Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
8 de abril de 2007

La homilía de Betania


1- ¡SU SUERTE, ES NUESTRA SUERTE! ¡RESUCITÓ! ¡ALELUYA!

Por Javier Leoz

2. - DIOS HA CREADO AL HOMBRE PARA LA VIDA INACABABLE

Por José Maria Maruri, SJ

3.- MARÍA MAGDALENA FIGURA RELEVANTE DE LA PASCUA

Por Antonio García Moreno

4.- ¡ALELUYA! CRISTO HA RESUCITADO ¡ALELUYA!

Por Jesús Martí Ballester

5.- DIOS CUENTA CONMIGO

Por José María Martín OSA

6.- EL CUERPO GLORIOSO DEL SEÑOR JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL EXTRATERRESTRE

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ¡SU SUERTE, ES NUESTRA SUERTE! ¡RESUCITÓ! ¡ALELUYA!

Por Javier Leoz

Los ojos de la fe contemplan la gloria del Señor. Sólo, los que se asoman al sepulcro vacío, en esta mañana de Pascua, pueden –podemos- entender, el secreto de este Misterio: ¡El gran milagro de Dios! ¡La Resurrección de Cristo!

Estamos, todavía impresionados por la Vigilia Pascual; hemos querido prepararnos para el gran acontecimiento en el que está fundamentada nuestra fe: ¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

-Hoy, en el día del Señor, arranca nuestro propio día; hoy, en el día eterno del Señor, se comienza a levantar nuestro propio día eterno; hoy, en el sepulcro abierto del Señor, comenzamos a buscar las llaves del sepulcro de cada uno de nosotros: ¡ya no estarán cerrados para siempre! ¡Viviremos! ¡Resucitaremos!

-Hoy, con la Resurrección de Jesús, comenzamos nuestro propio peregrinar hacia la Ciudad Santa. No podemos estar tristes. Los peregrinos tienen una meta y, nosotros, ya tenemos la nuestra: la gloria del Señor, la vida eterna.

2.- La alegría de las santas mujeres, en la mañana de la Pascua, la tenemos también nosotros en este día. Felicitamos al Señor en el momento de su gran trofeo: la resurrección. Felicitamos al Señor porque, su conquista sobre la muerte, es una batalla ganada para todo hombre, para todo bautizado, para todo aquel que, desde la fe y movido por el Espíritu Santo, quiera seguir los caminos del Señor que conducen a la eterna Pascua.

3.- ¿Entendemos ahora el fin de la Cuaresma? ¿Nos hemos preparado –como deportistas en la fe- a este momento culminante, a este gran final? ¿Vemos con los ojos de la fe? ¿Tenemos un corazón sensible y dispuesto para buscar las cosas de arriba sin quedarnos en el piso firme?

Hoy, es la mañana con la luz más radiante para toda humanidad. La Resurrección del Señor lo penetra todo. Lo invade todo. Lo explica todo. Por ella, por la Pascua, merece la pena cambiar y volver de caminos equivocados. Es el momento adecuado para morir, en aquello que tengamos que morir, si hemos de vivir con el que queremos vivir para siempre. La suerte de Cristo (¡qué gran suerte!) es la nuestra: ¡Viviremos con El!

Hoy, es la mañana de luz, donde germina la fe en el Resucitado. Una fe que se enriquece y se hace más fiable cuando recordamos lo que, Jesús, camino de la Pascua nos ha sugerido: amor, conversión, oración, adoración a Dios. En definitiva, buscando y modelando con todas las consecuencias, una vida nueva.

4.- Que tengamos la suerte de encontrarnos con el Señor. No tengamos miedo en asomarnos al sepulcro vacío. El vacío está lleno de una gran presencia: la mano de Dios. Un Dios que actúa para la salvación del hombre. Un Dios que sorprende, como siempre lo hace, a todo aquel que, amándole, no se deja llevar o vencer por otros dioses de tercera. ¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

5.- ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN HERMANOS!

¡Feliz día de la luz!

¡Feliz día en el que amanece

un nuevo horizonte para el hombre!

¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

 

Esta felicidad, hermanos, no es igual que la del resto del año:

¡Ésta nos rescata de la tristeza!

Esta felicidad, hermanos, no es la misma

que –sin sentido- nos deseamos en la noche final del año:

 

¡Ésta es felicidad para siempre, no es para uno año.

Es para el cielo, para todos!

