Jueves Santo: Misa Vespertina de la Cena del Señor
5 de abril de 2007

La homilía de Betania


1.- GRATUITO

Por José María Martín OSA

2.- EL ALIMENTO DEL ALMA

Por Antonio García Moreno

3.- LA VÍSPERA DE SU PASIÓN

Por Gustavo Vélez mxy

4.- CON AMOR INMENSO TE AME

Por Jesús Martí Ballester

5.- ¡CUÁNTO Y QUÉ BUENO!

Por Javier Leoz

6.- EL PECADO TIENE UNA DIMENSIÓN COMUNITARIA

Por José María Maruri, SJ

7.- SE HIZO ESCLAVO POR NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


¿ALGO EN NUESTRO INTERIOR CAMBIA DESPUÉS DE COMULGAR?

Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


OS HE DADO EJEMPLO

Por Pedro Rodríguez


1.- GRATUITO

Por José María Martín OSA

1- Jueves Santo es el día del amor fraterno. Jesús amó a los suyos "hasta el extremo", nos dice el evangelista Juan. Este amor lo demuestra lavando los pies a los apóstoles. Es el único evangelista que no relata la institución de la Eucaristía. No hacía falta.....El gesto del lavatorio lo dice todo. Demuestra que ha venido a servir y no a ser servido, está dispuesto a dar la vida por todos. La Eucaristía es memorial (actualización) de la muerte y Resurrección de Cristo, sacrificio de la Nueva Alianza y sacramento de amor y de unidad. Cada vez que la celebramos proclamamos la muerte y la Resurrección de Jesucristo como dice la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. La Alianza del Pueblo de Israel es el anticipo de la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo. Pero creo que hoy debemos resaltar que la Eucaristía nos une en el amor y nos da fuerza para transformar este mundo desde el amor.

2- El amor construye la fraternidad. Donde hay amor hay fraternidad; donde no hay, puede quedar la apariencia o el nombre, pero se escapa la realidad. “El que no ama permanece en la muerte. Todo el que odia a su hermano es un homicida. Nosotros debemos dar la vida por los hermanos”. Son palabra de la 1ª Carta de Juan 2, 9-10. Todo el amor verdadero (es decir, benévolo, desinteresado, servicial) que hay en el mundo es índice real de la presencia de Dios en la historia. Nadie tiene tantos y tan buenos motivos como el cristiano para amar a todos. Debemos ser portadores de amor en todo encuentro humano que mantengamos. Y puesto que el amor ofrecido provoca un amor correspondido, el encuentro siempre se convierte en oportunidad de gracia para nuestro interlocutor. El amor cristiano es agapé, es decir amor gratuito y desinteresado, que no exige nada a cambio.

3- Fraternidad preferencial. Si excluimos a una sola persona de nuestro amor, éste deja automáticamente de ser cristiano. Pero esta universalidad del amor no se contrapone a una preferencia respecto a determinadas personas o grupos a los que estamos más vinculados: los parientes, los amigos, las personas o grupos con las que compartimos afecto, opciones comunes, tareas profesionales o sociales, aficiones. Es obligado que amemos a nuestra comunidad eucarística, es decir a aquellas personas con las que compartimos habitualmente la celebración de la Eucaristía. El amor a la parroquia se asienta principalmente aquí. Es evangélico que profesemos un amor especial a aquellas personas y comunidades que comparten con nosotros un carisma religioso o laical. El amor a la Iglesia universal y local. La preocupación por los problemas del mundo, especialmente la justicia y la paz.

Dios nos pide una preferencia, “amor preferencial por los pobres”. He de preguntarme en este día: ¿qué tiempo les dedico, qué recursos económicos les ofrezco, qué nivel de austeridad me exijo, qué cualidades pongo a su servicio, qué aprendo en mi relación con ellos? Todos somos iguales. Pero algunos (ellos) son “más desiguales que otros”. El evangelio me pide que sean “más iguales”. Para la Iglesia, ha subrayado el Papa Benedicto XVI, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y a su esencia. El cristiano tiene que luchar por la justicia, por el orden justo de la sociedad. El amor-caridad siempre será necesario incluso en una sociedad más justa. Siempre es necesaria la atención personal, el consuelo y el cuidado de la persona. Los que dedican su tiempo a los demás en las instituciones caritativas de la Iglesia deben “realizar su misión con destreza, pero deben distinguirse por su dedicación al otro, con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad” (Dios es amor, nº 31). El necesitado, pobre en todos los sentidos tiene nombre y apellidos, no es un número, necesita que le escuchen y, sobre todo, que le quieran.

4- Misericordia pastoral de los sacerdotes El himno a la caridad es la Carta Magna de todo servicio eclesial. Es el amor por el hombre, que se alimenta en el encuentro con Cristo. Amar no es sólo dar, es sobre todo darse, entregarse al otro, participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro. Hoy celebramos también el día de la institución del sacerdocio ministerial. El sacerdote debe ser puente que transmita la misericordia de Dios. Al final de nuestra vida seremos misericordiosamente examinados sobre nuestra misericordia pastoral y sobre la imagen de Dios que ofrecemos a nuestras comunidades con nuestro comportamiento.


