III Domingo de Cuaresma
11 de marzo de 2007

La homilía de Betania


1.- ¿PARA QUÉ OCUPAMOS LUGAR?

Por Gustavo Vélez, mxy

2.- COMO HIGUERA SIN FRUTO

Por Antonio García Moreno

3. - ¡CASTIGO DE DIOS!

Por José María Maruri, SJ

4. - EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

Por José María Martín, OSA

5.- “NO ESTEMOS EN LA HIGUERA”

Por Javier Leoz

6.- ¡NO PERDAMOS MÁS EL TIEMPO!

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL DESIERTO; EL SINAÍ

Por Pedrojosé Ynaraja


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


Por Pedro Rodríguez


1.- ¿PARA QUÉ OCUPAMOS LUGAR?

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Entonces dijo al mayordomo: Córtala. ¿Para qué va ocupar terreno en balde?”. (San Lucas, Cáp. 13.) Según la tradición, Buda se sintió iluminado mientras meditaba a la sombra de una higuera. Por lo cual sus discípulos la llamaron el árbol de la sabiduría. Se cultiva en el Oriente Medio desde tiempos antiguos y sus frutos, que además tienen virtudes curativas, se comen frescos o conservados en miel. En tiempos de Jesús, todo israelita acomodado poseía una higuera en su huerta. Mientras otras crecían entre los viñedos.

Jesús nos cuenta, en una corta parábola, la desilusión de un granjero al no encontrar frutos en su higuera. “Ya ves, le dice al mayordomo. Tres años llevo viniendo a buscar fruto y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Sin embargo aquel mayordomo, hombre de experiencia, intercedió a favor de la inútil: “Señor, déjala todavía este año. Yo cavaré a su alrededor”. Abono del aprisco, mezclado con ceniza de ramas secas no le vendrían mal. “Si no, el año que viene la cortarás”.

2- Tal vez aquí el Maestro se quedaría mirando a sus oyentes en silencio. Cada uno empezaba a aplicar la lección a sus propias circunstancias: ¿Cómo toca mi vida esta parábola? ¿Qué significa dar fruto? ¿Cómo abonar mi higuera? ¿Sobre qué calendario se marca ese año entrante? Sobre la superficie del planeta: 510.101.000 kilómetros cuadrados, hay un pequeño espacio que cada quien llamaría mi lugar. ¿Lo estaré yo ocupando en balde? Motivado por su administrador, el dueño del campo ejercita su paciencia. Al igual que nuestro Dios, “clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad…Cariñoso con todas sus creaturas”. Sin embargo esta condición del Señor exige de parte nuestra, una fe viva y responsable. Un examen sereno, pero a la vez realista de nuestras buenas obras.

Los apicultores nos explican la labor de las abejas en el panal, y también la triste vida de los zánganos. Algunos de ellos se aparean con la reina, pero la mayoría muere, sin haber dado ningún aporte a la colmena. Pero dar frutos, según el Evangelio, no siempre equivale a crear de inmediato una empresa, inventar una urgente vacuna, o descubrir la estrella más lejana. Se trata ante todo de cumplir con esmero nuestro deber, de tal manera que el Señor esté contento y se beneficien nuestros prójimos.

Cierto hombre, cuenta Segundo Galilea, rogó a un Ángel le concediera realizar cosas extraordinarias. Obtuvo este favor, pero con una condición: Todas sus actividades deberían resultar fuera de serie. Y aquel hombre se creyó feliz. Adivinaba el pensamiento, ganaba mucho dinero, toda la ciencia estaba a su servicio. Sin embargo, cuando una humedad le socavó su casa, no supo hacer nada. Cuando enfermó su esposa, no pudo acompañarla al médico. Cuando su hijo le pidió ayuda en las tareas, fue incapaz de responder. Otro creyente, en cambio, pidió también al Ángel realizar bien sus deberes ordinarios. Se sintió entonces igual que antes, frente a su modesto trabajo, con su familia y los amigos. Pero su vida fue agradable a Dios y comenzó a ser feliz.


2.- COMO HIGUERA SIN FRUTO

Por Antonio García Moreno

1.- "En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró..." (Ex 3, 1) Moisés ha huido de Egipto, se ha refugiado en la tierra de Madián. Él había querido ayudar a su pueblo, se interpuso en aquella pelea de hermanos, entre aquellos hombres que llevaban la misma sangre de los patriarcas en sus venas. Pero no aceptaron su mediación, le echaron en cara el haber defendido con la violencia a un hebreo, tratado bárbaramente por un capataz egipcio. Ante aquella actitud desconcertante de repulsa, ante aquel peligro de ser denunciado por la gente de su mismo pueblo, Moisés abandona precipitadamente la corte del faraón y se refugia en la heredad de Jetró.

Ahora sus manos están encallecidas por el rudo cayado de pastor; su piel curtida por el viento solano del desierto, su alma serenada por el silencio y la soledad de los campos de Madián. Y un día la voz de Yahvé, el Dios de su pueblo, se dejó oír entre el chisporroteo de una zarza que arde: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Aquí estoy.

La voz de Dios que llama. También a nosotros. También a ti. Por tu nombre propio. Ojalá respondas como Moisés: Aquí estoy. Disponibilidad, presteza para secundar los planes de Dios en tu vida. Prontitud para seguir la voz de la conciencia, la voz del Señor que resuena constantemente en tu vida de cada día, pidiendo tu colaboración, tu lealtad a tus compromisos de hombre cristiano.