Esta felicidad, hermanos, no la da el licor,

la música, ni la superficialidad:

¡Ésta viene como portento

y horas grandes de Dios en la tierra!

 

Esta felicidad, hermanos, no surge de las pequeñas movidas que nos montamos:

¡Ésta viene de lo más profundo del corazón de Dios!

Esta felicidad pascual, hermanos,

no es deleitada por los dulces de cada día:

 

¡Este “felices pascuas” arranca de nuestro deseo de ser hombres nuevos!

Este deseo “felices pascuas” no nace del egoísmo:

¡Éste viene del amor de Dios sin condiciones!

Este aleluya, brillante y vibrante, triunfal y armonioso

no es entonado por instrumento humano:

¡Es ejecutado por la fe que nos anima

a creer en el Resucitado!

 

¡Aleluya, amigos todos!

Teniendo a Jesús por delante:

un sepulcro vacío

unas mujeres que reconocen al Maestro

unos discípulos, con virtudes y defectos

una Virgen que contempla emocionada a Jesús vivo;

no tenemos derecho al desaliento

no existe habitación para el temor

no podemos dar la mano al pesimismo

 

No hay lugar para la muerte ni para las noches oscuras

¡Jesús ha resucitado!

¡Jesús ha prometido lo que cumplió!

¡Jesús es la alegría del mundo!

¡Jesús es el final de la muerte!

¡Jesús es el principio de de la vida eterna!

¡Jesús es la razón de nuestra espera!

¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Mil veces aleluya!

¡Ha resucitado, el Señor!

¡Bendita la mañana que nos trajo tal noticia!


2. - DIOS HA CREADO AL HOMBRE PARA LA VIDA INACABABLE

Por José Maria Maruri

1.- Andamos a hachazos con los tabúes. Somos hombres libres, no podemos permitir tabúes que nos hagan seres reprimidos y hemos arremetido con el tabú del sexo, destrozando la dignidad humana y la familia. Y el tabú del porro y la droga. Queremos echar atrás y no podemos. Y el tabú de padres y maestros, y cada vez es más fuerte la autoridad policial.

Pero hay un tabú del que nadie se atreve hablar: la muerte. Porque sólo hablar de él nos transforma en seres reprimidos. Se habla de apresurar la muerte, mediante la eutanasia, de aquellos que son “inútiles”. Se les pone cuanto antes bajo la pesada losa del tabú de la muerte, sin librarles de él.

2.- Sólo ha habido un hombre en la Historia que se ha atrevido a hablar contra el tabú de la muerte. Es aquel que se ha llamado a sí mismo: Verdad y Vida, Resurrección y Vida. El que ha prometido Vida Eterna al que cree en Él.

Él es el único que nos puede prometer que esta vida nos conducirá, a través de la muerte, a otra Vida Inacabable. Él mismo pasó por esa experiencia.

A lo largo del Viernes Santo todo se va oscureciendo. Va perdiendo luz y vida:

—Desaparece el flash de los milagros.

—Desaparecen los gritos alegres de los que proclamaban Hijo de David.

—Con los tormentos, la humanidad de Jesús va perdiendo colorido.

—Los soldados oscurecen sus ojos vendándolos con un trapo.

—En el Calvario el sol se oscurece.

—Y llegan las tinieblas definitivas a la oscuridad de un sepulcro abierto en piedra. Cerrado como una losa y sellado.

Jesús no escamotea. La muerte la pasa y la vence. No nos enseña a morir dignamente, sino a convertir esa misma muerte en un paso entre dos vidas. Un puente que une la orilla de la vida mortal con la vida eterna. Al transformar esa muerte en el mero traqueteo del tren cuando entra en agujas de la estación eterna y definitiva de esa tierra nueva que no acaba. Una muerte que simboliza la transformación del grano de trigo en una maravillosa cosecha. Transformación de un gusano de seda en una maravillosa mariposa llena de vida.

3.- Por eso, ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

—No es en el sepulcro.

—No es en la oscuridad.

—No es en la tristeza.

—en caras largas.

—No es todo lo que paraliza al hombre donde el Señor Dios está.

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

4.- A Dios se le encuentra. No en la inmovilidad del cadáver, sino en la agitación de aquellas mujeres que corren a dar la buena noticia a los Apóstoles.

A Dios lo encuentra María no dentro del sepulcro sino en medio de una explosión de flores y plantas en el jardín.

A Dios se lo tropiezan los caminantes de Emaús al aire libre cuando van deprisa siguiendo su camino.