2.- EL ALIMENTO DEL ALMA

Por Antonio García Moreno

1.- "Será un animal sin defecto, macho, de un año..." (Ex 12,5) Se dan las normas que regulan uno de los sacrificios más importantes del antiguo culto, el sacrificio pascual, el sacrificio que de modo singular prefiguraba el sacrificio de Cristo, presentado por el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La primera condición requerida es que el animal no tenga ningún defecto, pues no se podía ofrecer una víctima que tuviera alguna tara. Ello desdecía de la dignidad de Dios, al que hay de ofrecer lo mejor.

Se sacrificaba al atardecer, y con su sangre se tiñeron las jambas de las puertas, como un signo de salvación. En efecto, ante esa señal el ángel exterminador pasaba de largo, a diferencia de las casas de los egipcios en las que entraba para matar al primogénito, en aquella terrible plaga que, por fin, doblegaría la terquedad del cruel faraón. Con Cristo, nuestro Cordero pascual, somos también librados del poder destructor del pecado, del demonio, nuestro terrible e incansable enemigo.

2.- "...en la noche en que iban a entregarlo..."(1 Co 11,23) Jesús conocía de antemano lo iba a ocurrir. San Juan en su relato de la Pasión lo repite varias veces, pone así de relieve que el Señor se entrega a la muerte de modo consciente y libre, llevado sólo por la fuerza de su inmenso amor y no por la fuerza o violencia de sus verdugos. Es cierto que ese conocimiento le hizo sufrir antes de que llegase, tanto en el huerto, como al recordarlo cuando el día de su inmolación estaba cerca.

Pero ese temor que le estremece primero y luego le hace sudar sangre, no fue razón para echarse para atrás a la hora de la entrega. Al contrario, en cierto modo se adelanta a esa donación suprema de sí mismo. En definitiva eso es lo que hace al instituir la Eucaristía, darse por entero como alimento del alma y como compañero de camino, como viático en el recorrido de nuestra tortuosa vía. Y lo hace precisamente cuando lo iban a traicionar.

3.- "Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado..." (Jn 13,14) Qué lógica fue la reacción de San Pedro al ver a Jesús a sus pies. Lo que el Maestro intentaba era el oficio propio del último de los esclavos. Incluso la Mishná que se obligase a un israelita a desempeñar ese menester en contra de su voluntad. Por ese gesto de Cristo es inaudito y desmesurado, y al mismo tiempo altamente pedagógico. De otra parte, el Señor no admite la resistencia del discípulo que, llevado por su estima al Maestro, quiere evitar semejante humillación.

Pero el Señor no cede en lo más mínimo. Reacciona de forma parecida a como lo hizo cuando también San Pedro quiso disuadirle de entregarse en manos de sus enemigos. Satanás le llamó entonces. Ahora le asegura que si se somete al rito del lavatorio de los pies, ya puede marcharse pues no podrá tener parte con él. El pobre Pedro se somete sumiso, comprende la decidida actitud del Maestro, aunque aún no entienda ese modo de actuar, buscando servir más que ser servido.


3.- LA VÍSPERA DE SU PASIÓN

Por Gustavo Vélez mxy

1.- “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. San Juan, Cáp. 13. “Cuando Jesús llegó al recinto --escribe Martín Descalzo--, había allí un fuerte olor a grasa y a especias picantes. El dueño de casa le mostró la sala preparada, preguntándole si quedaba a gusto y el Maestro respondió con una sonrisa agradecida”. Pedro y Juan habían traído el cordero degollado en el templo, y asado luego en un horno de ladrillo. Ayudados de las mujeres, llevaron también el pan sin levadura y el vino que, por aquellos días, vendían los levitas a los numerosos peregrinos. Se trataba quizás de la tercera Pascua que los apóstoles celebraban con el Maestro. Pero aquella noche todo era distinto. Un amargo presentimiento se cernía sobre el grupo y el rostro del Señor se había vuelto taciturno.

2.- El ritual se llevó a cabo con ciertas variaciones. Al comienzo, Jesús quiso lavar los pies de sus discípulos. Según las costumbres de Israel, los esclavos lo hacían con sus amos antes de la cena. Pero los siervos judíos estaban dispensados de este oficio. Ante la resistencia de Pedro, el Señor declara que es condición para compartir su amistad, aceptar este lavatorio y aprender su significado. Según su costumbre, el Señor primero realiza un signo y luego presenta una enseñanza. Aquí nos motiva a servir con humildad a todos los hermanos.

3.- La celebración pascual seguía adelante. Los presentes compartieron el cordero asado, el pan sin levadura y las legumbres mojadas en vinagre. Varias copas de vino circularon entre los asistentes, acompañadas de salmos. Cuando algunas mujeres avivaron los braseros, Jesús proclamó, de manera solemne la ley fundamental del Nuevo Testamento: “Os doy un mandato nuevo: Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros”. Un mandamiento nuevo que supera todas las tradiciones judías. Un amor que no se basa en la bondad del otro, sino en la propia generosidad. Un precepto que camina a la zaga del amor que Jesús demostró hacia nosotros: “Como yo os he amado”. Pero además, aquella noche, Jesús hizo entrega de su misión a los apóstoles: “Tomen y coman de este pan. Tomen y beban de este cáliz. Hagan esto en memoria mía”.