"El Señor le dijo: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos" (Ex 3, 7). Israel gime atormentado por la opresión del yugo de su esclavitud. El faraón pretende exterminarlo lentamente, sacándole todo el provecho posible, explotándolo miserablemente. El trabajo aumenta y la ración de comida disminuye. Los hebreos claman en el estrépito del trabajo y en el silencio de las claras noches junto al Nilo.

Dios se compadece de aquella situación y decide libertarlos. Ese amor infinito del Señor va a desplegarse en mil prodigios y señales. Él no puede consentir por más tiempo aquella penosa situación. Es como si no sufriera el ver a los suyos maltratados de aquella forma.

Señor, hoy también hay opresión, hoy también existen injusticias, penas, sinsabores, angustias, miedos, situaciones insostenibles. Hay muchos que gimen y que lloran en mil rincones del mundo. Muchos que pasan hambre, muchos que no tienen fe, muchos que malviven sin ninguna esperanza, muchos que mueren sin un poco de cariño... Una multitud de seres desgraciados que extiende sus brazos escuálidos, pidiendo compasión para tanta miseria. Sí, Señor, míranos. Aquí estamos. Te lo pedimos, vuelve a nuestra tierra, sácanos de la esclavitud, condúcenos con mano firme, a través del desierto, hacia la Tierra de Promisión.

2.- "Él perdona todas tus culpas." (Sal 102, 3) El perdón de Dios resulta siempre algo que entra en la esfera de lo incomprensible, algo que forma parte de ese misterio que es lo divino. Un don que cautiva el corazón del hombre, que le anima y le fortalece en su continua lucha contra el pecado. La realidad de cada día nos atestigua hasta qué punto es verdad que el justo cae siete veces al día. Es cierto que, con la ayuda divina, esas caídas serán leves las más de las veces, por no decir siempre; pero también es cierto que cuando el amor es grande también las pequeñas ofensas duelen y apenan, constituyen un pesar por lo que hay que pedir perdón.

Así se explica que los santos sean ante todo muy humildes. Su amor es tan profundo, que la menor falta de delicadeza para con el Señor les atormenta, les apena y les mueve a pedir perdón a Dios; seguros, por otra parte, de que serán perdonados. Su fe en el amor de Dios no les permite dudar, ni por un momento, de la misericordia sin límites del Señor.

"El Señor es compasivo..." (Sal 102, 6) Sí, es cierto que la Sagrada Escritura, en el Libro de los Proverbios, asegura que el justo cae siete veces, pero también añade que siete veces se levanta; mientras que el impío permanece en su caída. Esta es la gran diferencia: el justo se levanta en cuanto cae, mientras que el impío cae y sigue caído; el justo alza en seguida sus ojos suplicantes al Señor, en cambio el que no lo es, permanece de espaldas al Señor, sin importarle la ofensa a Dios, ni la peligrosa situación en que se encuentra; sin comprender que el Señor está siempre dispuesto al perdón y a la reconciliación. Estamos en tiempo de Cuaresma, tiempo de perdón. Nos acercamos al tiempo de Pasión, a los días en que rememoramos la muerte y resurrección de Cristo... Es, sin duda, el tiempo más adecuado para el dolor de los pecados, para el arrepentimiento, para una buena confesión de nuestras faltas. Vamos a ponernos a tono con el ambiente litúrgico de conversión y penitencia, vamos a morir con el Señor a nuestro hombre viejo, para resucitar luego con él a una vida distinta, y ser así ese hombre nuevo que ha sido creado, según Dios, en justicia y santidad verdaderas.

3.- "Hermanos: no quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube... "(1 Co 10 ,1) Hay hechos de la historia que han quedado impresos de forma imborrable en la memoria de los hombres. Uno de ellos es el Éxodo, aquel caminar por el desierto en compañía de Dios. La nube luminosa que alumbraba y caldeaba la fuga a través de la oscura y fría noche del desierto, la nube densa que protegía con su sombra de la inclemencia, de un sol de justicia, sobre aquellas secas y ardientes arenas. El maná que cubría el campamento cada mañana, dulce alimento que saciaba el hambre de aquellos nómadas cansados. Mil detalles del poder de Dios, de su inagotable amor.

Pero aquellos hombres no supieron, o no quisieron valorar los prodigios que ocurrían ante sus ojos. Y protestaban contra Dios y contra su enviado, murmuraban de Moisés, le envidiaban. Echaban de menos los mendrugos de Egipto. Durante cuarenta años anduvieron sin rumbo, deambulando de una parte a otra, sin escuchar la voz de Dios. Y poco a poco todos aquellos hombres, aunque salieron libres de Egipto iban cayendo exhaustos, tendidos en la tierra reseca del desierto, muertos, vencidos. No agradaron a Dios, no le fueron fieles, se olvidaron de sus preceptos. El final fue lógicamente desastroso. Ninguno entraría en la tierra prometida. Todos quedarían sepultados en la soledad y el olvido del desierto.

"Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal..." (1 Co 10, 6) Camino del desierto, éxodo de un pueblo que huye, rumbo a la tierra prometida. Símbolo de la vida humana, pues todos caminamos a través del desierto que es esta vida; todos al nacer hemos emprendido este viaje sin retorno que nos conduce, inexorablemente, a nuestro común destino; todos vivimos con el anhelo y la ilusión de alcanzar la satisfacción plena de nuestros más íntimos deseos.

Dios quiere ser nuestro guía. Es nuestro guía al bajar a la tierra y hacerse uno de los nuestros. Ya no es Moisés quien libera y conduce al pueblo. Ahora es Cristo, Dios encarnado, quien se enfrenta al faraón y nos arranca de la esclavitud. Él se pone al frente de su pueblo y como buen pastor nos conduce con seguridad por el seguro camino de su ley de amor.

Pero la historia se puede repetir. No lo olvides, por Dios, no lo olvides. También tú puedes quedarte tendido en el desierto. Si te empeñas en seguir tu propio itinerario, ese que marca tu egoísmo y tu comodidad, ese que señala la codicia de tu corazón, ese que insinúa tu sensualidad. No lo olvides, si dejas el camino de Dios tú también te perderás, descarriado y cansino bajo el sol abrasador del desierto, sin llegar jamás a la tierra prometida.

4.- "...y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo” (Lc 13, 3) De ordinario tendemos a juzgar con ligereza a los demás. Nos inclinamos a pensar mal acerca de la conducta de los otros. En el pasaje de este evangelio algunos se acercan a Jesús para contarle que unos galileos han sido ejecutados por Pilato. El Señor les escucha y al mismo tiempo lee sus pensamientos. Por eso les pregunta si se creen que aquellos que murieron eran más pecadores que los que se libraron. Si piensan así, están equivocados. Los males que sobrevienen al hombre no siempre se han de considerar como un castigo de Dios. A veces puede incluso ser un bien inapreciable, una ocasión para purificar el alma, un sacrificio que ofrecer al Señor en reparación de los pecados propios y ajenos, una oportunidad para unirse a Jesús crucificado y cooperar con el propio dolor a la redención de las almas. Por tanto, no seamos ligeros al juzgar, ni pensemos que el mal que nos puede sobrevenir es señal de una culpa, que Dios castiga. A veces puede ser así, pero no siempre lo es.

Por otra parte, nuestro Señor toma ocasión de esos hechos en los que algunos han sufrido la muerte, para recordar a sus oyentes y a todos nosotros, que es preciso convertirse para no perecer por nuestros culpas, para que si viene el mal nos sirva de salvación y no de condenación. Sí, hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, hemos de cambiar a una vida santa, si realmente queremos estar con Dios. Y que nadie diga que él no necesita convertirse. Si alguno piensa de esa forma, es un pobre soberbio que más que nadie corre el peligro de ser castigado por Dios. Recordemos otra vez que el justo peca siete veces al día, pero siete veces se levanta, mientras que el impío cae y permanece en su caída. La diferencia entre uno y otro no está, por tanto, en que uno peca y el otro no, sino en que uno se arrepiente y se convierte, mientras que el otro se obstina en su pecado.

Termina el pasaje evangélico con la parábola de la higuera que no acaba de dar fruto. Tres años sin echar higos, deciden al dueño a cortarla de una vez. Pero el viñador le pide al amo un año más. Él la cavará y la abonará bien, a ver si así da fruto, y si no, se cortará el árbol. Miremos nuestra propia vida, veamos si somos como esa higuera, consideremos que quizá sea este el último año que el Señor nos concede para que demos el fruto debido. Tratemos de rectificar nuestra conducta indolente, nuestra vida vacía de amor a Dios y de buenas obras. Hagamos un esfuerzo para conseguir frutos de penitencia, no sea que el Señor se acerque a buscar nuestro fruto y estemos sin él. Pensemos en aquella otra higuera que sólo tenía hojas y que Jesús maldijo, secándola para siempre.


3. - ¡CASTIGO DE DIOS!

Por José María Maruri, SJ

1. - Cuando hace años empezó a airearse en los medios de comunicación la amenaza de la enfermedad del SIDA, se alzaron dedos amenazadores lanzando la ira de un supuesto Dios contra grupos concretos de hombres gritando: ¡Castigo de Dios!

Cuando en 1912, en su primer crucero trasatlántico, se hundía el barco inglés, Titanic, arrastrando al fondo del mar a 1.275 pasajeros también hubo dedos amenazadores con el ¡Castigo de Dios!

Desde Sodoma y Gomorra, los hombres no hemos podido vencer la tentación de buscar un culpable cuya foto clavamos en la tabla de anuncios de cualquier sheriff como en las películas del oeste: ¡Se busca a ese hombre culpable!

Y Jesús en el Evangelio de hoy nos dice que no está por las películas del oeste, ni por esos dedos amenazadores, ni por esos supuestos castigos de Dios. Hipócritas, ¿creéis que esos hombres muertos así son más pecadores que vosotros? Y nos da una pista para buscar al verdadero culpable: la higuera plantada en la viña de Dios, cuidada con cariño y esmero por el viñador, y que no da fruto.

2. - Higuera sin frutos y manos vacías:

—Cuentas corrientes muy llenas y, tal vez, higuera sin frutos. Manos vacías.

—Puestos y cargos con gran poder decisivo y, tal vez, higuera sin frutos. Manos vacías.

