Como se sabe, a lo largo de toda la cuaresma hemos ido conservando textos relativos a este tiempo. Ahora en el número especial de Semana Santa y Pascua añadimos dos nuevos textos. Uno, del Padre Leoz, un Vía Crucis con la Virgen, muy indicado para, tal vez, el Sábado Santo, en esas horas que se espera la Resurrección del Señor. Y otro texto –a modo de ensayo o programa para un foro de discusión—de David Llena sobre estos Días Santos. Ambos tienen especial interés.

Hay, también, un excelente texto del padre Pedrojosé Ynaraja, que una fórmula interesante y muy actual del Vía Crucis, aunque se originó en 1959. El Padre García- Moreno ha realizado un enorme esfuerzo al consignar aquí dos modos de formularios para el Vía Crucis. En el primero –y lo explica muy bien —da la versión anterior a la reforma del inolvidable Juan Pablo II. Y en el segundo aplica el nuevo formulario con textos propios, del mismo don Antonio García-Moreno. Creemos que, en esta página de reportaje, divulgativa al fin, es útil la presencia de ambos modelos. Creemos que todo ello será del agrado de nuestros lectores.


VIACRUCIS CON LA VIRGEN MARIA

Por Javier Leoz

1ª estación: Jesús es entregado

El ángel me lo anunció en Nazaret, yo lo alumbré en Belén, pero uno de los suyos, representando al amigo ingrato, lo entregó a la muerte.

Hoy, todavía recuerdo aquella noche angelical y celestial de su nacimiento: ¡qué gran y humilde señal de Dios a la tierra! ¡Dios amor! Una vez más, mi Hijo, como en el día de su venida, es puesto delante del mundo sin defensa, sin aplausos, sin grandes reconocimientos, sin proclamar lo que en verdad es: ¡Hijo de Dios!

2ª estación: El Señor con la cruz a cuestas

No hay vida sin cruz. El anciano Simeón, en medio de mi alegría, me advirtió “una espada te traspasará el alma”. Así es. Hoy compruebo la certeza de aquella premonición: mi hijo, Aquel al cual arrullé y acuné en mis brazos, avanza con una cruz, camino del Calvario. ¡Nunca pensé que, el peso de esos dos maderos, lo iba a sentir en mis entrañas de Madre!

Al ser preguntado Miguel Ángel

por qué esculpió el rostro de la Madre

tan joven como el del Hijo respondió:

“las personas enamoradas de Dios

no envejecen nunca”

3ª estación: Cae el Señor por primera vez

Con idéntico silencio, con el mismo con el que “Dios Hombre” bajó a la tierra, se desploma Jesús camino del Monte Calvario. ¡Cuántas veces recuerdo sus pequeñas caídas por las cuestas y calles de Nazaret! Aquellas eran de niño. Estas son las de un joven que lo da todo por los hombres; aquellas fueron caídas inconscientes. Estas son caídas que producen un milagro: el alzamiento del hombre que busca y cree en Dios.

4ª estación: Jesús se encuentra a su Madre

Nunca olvidaré el primer encuentro con mi Hijo. Era entrada la noche. José estaba inquieto ¡hubiera querido tantas cosas para Dios Emmanuel! La coincidencia de hoy, con mi Hijo, es más cruel y, a la vez, similar a la noche de su nacimiento: entonces lo contemplé con amor de Madre y hoy lo quiero con un doble amor de Madre, que ha madurado en el árbol del dolor. Agarrándome a esa cruz, ¡bien lo sabe Jesús y sabedlo vosotros!, me podréis encontrar como corredentora, como compañera e intercesora.

5ª estación: El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Escasos auxilios, por no decir ninguno, tuvimos José y yo, encaminándonos hacia la gruta de Belén.

¡Una! ¡Tan sólo una! La de un cirineo, se atreve a asomarse, aunque sea por obligación, entre la multitud. ¡Ayuda! ¡Ayuda quiere el Señor para que su Palabra jamás se apague! ¡Para que su amor se extienda! ¡Ayuda, quiere el Señor! ¿Se la quieres prestar tú? Te lo aseguro que, El, te lo devolverá con creces.

6ª estación: la Verónica enjuga el rostro de Jesús

Aquel al que tantas veces acaricié siendo niño; Aquel al que en multitud de ocasiones ,en la fuente de Nazaret, le calmé la sed; Aquel al que con el agua limpia y cristalina le limpié una y otra vez…Aquel, hoy, es aliviado en su rostro por una verónica. ¡Gracias, buena mujer! Tú si que sabes comprender lo que es descubrir, en el que sufre, en el que llora y en los rostros desfigurados, al mismo rostro de Dios. En mi pensamiento de Madre han quedado muchas imágenes de Jesús, pero hoy, en el lienzo de tus manos quedará para siempre grabado el rostro del pesar de Cristo.

7ª estación: Cae el Señor por segunda vez

En interminable subida por la vía dolorosa, contemplo como Madre, al que tantas veces curé y levanté. Y, hoy, la sangre de mi sangre, corre a ríos por las calles de Jerusalén. Y, hoy, la carne de mi carne, se desgarra por el pecado de los hombres, bajo el peso mortífero de la cruz. ¡Adelante, hijo mío! ¡Por Dios y por los hombres, no existe la cruz pesada sino los fuertes hombros! Te espera un mañana, una madrugada donde tu cuerpo ha de renacer, para que el de los hombres no caiga, para siempre y definitivamente, en el olvido.

8ª estación: Jesús habla a las hijas de Jerusalén

Jesús siempre tuvo una palabra para cada hombre; un aliento para cada alma; una respuesta distinta para quien se acercaba con profundos dramas.

Aquel que tuvo compasión, con su mirada, nos dice que no tengamos compasión de El. Que nos miremos a nosotros mismos.

¿Cómo no compadecerme de Aquel, que siendo admirado hasta no hace muchos días, hoy se encuentra bajo el peso de una cruz y sin amigos que le defiendan?

Como Madre te admiro. Sé que, al final, la voz de Dios se impondrá a esta tortura que ahora te humilla.

9ª estación: Cae el Señor por tercera vez

Muchas veces me pregunté; ¿Era necesario tanto dolor? ¿Por qué tantas caídas? ¿Sirve esta transfusión de sangre para alguien? ¿Moverá los corazones fríos este cuerpo dolorido?

No tuve respuesta. Tan sólo, en los días de la Pascua, comprendí que la locura de Dios era de tal magnitud que, nuestro Hijo, se había convertido en el precio del rescate por el hombre.

¡Gracias! como Madre os lo digo, por acompañarnos en este momento!

10 estación: Jesús despojado de sus vestidos

Al que desnudo lo abracé en la noche de Navidad, despojado de todo, lo vuelvo a contemplar en la tarde del Viernes Santo. ¡Qué momentos tan dispares y tan similares!

Jesús humillado, Dios desprendido de toda riqueza, Jesús en la soledad. En Belén, en la oscuridad de una gruta; hoy, en el vértigo que produce asomarse a este monte calvario.

¡Desnudo vino Dios a la tierra! ¡Desnudo sube mi Hijo, Cristo, a la cruz!

¿Por qué no te arropas tú con el manto de la verdad y de la fe, de la esperanza y del amor a Dios?

11ª estación: Jesús clavado en la cruz

El que nació rey de la gloria, asciende entre gritos y al grito burlesco de “rey” al patíbulo de una cruz.

Yo miraba a todos lados, buscaba a mi Hijo en la cruz. Y me acordaba, de aquellos momentos cuando, ya en la cuna, lo veía desde entonces cargando con la cruz.

¡Rey de los judíos! Para mí si que lo fue. ¡Desde el primer momento! ¡Fue el rey del mundo; mi rey ofrendado por los pastores, mi rey adorado por los reyes. Cuántas veces, siendo pequeño le dije, ¡mi pequeño niño, mi gran rey! Y, cuando desde el pie de la cruz, leo el cartel, lo pienso para mis adentros: ¡AHORA, HIJO, MAS QUE NUNCA ERES REY! ¡DAS EL TODO POR TU PUEBLO!

12ª estación: Jesús muere en la cruz

Un Dios que descendió sin ruido a la tierra, guarda silencio por mi Hijo Jesús. Yo no lo entendía; no comprendía el por qué, la crueldad y la radicalidad de estos gestos. ¿No te bastó, Dios mío, la sobriedad, la indiferencia ante tu llegada o la calma de Belén? ¡Cuántas veces me lo preguntaba!

En Ti, Jesús, se clavan nuestras penas y nuestros sacrificios, en Ti, Hijo mío, desaparecen las discordias y las enemistades. En Ti, en tu mudez y muerte Jesús, los hombres se hacen más hermanos. La cruz se alza como el pasaporte para alcanzar la eternidad.