No era claro para los apóstoles este deseo de Cristo. Sin embargo, unas semanas más tarde, reunidos con los primeros creyentes, comenzaron a repetir ese gesto de Jesús ante el pan y el vino, y comprendieron que durante su despedida, el Señor les había compartido su sacerdocio. De allí en adelante serían los continuadores de la obra de Jesús, por su presencia en las comunidades, el anuncio de la Buena noticia y el servicio a todos los hombres.

4.- “Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos”...Así aprendimos a rezar desde niños. Pero antes de la Cruz del Señor, la señal que nos distingue a los cristianos es el amor: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros”. Un amor que alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Un amor que alcanza aun al enemigo. Un amor que el Maestro sigue enseñando en cada comunidad creyente, por medio de nuestros sacerdotes.


4.- CON AMOR INMENSO TE AMÉ

Por Jesús Martí Ballester

1.- "Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" Juan 13,1. El amor inmenso de Dios a sus discípulos y en ellos a todos los hombres, encerrado en el Corazón de Cristo, como un embalse gigantesco, parece que se va a desbordar en la expresión del evangelista: "los amó hasta el extremo". La manifestación de ese amor extremado va a ser la institución de la Eucaristía. San Juan de Ribera lo formuló en su divisa episcopal: "Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam". "Después de esto, ¿qué más puedo hacer por ti, hijo mío?"

2. La característica más típica de la pascua hebrea era que había de celebrarse "de prisa". Su celebración es anterior a la vida del pueblo de Israel en Egipto. Era una fiesta de pastores, que se celebraba en la primavera. En el plenilunio, sin sacerdote y en familia, se sacrificaba un cordero y con su sangre ungían los palos de la tienda. Este gesto tenía carácter propiciatorio. Asaban el cordero y lo comían con pan ázimo y con hierbas amargas.

3. Con la liberación de Egipto, la Pascua ya conocida y celebrada, recibe un significado nuevo y salvífico: Desde entonces, la "Pascua", "pasah", es el paso del ángel exterminador de los primogénitos egipcios, pasando de largo ante los casas de los hebreos, ungidas con la sangre del cordero. Israel salió de prisa de Egipto. La esclavitud cesaba y comenzaba el Éxodo. Ya no se celebraría la pascua hasta la entrada en la tierra prometida pasado el Jordán, al llegar a Jericó. A partir de entonces, la celebrarán según las prescripciones del Éxodo: con el vestido de viaje, ceñida la cintura, con un bastón en la mano y "de prisa", como peregrinos: "Hora es ya de caminar", dijo Santa Teresa preparándose para la muerte, para el "paso". Éxodo 12,1. Paso del Señor, ahora en el recuerdo, como salvación actualizada. En la historia y en mi historia. Será éste el primer mes del año. Será celebrada en familia, por tanto en el amor.

4. De los romanos habían aprendido los judíos que los hombres libres comen sentados; sólo los esclavos comen de pie. En tiempo de Jesús comían ya sentados. En la parte superior de Jerusalén está situado el Cenáculo. Cuando todo estaba preparado, Jesús, que había visto celebrar y había celebrado toda su vida la cena pascual, se reunió Jesús con sus discípulos, y, recostados alrededor de la mesa, comenzaron a celebrar la Pascua.

Jesús recita una breve oración para bendecir la mesa y todos se lavan las manos. Después bendice una primera copa que circula entre todos de mano en mano, y dice: "¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua antes de mi Pasión! Porque os digo que nunca más la comeré hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios". Seguidamente se sirve el pan ázimo, con las hierbas amargas untadas con salsa roja de dátiles, almendras, higos y canela. Finalmente se sirve el cordero asado. Y mientras Jesús explica el significado de la Pascua, y recuerda los beneficios de Yahvé a su pueblo, y su liberación de Egipto, se reparte una segunda copa.

5. Recostados como están sobre cojines, comen el cordero pascual asado y las hierbas silvestres, y mientras todos beben la segunda copa, dice Jesús: "Tomad esto y repartidlo entre vosotros. Porque os digo que ya no beberé el vino de la vid hasta la llegada del Reino de Dios"

Entonces, los discípulos contemplarán atónitos una escena inaudita e impresionante: Jesús se puso en pie, tomó una jofaina y comenzó a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. Pedro se resiste y Jesús le dice que si no se deja lavar los pies, lo descarta de los suyos. Sólo entonces Pedro deja hacer, aunque no lo comprende. El quiere hacer cosas por Cristo, hasta dar la vida por él. Piensa que puede purificarse él solo; es necesario que Pedro se deje salvar por Jesús. Que se deje amar por el Señor. Que acepte su servicio salvífico, redentor. Este lavatorio tiene un sentido más profundo de lo que parece: no sólo es un acto de amor y un humilde servicio a sus discípulos, y acto ejemplar que deben realizar unos con otros; es un bautismo, anticipación y profecía del bautismo de sangre de mañana, Viernes Santo, cuando la derrame por Pedro y por todos los hombres en el Calvario. Lavar es purificar. La misión de Jesús es asociarse un pueblo de purificados. Así encuentran significado las palabras dichas a Pedro.