—Chicos y chicas centro de fiestas en discotecas y, tal vez, higuera sin frutos. Manos vacías.

—Exactos cumplidores de misas, ayunos y reglas y, tal vez, higuera sin frutos y manos vacías.

Esto es lo que el Señor no puede aguantar. Venir a la higuera mimada y cuidada año tras año y no encontrar en ella fruto. No busquemos más al hombre culpable. No pongamos precio a su cabeza. Mirémonos a nosotros mismos y comencemos a dar fruto. ¿O basta la Fe? Fe sin obras, es Fe muerta.

3. - El cristiano es necesariamente una fotografía de Dios. Lo que el cristiano es, eso es su Dios para el que no cree. Un cristiano estéril muestra al mundo a un Dios estéril. La fecundidad de la higuera da idea de la bondad del suelo.

Abraham en la primera lectura le pide a Dios su documento de identidad. ¿Tú quién eres? Pues la gente nos pide a nosotros el documento de identidad de nuestro Dios. ¿Quién es ese tu Dios? ¿Qué hace? ¿Qué ha hecho por nosotros?

Y es un poco agobiante saber que por nuestros frutos le conocerán a Él. Somos el rostro visible de Dios. Somos las manos visibles de su Providencia. ¿Pueden estar inactivas esas manos de Dios? ¿Pueden estar sus manos vacías?


4. - EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

Por José María Martín, OSA

1. - El inicio del capítulo 13 de Lucas, que escuchamos este domingo, nos resulta realmente duro: "si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera". Esta frase desconcertante, al igual que la parábola de la higuera, nos hace ver la urgencia de la conversión. Dios nos ofrece la posibilidad de la conversión y tiene paciencia con nosotros. En ningún momento se deben interpretar estos textos como una amenaza de Dios. Quizá cuando nos ocurre algún mal pensamos en qué hemos ofendido a Dios. Es un error pensar así, pues El no es vengativo ni sádico, sino "compasivo y misericordioso".

2. - Dios ni quiere el mal ni lo provoca, pero lo permite. Es un misterio que como tal no se puede explicar del todo, pero hay algo de lo que estamos seguros: Dios está a favor del hombre y si permite el mal es para salvaguardar nuestra libertad. Jesús luchó contra el mal y, por ende, cura a los enfermos, perdona a los pecadores, resucita a los muertos.

A veces se escuchan frases como "Dios aprieta, pero no ahoga"; craso error es hablar así, pues no es El quien provoca el mal. Es más, incluso nos ayuda a luchar contra el mal. Por eso, hemos podido asumir ciertas circunstancias de nuestra vida, ante las cuales pensábamos que no íbamos a tener fuerzas. Con San Agustín podemos decir que "Dios sólo puede permitir el mal para conseguir un bien mejor". Cada uno de nosotros podría contar cómo en su vida esto se ha hecho realidad.

3.- Dios no soporta el mal del mundo, el mal moral consecuencia del pecado, y por eso nos hace hoy esta seria advertencia. No echemos la culpa a Dios de aquello de lo que nosotros somos responsables. En cierta ocasión un hombre, indignado tras contemplar a una niña hambrienta y aterida de frío tendida en la calle, acusaba a Dios de no hacer nada para remediar este dolor. En ese momento se oyó la voz de Dios que le respondió: "Claro que he hecho algo, te he hecho a ti...". Dios no tiene manos, pero cuenta con nuestras manos, no tiene labios, pero cuenta con nuestros labios. Somos nosotros los que debemos luchar contra el mal, como hizo Jesús. Vencer el mal es ponerlo al servicio del bien. Incluso podemos hacer buen uso de aquello doloroso que nos ocurre, pues ello puede ayudarnos a encauzar nuestra vida y a no dormirnos en los laureles, como nos dice Pablo en la primera carta a los Corintios: "el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga".

En la lectura del Éxodo se muestra claramente la sensibilidad de Dios ante el pueblo que sufre. Reconocer la "Tierra Sagrada" es ser consciente de la presencia de Dios y de su llamada y envío. Pidamos especialmente, en el día del Seminario, por aquellos que han sabido escuchar su voz, como Moisés...


5.- “NO ESTEMOS EN LA HIGUERA”

Por Javier Leoz

1.- Cada vez que llega el otoño, los que vivimos todavía cerca del campo, tenemos la suerte de asistir a uno de esos ritos obligados por parte de los agricultores: la poda

Con este evangelio cuaresmal, me venía a la memoria, el desazón de un conocido mío porque había plantado un gran número de frutales pero, no todos, cumplían sus expectativas. ¡No hacen más que ocupar sitio! Y, sin pensárselo dos veces, los arrancó.

Todos nosotros somos ese inmenso huerto de frutales, de viñas o higueras, dispersos por los cinco continentes que, Dios, plantó hace mucho tiempo con un doble objetivo: estar unidos a El y recoger algo de las yemas de nuestra vida.

Los hay que ocupan sitio de balde. Les trae sin cuidado, si dan o no dan, el 10 o el 20 por ciento. Les es indiferente; su vida es lo primero y….los demás ya no existen.

Otros más, crecen a la sombra de aquellos que dan fruto. Podrían, pero es más cómodo beber agua de la fuente del vecino, que esforzarse en ser maná.

