TALLER DE ORACIÓN

LA FLAGELACIÓN

Por Julia Merodio

Ya tenían a Jesús en su poder. Todo había sido más fácil de lo que pensaban. Un batallón de soldados bien armados, para detener a alguien que no pone resistencia. El ridículo había sido considerable. ¿A quién buscáis? Había preguntado. A Jesús nazareno ¡Yo soy! Tal fue el asombro de los que venían a detenerlo que Jesús tuvo que volver a repetirles: Os he dicho que: ¡Yo soy!

Segundo Misterio.- La Flagelación.- (Mateo 26, 67)

Después de tanto planear la manera de prender a Jesús, se encuentran con la sorpresa de que no saben que hacer con Él. Tres poderes unidos para quitar de el medio a Alguien que los descoloca ¿Por dónde empezar?

LA DISPUTA ENTRE PODERES

Jesús aparece ante el poder religioso, pero ellos no quieren mancharse las manos con la sangre de un justo y, además la justicia romana no actuaba, en esos casos, por lo que dicen que Jesús es inocente.

Entonces, para quitárselo de encima, lo mandan al poder civil pero el poder civil tampoco encuentra motivo para liquidarlo, pues lo acusan de que ha dicho que es Hijo de Dios y eso a ellos no les importa nada. Pero, tampoco, pueden soltarlo es ya demasiado tarde para una vuelta atrás y entonces deciden hacer una segunda acusación diciendo que había permitido ser aclamado como hijo de David, por lo que quería hacerse rey y eso iba en contra del emperador. Por tanto no les quedaba más remedio que mandarlo de nuevo a Pilatos.

Pilatos tiene que atender la acusación, es su obligación, pero sigue considerándolo inocente. Entonces se le enciende “una lucecita en la mente” y sin dilación lo manda a Herodes, para quitarse, de encima, la responsabilidad. Está seguro de que él resolverá el problema.

Pero no fue así, ante su perplejidad, Jesús aparece de nuevo ante él. Y ya, sin saber que hacer, Pilatos para acallar al pueblo les dice: Lo castigaré y luego lo soltaré.

La sentencia está dictada, aunque no deje tranquilo a nadie y todo preparado para la ejecución. Ante Jesús aparece:

-La columna, para ser apoyado.

-Las cuerdas, gruesas y resistentes, para ser atado.

-Las correas con las bolas de plomo en la punta, para darle los golpes.

-Y los verdugos, pobres hombres, obligados a realizar esa barbarie, quizá por una ridícula recompensa.

Se nos estremece todo el cuerpo al vislumbrar la escena, pero: ¿Nos la hemos planteado, como si estuviéramos, inmersos en ella?

Jesús está solo y cansado. Lleva toda la noche dando vueltas de un lado para otro. Y lo que es peor, sin haber cometido falta alguna, está inmerso en el centro de la situación.

• Pidiendo, al Señor, por todos los que en este momento se sienten en una situación límite, ante una enfermedad dura, ante una accidente inesperado… por los que están esperando un resultado difícil, rezamos juntos: Padrenuestro.

• Rezamos cinco avemarías y volvemos a quedar en silencio para volver a interiorizar:

AQUEL A QUIEN BESARE, ESE ES: ¡PRENDEDLE!

Un beso, un simple beso sirvió para entregar a un hombre a la muerte. ¡Cuántas personas ansiosas por un beso! Un beso que no llega: el beso de ese hijo que se ha marchado de casa, el beso de aquel hermano con el que tuvimos esa discusión, ese beso de perdón que sellaría la reconciliación, tantos besos… que serían medicina para sanar y sin embargo ante nuestros ojos, alucinados, un beso que ha servido para condenar a muerte a un hombre justo.

Y allí estaba, esperando a ser atado a la columna, para que diese comienzo la flagelación.

El miedo se va apoderando de Jesús. Su cuerpo tiembla. Comienzan a prenderlo sobre la columna, con aquellas impresionantes sogas. Y, junto a él, tan sólo aquellos a los que les habían impuesto la carga de azotarlo.

Yo me pregunto:

• ¿Qué sentirían?

• ¿Serían capaces de mirar a Jesús a la cara después de cada latigazo?

• ¿Qué experimentarías en su alma tras cada gemido de Jesús?

• ¿Cómo quedaría el cuerpo de Jesús al finalizar?

• ¿Qué habría pasado por su cabeza si les hubieran dicho que estaba azotando al

mismo Dios?

Me estremezco al pensar que cuando lo desatasen caería, desfallecido, sobre su propio chasco de sangre.

Pero no puede quedar ahí. Debe ponerse en pie. No puede morir, ha de ser presentado de nuevo a la turba. Que espera expectante.

Y, ante tanta curiosidad, sacan a Jesús para ser mostrado en público.

- ¿Cómo se quedarían los que lo habían visto antes?

- ¿Se le reconocería?

- ¿Estaría su Madre entre la gente para ver lo que hacían con su hijo?

- ¿Estarían sus discípulos?...

Nada de ello nos dice el evangelio. Pero San Pedro en su primera carta (2, 24) nos habla de sus heridas, como alguien que las ha vista desde primera línea. Él nos apunta que ellas nos han curado, pero hay un estudio exhaustivo de las palabras de este texto, en griego antiguo, que para este versículo dicen: que “la flagelación de Jesús fue particularmente cruel”

Y, un eminente doctor, que escribe médicamente, sobre como se encontraba Jesús en las escenas de la Pasión, afirma con contundencia, que en esos momentos Jesús era: Sólo Dolor.