Que el pequeño se incline ante el grande, no es humildad, es normalidad. Que el grande se abaje al pequeño, eso es humildad. "Cristo, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos". Pero, ni la muerte ni la resurrección significados en el lavatorio, serán eficaces, sin la fe y el amor de los discípulos. Por eso Judas, que estaba presente, sigue manchado. Jesús quiere crear una comunidad de amor entre los hombres, desde su amor. Jesús les purifica de todo lo que se opone al amor. Ahora Pedro exagera: los pies y la cabeza. Basta la aceptación de la purificación.

Como cuando Juan escribe su evangelio, los tres sinópticos ya han relatado la institución de la Eucaristía, y porque sus oyentes ya la conocían y practicaban la fracción del pan, Juan no nos relata.

6.- De Mateo, Lucas y Marcos, recibimos la narración escalofriante, hecha con toda sencillez y laconismo: "Mientras comían, Jesús cogió un pan, pronunció la bendición y lo partió; luego lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la pasó, diciendo: Bebed todos, que esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados" 9. Veinticinco años más tarde, Pablo testifica que él ha recibido la misma tradición del Señor 1 Corintios 11,23.

7.- Hoy, estamos reunidos para celebrar el sacrificio del Señor, cuyo amor inmenso al que apenas podemos asomarnos, nos produce vértigo. Al comer este pan y beber este cáliz esta tarde y quedar incorporados a su misma vida y a su mismo amor, y unificados unos con otros todos, cantemos de corazón con el salmista: "El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor" Salmo 115.


5.- ¡CUÁNTO Y QUÉ BUENO!

Por Javier Leoz

1.- Jesús se nos queda para siempre entre nosotros. ¡Tomad y comed! ¡Tomad y bebed! Y desde aquel primer Jueves Santo, en las que estas palabras tomaron fuerza y se hicieron realidad, Aquel que se dio y se da, no se plantó inamovible en el pasado. Es Alguien, dinámico y vivo, en medio de una comunidad a la que reconforta con su pan y sirve como siervo.

*Desde entonces cuando se eleva la patena, a rebosar de pan, y el cáliz desbordándose de vino, Cristo se hace presente en algo tan sencillo aparentemente como en dos especies. No lo verán nuestros sentidos…pero seguro, que bajando al corazón, allá en el silencio y en la contemplación, la fe nos sugerirá: Jesús, el Cristo, está aquí. ¡Tomad! ¡Comed! ¡Bebed! ¡Es el Cuerpo y la Sangre del Señor!

*Desde entonces, los jueves, tienen el aroma del pan recién amasado por las manos de Santa María Virgen y el sabor profundo cuando, como hermanos, gustamos el cuerpo del mismo Cristo que se entregó y que se entrega para ser una puerta de salida a este mundo tan retorcido y tan falto de salvación. Para edificar la iglesia y reforzar los cimientos del templo que cada uno llevamos dentro.

*Desde entonces el cáliz es sangre que, cuando se apura, entramos de lleno en aquellas horas de la pasión más grandemente vivida por ningún hombre excepto por Cristo.

2.- En los apóstoles, el Señor, nos deja el sacerdocio como don y como servicio a su iglesia para que nunca, con el correr de los siglos, olvidemos aquel memorial de su pasión, de su muerte y resurrección.

Pronto, con ilusión y con sangre, aquellos hombres comenzaron a dar razón de lo que fuertemente y privilegiadamente habían vivido: la Pascua del Señor; sus horas amargas y el triunfo de la vida sobre la muerte. En su nombre, en cada eucaristía, evocaban y actualizaban lo que hasta nosotros hoy nos ha llegado.

Han pasado muchas cosas, han fallecido muchos sacerdotes…pero el memorial sigue siendo, estando y bullendo con la misma sangre, fuerza, y multiplicándose en alimento puntual con el mismo cuerpo caliente. Aquellos primeros sacerdotes del Nuevo Testamento, aprendieron que el servicio necesitaba de la eucaristía y que la eucaristía (la comunión con Cristo) les urgía al encuentro y a la comunión con los hermanos. Sacerdocio nos impulsa, en Jueves Santo, a latir de nuevo con la ilusión sacerdotal del día de la ordenación, a elevar la hostia y la copa con la emoción contenida de aquella primera misa. Entre otras razones porque, hoy como ayer, sigue siendo el mismo pan y el mismo cáliz de la unidad en Cristo, el que nos llama a dar razón de nuestra entrega.

3.- Era la novedad de aquella Pascua temida, no querida o aceptada por unos, y jaleada por otros. El amor cobraba unos tintes jamás soñados ni diseñados por los que tanto amaban a Jesús. Les había adelantado algo de la locura de su amor, pero la realidad rebasaba con creces a la pura ficción.

El amor se hacía sangre, humillación. El amor que era divino se postraba para, uno a uno, lavar y besar los pies de aquellos que se consideraban más siervos que el siervo sufriente.

Aprendieron la lección, magistralmente vivida y enseñada por Jesús: el amor debe ser humilde, desconcertante, rompedor, humano y divino, profético y testimonial. ¿Lavarme tú a mí los pies Señor? se expresó sinceramente y desconcertado Pedro a Jesús. Algo esencial tendrá el amor cuando, Jesús, lo asentó como principio y fin, como condición y exigencia a sus seguidores.