A Dios lo palpan los Apóstoles en una reunión de hermanos en el cenáculo y no en la soledad de la tumba.

Es en medio de la vida donde está Dios. Como siempre estuvo Jesús en el bullicio del templo o en banquetes de amigo, que por eso le llamaron comilón y borracho.

Dios quiere la felicidad del hombre y lo ha creado, no para la muerte, sino para la vida.

5.- Este es el mensaje de la Resurrección: en la muerte hay vida:

—Como en la muerte de la semilla está la fecundidad de una planta.

—Como la explosión de una estrella en el espacio produce luz para millones de años.

Tanto en la muerte de Jesús, como en la nuestra, hay una explosión de vitalidad que tiende al infinito.

6.- Si creemos esto, entonces ¿a qué vienen esas caras? ¿Por qué nos aburre ser cristianos? ¿Por qué quisiéramos no haber tenido Fe? ¿Por qué llevamos a rastras nuestra vida cristiana?

Vida es movimiento que nace dentro. El canto rodado de los ríos se mueve porque le empujan. Eso no es vida. Vida es la del salmón que nada contracorriente para dejar, allá en lo alto, un nuevo principio de vida.

¿Nos movemos o nos arrastran? ¿Vivimos como peces en pecera respirando con dificultad para amanecer una mañana, panza arriba, sin vida?


3.- MARÍA MAGDALENA FIGURA RELEVANTE DE LA PASCUA

Por Antonio García Moreno

1.- "Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Le mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos los hizo ver..." (Hch 10, 39-40) Ya pasaron las oscuras nubes de la muerte, ya se disipó el negro horizonte que oprimía el corazón del hombre. Las cadenas se han roto, el humo de la tristeza se ha esfumado. Ha nacido la luz, ha brotado la esperanza. Cristo ha resucitado. Él es prenda segura de nuestra propia resurrección... Señor, si difícil nos resulta entender tu muerte, más difícil aún resulta entender tu resurrección. Y si incomprensible es aceptar el valor del dolor y la muerte, más, casi imposible, es aceptar la resurrección. Sin embargo, Cristo ha resucitado y nosotros también resucitaremos: la vida no se acaba con la muerte. Con la muerte es cuando realmente comienza. Una vida sin lágrimas, sin penas, sin dudas, sin angustias, sin prisas, sin dolores, sin miedo a nada...

"Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos" (Hch 10, 42) Su mandato fue categórico. Seréis mis testigos desde Jerusalén hasta los confines de la tierra, hasta los límites finales del tiempo. Un pregón vivo que se repite vibrante a lo largo y a lo ancho del mundo y de la historia. Sin apagarse jamás esa luz fuerte de la fe en la resurrección. Prendiendo fuego en las ramas de todo los bosques de la Humanidad. El fuego que Cristo ha prendido ya. Y entre luces y sombras, el fuego continuará vivo, quemando, transformando, encendiendo amores extraños y maravillosos en los mil pétalos de la rosa de los vientos.

El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben el perdón de los pecados. Creer en ti, Señor, creer sin ver, sin meter la mano en la herida de tu costado. Creer en tu palabra. Amarte sin más. Señor, somos débiles, torpes, ciegos, romos. Ten compasión, deja oír tu voz en el fondo de nuestra alma, repítenos en el silencio del alma tu saludo entrañable: Paz.

2.- "Este el día en que actuó el Señor..." (Sal 117, 1) A veces podemos pensar, como quien consiente en un mal pensamiento, que Dios permanece inactivo, indiferente ante el acontecer de los hombres, permitiendo que cada uno haga lo que quiera, dejando que el mal se extienda por el mundo sin poner freno a cuantos lo propugnan. Durante la pasión de Cristo se podría haber pensado que así ocurría. En efecto, los enemigos de Jesús lo apresaron sin que él opusiera la menor resistencia. Luego se burlaron sin que el Padre interviniera lo más mínimo en favor de su Hijo Unigénito. El Señor no pronuncia la menor palabra de protesta. Se queja, sí; pero sin que ello implique una rebeldía. Todo eso entraba en los planes divinos. Mientras, habría un compás de espera. Luego, cuando llegara el momento preciso, la piedra del sepulcro rodaría para dar paso al cuerpo glorioso de Jesucristo, ante el asombro y el temor de los guardianes que nada podían hacer ya en contra de ese crucificado que volvía radiante de las entrañas de la tierra.