Algunos más se sienten tan humildes, al lado de aquellos que ofrecen tanto, que hace tiempo, dejaron de cuidarse y de robustecerse, de podarse y de abonarse a sí mismos. Total ¡ya están los demás!

Otros, en cambio, intentan por todos los medios estar en plena producción. Son conscientes de que la vida, es una primavera que se prolonga unos años, pero que dura poco más que dos telediarios; miran hacia lo alto para dirigir su vida según el sol del evangelio. Despliegan las hojas de su existencia para que el Espíritu Santo las cubra de esplendor y de belleza. Dejan que, la Palabra de Dios, corra por dentro de sus venas para que sea la savia del amor, de la generosidad, del perdón o de la alegría

Lo peor que nos puede ocurrir es “quedarnos o estar en la higuera”. Permanecer en un estado vegetativo, de resistencias y no despuntar en lo mejor de nosotros mismos

Lo mejor que nos puede ocurrir es dejar que Dios riegue, abone y labre oportunamente esa tierra, de los que nos resistimos a quedarnos en simple arbusto para dar lo que haya que dar y ser lo que tengamos que ser.

Siempre podrá más la paciencia de Dios que las ventoleras de absentismo y del efecto invernadero que a veces nos esteriliza.

2.- La Cuaresma es una oportunidad para acudir a esa gran lección de horticultura, magistral y oportuna, que nos ofrece Dios:

--lo que hay que podar se poda (para que la Iglesia no se quede en árbol seco)

--lo que hay que regar se riega (donde no llegan los recursos humanos, acude la mano de Dios)

--lo que hay que trasplantar, se trasplanta (todos tenemos un lugar donde dar algo de nosotros mismos)

--lo que necesita conversión, se convierte (para que no se confundan los frutos del reino con los caprichos de turno)

--lo que es urgente guardar, se guarda (para que el enemigo del mal no extermine lo que es esencial para que germine y fructifique nuestra vida cristiana)

--lo que nos urge cavar, se cava (para que, las raíces evangélicas, sean más profundas, sólidas y verdaderas)

3.- ¡Qué impresionante la paciencia de este Dios, propietario de esa gran plantación humana de la que formamos parte! Nosotros, inclinados a devastar todo, cortar y rasgar (cuando no es de nuestro gusto, por determinada orientación eclesial o ideológica)…..tenemos una buena palabra que aprender, recordar y ejercitar: el triunfo de la misericordia se adquiere con la paciencia. Dios siempre…da otra oportunidad.

CONVIÉRTEME, SEÑOR

Si alguien necesita libertad, y puedo ayudar:

conviérteme en un pequeño libertador

Si me creo mejor que nadie y pienso que mi vida es perfecta:

impregna mi corazón de humildad

Si pienso que, tu llamada, es para otros:

convierte, mis oídos sordos, en escucha atenta a tus Palabras

 

Si caigo en el error de pensar que el pecado es cosa de viejos:

dame una conciencia clara para diferenciar lo bueno de lo malo

Si me canso de caminar y me detengo en la búsqueda de tu rostro:

convierte mi cansancio en fuerzas redobladas de inquietud apostólica

Si, en el camino hacia la Pascua, no me alimento de tu Eucaristía:

convierte mi debilidad en aprecio por tu Cuerpo y tu Sangre

 

Si este tiempo de gracia no tiene relevancia en mi vida:

haz, Señor, que lo convierta en un momento de reflexión

Si me creo libre de todo, cuando en realidad vivo esclavo de mucho:

convierte mis sensaciones en gusto por conocer la libertad de estar junto a Ti

Si me siento sólo y abatido, deprimido o angustiado:

convierte mi soledad en seguridad de saber que Tú siempre me buscas

 

Si pregunto demasiado sobre Ti o exijo otro tanto de tu mano:

convierte mis caprichos en comprender y entender tu voluntad

Si, como la higuera, no doy frutos porque me aprisiona la seducción:

convierte mi seca vida en algo fructífero

Si siento que, Tú estás cerca, pero no vivo según tus designios:

conviérteme en un instrumento para tu alabanza

Si me dejo llevar por la falsa apariencia:

convierte mis impulsos en pensamientos rectos

Si acepto las ofertas paganas que surgen en la vida cotidiana:

conviérteme a Ti y haz que valore lo que en verdad merece la pena


6.- ¡NO PERDAMOS MÁS EL TIEMPO!

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Nos encontramos a la mitad de la Cuaresma. Este Tercer Domingo así nos lo indica. Lo importante es que, todos, evaluemos si estamos aprovechando este tiempo tan importante. Jesús nos los va a recordar especialmente hoy. Bien podría ser que en el ya, un poco lejano, Miércoles de Ceniza tuviéramos en nuestro corazón unos propósitos, de cambio y mejora, de conversión en definitiva, que la urgencia de lo cotidiano o la inercia de nuestras propias costumbres nos hubieran impedido aplicar. Eso pasa. No siempre los propósitos se incumplen por grave desidia o abandono. Muchas veces existe una imposibilidad que parece razonable… pero lo sea o no, nuestra obligación es dar el salto y ponemos a trabajar de acuerdo con esos buenos propósitos. Y bueno será que no agotemos el tiempo de conversión…