Amor, sacerdocio y Jesús. Nunca, un día, como Jueves Santo, pudo contener tan colosales regalos. marcados con tan profundas palabras y sazonados con tanto contenido. Malo será que nosotros nos quedemos sólo en el adorno.

Dios, con tal de rescatar al hombre, es capaz de dejarnos vivencias y sacramentos, signos y memoriales para que nunca olvidemos aquella PASCUA que dejó una iglesia, una resurrección, una eucaristía, un mandamiento y un código de actuación para la vida de todo cristiano.

¡Cuánto contiene Jueves Santo! ¡Cuánto, y qué bueno, es lo que nos deja Jesús en Jueves Santo!

4.- ¿CENAS, CON NOSOTROS, SEÑOR?

Por el gran amor que nos tienes

porque, ¡quién sabe!

¿No tienes miedo a que nos perdamos?

Te quedas para siempre, amigo y Señor,

en la Eucaristía

 

Sólo sé, Señor, que el pan, no me sabe a pan

Sólo sé, Señor, que el paladar, me dice

que el vino ya no es vino

Sólo sé, Señor, que esta cena,

con tan poco, nos deja llenos:

¡Llenos de amor y de vida!

¡Desbordando el alma por los cuatro costados!

 

Cenas, Señor, con nosotros.

¿Y de qué nos hablas entre plato y plato?

Que el amor es lo más grande que podemos dar

Que el amor es lo más grande que te podemos ofrecer

Que el amor, más que todo, será lo que dirá

si somos amigos tuyos de verdad.

 

Cenas, Señor, con nosotros

Y con este pan, con cierto sabor amargo,

Comprendemos que hay que morir

cuando se quiere vivir

Sabemos que hay que servir,

cuando se quiere ser feliz

Adivinamos que, si Tú estás de rodillas,

no podremos nosotros estar siempre de pie.

 

Cenas, Señor, con nosotros

Y, mirándonos a los ojos, nos dices que te vas

Que te vas pero que, un día, volveremos a verte

Y, que precisamente por eso, esta cena

será para nosotros un memorial

de tu pasión, muerte y resurrección por salvarnos.

 

¡Gracias, Señor, por cenar con nosotros!

Por ser sacerdote que ofrece, víctima que se desangra y altar en el que la sostiene

El amor sin límites, el amor sin farsa, el amor gratuito

¡Gracias, Señor, por cena tan celestial!

No nos quieres con las manos limpias

nos quieres con los pies relucientes

dispuestos, los unos con los otros, a brindarnos

y ser generosos por los caminos

 

¡Gracias, Señor, por este manjar Pascual!

Por permitirnos que, en esta mesa,

nos acomodemos hombres y mujeres débiles

hombres y mujeres con contradicciones

hombres y mujeres que, a la vuelta de la esquina, diremos no conocerte.

 

¡Gracias, Señor, por tu Sacerdocio!

¡Gracias, Señor, por tu cáliz en el que bulle

la sangre de tu amor!

¡Gracias, Señor, por el pan,

donde el paladar, gusta

tu cuerpo divino y humano!

 

¡Gracias, Señor, porque sirviendo como Tú sirves,

ya no es posible decir: ¡qué difícil amar!

Y, todavía, Señor ¿quieres cenar con nosotros?

Quédate para siempre así:

Sentado y pronunciando nuestros nombres

Sirviendo, e indicándonos el camino del amor

Bendiciendo a Dios, y enseñándonos a orar

Repartiendo, y convidándonos a ser desprendidos

Hablando, y dándonos a conocer

el Misterio de Dios Amor

 

Si has querido preparar esta cena

será porque, bien lo sabes, que necesitaremos

de su fuerza para seguir en la brecha

Para amar, cuando nos avasalle el odio

Para entregarnos, cuando nos acorrale el egoísmo

Para escuchar tu Palabra,

cuando nos inunden los ruidos del mundo.

Quédate, Señor, y…cuando quieras…

preparamos otra cena.


6.- EL PECADO TIENE UNA DIMENSIÓN COMUNITARIA

Por José María Maruri, SJ

1.- Entre estos dos jardines de las dos lecturas hay una triste conexión. Y es eso que llamamos pecado. Palabra que no nos gusta, que nos resulta anticuada. Nos recuerda a curas tristes, ensotanados, con voces campanudas y amenazas de infierno y castigos eternos.

Sea cual sea el abuso que se haya hecho de esta palabra, el caso es que esta mariposeando alrededor del Jueves y Viernes Santo, también como su origen e instigador, el diablo, que tras el bocado entra en el corazón de Judas. Ha pedido cribar con fiereza a los discípulos como Príncipe de este mundo, y sabe llegada su hora, la del poder de las tinieblas. Tal vez ha llegado aquella hora, que se anunció en las tentaciones del desierto… “y le dejó para otra hora”.

El mismo Jesús pronuncia esa palabra en la institución de la Eucaristía: nos da su sangre para el perdón de los pecados.

San Pedro, San Juan y San Pablo nos abruman con frases que unen los sufrimientos del Señor Jesús con nuestros pecados

--llevó en su cuerpo a la cruz de nuestros pecados.