"Sea nuestra alegría y nuestro gozo" (Sal 117, 1) Lo mismo que ocurrió en el caso de Jesús, puede ocurrir en nuestra vida. Efectivamente, puede ser que haya momentos en los que todo se nos ponga en contra, situaciones en las que el mal parezca triunfar sobre el bien, la injusticia sobre la justicia, la mentira sobre la verdad. Todo como si Dios no existiera, o como si existiendo, de nada se preocupara, o nada pudiera hacer para evitarlo.

Desechemos esos pensamientos, apoyémonos en la fe, reforcemos la esperanza, estemos seguros de que Dios actuará para imponer la justicia, para hacer brillar la verdad. Cuando lo crea oportuno desplegará el poder de su brazo y el triunfo del bien será seguro. Entonces no habrá obstáculo que se le resista, no habrá fuerza que se le contraponga. El gozo de nuestra misma resurrección. Y así, pase lo que pase, siempre hemos de vivir seguros, optimistas y serenos, conscientes de que aunque parezca que tarda, Dios actuará siempre a tiempo.

3.- "Hermanos: ya que habéis resucitado con Cristo..." (Col 3, 1) ¿O ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados para participar en su muerte? Con él -sigue el Apóstol-, hemos sido sepultados en el bautismo, para participar en su muerte, para que como él resucitó entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en él por la semejanza con su muerte, también lo seremos por la de su resurrección.

Somos cristianos. Una verdad de perogrullo, algo que todos nos sabemos de memoria. Sin embargo, se nos olvida lo que eso significa, lo consideramos como algo natural, algo que hemos recibido sin más... No seamos superficiales, tomemos conciencia de que el ser cristiano implica unas consecuencias trascendentales, lleva consigo unas exigencias concretas, supone un destino glorioso, una vida distinta, sobrenatural.

Seamos consecuentes, seamos leales, seamos honrados. Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Entonces empezaremos a comprender, a gustar, lo que de verdad quiere decir ser cristiano.

"Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo, escondida en Dios" (Col 3, 3) Parecen palabras contradictorias. Por un lado nos dice el Apóstol que hemos muerto, y por otro, nos asegura que vivimos. Sin embargo, si reflexionamos en lo que quiere decir comprenderemos que no hay contradicción en sus palabras, sino todo lo contrario. Por una parte, hemos muerto a lo que hay de malo en nosotros mismos. Desde el momento en que hemos creído en Jesús, hemos roto con el pecado, hemos rechazado cuanto de innoble, de deshonesto, cuanto de vergonzoso hay en la vida humana. Y, por otra parte, hemos comenzado a vivir de cara a Dios, de cara a la luz, reafirmando cuanto de limpio y de bueno existe en la tierra, tratando de vivir todo lo que realmente es valioso.

Hay en el cristiano como un trasvase de muerte y de vida. Así en la medida en que muramos con Cristo a todo lo que es malo y feo, en esa misma medida viviremos cuanto de bueno y de bello existe. Morir a uno mismo cada día, destruir nuestras pasiones, machacar nuestro orgullo, matar nuestro egoísmo para poder morir. Y al mismo tiempo vivir, vivir siempre, sin que nada oscurezca la luminosidad de nuestra esperanza, sin que nada nuble la claridad esplendente de esta Pascua perenne que es la vida, y la muerte, de un cristiano.

4.- "El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer" (Jn 19,1) María Magdalena es una de las figuras más relevantes en estos días de la Pascua. Ella fue la que descubrió que el sepulcro estaba vacío y corrió a anunciar a Pedro lo que ocurría. Luego, arrasados los ojos por las lágrimas, contemplará a su divino Maestro muy cerca y podrá besarle los pies. Era tan grande su amor por Jesucristo que, ya al amanecer, había ido al sepulcro para estar junto al cuerpo yaciente de su Amado. Todos los pecados de su vida, con ser tantos, no pudieron apagar su confianza y su amor. Al contrario, cuando descubre a Cristo, todos aquellos pecados son un motivo hondo y firme para querer más y más al Hijo de Dios, que le había perdonado y defendido. En esta mujer apasionada vemos la fuerza del amor de quienes, a pesar de sus muchos pecados, son capaces de mirar arrepentidos a Dios.