Duerme, mi Hijo, duerme que, desde aquí abajo, como Madre, te sigo arrullando y queriendo.

13ª estación: Jesús en los brazos de la madre

¡Bajadlo! ¡Bajadlo! No lo tengáis más tiempo. “Todo se ha cumplido” Lo tuve en mis brazos, siendo pequeño, y lo quiero sostener de nuevo, para que nadie me lo arrebate en estos momentos.

¡Duerme, mi Señor! ¡Descansa! Tu Palabra será fecunda. Tu Reino se extenderá por años sin término.

¡Duerme, mi Señor! ¡Siente el pecho de tu Madre! La que, en Nazaret, te levantó cuando caías, y la que en este Calvario, te recoge con más emoción y con el amor más probado, maternal y puro que nunca.

¡Duerme, mi Hijo! Tu cosecha será fecunda. Tu Pascua, para el hombre, fructífera y definitiva.

14ª estación: Jesús es puesto en el sepulcro

Llega un momento, que una madre, no quisiera vivir para presenciar: desprenderse del tesoro que germinó en sus entrañas durante nueve meses.

Te vas, Jesús. Te vas como viniste; al fondo de una gruta. Entonces prestada, hoy también, pero, además, sellada por una losa.

Entonces los campos de Belén se iluminaron por una estrella; hoy el horizonte se ha oscurecido. Ya no se escuchan cantos; algunos de aquellos pastores han muerto y los reyes tardarán tiempo en enterarse de que, el rey de reyes, ha dejado este mundo con la misma comitiva que lo recibió: su Madre y pocos más.

¡Baja, Hijo mío, al sepulcro! Baja para que Dios cumpla lo que estamos llamados a vivir. Que la muerte ya no se impone. Que la vida es eterna. Que un mañana feliz espera al hombre.

¡Baja, Hijo mío, al sepulcro! Para que a José, tu padre, lo pueda volver a ver.

¡Baja, Hijo mío, al sepulcro! Y, cuando al tercer día escuchemos himnos de gloria y de triunfo, que no olvidemos nunca, que Dios cumple lo que promete y que, a pesar de la cruz, nos espera una inmensa ciudad llena de luz y de felicidad: el cielo.

¡Baja, y vuelve pronto, mi Señor!

 

DIARIO DE MARIA

 

Te miro a los ojos y, entre tanto llanto,

parece mentira que te hayan clavado,

que seas el pequeño al que he acunado

y que se dormía tan pronto en mis brazos;

el que se reía al mirar el cielo

y cuando rezaba se ponía serio.

 

Sobre ese madero veo a aquel pequeño

que entre los doctores hablaba en el Templo;

que cuando pregunté respondió con calma

que de los asuntos de Dios se encargaba.

 

Ese mismo niño el que está en la cruz,

el Rey de los hombres, se llama Jesús.

 

Ese mismo hombre que no era un niño

cuando en esa boda le pedí más vino.

Que dio de comer a un millar de gentes

y a pobres y enfermos los miró de frente.

Rió con aquellos a quiénes más quiso

y lloró en silencio al morir su amigo.

 

Ya cae la tarde, se nublan los cielos,

pronto volverás a tu Padre Eterno…

 

Duérmete pequeño, duérmete mi niño,

que yo te he entregado todo mi cariño.

Como en Nazaret, aquella mañana,

he aquí tu sierva, he aquí tu esclava.


PREPARACIÓN DE LA PASIÓN DE CRISTO SEGÚN SAN MARCOS (Cáp. 8-10)

Por David Llena


Este trabajo es muy interesante. Podría servir perfectamente para un foro de debate sobre los misterios que celebramos en estos días de Semana Santa y Pascua. Y también, como una escenificación de teatro hablado, Si varios personajes van leyendo cada uno de los párrafos o de las peticiones tiene mas sentido. En varias ocasiones se podría parar el relato para analizarlo y comentarlo.


1. TRIPLE REPETICIÓN DEL ESQUEMA: PREPARACION-ANUNCIO DE PASIÓN-REACCION DE LOS APOSTOLES.

PREPARANDO A LOS DISCIPULOS.

Partimos de los versículos anteriores al capítulo 8 de S. Marcos, fijándonos en los que suceden al versículo 24 del capítulo 7, donde aparecen dos milagros: La expulsión de un demonio en la región de Tiro y la curación de un sordomudo en la región del Mar de Galilea. Los milagros continúan en el capítulo 8 con la segunda multiplicación de los panes y los peces y se cierra con la curación de un ciego en Betsaida.

Todos estos milagros, se sitúan como antesala a la pregunta crucial que hace Cristo a los discípulos y que lleva repitiendo desde entonces a cada uno de los que nos acercamos a Él. ¿Y vosotros quién decís que soy yo?

Volveremos a esta y otras preguntas en otro momento de este escrito y analizaremos la estructura y particularidades de los milagros que se recogen en estos capítulos. Pero la reflexión principal lleva implícita la estructura de propuesta-respuesta que narra el Evangelio de Marcos en cuanto a los anuncios de padecimiento de sí mismo, que Cristo hace a sus discípulos.

Hemos empezado destacando dos curaciones (un sordomudo y un ciego) la expulsión de un demonio y una multiplicación de los panes y los peces. Los discípulos ante estos hechos portentosos, no podrían más que recordar aquellas palabras de Isaías: “Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo.” (Is 35, 5-6)

Los discípulos deben estar barruntando en su interior si aquel que anunciaba el profeta era este Jesús que ellos seguían. Sin embargo su religión de mínimos no les permite ver más allá de sus ojos, ni de entender más allá del primer sentido de las palabras. Cuando en Mc 8 13-21 (antes de que Jesús formule la pregunta fundamental ¿Quién soy yo?), durante una travesía en barca, les advierte a sus discípulos de la “levadura de los fariseos” ellos lo entienden como una preocupación por el poco pan que llevaban.

Esta es una primera meditación sobre nuestra actitud ante Cristo: nos quedamos en el exterior, no le entendemos, no sintonizamos con su mensaje. Y ésta es la primera petición al Padre. Sólo Él puede hacernos más sensibles a la voz de Cristo, ayudarnos a entender lo que nos quiere decir, sólo Él puede hacer que el Espíritu Santo nos inspire la palabra y el gesto oportuno, es decir, sentir con el sentimiento de Cristo. ¡Padre haznos sensibles a tu mensaje, hazte oír en tus criaturas, haz que te oigamos y atendamos a la profundidad de tu mensaje!

Ya hemos esbozado antes que la respuesta de Pedro: “Tú eres el Cristo”, aunque inspirada por el Espíritu, fue rápidamente comprendida por los demás discípulos. Toda la preocupación de Jesús en los momentos anteriores a esa crucial pregunta, fue hacer ver a sus discípulos que en Él se cumplían las escrituras. Aquel libertador había llegado. “Tu eres el Cristo”. ¿Y nosotros hemos descubierto que Jesús es el Cristo? ¿El ungido de Dios? ¿El que dará la libertad al oprimido? Será necesario repetirlo conscientemente alguna vez pues Él ha venido a librarnos del opresor.

PRIMER ANUNCIO DE LA PASIÓN Y AMONESTACIÓN DE PEDRO

Así, de camino a Cesarea de Filipo, después que Pedro reconozca a Jesús como el Cristo, Él les anuncia que el Mesías debe padecer y morir.

¿Pero eso como va a ser?, le replica Pedro y aún 2000 años más tarde nos “cuesta trabajo” entenderlo. Es más, desde un punto de vista de criatura es inconcebible. ¿Dios va a liberar a su pueblo del opresor o morirá a manos del opresor? Al igual que pasó con el tema de la levadura de los fariseos, los discípulos no entendían el mensaje de Cristo.

TRAS EL PRIMER ANUNCIO

Jesús se deja de rodeos y va al grano: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue su cruz y venga en pos de mí.” “El que pierda la vida por mí la salvará”.

Ahí está el mensaje, ¿lo entendéis? Vamos por partes: Negarse a sí mismo, cargar su cruz, perder la vida por Cristo.

Negarse a sí mismo. Es más fácil entender eso de negar a los demás. Negarles la palabra, negarles el pan, negar a alguien, ningunear. Hacer nada a los demás, se puede entender. Pero hacerse uno nada significa humillarse, pero… ¿eso como va a ser?

Cargar nuestra cruz. ¿Aceptar el sufrimiento? Pero… ¿cómo va a querer Dios el sufrimiento? Debemos mitigar el dolor, buscar el bienestar, disfrutar de la vida.

Perder la vida. Esto es el colmo, ¿cómo vamos a perder la vida? Llevamos inscritos en nuestra naturaleza el instinto de supervivencia, todas nuestras energías deben estar dirigidas a sobrevivir… ¿qué significa eso de “perder la vida”?