Jesús de Nazaret nos relata, según el Evangelio de San Lucas, la parábola de la higuera estéril que acabamos de escuchar. El propietario del terreno está harto de la que higuera no de frutos y que, además, ocupe un terreno que plantado con otra cosa, podría ser rentable. Su planteamiento de desplantar el arbusto tan perezoso e inútil es más que razonable. Pero el viñador, el empleado, el trabajador, que ha empleado muchas horas y mucho cariño en cultivar y mantener viva la higuera pide más tiempo. Ciertamente, no es un subterfugio por parte del viñador, ni tampoco una excusa. Hay plantas que tardan en dar fruto, por razones diversas. El mismo viñador admite que se le dé un plazo de un año más y que, si no llega el fruto, pues que sea arrancada. ¿No ocurre un poco algo parecido con nosotros? ¿No tiene un límite nuestra pereza o desidia? Pues es así; pero, en realidad, el ejemplo que Jesús quiere dar a los discípulos es otro: es avisarles de que todavía queda tiempo para el cambio y la conversión. Y, obviamente, parece que el trasfondo de la parábola enlaza perfectamente con lo que decíamos al principio: estamos a la mitad de un camino y todavía tenemos plazo para mejorar nuestra trayectoria. Es el mejor momento para incidir en el necesario cambio. ¿Qué nos está diciendo Jesús de Nazaret? Pues que ha llegado el momento de rectificar, de arrepentirnos de los errores anteriores y de comenzar una nueva vida.

2.- La experiencia de muchos creyentes que se han convertido les indica que ello ha sido como una liberación, que han abandonado la esclavitud real que les imponía su proximidad al pecado. Y es que la cercanía de Dios siempre libera. Así lo entiende Moisés y así se lo dice Dios Padre en ese encuentro tan singular que nos narra el libro del Éxodo que hemos escuchado como primera lectura. La esclavitud de Egipto, sufrida por el pueblo de Israel, solo tiene un destino cósmico: una liberación total de un yugo, nunca deseado por Dios y acontecido por los errores colectivos de ese pueblo que un día se considero como elegido del Señor, pero abandonó su camino. Pero la esclavitud había vuelto al ámbito del pueblo elegido. En realidad, ese pueblo, querido y mimado, por el Padre, había caído en una esclavitud mucho más fuerte y dolorosa: la de la mentira. Porque mentira era el entramado de la religión oficial en tiempos de Jesús de Nazaret. Y mentira torpe y durísima iba a ser el argumento principal de la condena a muerte del Hijo del Hombre. Y Jesús se alza con otro acto de liberación para todo el pueblo, de entonces y de ahora, y este ya definitivo. Jesús nos trae la liberación del alma, de la conciencia, del amor, de la justicia: nos hace libres.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL DESIERTO; EL SINAÍ

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Moisés se había criado en un buen ambiente, había ido a escuela de pago, diríamos hoy. En este caso se trataba de alguna institución propia de la hija del Faraón, que son palabras mayores. Le esperaba un buen porvenir, salidas profesionales, diríamos ahora. No obstante este futuro trazado por el destino, él quería ser fiel a Dios y, después de unas cuantas trifulcas peligrosas, hubo de huir al desierto y, como era un poco quijote, “desfacedor de entuertos”, entrometido en una riña, encontró esposa y ocupación segura: se hizo el mayoral de los rebaños de su suegro.

Aparentemente el pastor no hace nada. En el desierto donde ejercía hay poca vegetación y muchas montañas. Uno no entiende como los animales pueden encontrar sustento. Lo he recorrido unas cuantas veces y he quedado sorprendido al encontrarme beduinos con camellos y ovejas. Y ni unos ni otros estaban famélicos. El pastor observa, mira al ganado y mira el paisaje. Espera estando siempre preparado para defender a sus animales, calcula donde los irá conduciendo y puedan encontrar agua. Contempla el pastor su entorno, es un meditativo excelente. El desierto, el del Sinaí especialmente, es lo absoluto de las inmensas montañas, en lo absoluto del inmenso cielo transparente. Uno de los lugares de atmósfera mas nítida del mundo. Buena preparación esta para aceptar un encuentro con lo absoluto mas absoluto que pueda uno imaginar: la Divinidad más absoluta: el que lo es por antonomasia, el que existe, sin que nadie lo haya fabricado, ni engendrado. Tierra absoluta, cielo absoluto, no faltaba más que el complemento de la imagen del misterio: el fuego. Y Moisés vio una zarza que ardía, ardía y nunca se apagaba. Topó con el misterio en la naturaleza y quiso descubrir el misterio de lo Trascendente que se escondía en aquella hoguera, no huyó, se acercó. Se dejo interrogar, preguntó también él. Os lo he contado alguna otra vez, mis queridos jóvenes lectores, un guía me decía en una ocasión: yo soy ateo, pero en el desierto creo en Dios.

2.- Moisés además de contemplativo era trabajador y hombre generoso. Solidario con los suyos, defender a uno de su pueblo había sido la causa de que le tocara escaparse de Egipto. Ahora Dios le pedía que volviera y fuera al encuentro del faraón y él no se negó. Decirle que sí a Dios, supuso el inicio de un cambio para la gente israelita. Moisés no se lo imaginaba, tampoco le importaba demasiado, la cosa era hacerle caso. Cuando uno se encuentra con Dios no puede ni sospechar lo que le va a acontecer. Simplemente hay que decir que sí y abandonarse en sus manos.