Pedro y el Discípulo amado corrieron para ver qué había pasado. También ellos eran de los que supieron amar con toda el alma al Maestro. Tampoco a Pedro le detienen sus pecados. Él había traicionado a Jesús, pero eso en vez de frenarle, le empuja para encontrar a su Señor y pedirle humildemente perdón, seguro del amor de Jesús que le perdonará. Así, fue, en efecto. Y no sólo le perdonó, sino que lo confirmó en su posición de Vicario suyo y Príncipe de los Apóstoles. Una vez más el amor realiza el prodigio maravilloso de una profunda esperanza y de una fuerte fe en el amor divino.

El Evangelio se refiere con detalle lo que allí vieron. Es tan precisa la narración, que desecha cualquier explicación fantástica. El realismo del relato hace inadmisible cualquier interpretación no histórica. La gran sábana que había envuelto el cuerpo de Jesús estaba plegada. Esto bastó para que Juan comprendiera que Jesús había resucitado. Si el cuerpo de Cristo hubiera sido robado, la sábana no estaría doblada como las encontraron, ni tampoco el sudario de la cabeza estaría sin desenrollar. Según el rito funerario judío, el cadáver era envuelto con lienzos en forma de una sábana grande. Por eso al verla plegada, como vacía y aplanada, no desliada sino todavía plegada, Juan comprendió que el cuerpo de Jesús había salido de ellas de forma milagrosa, sin romperlas y casi sin tocarlas.

De todas formas, es la fe la que apoya nuestra persuasión en que Cristo ha resucitado. Es cierto que tanto san Juan como los demás evangelistas, nos hablan con claridad de las apariciones de Jesús y de cuánto les costó a los apóstoles aceptar esta verdad. Es decir, tenemos fundamento más que suficiente para sostener que Jesús resucitó; pero, en definitiva, sólo por la fe se puede aceptar este hecho y todas las consecuencias que se derivan. Ello explica los ataques contra esta verdad suprema, y también la decidida defensa que la Iglesia hace de esta verdad histórica.


4.- ¡ALELUYA! CRISTO HA RESUCITADO ¡ALELUYA!

Por Jesús Martí Ballester

1. Estaban satisfechos los enemigos de Jesús porque creían que todo había terminado. Jesús se había convertido en una pesadilla para ellos. Ahora, ya están tranquilos. También los amigos de Jesús creían que con su muerte había llegado el final. La fe de todos se tambaleó. Sólo María, la Madre de Jesús, se mantuvo firme, sin ninguna sombra de vacilación. La vela del tenebrario que queda encendida después de todas apagadas en maitines. Se lleva detrás del altar y se saca después. Es la fe de María. María Magdalena no hacía más que llorar. Para ella nada tenía ya sentido. Jesús ya no está con ellos. Su cadáver está en el sepulcro. Ella hacía poco tiempo que había derrochado una fortuna para ungirle con perfume. Judas la criticó y Jesús la defendió porque le había perfumado proféticamente ungiéndole para la sepultura. El viernes, a las tres de la tarde, todo se había consumado. José de Arimatea y Nicodemo le amortajaron y le enterraron. María Magdalena quiso perfumarle también, después de muerto, una vez transcurrido el descanso legal del Sábado judío.

2. Cargada iba de perfumes y llorando camino del sepulcro del Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de alegría. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio el sepulcro abierto y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro! Juan 20,1.

Corriendo ha ido a anunciar lo que ha visto a los Apóstoles. Pedro y Juan escuchan y reciben el mensaje de María Magdalena y van corriendo al sepulcro. "Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó". Sólo en esta ocasión dice el Evangelio que alguien cree en la Resurrección al ver el sepulcro vacío. El evangelista tiene en cuenta que la mayoría de lectores a quienes no se les ha aparecido Cristo Resucitado, han de creer sin haberle visto. Juan quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto el sepulcro vacío, y antes de sus apariciones personales, no es necesario verle resucitado, para creer en la resurrección.

Para él fue un hecho inesperado, insólito, nuevo: "No había aún entendido la Escritura que dice que Él había de resucitar de entre los muertos". Los Apóstoles se fueron. Y María se quedó junto al sepulcro, llorando... "Se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: "¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?". -"María". -"Maestro" (Jn 20,11). Cristo se aparece a una mujer, porque como fue una mujer la causa del pecado de Adán, ha de ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por tanto, la liberación del pecado.