Andamos como aquellos apóstoles, cerca de Jesús pero lejos de su mensaje, o quizá peor como aquellos fariseos a los que Jesús les recuerda las palabras de Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mc 7, 6b).

¿Y nosotros como nos vemos?, ¿sentimos a Cristo cerca?, ¿nos incomoda Cristo?, ¿nos interpela?, ¿nos dejamos interpelar por Él?

Ésta es nuestra segunda petición al Padre que engancha con la primera. Antes pedíamos escuchar a Cristo, ahora le pediremos atender y obedecer su mensaje. ¡Padre haz que por medio de tu Espíritu nuestro corazón viva atento a tu mensaje y estemos prestos en atender tus impulsos!

PREPARANDO EL SEGUNDO ANUNCIO

Jesús no se rinde ante la tozudez de sus apóstoles, decide escoger a aquellos que están más cercanos y mostrarles de nuevo que Él es el Mesías. Sube con Pedro, Santiago y Juan a un monte alto y se transfigura delante de ellos. Les hace ver que Él es el culmen de la Ley (representada por Moisés) y de los profetas (representados por Elías). Fue un trozo de cielo en la tierra, Jesús mostró el final de su vida, intentando hacer ver a sus discípulos que el camino que iba a tomar, la cruz, tenía como final la gloria. Ellos, de nuevo, se quedaron en la superficie, en el “que bien se está aquí”. Incluso la sombra de Dios los envuelve y les dice dos cosas: “Este es mi Hijo” para quitar cualquier atisbo de duda en los presentes y la segunda cosa que les dice es: Escuchadle”. Deben hacer el esfuerzo de reconocer que las palabras que dice son ciertas, que aunque suenen raras son ciertas, aunque no sean lo que ellos quieren escuchar, ese es el camino trazado.

Bajando del monte Jesús les lanza un tema de conversación y meditación: “No contéis nada de esto hasta que el Hijo del hombre resucite entre los muertos” (Mc 9, 9)

Resucitar ese es el final, para vencer a la muerte hay que salir victorioso de ella, la victoria no es no morir sino resucitar. Pero ellos no entendieron.

Habían aprendido de los escribas aquel pasaje del profeta Malaquías donde asegura que antes que el Hijo del hombre debía de venir el profeta Elías. Y se preguntaban: si Jesús es el Hijo del hombre, ¿dónde está Elías? Jesús lo deja claro: “Elías ya ha venido y han hecho con él según está escrito”. Jesús hablaba de Juan el Bautista que había sido encarcelado y decapitado por Herodes. Y vuelve a recordarles que está escrito el sufrimiento del Mesías.

Llegan donde los demás que están tratando de expulsar un demonio pero no pueden. La falta de fe era la razón. “Todo es posible para quien cree”. Sobre esta idea haremos nuestra tercera súplica al Padre, sencilla, directa, humilde, desnuda de lenguaje: “Padre aumenta mi fe” Luego Jesús, aparte, les da razón de su fracaso. “Hay demonios que sólo se pueden arrojar mediante la oración”. Repetimos: “Padre aumenta nuestra fe, para que podamos alejar de nosotros los demonios del egoísmo, la falta de caridad…”.

SEGUNDO ANUNCIO DE LA PASIÓN

Tras otra expulsión de un espíritu mudo, que analizaremos someramente al final, llega el turno del segundo anuncio: Iban caminando por Galilea, y les decía “El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará”.

Caminando, en el transcurso de nuestra vida se aparece el mensaje de Cristo, sus palabras inquietantes, no nos gusta oír hablar de sufrimiento ni muerte, cerramos nuestros oídos y no escuchamos el final: RESURRECCIÓN. Es la segunda vez que en el capítulo aparece la palabra resurrección. Pero ellos no entendían. Desolado debe estar el maestro con sus discípulos, acaban de oír al Padre pidiendo que escuchen a su Hijo y ellos no querían atender.

Cuarta meditación: Y nosotros… ¿Atendemos a las palabras de Cristo?, ¿escuchamos sus palabras aunque no nos gusten? Debemos volver a repetir la plegaria. ¡Padre haznos dóciles a tu voz, que sepamos escuchar la voz del maestro, que escuchemos al Buen Pastor, que aunque no entendamos dejemos hacer tu voluntad!

TRAS EL SEGUNDO ANUNCIO

Pero el colmo llega cuando en vez de intentar entender lo que dice Cristo, ellos empiezan a repartirse el Reino, desoyen la voz de Cristo y solo escuchan la voz de su egoísmo. Por eso les suena a regaño la pregunta de Cristo: “¿De qué discutíais por el camino?”

¿Cuántas veces Cristo nos ha sacado los colores con esta pregunta? Esta pregunta se convierte en la quinta meditación. En nuestra vida mundana se presenta Cristo y nos cambia la cara, estábamos maquinando según el mundo y cuando nos encontramos a Dios, nos sucede como a Adán y Eva tras cometer el pecado, intentando tapar nuestras vergüenzas, quitarlas de la luz del que es Luz. Inútil ¿no?

Pero he ahí, la pedagogía del Maestro, en lugar de regañar, enseña. “si uno quiere ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”. ¡Oye! pues aquello que no entendíamos de negarse a sí mismo, de dar la vida, se entiende algo mejor ahora. Dar la vida no significa morir (aunque debemos estar dispuestos), negarse a sí mismo no significa ningunearse y auto-hacerse la puñeta, sino rebajarse para ponerse al servicio del otro, dar la vida es eso, vivir para el otro. Cuanto más insignificante es el otro más hay que darle. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mi me recibe” (Mc 9,36-37).

Jesús comienza a enseñar que el Espíritu puede actuar a través de “otros”. “Nadie que obre un milagro invocando mi nombre hablará luego mal de mí” Mc(9,39).

Así pues, no solo les dice que ellos no serán los primeros por estar cerca de Jesús, sino que incluso los niños u otros que estén más “alejados” (en el sentido que los discípulos entendían) podrían estar más cercanos a Cristo.

Una nueva reflexión: la sexta. ¿Nos pasa a nosotros lo mismo?, ¿nos creemos ya salvados por frecuentar la Iglesia?, ¿despreciamos a aquellos que no vienen por la Iglesia? Es más, ¿recibimos a aquellos que se acercan en Su nombre? ¡Padre que no sea yo quien juzgue!, ¡que sea mi palabra cálida para aquellos que te buscan!

PREPARANDO EL TERCER ANUNCIO

Lo importante es el reino de los cielos.

La paradoja viene a continuación, después de sanar cojos, mancos y ciegos, propone que nosotros nos volvamos cojos, mancos o ciegos, si esos miembros son ocasión de pecado. Pues más vale la vida eterna que cualquier otra cosa, incluso un miembro de nuestro propio cuerpo. Es claro que Jesús nos quiere enteros, pero usa este lenguaje tan fuerte para que deseemos a Dios por encima de todo incluso de nosotros mismos. Y es que lo importante no son las curaciones del cuerpo, sino las del alma. Lo veremos más tarde cuando analicemos la estructura de los milagros.

La sal, nosotros somos la sal pero nuestra sal se ha diluido en el agua del mundo y por eso nuestra sal no sala, nuestra sal es insípida, si nos encontramos así debemos empezar a dejarnos secar por el fuego de Dios, para recuperar la esencia de esa sal. Si no, seremos secados con el fuego del purgatorio. La séptima petición a Dios la expresamos así: ¡Señor, evacua de mí todo lo que me hace insípido!, ¡que mi vida emane la sal que da sabor al mundo, la sal que se deshace para mejorar todo aquello que tiene alrededor!, ¡que la sal de mi vida sea dada a los demás!

* Todos se acercan a Jesús.

De nuevo cambia de escenario Jesús yéndose a Judea a seguir enseñando. Los fariseos se sienten interpelados por Jesús. Intentan ponerlo a prueba: “¿Puede el marido repudiar a su mujer?” (Mc 10,2). Al igual que antes con el precepto de la limpieza, Jesús muestra el error de estos judíos. Y declara taxativamente: “El que repudie a su mujer y se case con otro comete adulterio” (Mc 10,11).

Le acercan unos niños. Aquellos que son los últimos, los que estorban en las conversaciones de los mayores. Pero ya sabemos de antes que los últimos son los primeros para Jesús que se enfada con aquellos que tratan de impedir que se los acerquen, “de los que son como estos es el Reino de los cielos” (Mc 10,14).

Un encuentro ¿fallido?. El joven rico.

Cuando ya se iba se acerca uno. “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?” Mc(10,17) . Jesús le amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes dáselo a los pobres, luego ven y sígueme” Mc(10,21). Muchos actuamos entonces como aquel joven, dejamos a Jesús pues preferimos nuestras comodidades.