--murió y se entregó por nuestros pecados

--es propiciación por nuestros pecados

--por su sangre recibimos el perdón de nuestros pecados

--nos lavó con su sangre.

Y, sobre todo, la terrible frase de San Pablo: “Al que no conocía lo hizo pecado por nosotros.

El pecado, ese ser, esa cosa, ese algo, que nació entre flores y árboles del Paraíso, ha ido, bajo la yerba del mundo entero, reptando hasta llegar a tiempo entre romeros y olivos para acechar a Jesús en su agonía.

2.- Martín Descalzo se pregunta si la sola angustia y el miedo de ser condenado como criminal, los azotes, la soledad y la muerte en cruz son razón suficiente para una agonía como la que pintan los evangelistas.

Si solo fuera un miedo así habría que reconocer que ha habido muchos mártires más animosos que Jesús. Como San Lorenzo, asado en la parrilla, ofrece su carne a sus enemigos. O Tomás Moro que bromea con el que va a cortar su cabeza: “Ayúdame a subir al cadalso que para bajarlo ya me las arreglaré solo”. O tantos hombres y mujeres que han muerto de terribles enfermedades y han dado testimonio de gran serenidad y paz.

¿Qué había detrás de esa tremenda agonía del Señor? ¿No será la frase de Pablo: “Al que no conocía pecado le hizo pecado?

Con frecuencia se repite la frase: “Jesús cargó con nuestros pecados”. Pero ese cargar no puede significar presentarse ante el Padre con un bulto como mercader y desplegar sus mercancías. O como un trapero y descargar el saco lleno de desperdicios encontrados en la rebusca. Tiene que ser algo más personal, para que se pueda decir: “lo hizo pecado…”

¿Se sintió Jesús reo de tanta sangre derramada injustamente a través de los tiempos? ¿Cómo inficionado por la impureza carnal de tantos siglos? ¿Congelado por el frío glaciar de la soberbia y el odio que enfrentado a hombres y pueblos? ¿Reo de nuestras indiferencias, nuestros desprecios, nuestras inconfensables envidias, de nuestros fariseísmos?

¿Tal vez se enfrentó con su Padre en defensa nuestra, como se enfrentó Moisés y paró el castigo? ¿O como Pablo expresó turbulentamente: “desearía ser anatema, separado de Cristo, por salvar a mis hermanos? ¿No se sintió madre que cubre con su cuerpo al hijo para defenderlo del peligro sabiendo que caerá sobre ella. ¿No se lanzó por riscos y montañas en busca del hermano, aun a sabiendas de que salvándole, Él se perdería?

Ni vosotros ni yo entendemos de estas profundidades teológicas, habría que ser un místico para experimentar lo que el Señor Jesús experimentó. Una cosa no podemos negar y es que aunque no sepamos cómo nuestras rebeldías contra Dios pasan por los sufrimientos de Jesús en el Huerto, en la Pasión y en la Cruz. Y eso es suficiente para que encontremos junto a Jesús derrotado bajo el peso de nuestros pecados el arrepentimiento.

3.- Pero ese algo que llamamos pecado tiene una dimensión comunitaria, como todas nuestras acciones humanas. Por nuestros descuidos, nuestras negligencias.

En el orden meramente social

--todos somos responsables de la basura que se amontona en el Metro, o el Aeropuerto de Barajas o en los hospitales

--todos inficionamos las aguas y playas del mar

--todos contribuimos a aumentar el agujero de la capa de ozono

--todos con nuestro descuidado conducir automóviles somos posibles asesinos

--todos nos indignamos con los incendios forestales mientras tiramos nuestra colilla por la

ventanilla del coche

Pues en el orden moral ocurre lo mismo: enrarecemos el ambiente de la sociedad y de la Iglesia con nuestra falta de alegría, nuestro pasotismo, nuestros fariseísmos, con nuestros tremendos egoísmos. Deberíamos ser oxígeno limpio y puro, pero somos foco de contaminación. Y así hoy, antes de ir a confesar nuestros pecados, pidamos perdón todos juntos a Dios y a nuestros hermanos, para los que hemos sido contaminación moral.


7.- SE HIZO ESCLAVO POR NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Es sabido pero es bueno reseñarlo. Entre el pueblo judío solo los esclavos lavaban los pies al resto de los mortales. Si no había esclavos en una casa, cada uno limpiaba el polvo del camino de sus pies por si mismos. Cuando Jesús, anudándose una toalla a la cintura, decide lavar los pies a sus discípulos sabe lo que hace: se convierte en esclavo de sus apóstoles y de todos nosotros. Por eso Pedro se escandaliza. Comprende perfectamente el gesto y con su habitual sinceridad se opone a que Jesús, su Maestro, le lave a él los pies. Y este episodio de una gran belleza plástica nos lo narra el Evangelista San Juan. Su evangelio se escribió mucho después de los otros tres Sinópticos y por eso Juan pudo meditar más ese significado de servicio de Jesús a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

El lavatorio se produce durante la cena de Pascua y fue durante su celebración cuando Jesús realizó otra prueba de amor, perfectamente correspondiente –y aún superior, si se quiere—con el regalo sublime de dejarnos su presencia total en el Pan y en el Vino consagrado. Fue la primera Eucaristía de la historia y el relato preciso de la misma la hemos escuchado en la Primera Carta a los Corintios, uno de los textos más antiguos de los evangelios. Y, obviamente, el texto nos resulta conocido porque las palabras de Jesús, que transcribe San Pablo, son la fórmula litúrgica utilizada para la Consagración, para la conversión del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. La primera lectura, procedente del Libro de Éxodo narra las instrucciones dadas por Dios a Moisés para la celebración de la Pascua y es correspondiente, entonces, con la Cena que celebró Jesús y cuyo ritual utilizó.

