que sólo con su muerte va a ser posible la reconstrucción del hombre. Sólo con el ofrecimiento de su muerte y consiguiente envío del Espíritu Santo, el ser humano será provisto de la capacidad para llamar, si es que realmente lo quiere, a cada cosa por su nombre. A partir de la Sabiduría de Dios que emana del inagotable manantial de aguas vivas que es su Evangelio, el hombre podrá llamar verdad a la verdad y mentira a la mentira.

Jesucristo se encamina hacia la muerte no como un fracasado sino como vencedor. Su obediencia al Padre hasta la muerte trae como resultado que el hombre sea santificado en la verdad. Jesús sabe y tiene conciencia de este don del que es portador. Es así que en el impresionante diálogo-oración que tuvo con el Padre durante la última cena, es decir, horas antes de ser llevado a la pasión, de sus labios sale esta súplica a favor nuestro: "...Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad... por ellos me santifico a mí mismo para que ellos también sean santificados en la verdad" (Jn 17,17-19).

El apóstol Pablo nos ofrece en la primera carta a los Corintios una catequesis magistral en la que pone de relieve que la santificación del hombre es un don de Dios alcanzado por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Señala con fuerza este don para que nadie se gloríe en sí mismo sino que se gloríe en Dios: "...De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor" (l Co 1,30-31).