Y ante el asombro de los discípulos que se preguntaban: “Entonces quién podrá salvarse” (Mc 10,26b). Vuelve a repetir Jesús, como ante el padre de aquel endemoniado que no pudieron curar los discípulos, “Todo es posible para Dios” (Mc 10,27).

Octava reflexión: Cuantas veces pensamos en salvarnos por nosotros mismos, por nuestros méritos, por nuestras “grandes” acciones. Pero sólo Él puede salvarnos. Otras veces vemos que superar algún pecado o alguna desviación va a ser imposible para nosotros. ¡Para nosotros sí pero no para Dios!

Después de estas enseñanzas y advertencias de Cristo a los apóstoles y de varios encuentros: con los fariseos, algunos niños y el joven rico, Jesús cree preparados a sus discípulos para el inminente acontecimiento de su muerte. Así, camina de nuevo hacia Jerusalén con la única compañía de sus discípulos.

TERCER ANUNCIO DE LA PASIÓN

Iban de camino a Jerusalén… cuando por tercera vez insiste Jesús: “El Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y al tercer día resucitará”.

Y ante tanto detalle, que hacen los discípulos. Oídos sordos. Santiago y Juan, los que se sienten los mejores, los que vieron la transfiguración del Señor y tenían la obligación por mandato divino de escuchar al Hijo deciden repartirse el poder en lugar de obedecer a Dios y escuchar a Cristo. Están dispuestos a seguir los “pasos” de Cristo, aunque no sabían bien lo que decían. Esto provocó una gran trifulca, otra vez como antes sobre “¿Quién es el primero?” y la respuesta de Cristo es la misma:

“El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos”. ¡Ojo! de todos.

Novena reflexión: ¿Y nosotros a quien servimos?, ¿a Dios en los demás?, ¿en todos los demás?, o ¿al demonio del dinero o de nuestro excesivo bienestar?

Acaba el pasaje con la curación del ciego Bartimeo. Comenzó con el ciego de Betsaida y acaba con éste y en el centro de todo el recorrido la luz de la Transfiguración.

¿Ha habido durante este recorrido algún milagro en nuestro interior? Si no es así es que algo ha fallado veamos como se narran las curaciones milagrosas de estos capítulos para descubrir en que hemos fallado.

2. ANÁLISIS DE LA ESTRUCTURA DE LAS CURACIONES DE JESÚS EN ESTOS CAPÍTULOS.

Las curaciones milagrosas son:

  1. Expulsión de un demonio de la hija de una mujer sirofenicia en la región de Tiro (Mc 7,25-30).
  2. Un sordomudo en Galilea (Mc 7,32-37).
  3. El ciego de Betsaida (Mc 8, 22-26).
  4. Expulsión de un espíritu mudo (Mc 9,17-29).
  5. El ciego Bartimeo en Jericó (Mc 10,46-52).

Actitud del enfermo:

  1. Esta mujer le rogaba que expulsara de su hija al demonio.
  2. Le ruegan que impongan la mano sobre él.
  3. Le suplican que le toque.
  4. Si algo puedes ayudarnos, compadécete de nosotros.
  5. “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!

Diálogo con Jesús:

  1. “Por lo que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija.
  2. Él apartándolo de la gente…
  3. Le sacó fuera del pueblo…
  4. “Todo es posible para quien cree”.
  5. “Vete tu fe te ha salvado”.

Conclusión la FE es la que salva. Jesús necesita alejarnos del “pueblo” para salvarnos. Si no hay FE no hay milagros, si no nos alejamos de este mundanal ruido no hay encuentro con el milagro.


LA RUTA AL CALVARIO

Pedrojosé Ynaraja

Fue durante la Semana Santa del 59. Aquellos buenos chicos, que eran chicos buenos, me dijeron que estaban hartos del Via-Crucis del pueblo. Eran sinceros scouts que se estaban iniciando ilusionados en la vida y querían hacer las cosas bien hechas. Yo no ignoraba que tenían razón. Cumplí con mis obligaciones ministeriales, asistiendo con los otros clérigos y la gente piadosa, al Via-Crucis parroquial y me reuní con ellos.

Hacia las diez de la noche nos encontramos en una esquina, a las afueras de la población. No recuerdo cuantos éramos, pero imagino que no mucho más de diez muchachos. Hacía bastante frío. Se respiraba emoción y una sensación de como si lo que íbamos a hacer fuera algo ilícito. Son dos sentimientos muy propicios para celebrar la devoción del Via-Crucis. Les dije que iríamos caminando hasta una ermita próxima, conocida de todos. Estaba a un escaso cuarto de hora de camino ligero, pero nosotros fuimos lentamente. Improvisé. Les fui contando la historia de la Pasión, como yo la tenía aprendida y meditada. A pesar de haber transcurrido tantos años, aquellos chavales, que ya no lo son hoy, todavía se acuerdan de este sincero acto.

Fui trasladado a La Llobeta. El primer año una patrulla scout pasó los días de Semana Santa conmigo, ayudándome en todo. Su propósito era servirme en las celebraciones litúrgicas y fueron fieles a ello, no recuerdo ningún detalle en concreto, excepto el arreglo, a pico y pala, de una vía de acceso al lugar. Era su Buena Acción de Pascua.

Al año siguiente se operó un gran cambio. Vino un clan de guías, chicas, y un equipo de rovers, chicos. Acampó una tropa de scouts y algunos jóvenes más, de otros movimientos. Explicaré una experiencia que durante más de treinta años celebramos, que aunque cambiando muchos de los asistentes, que llegaban de diferentes lugares. Antes de proseguir contaré una anécdota. Había preparado a ciclostil un programa con el horario de los actos y una breve descripción del significado de cada uno de ellos. Fue a parar un ejemplar a manos del párroco del territorio, que me manifestó, con gran enojo, que aquello de ninguna manera podíamos practicarlo, que un Via-Crucis tenía 14 estaciones, estaban todas ellas señaladas y no se podían modificar. Se me ocurrió entonces decirle que le llamaríamos Ruta al Calvario y se apaciguó. La treta resultó ser un gran acierto, no me volvió a molestar y a la gente les gustó siempre este nombre.

Debía el acto tener una cierta espectacularidad y dignidad, adecuadas a la idiosincrasia de los chicos. También era preciso que gozara de intimismo, sinceridad y proximidad a la historia a la que se refería la plegaria. Era necesario también que gozase de ambientación juvenil, acorde con la asistencia. Advierto esto para que se entiendan los detalles técnicos que explicaré antes de empezar la descripción. Creo que todos recordarán aquellas pequeñas plataformas, donde se llevaban en procesión las imágenes de los santos, andas, me parece que se llamaban. Pues bien, en un tal artilugio, se montó una hoguera, que debía ir al inicio del cortejo. Con dos viejos troncos de pino, cogidos del mismo bosque del entorno, se formo una gran cruz, una tosca cruz, una pesada cruz. No la llevábamos elevada verticalmente, iba horizontalmente, sobre nosotros, que la sosteníamos con los brazos levantados, de manera que, se lo había ya advertido al principio, el Padre Eterno, al mirar hacia la Tierra, lo primero que viera fuese la Cruz de su Hijo. Nosotros nos situábamos debajo, protegiéndonos con ella. Como pesaba mucho y trasportar cargas por encima de la cabeza resulta muy molesto, debían irse cambiando los que la llevaban. Flanqueaban el grupo, que de ninguna manera se parecía a una procesión en dos ordenadas filas, sino más bien a una manifestación tumultuosa, de las que entonces se organizaban ilegalmente y que gozaban de prestigio, seis u ocho chicos, con unos palos acabados en un bote, lleno de aserrín, empapado en gasóleo. Se inició el acto cuando el gran fuego estuvo bien encendido. Que quemaran las antorchas fue muy fácil. La luz rojiza y vacilante de estos focos, impregnaba la atmósfera de misterio. Se hizo total silencio.

Advierto dos cosas. Primero, que la comunidad juvenil había vivido la experiencia de la Vela de Getsemaní, que había producido un gran impacto espiritual y sentimientos de profunda conversión. Segundo, que en un gran panel se habían escrito los títulos de los episodios de la Pasión del Señor, según los relatos evangélicos, como va al final de este relato. Las patrullas, los equipos, años más tarde las familias o hasta las mismas monjas del convento próximo, habían escogido las que más les interesaban y en el seno de cada grupo se había previamente analizado y discutido el episodio. Esta labor duraba sus buenas dos horas, dependiendo, claro está, de las características del grupo. Los menores acababan pronto. Los quinceañeros discutían, a veces acaloradamente, un episodio. Los matrimonios, con sus hijos o ellos solos, reflexionaban con más calma y serenidad.