2.- Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la muerte y la Resurrección de Jesús. Esta celebración nos prepara para esas horas y nos deja con la tristeza de lo que ocurrirá un poco después de la cena. Getsemaní aparece en el horizonte y también la detención, la tortura y la falsa condena a muerte de un hombre justo. No hemos de perder la oportunidad de entrar fuerte, con toda nuestra alma y todo nuestro corazón, en lo que se abre para nosotros a partir de esta hora. El sacrificio de Jesús nos ha hecho libres, pero hemos de tener conciencia y consciencia de lo que significa. No perdamos, hoy esa oportunidad. No es difícil es tan solo un lenguaje de amor, de supremo amor.


LA HOMILIA MÁS JOVEN


¿ALGO EN NUESTRO INTERIOR CAMBIA DESPUÉS DE COMULGAR?

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Se cuenta que una famosísima artista de cine, viendo un día a una monja curando a un leproso, dijo: esto yo no lo haría ni por un millón de dólares. Contestó la buena mujer: yo tampoco. Doce hombres cansados del camino, algunos ya viejos, no debían ser un espectáculo atractivo. Jesús a estos hombres rudos, excepto el inquieto joven Juan, les lava los pies, antes de empezar las más álgidas horas de su vida. Pensadlo bien hoy, mis queridos jóvenes lectores, proponeos imitar también en esto a Cristo. Os actualizo ejemplos. Vais con enfermos a Lourdes, asistiéndolos. Os ofrecéis a servir una jornada en un hospital benéfico o en una residencia de Tercera Edad. Hacéis un paréntesis en el próximo viaje a un país exótico y os apuntáis a servir en una leprosería, aunque no podáis más que lavar ropa o limpiar utensilios higiénicos. O si no podéis ir lejos, os ofrecéis en un asilo de las benditas hermanas de los pobres o de las de los ancianos desamparados. O vais a un Cottolengo... que en cualquier momento que lleguéis os ofrecerán trabajo ¡hay tantas maneras de unirse al Jesús del Jueves Santo, comulgando con su gesto!

2.- Una vez limpios, ellos los apóstoles, llegó el sustento. No hacía falta, en aquella Nueva Pascua, tener un cordero, era suficiente la presencia de Jesús. Aquel Pan que tenía en sus manos, era Él mismo, lo debían, comer aunque poco entendieran. Era suficiente aceptarlo y estar limpios, y ellos lo estaban, menos uno. Ni era preciso degollar el animalito, como los levitas hacían en el Templo. La copa que tenía Él en la mano, era la más preciada sangre. La bebieron. Probablemente a nuestro paladar le hubiera parecido un modesto caldo y, para colmo, un poco avinagrado. A ellos les embargaba la emoción del Maestro y no se preocupaban de lo que les dictasen sus papilas. Algo, en su interior cambiaba. ¿Algo en nuestro interior cambia después de comulgar?

Salieron de aquel recinto. Una seria tradición guarda celosamente el recuerdo del ámbito del misterio. Paradójicamente el lugar tiene estructura ojival, con elementos posteriores, propios de ritos musulmanes. El dominio pertenece al gobierno israelí. A muy pocos metros, donde estaría la vivienda del propietario que había cedido al Maestro la “estancia superior”, para celebrar su Pascua, hay una iglesia franciscana. He gozado pudiendo celebrar allí la Eucaristía, más de una vez. Es emocionante, pero realmente se trata de la misma realidad que la que se hace presente en cualquiera de las catedrales iglesias capillas o ermitas, en las que os podáis reunir. La riqueza y la realidad suprema, están en el Pan y el Vino consagrados. Quedaos un rato en donde estéis, no será tan evocador como si estuvieseis en Jerusalén, pero con seguridad gozaréis de más silencio y soledad de la que allí pudierais, estos días, tener.

3.- Si podéis, mis queridos jóvenes lectores, salid al campo, mirad estos días la misma Luna que ilumino Getsemaní. Vosotros que sufrís angustias, que estáis insatisfechos de vuestros pocos logros conseguidos, que sufrís depresión, ya que no sois unos caraduras, uníos al Cristo del Huerto. Sus vacilaciones, sus dudas, su sufrimiento interior, su sudor sanguinolento, todo eso también fue Redención. Vuestros decaimientos, vuestras huidas, vuestros miedos, los podéis esta noche engarzar a la situación que vive Jesús. El demonio entonces, hizo acto de presencia y le fue, en esta ocasión, más difícil al Señor vencerlo. Desde el encuentro del desierto y la estampa del pináculo del Templo, había aprendido y ahora rejoneaba con tesón. Fue duro para Jesús. Los discípulos se durmieron. La guardia avanzaba decidida, como va avanzando la enfermedad en una persona atacada por una irreversible. Si hoy con serenidad os unís a Cristo y le hacéis compañía con vuestra contemplación, el día que a vosotros os muerda el diablo con sus artimañas, sean estas la indiferencia, el pasotismo, el relativismo de criterios, el dolor, la angustia, cuando os ocurra esto, Jesús, aunque creáis que está lejano, o incluso que dudéis de que exista, lo tendréis a vuestro lado.