• Rezamos las siguientes cinco Avemarías y gloria al Padre…

EN ORACIÓN ANTE EL SEÑOR

Observar, a Jesús, atado a la Columna, nos ha producido desasosiego y rabia. Los que lo han atado, creemos que son unos indeseables y los que le han propinado los latigazos unos bárbaros… Sin embargo nosotros ¡Qué buenos somos! ¡Cómo nos hubiera impactado la escena! ¡Si hubiéramos estado allí nosotros…!

Me parece, que sería bueno, detenernos a pensar que, quizá nuestra actitud no diste tanto de la suya. Pues:

• Huimos, lo mismo que los discípulos, cuando la cosa se pone mal.

• Atamos, como los “indeseables”, en abusivas columnas porque no nos gustan.

• Y, como los “bárbaros” azotamos, sin piedad a los que nos parecen que sólo cometen torpezas.

¿Acaso habíamos creído que sólo se puede flagelar a latigazos? Lastimamos, como la turba, escondidos para que no se nos reconozca.

ANTE EL SEÑORÍO DE JESÚS

Jesús aguanta los latigazos en el mayor silencio ¿Qué pasaría por la cabeza de los ejecutores?

Ahora vamos a suponer que somos nosotros los flagelados: ¡Cómo airearíamos nuestro dolor! Nosotros que llamamos “quejitas” a otros flagelados… ¿Es que nuestro dolor es distinto al del resto de la gente? Cuántas veces nos sorprendemos diciendo: ¡Si estuvieras en mi lugar! ¡Qué importante acercarnos a Jesús, en ese momento, para que nos diga de dónde saco la fuerza!

Jesús estaba firme en la fe, porque conocía al Padre. Había vivido vigilante, había saltado cualquier tentación y tenía la calma de los que son conducidos por la confianza en Dios.

Por eso será bueno que nos dejemos consolar por Jesús cuando los azotes, de la vida, nos superen. Que, como Él veamos que, las pruebas de la vida nos acompañan a todos y que, a su lado, bendigamos los designios el plan de salvación que Dios tenía preparado para cada uno de nosotros.

Podemos hacerlo con un acto de fe nacido, de la situación personal, de cada uno. Podemos ir diciendo:

Señor:

• Aunque la vida no me brinde cosas agradables, aunque los azotes me lleguen por todas partes: yo creo en Ti.

• Aunque sienta ganas de llorar y en la garganta tenga un nudo difícil de deshacer: yo creo en Ti.

• Aunque el sinsentido de la vida discurra ante mi vista, con esas imágenes que da miedo mirar: yo creo en Ti.

• Aunque vea a los niños gemir y a las madres protestar y a los padres suplicar: yo creo en Ti.

• Aunque vea a la gente apartarse de tu evangelio y buscar el camino fácil: yo creo en Ti.

• Aunque me sienta perseguido, por ser coherente con mi vida: yo creo en Ti.

• Porque Tú, Señor, sabes mejor que nadie, que eres el motor de mi vida.

UN MUNDO FLAGELADO

Todo lo que, hasta ahora he plasmado, con más o menos realismo, lo he encontrado con, el simple gesto, de abrir un periódico.

La persona que escribía el artículo se preguntaba como podemos soportar, día tras día, el correspondiente bombardeo de malas noticias, algunas de grandes horrores sin que nos acompañen las pertinentes pesadillas.

Ella misma se preguntaba, si podríamos seguir tan tranquilos, cuando en lugar de imaginarlas las sintiésemos físicamente. “¿Cómo tolerar cuando se nos informa acerca de la desaparición de mujeres en la frontera mexicana si tuviéramos la facultad de estar por unos instantes en el sitio de las víctimas? ¿Seríamos capaces de meternos en el hoyo, con arena hasta la boca, después de haber sido arrastradas y violadas?

Ante nuestros ojos el mal del mundo. Un mal inabarcable que, obviamos los que vivimos una vida corriente que no sufre: guerras, ni secuestros, ni invasiones…tan sólo, vamos pasando la vida con las penas y enfermedades normales. Una vida de la cual no dudamos en quejarnos sin considerarnos afortunados de nuestra existencia.

Es importante que despertemos. Que nos pongamos ante Jesús y veamos la grandeza de su amor para con nosotros. Que le pidamos amar de la manera que Él amó. Que le supliquemos la gracia, no sólo de no dar latigazos a nadie, sino además, ayudar a todos los flagelados a curar las suyas.

TEXTOS PARA LA ORACIÓN

“Pilato, queriendo dar satisfacción a la plebe, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle azotado, lo entregó para que lo crucificasen” (Marcos 15, 14 -16)

“Cuando oyó Pilato que, si soltaba a Jesús, no era amigo del Cesar; Lo sacó fuera y se sentó en el tribunal, en un sitio llamado –litóstrotos- en hebreo -gabbata- Era el día de la preparación de la Pascua, alrededor de la hora sexta. Dijo a los judíos: Ahí tenéis a vuestro rey. Pero ellos gritaron: ¡Crucifícale! Dijo Pilatos: ¿A vuestro rey voy a crucificar? Contestaron, los príncipes de los sacerdotes: Nosotros no tenemos más rey que al Cesar. Entonces se lo entregó para que lo crucificasen” (Juan 19, 13 – 17)

“Llevó nuestros pecados en su cuerpo; para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia y sus heridas nos han curado” (I Pedro 2, 24 – 25)

“Maltratado no abrió la boca, como cordero llevado al matadero. Fue arrebatado por un juicio injusto, sin que nadie defendiera su causa. Pues fue arrancado de la tierra de los vivos y herido de muerte por el pecado de su pueblo” (Isaías 53, 7 – 9)