"Jesús le dijo: "Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis hermanos y diles que subo al Padre mío y vuestro" (Jn 20,17) María deja alejarse a su Amado. San Juan de la Cruz cantará con voz sublime el alejamiento del Amado: "¿Adónde te escondiste, Amado, - y me dejaste con gemido? -Como el ciervo huiste - habiéndome herido, - salí tras ti clamando - y eras ido".

3. Otra vez María en busca de los discípulos. El amor es activo, no puede estar quieto. "Qui non zelat non amat", dice San Agustín. El encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarle. La experiencia de la belleza y del amor impone psicológicamente la comunicación de lo que se experimenta, de lo que se goza. Por eso sólo puede anunciar a Cristo con fruto, quien ha experimentado su amor. Los apóstoles son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el que bien conocían, vivo entre ellos después de su resurrección. Vieron que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos, conversando con ellos, comiendo con ellos. No anunciaron una idea de la resurrección, sino al mismo Jesús resucitado, con una nueva vida, que no era retorno a la mortal, como Lázaro, sino inmortal, la vida de Dios. Ha vencido a la muerte y ya no morirá más.

4. Pedro, testigo de la resurrección, repite una y otra vez: "que lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Los que creen en él reciben el perdón de los pecados" Hechos 10,34. En consecuencia: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra" Colosenses 3,1.

Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la resurrección habría sido inútil. María Magdalena hizo, como Juan y Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar. Es el mejor remedio para curar la depresión. San Ignacio aconseja "el intenso moverse" contra la desolación (EE 319). De esta manera, la sabia colaboración de todos, ha conseguido la manifestación de Cristo Resucitado.

5.- Proclamemos que "este es el día grande en que actuó el Señor: sea el día de nuestra alegría y de nuestro gozo" Salmo 117. Exultemos de gozo con toda la Iglesia, porque éste es el gran día de la actuación de las maravillas de Dios. "¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?" (Pregón Pascual).

Y así como Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La resurrección se va haciendo momento a momento. Es como el crecimiento de un árbol, que no crece de golpe, sino imperceptiblemente. Tendremos tanta resurrección cuanta muerte. Con el auxilio de la gracia siempre actuante en nosotros. "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, Señor Jesús".


5.- DIOS CUENTA CONMIGO

Por José María Martín OSA

1. - ¡Dios lo resucitó!, exclama pedro. Los discípulos entendieron la Escritura y se dieron cuenta de que aquel Jesús crucificado había vencido la muerte. Por eso hoy los discípulos del siglo XXI podemos también decir que Jesús nos ha dado nueva vida. Porque El es El Viviente que nos vivifica. Jesucristo ha roto las cadenas de la muerte. No hay que temer, no hay que temer nunca más. Es cierto, es verdad....Señor Jesús has resucitado, ya no tengo miedo porque Tú eres mi luz y mi salvación.

2. - A pesar de los pesares, del dolor, del fracaso de las tentaciones, de la soledad y de la agonía de Getsemaní, a pesar de la droga y el sida, de la guerra y de los atentados terroristas, confío en Ti, Señor. Gritemos todos: ¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia! La muerte es la puerta de la vida. Es lo más grande que nos ha podido pasar. ¡Qué difícil es entender esto! ¡Oh Jesús, la vida es misterio, la muerte es misterio! No entiendo muchas cosas, me desbordan los acontecimientos, me ahoga el no saber, el no poder, la impotencia ante tanta injusticia y tanta sinrazón, tu silencio muchas veces....Pero yo Señor confío en Ti, pues Tú eres mi salvación.

3. - Hoy hemos visto y hemos creído y por eso damos testimonio como Pedro. Se hacen realidad las promesas mesiánicas: "Hoy empieza una nueva era, las lanzas se convierten en podaderas, de las armas nacen arados y los oprimidos son liberados". Todo este será posible si resucitamos contigo, si andamos en una vida nueva y buscamos los bienes de arriba. Yo proclamo mi fe en el Dios de la vida que ha resucitado a Jesús de entre los muertos. Jesús es el "Viviente", luz de luz, vida de la vida, primogénito de la nueva creación. Serviría de poco tu resurrección si yo no resucito contigo y vivo "mi Pascua", el paso de la muerte a la vida, del pecado y el desamor a la gracia y al amor. Tú has dado un nuevo sentido a la vida, ya no temo a la muerte.

4.- Ahora sé cuál es mi misión como colaborador del "Dios de la via":

"Sólo Dios puede crear,

mas tú puedes valorar lo que El creó.

Sólo Dios puede dar la vida,

mas tú puedes transmitirla y respetarla.