Mis queridos jóvenes lectores, no os olvidéis de estar atentos a lo que a vuestro lado se mueva. Debéis tener la atención del cazador, preguntaros que ocurre y porque ocurre. No pasar indiferentes y despreocupados, por los caminos de vuestra vida. Una zarza llamó la atención de Moisés e hizo caso a una voz que le hablaba. Este gesto le convirtió en el gran liberador de su pueblo. Otro oirá un grito, otro una súplica, otro una enseñanza, a cualquiera de vosotros le puede acontecer.

3.- La libertad y vida que proporcionó a los suyos Moisés, contrastan con el texto del evangelio del presente domingo. A Jesús no le gustaba entretenerse por Jerusalén, pero tampoco huía de los sucesos que interesaban a las gentes. Y el que una torre que se estaba edificando se cayera, o que a unos delincuentes el gobernador Pilatos les condenara a muerte y mandara que su sangre la mezclasen con la de las víctimas del altar, les tenía muy preocupados. A nosotros nos tendría sin cuidado lo que se hiciera con la sangre, en aquellos tiempos que la mezclara con la de animales creían era animalizar su eternidad. Lo que resultaba la más horrible de las condenas.

Cuando ocurre una desgracia notoria y pública, la gente se pregunta ¿a propósito de qué ha ocurrido? ¿Se lo merecían las víctimas? Son preguntas legítimas, pero superficiales. Lo importante es interrogarse: si a mí me hubiera ocurrido ¿dónde estaría yo ahora? Cuando yo estoy en lo que queda ahora de la piscina de Siloé, me pregunto ¿dónde estaría situada la torre que se hundió? No he visto que quede ningún rastro. Pero lo importante es que siempre me pregunte: Dios, si ahora me muriera ¿me encontraría en buen momento? Convertirse es estar preparado para entrar en la Eternidad con buen pie. Haber dado buenos frutos en la vida, haber sido útiles a los demás.

4.- El ejemplo que Jesús pone era muy a propósito para aquel tiempo. Seguramente que una higuera, si da higos y brevas o no, a vosotros os tendría sin cuidado. Son otras frutas las que os atraen. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos no existía el azúcar y estos frutos, como los dátiles, eran muy apreciados por su dulzura.

Lo que importa es la lección. A vosotros jóvenes, a los adultos o a los viejos, a todos, al encontrarnos con el Señor, nos dice: ¿qué traes en tus manos? ¿qué has hecho de tu vida? Pero no nos rehúsa a las primeras de cambio, espera, Dios dispone de la Eternidad para premiarnos, que es lo que Él quiere. Tiene paciencia, pero no abusemos de ella. Llenar nuestra vida de buenas obras requiere algún esfuerzo, pero satisface, nos interroga al no verle eficacia inmediata, pero siempre la tiene. Nunca se sabe el bien que se hace, cuando se hace el bien, leí hace años y no lo he olvidado. Tampoco quisiera que vosotros, mis queridos jóvenes lectores lo olvidaseis.


LECTIO DIVINA: EVANGELIO Y ORACIÓN


Por Pedro Rodríguez

Evangelio dominical meditado y escrito hace (casi) cincuenta años por un joven sacerdote, que hoy ya no lo es tanto. La fecha o las fechas son las del domingo en que se publicó en los periódicos (1960 y 1961).

DOMINGO III DE CUARESMA

Lc 11, 14-28:

Estaba expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada; pero algunos de ellos dijeron:

—Expulsa los demonios por Beelzebul, el príncipe de los demonios.

Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo. Pero él, que conocía sus pensamientos, les replicó:

—Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se sostendrá su reino? Puesto que decís que expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.

”Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte su botín.

”El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.

”Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por lugares áridos en busca de descanso, pero al no encontrarlo dice: “Me volveré a mi casa, de donde salí”. Y al llegar la encuentra bien barrida y en orden. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la situación última de aquel hombre resulta peor que la primera.

Mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:

—Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

Pero él replicó:

—Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan.

1. El que no está conmigo… (20-III-1960)

Hace un par de domingos una cosa nos pareció evidente: que los que quieren vivir en cristiano han de disponerse a sufrir —y a vencer con la gracia del Señor— los ataques del enemigo de las almas. De ahí que Cristo, nuestra Cabeza, nos precediera sufriendo la tentación en el desierto.

Hoy el Evangelio nos muestra la misericordia de Cristo en todo su dramatismo: “Estaba Jesús lanzando un demonio…”. Aquella absurda calumnia de los fariseos, que siguió al milagro, sirvió para que el Señor, al rebatirla, nos diera una clara doctrina: “Si con el dedo de Dios lanzo a los demonios, ciertamente el Reino de Dios ha llegado ya a vosotros”.

“Pervenit in vos Regnum Dei”. Ya está entre vosotros esa potencia sobrenatural que es el Reino de Dios. Es decir, ya está con nosotros Jesucristo: Él es la potencia que ha vencido al demonio. La victoria de Cristo —que culminará dentro de unos días en su Muerte y Resurrección— nos la describe Él mismo en el Evangelio de hoy: Jesús es, en efecto, ese otro “más fuerte” que arrebatará al demonio todas las armas en que confiaba y repartirá sus despojos. La gran batalla que Cristo ha librado por nosotros es la batalla definitiva: Él, con su victoria, nos ha dado la capacidad de vivir y ganar nuestra batalla personal, que no es sino una sencilla extensión a cada alma de la victoria única de Cristo.