Al acabar esta fase, se les había dicho que debían poner por escrito el resumen de su reflexión y uno de ellos debía ser el encargado de leerlo. Lo de ponerlo por escrito asegura un cierto ritmo, nada desconcierta tanto a una comunidad como un silencio inoportuno o la discusión, aunque sea amistosa, sobre a quien le toca intervenir. Exige además disciplina, tanto en la reflexión, como en la redacción. Dado que los episodios anotados se encadenan los unos con los otros, con frecuencia se repetían ciertas reflexiones. No importaba, aunque trataran del mismo acontecimiento, eran vistos de diferente manera, según fuera el núcleo redactor, que nada sabía de lo que hacían los demás, ya que en una habitación, dentro de la tienda de campaña o en una iglesia, cada grupo hablaba, resumía y escribía sobre el tema que había escogido. La Pasión de Cristo impresiona a cualquier persona sensible, independientemente de la orientación que haya dado a su vida.

Recuerdo haber pasado en una ocasión junto a una tienda y haberme metido dentro. Eran chicos cercanos a los 20 años. Oí como uno afirmaba con energía: es que Jesús era un tío coj... (omito la palabra por respeto) Pasado un tiempo, el chico, comunista entonces, derivó a la anarquía y murió finalmente, junto a la frontera francesa, después de la fuga del penal de Segovia. Me refiero a Oriol Sole, que gozó siempre de mi amistad, aunque nuestras apreciaciones pudieran ser diversas. Espero que en la Eternidad se encontrara con aquel Jesús que admiraba, de aquí que sobre su tumba, pegando al suelo, le pusiera yo una cruz, semejante a la que había trasportado en la Ruta al Calvario. Los sacerdotes nos quedábamos con las que nadie se había reservado o, previamente, habíamos puesto nuestro nombre en la que nos interesaban comentar. Y confieso que nunca lo tuve escrito en el momento de expresarlas. Defectos del oficio. Algunas de las “estaciones” siempre he querido reservármelas, como diré al final. Cada grupo, a la luz de una de las antorchas a las que me refería al principio, leía su resumen escrito. En acabando se cantaba, monótonamente, cualquiera de los estribillos ya conocidos de los Via-Crucis tradicionales. Era el momento de avanzar un trecho.

El final era siempre en la capilla, en donde se habían retirado los bancos, dejando un gran espacio libre, cercano al altar. Colocada la desnuda cruz de troncos secos, en el suelo. Invitaba entonces a estar un rato en silencio y tratar de observarla respetuosamente, como la pudiera haber mirado Santa Maria el primer Viernes Santo de la historia. Por aquello de que siempre hay que acordarse de las enseñanzas del Maestro, rezábamos después, lentamente el Padrenuestro. Acabada la oración, lo sabíamos de cada año, repartían, a los que quisieran quedarse, pan y agua. Todo el pan y agua que quisieran, pero sólo eso. Empezaba entonces otro acto sobre el que escribiré en otro momento.

ALGÚN COMENTARIO ADICIONAL.

He redactado esta “Ruta al Calvario” en estilo descriptivo. Es la forma que mas me gusta emplear para las cosas que aprecio, huyendo de definiciones dogmatizantes. Quería además que el lector supiera que no se trataba de una invención propia, imaginada utópicamente, pero irrealizable tal vez, sino de un acto celebrado durante más de treinta años. Habrá observado el lector que he utilizado adrede una cierta imprecisión, parece que esté describiendo un solo acto, pero utilizo, no obstante y con frecuencia, el plural. Hacer distinciones sobre como fue el primer año y como fue perfeccionándose era innecesario. Ciertamente que vivido dentro de un bosque resulta mas sugerente, pero no ha disminuido su ambientación, cuando ha transcurrido por caminos vecinales. Imagino que celebrarlo por un claustro o por los pasadizos de un gran edificio escolar, resultaría igualmente provechoso, atendiendo que en Semana Santa con facilidad llueve y si los asistentes no son gente joven, o con humor muy juvenil, resulta difícil dejarse mojar, mientras se entrega uno a la oración. Una generación nueva va creciendo junto a mí, algunos son hijos de aquellos del inicio. Espero, deseo, que Dios me conserve la vida, para que pueda, dentro de poco tiempo, reiniciar esta piadosa práctica.

Me gustaba empezar siempre con la descripción detallada del huerto de Getsemaní. Quería, quiero, que explicada la situación del lugar respecto a las murallas de Jerusalén, imaginando la puerta por donde salieron los soldados a hacerle prisionero, el tiempo que transcurrió hasta llegar a donde Él sufría reflexionando ásperamente, viendo el resplandor de las antorchas acercarse, sufriendo agonía, teniendo como tenía escapatoria, con solo marchar por el camino que a sus espaldas llevaba a Betania, donde gozaba de seguro refugio, se apreciase que Jesús no se escapó. Estos detalles logísticos hay que describirlo para que, desde un principio, se sepa que el Señor, voluntariamente, se dejó coger y por ende morir.

Me gustaba hacer hincapié en que Jesús murió desnudo (nada de morbosidad, podía perfectamente tener cubierta alguna parte de su cuerpo). Para llegar a la entrega total de sí mismo se fue desprendiendo de todo. Las zorras tienen guaridas, los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reposar la cabeza, había dicho un día Él. Ahora, en este momento supremo de su vida, hasta se quedó sin vestidos protectores. Hubiera sido ridículo que hubiera invocado el derecho de propiedad sobre su manto y túnica, antes de dejarse ajusticiar. Nosotros, muchas veces, defendiendo vehementemente lo que nos pertenece en propiedad, lo único que logramos es que nuestro peregrinar por esta vida sea más lento y tal vez hasta lleguemos a perder de vista a Jesús. Para seguir al Maestro y llegar hasta el fin junto a Él, hay que irse desprendiendo de riquezas, por pequeñas que estas sean.

Puede sorprender el final. No se menciona ni el Santo Entierro, ni la permanencia en el sepulcro, ni la resurrección. Me he limitado a describir una experiencia concreta dentro de un marco de celebraciones. Quien quiera añadir lo que falta, puede hacerlo. Sobre la permanencia en el sepulcro es asombroso el texto de una homilía antigua, que se nos ofrece en el Oficio de Lectura del Sábado Santo. Teniendo los asistentes una fotocopia y escuchando la lectura pausada, en formación circular, en un calvero, al amanecer del Sábado Santo, la meditación con facilidad deviene profunda y empapa el espíritu más que el rocío la ropa. Hablo por experiencia. Se trata de un misterio muy olvidado en la Iglesia latina, no en las Iglesias Orientales, visión que trasforma la idea profana que tenemos de la historia y del lugar que Cristo crucificado ocupa en ella.

Como es obvio, esta Ruta al Calvario siempre resulta diferente. Carece de precisiones teológicas y de elocuentes exhortaciones emotivas, propias de un experto predicador. Si uno está atento y con el corazón abierto a lo que el Señor le quiera sugerir, se enriquece espiritualmente mucho. La gente joven y los que no lo son, aunque no hayan pasado por un seminario, ni tengan estudios superiores, tienen mucho que enseñarnos.

APÉNDICE

1.- Getsemaní: Mt 26, 36-37 / Mc 14,32 / Lc 22,40

2.- Agonía: Mt 26, 37-44 / Mc 14, 33-40 / Lc 22, 41-45

3.- Beso del traidor: Mt 26, 45-50 / Mc 14, 43-45

4.-Simón-Pedro hiere a Malcus: Mt 26, 50-54 / Jn 18, 10-15 / Mc 14, 47-48 / Lc 22, 50-51

5.- Jesús prisionero: Mt 26, 55-56 / Mc 14, 49-52 / Lc 22, 23

6.- Jesús ante Anás: Jn 18, 13-24

7.- Caifás: Mt 26, 57-66 / Mc 14, 53-64 / Lc 22,54

8.-Primera negación de Pedro: Mt 26, 71-72 / Mc 14, 66-68 / Lc 22, 54-57 / Jn 18, 15-18

9.- Segunda negación de Pedro: Mt 26, 71-72 / Mc 14, 69-70 / Lc 22,58 /Jn 18,25

10.-Tercera negación de Pedro: Mt 26, 73-75 / Mc 14, 70-72 / Lc 22, 59-60 / Jn 18, 26-27