Sólo Dios puede dar la fe,

mas tú puedes testimoniarla.

Sólo Dios puede dar la paz,

mas tú puedes sembrar la unión.

Sólo Dios puede infundir esperanza,

mas tú puedes restituir la confianza al amigo.

Sólo Dios puede dar amor,

mas tú puedes enseñar a tu hermano a amar.

Sólo Dios puede dar alegría,

mas tú puedes sonreír a todos.

Sólo Dios es el camino,

mas tú puedes indicarlo a todos.

Sólo Dios es la luz,

mas tú puedes encenderla.

Sólo Dios es la vida,

mas tú puedes dar a otros la alegría de vivir.

Sólo Dios puede hacer lo imposible,

mas tú puedes hacer lo que es posible.

Sólo Dios se basta a sí mismo,

mas El prefirió contar contigo.


6.- EL CUERPO GLORIOSO DEL SEÑOR JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Es lógico que, en esta mañana hermosa de primavera, se nos agolpen los recuerdos de la noche anterior. La Vigilia es, siempre, una gran fiesta de luz y de oración. Hoy esta “Misa del Día” nos ha podido parecer la celebración más como las otras misas de otros días. Las lecturas son menos, y aunque destaca poderosísimamente el bello texto de la Secuencia, pues parece como si quedaran atrás esos relatos completos de la Pasión, como el Domingo de Ramos o el Jueves Santo, a las diez lecturas con sus correspondientes salmos de anoche.

Y, sin embargo, la conmemoración de hoy tiene la importancia de abrir otro periodo prodigioso de nuestro quehacer de cristianos: el Tiempo Pascual. Este tiempo no refleja otra cosa—y no es poco—que aquel periodo de cincuenta días en los que Jesús dio sus últimas enseñanzas a los discípulos. Les preparaba para algo más definitivo que era la llegada del Espíritu Santo. Y desde luego para su marcha a los cielos.

Pero para los discípulos, este Jesús que iba y venía, que aparecía y desparecía, no era el mismo. Era él. Pero no era igual. Su cuerpo glorificado, además de tener cualidades que desafiaban a nuestra “esclavitud” en el tiempo y el espacio, tenía otro aspecto. Sin duda, era el reflejo de la divinidad. Y al auspicio de ese brillo divino comenzaron a llamarle el Señor, el Señor Jesús. El término Señor sólo lo utilizaban los judíos para nombrar a Dios. Ya el prodigio de la Resurrección había quitado algunas –no todas—las escamas de los ojos de los discípulos. Se iba a operar, poco a poco, el milagro de su curación como ciegos de espíritu. Los ojos del corazón y de la mente se abrían a una nueva dimensión, impensable e increíble, pero que estaba ahí. Jesús había resucitado, pero ellos intuían que no era una vuelta a la vida con fecha de caducidad, como la nueva vida de Lázaro. Ese cuerpo glorioso que, aunque hasta cierto punto, les inquietaba, les añadía también una certeza de eternidad, jamás entrevista antes.

2.- El Evangelio de San Juan que hemos escuchado es una de las piezas más bellas del conjunto de los relatos evangélicos. Tiene mucho de lenguaje cinematográfico. El apóstol Juan, protagonista del relato de hoy, lo guardaba muy fresco en su memoria, no cabe la menor duda, ya que sería escrito muchos años, muchos años después, por él mismo, según la tradición. Pedro y Juan han escuchado a Maria Magdalena y salen corriendo hacia el sepulcro. Llega Juan antes. Corría más, era más joven. Pero no entra, tal vez por algún tipo de temor, o más probablemente por respeto a la jerarquía ya declarada y admitida de Pedro. Describe el evangelista la escena y la posición –vendas y sudario—de los elementos que había en la gruta. “Y vio y creyó”. Esa es la cuestión: la Resurrección como ingrediente total del afianzamiento de la fe en Cristo, como Hijo de Dios es lo que nos expresa Juan en su evangelio de hoy. Y es lo que, asimismo, nos debe quedar a nosotros, que hemos de contemplar la escena con los ojos del corazón, y abrirnos más de par en par a la fe en el Señor Jesús.