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


OS HE DADO EJEMPLO

Por Pedro Rodríguez

Evangelio meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años por un joven sacerdote, que hoy ya no lo es tanto. La fecha o las fechas son las del día en que se publicó en los periódicos (1960 y 1961).

JUEVES SANTO

Jn 13, 1-15:

La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura.

Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:

—Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?

—Lo que yo hago no lo entiendes ahora —respondió Jesús—. Lo comprenderás después.

Le dijo Pedro:

—No me lavarás los pies jamás.

—Si no te lavo, no tendrás parte conmigo —le respondió Jesús.

Simón Pedro le replicó:

—Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.

Jesús le dijo:

—El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos —como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”.

Después de lavarles los pies se puso la túnica, se recostó a la mesa de nuevo y les dijo:

—¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros.

Os he dado ejemplo (20-IV-1962)

El Evangelio de San Juan tiene veintiún capítulos. En ellos nos cuenta la vida pública de Jesús, que duró tres años. Es interesante notar que 7 de esos 21 capítulos corresponden escasamente a 24 horas de la vida del Señor y que en 5 de esos 7 —en concreto del 13 al 17— narra el Apóstol lo que sucedió en una cena: la última que Jesús compartió con sus discípulos. Aquellas veinticuatro horas escasas —las últimas de la vida de Cristo— transcurren del jueves al viernes de la primera Semana Santa de la Historia. La cena de que hablamos es la cena del jueves, que será conocida para siempre con el nombre de la “Última Cena”.

Este pequeño cálculo no creo que sea superfluo. Indica con cifras la densidad de aquellas horas y el impacto que dejaron en Juan, que escribe su Evangelio sesenta años después de acaecidos los hechos que narra. Y, sobre todo, indica la enorme trascendencia que tiene para cada cristiano asimilar el mensaje de Cristo en aquella noche memorable.

Vamos a detenernos en algo que sucedió durante la cena. San Juan lo cuenta en su capítulo 13, al comienzo. Es el evangelio de hoy, que he copiado al principio. Releedlo. No se puede pedir más detalle, ¿verdad? San Juan tiene grabados en la memoria —y en el corazón— todos los movimientos de la escena, que parece revivir ante nuestros ojos. Alguien ha dicho que “la acción se desarrolla con la minuciosa precisión de un film”. Jesús que se arrodilla, que se quita los vestidos de fiesta, que toma agua en una palangana y lava los pies a aquellos hombres. Simón Pedro, que se niega —Señor, ¿Tú… a mí?— y Jesús que le convence. Después, nuevamente en la mesa, unas palabras de Jesús: “Exemplum dedi vobis… Os he dado ejemplo. Como yo he hecho con vosotros, hacedlo vosotros también”.

El mensaje del Jueves Santo es el mensaje del amor fraterno. Cristo, “el primogénito entre muchos hermanos” (Col 1, 18), se da por completo. Toda la existencia del Señor se encuentra resumida en la escena del lavatorio de los pies. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20, 28). El Señor nos ama y quiere materializar su amor con ese acto de humildad. Y allí, arrodillado a los pies de los Apóstoles, no abandona Jesús sus prerrogativas, se abaja sin perder su rango: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”.

Cristo es nuestro hermano. Todos los hombres somos hermanos. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Ioh 13, 34). Amar es servir con obras. No cabe gloria mayor. Jesús alcanza la cima de su gloria cuando llega al punto culminante de su servicio. Servir es alejar todo egoísmo y ver en los que nos rodean hermanos. Con defectos, con miserias, con mezquindades… pero hermanos. “Haceos, por la caridad, servidores los unos de los otros”, decía San Pablo. Es la doctrina de Cristo arrodillado ante los hombres. “Si hubo en el mundo una revolución fue en ese momento” (Ernst Foerster).

Dentro de la familia, entre los compañeros de profesión, entre las amistades, entre los vecinos, allí están tus hermanos. A ellos hay que servir con un servicio que abarca desde la sonrisa a la ayuda económica, si lo necesitan. El Señor pensaba en los pequeños servicios de cada día –¡y en los grandes!– cuando dijo después del lavatorio:

“Si comprendéis esto, seréis felices cuando lo practiquéis”. No hay mayor felicidad que la de dar. Y esto sólo lo sabe el que da, porque la felicidad es una consecuencia, según Jesús.

Hoy es Jueves Santo. Se conmemora la Cena del Señor. Aquella noche fue instituida la Sagrada Eucaristía, el Sacramento del Amor. Adoraremos esta tarde a Jesús Sacramentado. La misa vespertina, a la misma hora que aquella cena, al caer la tarde. Después, a Cristo se lo llevarán para matarlo (el Huerto, ya de noche). Nos amó hasta el fin (Jn 13, 2).