11.- Mofas y burlas: Mt 26, 67-68 / Mc 14,65 / Lc 22,63-65

12.- Ante el sanedrín: Mt 27,1 / Mc 15,1 / Lc 22 66-71

13.- Desesperación de Judas: Mt 27,3-10 / Hechos1,18-19

14.- Jesús ante Pilatos: Mt 27,2 / Mc 15,1 / Lc 23,1 / Jn 18, 18-32

15.- Interrogatorio: Mt 27,11 / Mc 15,2 / Lc 23,3

16.-Ante Herodes: Lc 23,6-12

17.- Jesús o Barrabás: Mt 27, 15-18 / Mc 15,6-10 / Lc 23,17

18.- Intervención de la esposa de Pilatos: Mt 27,19

19.- Barrabás es dejado en libertad: Mt27, 29 / Mc 15,15 / Lc 23, 24-25

20.- Azotado y coronado de espinas: Mt27, 26-30 / Mc 15, 16-19 / Jn 19, 2-3

21.- Condenado a morir en la cruz: Mt 27, 24-25 / Mc 15,15 / Lc 23,24-25

22.- Simón, el cireneo: Mt 27,31-32 / Mc 15,20-21 / Lc 23,26

23.- Encuentro con las mujeres de Jerusalén: Lc 23,27-32

24.- Jesús es crucificado: Mt 27,33-34 / Mc 15,22-28 / Lc23, 33

25.- La inscripción en la cruz: Mt 27,37 / Mc 15,26 / Lc 23,38 / Jn 19, 19-22

26.- Se sortean los vestidos de Jesús: Mt 27, 35-36 / Mc 15,24 / Lc 23,34

27.- Las blasfemias a Él dirigidas: Mt 27, 38-44 / Mc 15, 29-32 / Lc 23,35-37

28.- El buen ladrón: Mt 27,44 / Mc 15,32 / Lc 23,40-43

29.- La Madre de Jesús: Jn 19,25-27

30.- Últimas palabras: Mt 27,45-49 / Mc 15,33-36 / Jn 19,28-30

31.- Muerte de Jesús: Mt 27,50 / Mc 15,37 / Lc 23,46 / Jn 19,30

32.- El centurión y la multitud: Mt 27,54 / Mc 15,39 / Lc 23,47-48


EL VÍA CRUCIS DEL PAPA

Por Antonio García-Moreno

El Viernes Santo del año 1991, cuando aún podía llevar la cruz de madera, Juan Pablo II estrenó una nueva fórmula del Vía Crucis. Un gesto más de su estilo innovador y ecuménico. Innovador pues proponía, no imponía, una nueva forma de contemplar la Pasión de Cristo. Ecuménico porque prescindía de las estaciones que, aunque presentes en el Vía Crucis habitual, no están en los Santos Evangelios, aceptados por todos los cristianos y base imprescindible para llegar a la mutua comprensión de los hermanos separados, y a ese único rebaño del único Pastor que es Cristo. Es cierto que se han hecho algunos comentarios al nuevo Vía Crucis, aunque no siempre accesibles. De ahí que ofrezca estas reflexiones. Por otro lado, pocas son las iglesias que lo han introducido. Lo cual es comprensible pues sería una pena desechar esos vía crucis clásicos, en ocasiones verdaderas obras de arte, con gran fuerza expresiva y sincera piedad. Quizás sería suficiente añadir las nuevas estaciones a las ya existentes, dejando la posibilidad de utilizar las dos fórmulas, según se estime oportuno.

En el Vía Crucis antiguo se han eliminado algunas estaciones, suplidas por otros momentos tomados del relato evangélico. De ordinario, al enunciado de la estación se añade un texto alusivo a la Pasión. Por mi parte, basado en el Evangelio de San Juan, y según su perspectiva gloriosa, la frase que da la clave de lectura adecuada para contemplar la Pasión, la dio el Señor al decir: “Cuando yo sea exaltado sobre la tierra -dice el Señor-, atraeré a todos hacia mí”. Se refería al modo en que moriría, crucificado en lo alto de la Cruz. En ese mismo sentido de exaltación, Jesús dijo a Nicodemo que, lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, de la misma forma sería levantado el Hijo, para que todo el le mirara y creyera en él tenga la vida eterna. Por lo tanto, hemos de recorrer las estaciones del Vía Crucis con visión de fe, de manera que podamos percibir en las sombras de su dolor, los claros fulgores del triunfo de Jesús. Por eso hemos elegido como pórtico de este reportaje el Cristo de Velázquez, tan sereno y majestuoso. Con el fin de ayudar a mis hermanos seminaristas y sacerdotes, me animé a preparar unos breves comentarios para el nuevo Vía Crucis, aunque anteponiendo el que hizo el Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, el Viernes Santo del 2005, en el Coliseo, cuando Juan Pablo II no lo pudo hacer, porque ese año él vivía su propio Vía Crucis en el umbral de su muerte. Así, pues, aunque sigue en vigor el tradicional, se puede hacer también el de Juan Pablo II, al hemos comentado brevemente. Quiera Dios que al contemplar la Pasión de Cristo nos preguntemos cómo correspondemos a tan grande y divino amor.

 

VÍA CRUCIS DEL CARDENAL RATZINGER

En el Coliseo, por ser escenario de tantos mártires durante la persecución romana, en la noche del Viernes Santo, el Papa cargado con una Cruz preside un Vía Crucis que se retransmite a todo el mundo. El texto suele variar. Como dijimos el año 2004, el Cardenal Ratzinger presidió y escribió el texto que se leyó. Sus meditaciones llamaron la atención por su profunda piedad, sencillez y valentía.

PRIMERA ESTACIÓN

(V del nuevo)

Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 22-23.26

Pilato les preguntó: « ¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: « ¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió: «pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: « ¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

MEDITACIÓN

El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilanimidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

SEGUNDA ESTACIÓN

(VII nuevo)

Jesús con la cruz a cuestas

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 27-31

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: « ¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

MEDITACIÓN

Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS 53, 4-6

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

MEDITACIÓN

El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

CUARTA ESTACIÓN

Jesús se encuentra con su Madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 2, 34-35.51

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

MEDITACIÓN

En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: « ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

QUINTA ESTACIÓN

(VIII del nuevo)

El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 32; 16, 24

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

MEDITACIÓN

Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le ha llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS 53, 2-3

No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

DEL LIBRO DE LOS SALMOS 26, 8-9

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

MEDITACIÓN

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega-- encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DE LAS LAMENTACIONES 3, 1-2.9.16

Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.

MEDITACIÓN

La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

OCTAVA ESTACIÓN

(IX del nuevo)

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 23, 28-31

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

MEDITACIÓN

Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL LIBRO DE LAS LAMENTACIONES 3, 27-32.

Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

MEDITACIÓN

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 33 -36

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

MEDITACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús clavado en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 7, 37-42

Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

MEDITACIÓN

Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muere en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 19, 19-20

Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 45-50. 54

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

MEDITACIÓN

Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DECIMOTERCERA ESTACIÓN

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 54-55

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

MEDITACIÓN

Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, porque conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

DECIMOCUARTA ESTACIÓN

(XIV del nuevo)

Jesús es puesto en el sepulcro

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 27, 59-61

José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

MEDITACIÓN

Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume porque conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!


NUEVO VIA CRUCIS

(Texto de Antonio García-Moreno)

Estación introductoria: Exaltación y gloria

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

"Cuando yo sea exaltado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Esto dijo Jesús para indicar la forma en que moriría, según nos explica el mismo evangelista San Juan. Se refería a la muerte en la cruz, el terrible mástil donde se padecía la pena máxima y pésima de aquellos tiempos... Era morir desnudo y agonizar lentamente a la vista de todo el mundo, expuesto como un gran delincuente, para castigo de sus delitos y escarmiento de los demás... Que el Mesías muriera crucificado era una locura, decían los paganos; por su parte los judíos consideraban esa muerte como un escándalo inadmisible. Sin embargo, para los creyentes en Cristo, su crucifixión es fuerza y sabiduría de Dios (1 Co 1, 23-24)...

Como la serpiente de bronce en el desierto curaba a quienes la miraban con fe, de la misma forma los que miran a Cristo crucificado y creen en él se salvarán. Hemos de sentirnos atraídos y fascinados por tan misterioso y sublime amor, pues tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo. Cristo también dijo que no hay amor más grande que el de quien entrega su vida por el que ama. Eso nos recuerda Benedicto XVI en su primera encíclica, Dios es amor. Nosotros hemos creído en al amor de Dios. Pero no lo olvidemos nunca: Amor con amor se paga.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

I Estación: Oración en el huerto

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (22,39-43):

“Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos... y, arrodillado, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya...”. (Lc 22, 39-43).

Como en otras ocasiones Jesús se retira a orar en el Huerto de los Olivos, al otro lado del torrente Cedrón. De ordinario se quedaba solo, inmerso en el silencio de la noche. Ahora le acompañan los tres apóstoles predilectos: Pedro, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo. Vigilad y orad, les dice el Señor, para no entrar en la tentación. Luego inicia su oración al Padre y le pide tres veces que le libre de los tormentos que le amenazan, pero también ruega que se haga la voluntad del Padre, y no la suya...