3.- El fragmento del capítulo 10 del Libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa ya la escena mucho tiempo después. El Espíritu ya ha llegado y Pedro sale pujante a la predicación. Eso todavía no era posible en la mañana del primer día de la Semana, del Domingo en que resucitó el Señor, pero está bien que se nos ofrezca como primera lectura de hoy, pues marca el final importante de este Tiempo Pascual que iniciamos hoy. La muerte en Cruz de Jesús, sirvió, por supuesto, para la redención de nuestras culpas, pero sin la Resurrección la fuerza de la Redención no se hubiera visto. Guardemos una alegre reverencia ante estos grandes misterios que se nos han presentado en estos días. Meditemos sobre ellos y esperemos: la gloria de Jesús un día llegará a nosotros mismos, a nuestros cuerpos el día de la Resurrección de todos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL EXTRATERRESTRE

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Imaginaos que existiera en otro lugar del universo un ser inteligente y que un día fuera capaz de entablar diálogo con los humanos. Como es de suponer, más que entretenerse en preguntar por masas, fuerzas físicas, formulas matemáticas o contornos corporales de los terráqueos, se interesaría por cosas trascendentes. La ley de la gravitación universal, se cumple en todos los astros, las inercias se suceden, las ondas se propagan etc., etc., y es de suponer que, todo ello y mucho más, es cosa conocida por un ser mismamente inteligente.

El ejemplo que os he puesto, ha sido recordando una inscripción y unos dibujos, que se enviaron en cierta ocasión a los espacios interestelares, por si algún ser capacitado lo encontraba. Genitales o números pi y e, no creo que les interesara demasiado, aunque es de lo que aquella plancha hablaba. Lo genuino, lo fabuloso, lo extraordinario, de la realidad de nuestro planeta, es que Dios se ha fijado en él con cariño y decidió plantarse en él, como en su casa. Él, que no necesitaba domicilio, se hizo una realidad corporal, revestida de alma y espíritu, convivió y se desveló por el bienestar de los que poblaban el planeta.

2.- Cuando el visitante se enterara de esto, sin duda querría saber más detalles. Cómo empezó la cosa, preguntaría, y le dirían que no se sabe exactamente el día, pero que se ha fijado en el 25 de marzo. ¿y qué hacéis esa jornada? Pues cada uno lo que quiere o puede, es un día de labor como otro cualquiera, se le respondería. ¿Y que más? Seguramente que le explicarían alguna cosa del nacimiento en Belén y se asombraría de la cantidad de tonterías que le contaban. Más le extrañaría la forma y las costumbres que en nada reflejaban la sencillez del hecho histórico. ¿y cómo acabó todo? Interrogaría. Alguien le contaría historias cargadas de sensiblerías. Espectáculos o procesiones. Posiblemente se referirían a la muerte y resurrección y cual no sería su pasmo al enterarse de que, los días que mas o menos coinciden anualmente con los que aconteció el más grande prodigio, la gente los aprovecha para viajar y los más afortunados a subir y bajar, una y otra vez, laderas cubiertas de nieve, como los niños se divierten en un tobogán. No os enfadéis, mis queridos jóvenes lectores, la historia que os cuento no es chiste es la realidad narrada con un poco de ironía.

3.- Si el extraterrestre fuera espabilado, con seguridad buscaría y rebuscaría por rincones de entre los valles y montañas, recorrería desiertos o se metería en antros pobres de poblaciones densamente pobladas. Encontraría entonces comunidades humanas ajenas a lo que le habían explicado antes. Ajenas pero no alejadas, valga decir. Monjes, monjas, ermitaños, solitarios un poco locos, personas solidarias y preocupadas, activa y realmente, por las miserias humanas, que se desvivían para conseguir que gracias a sus trabajos, a su ingenio, a su oración, a sus sacrificios, los desafortunados viviesen con un poco de dignidad y los despreocupados adquiriesen un poco de conciencia responsable.

El foráneo, que en algún momento se habría preguntado e inquirido si tenían documentos gráficos, que le mostraran alguna imagen de la Pascua, el misterio más sublime de entre todo lo que le habían explicado y no le habrían sabido responder, observaría que aquellas personas, en su diafanidad, traslucían una asombrosa imagen. Era precisamente la que él buscaba. Se alegraría entonces y decidiría inmediatamente partir en busca de otro cuerpo celeste donde, tal vez, se estuviera realizando el milagro del Nacimiento, Vida, Pasión y Muerte, del Señor, que lo era de todo el Universo existente y de los que pudieran venir.

Mis queridos jóvenes lectores, no seáis vulgares terráqueos, ignorantes de lo que es más importante. Pensáoslo bien y decidid vivir a partir de hoy pascualmente.