LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: CONOZCO A DIOS, SOY SU HIJO

POR ANTONIO PAVÍA, MISIONERO COMBONIANO

"Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor" (Sb 2,13).

El texto que ofrecemos a continuación señala una profecía acerca del estupor, escándalo y rechazo fulminante que va a caer sobre el Mesías. Esta toma de postura acerca de El viene motivada por sus pretensiones: Se gloriará de conocer a Dios; y no sólo eso, sino que afirmará que es hijo suyo.

Israel tiene un concepto de Yahvé situado en el plano de la más absoluta y radical trascendencia. Él es incognoscible, un ser envuelto en el misterio cuya comprensión excede por completo la capacidad cognoscitiva del hombre. Su ser, su sabiduría y su mente son inescrutables e inalcanzables. Veamos, por ejemplo, lo que nos dice el profeta Isaías a este respecto: “¿Es que no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? Que Dios desde siempre es Yahvé, creador de los confines de la tierra, que no se cansa ni se fatiga, y cuya inteligencia es inescrutable”.

De ahí la gran estupefacción y escándalo de los judíos cuando Jesús proclama que conoce a Dios. Para entender mejor la reacción airada de éstos, hemos de penetrar en el significado que la palabra conocer tiene para Israel, y que hace parte integrante de la espiritualidad bíblica. No es un conocer simplemente mental, como sucede en nuestra cultura occidental. Conocer implica la más profunda intimidad. Tan fuerte que provoca una fusión que nosotros, desde la perspectiva bíblica, llamamos comunión de personas cuando se trata de conocer a otro. Podríamos incluso afirmar que la gradualidad de esta comunión desemboca en la identificación.

Pues bien, como decíamos, Jesús afirma sin titubeos que Él conoce al Padre y que guarda su Palabra: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: Él es nuestro Dios, y sin embargo, no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco y guardo su Palabra" (Jn 8,54-55).

Guardar la palabra significa hacerla suya, integrarla. Cuando Jesús dice que la guarda, está afirmando que la integra en todo lo que Él es como hombre: en su voluntad, espíritu, afectos, sentimientos, etc. Por eso puede decir que --al contrario de sus interlocutores-- Él sí conoce al Padre, al Dios inescrutable y envuelto en el misterio, al que dicen que aman y adoran.

Con esta proclamación, el Señor Jesús abre un camino -el de guardar la Palabra para que todo hombre que desee realmente conocer a Dios pueda ver colmada su búsqueda y sus deseos.

Jesús guarda la Palabra del Padre, lo que quiere decir que está firmemente atento al cumplimiento de su voluntad. Como ser humano, también tiene su propia voluntad. Su estar atento consistirá en dar preeminencia a la voluntad del Padre sobre la suya a fin de que su misión pudiese ser llevada a término. Quizás el momento más dramático que encontramos en el Evangelio acerca de su aceptación de la voluntad del Padre por encima de la suya propia, lo vemos en su oración en el Huerto de los Olivos: "Puesto de rodillas oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya" (Le 22,41-42).

Jesús, apoyado en la Palabra que protege su misión, hace la voluntad del Padre. Por eso puede decir a los judíos: vosotros no conocéis a Dios, yo sí le conozco. De ahí el rechazo frontal a su persona, como ya había sido profetizado a lo largo del Antiguo Testamento en tantos texto, entre ellos este del libro de la Sabiduría que estamos viendo.

Siguiendo con el mismo texto, vemos que la acusación que hacen del justo, en el que hemos identificado al Mesías, es que no sólo se gloria de conocer a Dios, sino que su pretensión llega al colmo al decir que es hijo suyo. Ésta es la gota que colma el vaso. Lo que ha empezado como una pretensión, una locura, termina por ser una brutal blasfemia: ¡Conozco a Dios, Él es mi Padre y yo soy su hijo!

Tan descomunal blasfemia atentaba tan gravemente el honor de Dios que era castigado con la muerte. Jesús dio ese paso. Recordemos las preguntas que le hizo el consejo de ancianos del Sanedrín y su respuesta: "El sumo sacerdote le dijo: Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas su tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Dícele Jesús: sí, tú lo has dicho... Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Respondieron ellos diciendo: es reo de muerte" (Mt 26,63-66).

Jesús, al venir al mundo como el que conoce a Dios y proclamarse Hijo suyo, no necesitaba reivindicar nada. Lo hizo para que los hombres tuviesen acceso al conocimiento de Dios como Él lo tuvo, y acceso también a ser sus hijos. Este don inigualable e inimaginable nos lo hizo patente cuando, resucitado, se apareció a Maria Magdalena y le dijo: "... vete donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20,17).