A lo lejos se oían ladridos de perros, alertados por quienes bajaban hacia el torrente, para prender a Jesús. Sus enemigos no descansaban, en cambio sus apóstoles se durmieron, mientras el Maestro se angustiaba y entristecía... Pero su oración, aunque dramática era confiada, y le confortó, le dio fuerzas para salir al paso de los que, con armas y teas encendidas, se acercaban cautelosos, escondidos entre las sombras, para prender a Jesús, como si fuera un ladrón... El ejemplo de Cristo nos estimula a la oración y a la entrega confiada en Dios. También cuando viene la noche del alma.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

II Estación: El beso de Judas.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (22, 47-48):

“Se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero y se acercó a Jesús para besarle, Jesús le dijo: "Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre".

¿Que le pasó a Judas para traicionar a Jesús? Al Maestro que le había elegido para formar el colegio apostólico de los Doce, como uno de sus colaboradores íntimos. Además le hizo su hombre de confianza, el administrador de lo que poseían. Aquella bolsa común, al parecer, tenía poco, pero era todo lo que había... Sus relaciones con el Maestro debían ser especialmente amistosas, pues le da un beso delante los demás...

Aquel beso quemó la mejilla de Jesús, hirió su sensible y amable corazón. Con un beso -le dice- ¿me entregas en manos de mis enemigos? Cuánta amargura había en aquellas palabras, cuánto dolor rezuman... La ingratitud es una espada lacerante; la falta de correspondencia nos duele hondo, más aún si por bien nos devuelven mal... Perdóname, Señor, tampoco yo he correspondido a tu predilección y a tu inmenso amor por mí...

¡Señor, pequé. Ten misericordia de mí!

III Estación: La condena del Sanedrín

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN MATEO (29, 59. 63-64):

“Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban... Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho...”.

Desde el palacio de Anás, Jesús es conducido maniatado al tribunal del Sanedrín, presidido por Caifás el Sumo Sacerdote. Unos testigos comprados le acusan con mentiras e insidias. Jesús escucha y calla. Su silencio es llamativo y en varias ocasiones los evangelistas dicen, que a pesar de las infames calumnias, Jesús callaba... Yo te conjuro por Dios vivo que digas si eres el Mesías. Tú lo has dicho, contesta entonces Jesús, y un día me veréis sentado a la derecha del Padre.

Aquellas palabras estallan ante los sanedritas como un latigazo en carne viva. Se rasgan las vestiduras y gritan: Ha blasfemado, reo es de muerte... De nuevo calla Jesús, como manso cordero que va sin abrir su boca y sumiso al sacrificio. Lo dijo el Bautista: He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo... Yo creo, Señor, que tu sangre, derramada en el altar de la cruz, alcanza nuestra Redención y nuestra Salvación. Ayúdanos, Jesús, danos la "parresía" cristiana, que Benedicto XVI define como “la franqueza intrépida de la fe”, esa difícil virtud de hablar con libertad y, lo que es más difícil aún, conseguir callar y sufrir en silencio.

¡Señor, pequé. Ten misericordia de mí!

IV Estación: Las negaciones de Pedro

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN MATEO (26, 74-75):

“Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: No conozco a ese hombre. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces.» Y saliendo afuera, lloró amargamente”.

Jesús cenaba por última vez con sus amigos y apóstoles. Ellos lo ignoraban, pero Jesús sabía que había llegado la hora de abandonarlos. Pero ante quiso lavarles los pies, algo tan imprevisto y humillante que desconcierta a todos. Pedro se rebela y dice: Jamás me lavarás los pies... Cómo amaba a Jesús, tanto que quiso disuadirle de morir en la cruz. Jesús es inflexible en ese punto y le dijo entonces: Vete de aquí, Satanás. Ahora le dice: Si no estás de acuerdo, márchate, no tienes sitio junto a mí...

Pedro se rinde: Lo que quieras, hasta la cabeza puedes lavarme. Y luego cuando Jesús les advierte que uno le negará, Pedro exclama: Aunque todos te nieguen, yo no lo haré... Sin embargo, bastó una acusación de la portera de Anás, para que Pedro dijese que no conocía a Jesús. Más aún, ante la insistencia de la acusación jura que no sabe quien es. Por fin le dejan tranquilo, pero entonces el canto del gallo con su afilado canto raja el silencio de la noche. Pedro escucha y entonces recuerda apenado las palabras de Jesús. En ese momento pasa el Señor maniatado. Su mirada se cruza con la de Pedro que, con el alma rota, sale fuera y llora amargamente... Mírame, Señor, como a Pedro y dame dolor de amor, lágrimas por haberte negado.

¡Pequé, Señor. Ten misericordia de mí!

V Estación: Jesús es condenado por Pilato

(I de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (18, 28. 29. 38. 39)

"Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: ¿Qué acusación presentáis contra este hombre?... Yo no encuentro en él ninguna culpa. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Volvieron a gritar: A ése no, a Barrabás. El tal Barrabás era un bandido”.

El proceso de Cristo ante el tribunal romano es, sin duda, el más inicuo de la Historia, esa sentencia a muerte es también la condena más injusta de cuantas se hayan dictado. Aquellos judíos querían que Jesús Nazareno fuera crucificado. Pero para conseguirlo necesitaban la sentencia del Pretor Poncio Pilato... Jesús, maniatado escucha en silencio, las acusaciones que hacen los Sumos Sacerdotes y los Ancianos.

Pero después del interrogatorio el juez no encuentra una razón para crucificarle. Jesús se declara Rey, pero su Reino no es de este mundo, no tiene soldados ni otras armas que el amor y la verdad... Sin embargo, la muchedumbre es azuzada por los capitostes de Israel y grita enardecida: Crucifícalo, crucifícalo. No sueltes al Nazareno, suelta a Barrabás... Pilato lo entrega para que lo crucifiquen... Se iniciaba así el sacrificio de nuestra Redención.

¡Señor pequé, ten misericordia de mí!

VI Estación: Flagelación y coronación de espinas

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (19, 1-5):

“Pilato tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espina, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura... Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo...: "Aquí tenéis al hombre".

Es uno de los tormentos más doloroso que Jesús sufrió en su Pasión. Se trataba de una paliza de muerte, el preludio de la pena capital. En ocasiones era una forma de precipitar la agonía del crucificado, sobre todo cuando era preciso que el cadáver fuera pronto ya sepultado para poder celebrar la Pascua, que comenzaba al ponerse el sol, en el inicio del sábado judío,... El flagelo romano, usado para azotar, tenía varias tiras de cuero con bolas de hierro. El número de golpes dependía de la resistencia física del condenado.

En el caso de Jesús debieron ser muchos golpes pues era joven, fuerte y sano. Se cumplió así el vaticinio de Isaías cuando dijo: “...tan desfigurado estaba su aspecto que no parecía ser el de un hombre” (Is 53, 14). Pilato lo mostró a la muchedumbre y dijo: “Ecce homo”, aquí tenéis al hombre. La corona de espinas provocaba hilos de sangre sobre la frente y mejillas del Señor... Luís de Morales, Salcillo, y tantos otros han plasmado la figura doliente de Jesús flagelado. Al contemplarlo amarrado a la columna, Santa Teresa se emocionaba hasta desfallecer.

Señor, pequé, ten compasión de mí

VII Estación: Jesús carga con la Cruz

(II de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (19, 16-17):

Tomaron, pues, a Jesús y el, cargando con su cruz, salió al lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota.

El Maestro enseñó con firmeza y claridad que para ser su discípulo era necesario tomar la cruz de cada día y seguirle. La cruz era lugar de sufrimiento, patíbulo de muerte. Pero el Señor, al hablar de la cruz lo hace en sentido figurado, es decir, se está refiriendo ante todo a la obligación de cumplir el deber de cada momento, con abnegación y generosidad. Y lo que enseña a sus discípulos, lo ratifica con su propio ejemplo, cumpliendo con la voluntad del Padre. En efecto, él se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fl 2, 8).

De esta forma, con su sangre derramada, consigue redimir al hombre de su pecado y hacerlo hijo de Dios. Desde entonces la Cruz es signo de victoria y transforma el patíbulo de muerte en altar de vida. El dolor y el trabajo, el sufrimiento y la muerte, el vivir de cada día unido a Cristo cambian el sentido de la vida, pues la cruz es ahora motivo de gloria y de esperanza. Lejos de mi, dice San Pablo, gloriarme en otra cosa que no sea la cruz de Cristo.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

VIII Estación: Simón de Cirene carga con la Cruz

(V de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

LECTURA DEL EVANGELIO DE SAN MARCOS (15, 21):

Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevar detrás de Jesús.

Jesús no puede ya dar un paso más. La flagelación lo ha dejado exhausto. Los soldados que lo conducen al Calvario temen que se les muera por el camino, o que se desvanezca. Miran entre la gente que presenciaba el penoso espectáculo y se fijan en un hombre que volvía del campo. Era fuerte y rudo, adecuado para cargar con la cruz. Simón de Cirene no tuvo otro remedio que asumir aquella obligación y llevar aquella tremenda cruz.

Pronto se dio cuenta del dolor de Jesús, de su mansedumbre y bondad. Sus hijos Alejandro y Rufo, eran conocidos entre los primeros cristianos, indicio de que el contacto con la cruz y con Cristo doliente contribuyó para su conversión al cristianismo. Por otro lado su gesto es una lección para que, como enseña San Pablo, llevamos cada uno nuestra propia carga y ayudemos a los demás a llevar la suya (Ga 6, 2-5).

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

IX Estación: Jesús y las mujeres de Jerusalén.

(VIII de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 28-30):

“Le seguían una gran multitud y mujeres que se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: "Hijas de Jerusalén no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos... Porque si el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué harán?"

La comitiva se acercaba al Calvario y Jesús camina penosamente por el empedrado de las calles de Jerusalén. Muchos de los que miran están impresionados por cuanto ocurría con aquel joven rabino de Nazaret, tan aclamado y bendecido una semana antes. Algunas mujeres lloran al verlo. Entonces Jesús se para y les dice que no lloren más por él, que lloren por ellas y por sus hijos, ya que se acercan los días de la destrucción de Jerusalén.

Sus palabras no son una amenaza ni una maldición. Se trata sólo de una clara advertencia, de un aviso para que aprendamos a ser leño verde, esto es, árbol que da fruto y no palo seco y estéril... Estas imágenes agrícolas nos recuerdan que Jesús es la vid verdadera y nosotros los sarmientos, que sólo unidos a Cristo podremos dar frutos de vida eterna.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

X Estación: Jesús es crucificado

(XI de antes)

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 33-34):

“Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen"

Aquel cerro, junto a la Puerta judiciaria de Efraín, tenía la forma de un cráneo y de ahí su nombre Gólgota en hebreo Kranion en griego y Calvarium en latín. Y sobre la cima de aquel cabezo calcáreo que recordaba a la muerte, se clavó enhiesto el árbol de la vida, la cruz de Cristo. Allí se consuma el sacrificio redentor, allí Jesús es desnudado ante todos, allí le atraviesan las manos y los pies con clavos de hierro, allí es levantado para espectáculo de sus enemigos.

Exangüe y agonizante estaba ya el manso Cordero y sin embargo, siguieron las burlas y los insultos, las provocaciones y risas: Llama a Elías, dicen al oírle exclamar “Eloí Eloí, lamma sabactani”. Es el inicio del Salmo 22, donde el justo condenado pregunta amargamente a Dios que por qué lo ha abandonado. Jesús ora al Padre en medio de su terrible suplicio. Y añade: Padre perdónalos que no saben lo que hacen... Abandono en las manos de Dios amor y perdón para todos...

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XI Estación: El buen ladrón

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 39-43)

“Uno de los malhechores le insultaban... Pero el otro le reprendió diciendo: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena...? Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino. Jesús le dijo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

San Juan explica también que con Cristo crucificaron a otros dos, "uno a cada lado, y en el centro Jesús", (Jn 19,18). Una vez más el Discípulo amado destaca la figura de Cristo y subraya su protagonismo glorioso. Los otros evangelistas especifican que eran unos ladrones. Otro detalle que resalta la inocencia de Jesús, enmarcada entre dos reos confesos. Uno de ellos se une al coro de los que increpan y se burlan de Jesús. Pero de improviso el otro ladrón defiende al que se moría a chorros, azotado y escarnecido.

Mira al Señor y exclama: Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino. Entre lágrimas y sangre el Señor se vuelve y le dice con firmeza que esa misma tarde estará con él en el Paraíso... Se cumplían las palabras que escuchó Nicodemo cuando Jesús dijo que, lo mismo que la serpiente de bronce, él sería alzado y salvaría al que le mirase con fe en lo alto de la cruz. Con el himno eucarístico del "Adoro te", recordamos que en la Cruz se ocultaba la divinidad de Cristo, y en la Eucaristía también la humanidad, pero sostenidos por la fe y la esperanza le decimos al Señor, como el buen ladrón, que se acuerde de nosotros desde la gloria de su Reino.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XII Estación: La Virgen y el Discípulo amado junto a la Cruz.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN (19, 26-27):

“Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo, a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo." Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. (Jn.19, 26-27)

Los Sinópticos silencian la presencia de la Virgen en la Pasión. Ellos se centran entonces en Cristo y en el testimonio de las mujeres, que presencian la muerte y sepultura de Jesús... Juan, en cambio, que siguió de cerca al Señor no podía olvidar la presencia en el Gólgota de la Madre de Jesús. Todavía parece verla cuando, después de muchos años, escribe sus entrañables recuerdos del Maestro amado. Estaba de píe, nos dice, muy cerca de la Cruz.

Y junto a ella estaba él, el Hijo del trueno. Mujer, dice el Señor, ahí tienes a tu hijo. Juan recuerda las bodas de Caná, cuando Jesús llama también mujer a su madre, y la rechaza porque aún no había llegado su hora. Juan mira con los ojos empañados el rostro amoratado de Jesús y oye que le dice. Ahí tienes a tu madre... Juan comprendió que aquella era la hora en que María recobraba su íntima relación con Jesús, y entraba de lleno en la Historia de la salvación, como Madre de la Iglesia y de cada uno de los discípulos de Cristo, representados en San Juan y también amados como él.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XIII Estación: Jesús muere en la Cruz.

(XII de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 44-46):

“Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, la oscuridad cayó sobre la tierra... El velo del santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" y, dicho es, expiró”.

Como San Lucas, también San Juan alude a la hora sexta, como dato cronológico del sacrificio de Cristo. En el Templo, a esa misma hora se sacrificaban los corderos de la Pascua. Coincidencia que en el IV Evangelio nos recuerda cómo en la inmolación de Jesús se consuman y perfeccionan todos los sacrificios de la Antigua Alianza. Por otro lado, al referir el evangelista que a Jesús no le rompieron ningún hueso, evoca el rito del sacrificio del cordero pascual según el Éxodo. Un detalle más que sugiere el valor de expiación del sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo...

Por otra parte la lanzada que abre el costado de Jesús, que mana sangre y agua, nos recuerda la donación del Espíritu Santo, según lo prometido por Jesús, al decir que de su costado brotarían ríos de aguas vivas. Esas aguas son símbolo del Espíritu que recibirían, cuando él muriese, los que creyeran en él. Esa donación del Espíritu también se vislumbra al decir que, al morir, inclinó la cabeza y entregó el espíritu. Por todo ello bien podemos decir a Jesús: Tu muerte es mi vida.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XIV Estación: Jesús es sepultado

(XIV de antes)

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS (23, 50-54)

“José de Arimatea se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana, después de descolgarlo, lo puso en un sepulcro excavado en la roca... era el día de la preparación y apuntaba el sábado"

Uno de los pasos más impresionantes de la Semana Santa es el descenso del cuerpo muerto de Jesús, que la Virgen recibe en su regazo, anegada en lágrimas. Por otro lado vemos cómo José de Arimatea sale del anonimato y pide al Pretor el cadáver de Cristo para sepultarlo en un sepulcro sin estrenar… Las mujeres llevan cien libras de mirras áloe, una cantidad espléndida que recuerda el sepelio de los reyes y que, como es habitual San Juan, deja entrever la categoría mesiánica de Jesús...

Es cierto que el Vía Crucis, el camino de la Cruz, termina en el Santo Sepulcro. Pero este es sólo el lugar donde resucitó el Señor. Los ortodoxos lo llaman “Anástasis”, “Resurrección” en griego. Ese nombre es más correcto y acertado, pues allí está el umbral de la gloria de Cristo, y también de la Humanidad redimida.

San Juan relata que cuando vio la sábana plegada y el sudario puesto aparte, comprendió y creyó que el Señor había resucitado. Aquella sábana doblada y vacía era la huella de su incorporación prodigiosa, atravesando los lienzos que envolvían su cuerpo glorioso sin desdoblarlos ni arrugarlos... Luego el Señor estuvo con ellos cuarenta días, antes de subir a los Cielos, hablándoles del Reino y animándolos a ser sus testigos en Jerusalén Judea, Samaría y hasta el confín de la tierra. Aquellos primeros apóstoles y discípulos cubrieron los hitos de aquella hoja de ruta que, aún hoy, sigue abierta para nosotros, a fin de que la dicha de ser cristianos la vivamos y la difundamos, no sólo con palabras sino también con obras.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

Apéndice de cantos penitenciales: Alma mía recobra tu calma/ Amante Jesús mío/ Attende Domine/ Sálvame, Virgen María/ Altísimo Señor/ Perdona a tu pueblo/ Perdón, oh Dios mío/ Sí, me levantaré/ Victoria/ Acuérdate de Jesucristo.