“El que no está conmigo está contra mí”, dice Jesús. Si reconocemos por la fe el alcance de la vida de Cristo para cada hombre que viene a este mundo, comprendemos mejor aún estas palabras célebres, que señalan el punto álgido del Evangelio de hoy. Somos tan indigentes delante del Señor Jesús, estamos tan necesitados de su victoria, que no cabe un tibio “no estar contra Cristo”, sino que nos exige un radical y positivo “estar con Él”. Por eso, el que no vive decididamente del lado de Cristo, aun cuando crea recoger, de hecho desparrama. No hay más victoria que la de Dios hecho Hombre….

“El que no está conmigo está contra mí”. Unas palabras del Evangelio que son como una flecha que señala a la Epístola de la Misa. Porque en ese pasaje de la carta a los efesios San Pablo describe el estilo de vida de un hombre que está del lado del Señor: “Andad como hijos de la luz: pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad…” (Eph 5, 8-9). Estar del lado de Cristo, decíamos: es decir, seguirle, imitarle, reproducir sus rasgos, vivir las virtudes humanas junto con las sobrenaturales. ¡Señor, que seamos hijos de la luz!

2. Habla un mudo (5-III-1961)

En el centro de la Cuaresma, a pocas semanas de la pasión y muerte de Jesús, el pasaje evangélico de hoy es todo un símbolo. El Señor Jesús está expulsando a un demonio. “Y así que salió el demonio, dice el evangelista, habló el mudo” (se trataba de un caso de posesión diabólica con ese correlato somático). Una buena obra de Cristo que provoca la calumnia babeante en boca de sus enemigos: “Por arte de Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa éste los demonios”. La respuesta de Jesús ocupa la mayor parte del pasaje. Al final, aquel famoso piropo que una mujer del pueblo dirigió a Jesús y a la Virgen, debidamente rectificado por el Señor: “dichosos más bien los que oyen la palabra del Señor y la ponen en práctica”.

Hasta aquí, el evangelio de hoy, la palabra de Dios que queda escrita al comienzo letra por letra. Dije al principio que me parecía todo un símbolo este episodio. Y me explico. Ese hombre poseído del demonio representa a la Humanidad entera antes de que Dios se hiciera Hombre y derribara el muro de separación. Ese hombre poseído del demonio representa a todo hombre que viene a este mundo antes de que la gracia de Cristo le sane y le eleve a la vida de Dios. Y ese mismo hombre, “así que salió el demonio”, es la Iglesia Santa y es también toda alma en gracia, que “hablan” pregonando la gloria del Señor.

Pero la fuerza de este evangelio, su potencia simbólica le viene de la proximidad de la Redención. Cristo, expulsando al demonio de aquel galileo, es el Cristo Redentor. Esa acción de Jesús, esa obra buena, nos anticipa plásticamente el misterio de la Cruz bajo uno de sus aspectos más determinantes: su eficacia libertadora. Y aquí es donde deseo hacer algunas consideraciones.

Cristo ha expulsado el demonio que tenía la humanidad. Nos ha liberado en sentido propio. Parece como si el Señor, ante la última petición del Padre Nuestro: “mas líbranos de mal” –mejor sería decir: “líbranos del Malo”–, nos respondiera: “concedida de antemano”. Cristo, en efecto, nos ha liberado del Mal de una vez para siempre.

Aquí se encuentra la base del optimismo cristiano, de esa alegría que debe penetrar la lucha y el servicio de los hombres de Dios. La batalla ordinaria vista en esta perspectiva, adquiere su más auténtico sentido. Porque la vida cristiana, que es seguimiento de Cristo, hemos de concebirla —lo dije al empezar la Cuaresma— como una guerra mundial. El reino de la luz lucha contra el reino de las tinieblas. Se trata de una guerra total. Ambas partes luchan con todos sus efectivos. No hay zonas neutrales: todas las criaturas —ángeles y hombres— militan en uno de los dos bandos. Y esa guerra tiene lugar lo mismo en la pequeña historia personal de cada hombre, como en la Historia, con mayúscula.

Pero la gran guerra que cada cristiano está viviendo, no lo olvidemos, tiene esta fundamental característica: la batalla decisiva, la que inclina la suerte de la contienda a uno de los lados, ya se ha librado. La batalla decisiva de mi historia personal la ha combatido Cristo en mi nombre y la ha ganado para mí.

Esto tiene tal importancia que debo repetirlo a propósito del evangelio de este tercer domingo: Cristo muriendo en la Cruz y resucitando glorioso ha asestado el golpe de muerte al enemigo de las almas. Sus fuerzas, maltrechas, combaten en retirada. La victoria definitiva es siempre cuestión de tiempo. Cierto que el enemigo no ha perdido su ferocidad, pero es —no lo olvidemos— un enemigo vencido.

Ese optimismo que debe llenar la vida del cristiano hunde sus raíces en esta eficacia libertadora de la Cruz. Tentaciones, dificultades, contradicción, etc. No pueden faltar en la vida de un cristiano, pero tampoco pueden desanimarnos. Son obstáculos previstos y queridos por Dios. Son las posiciones del enemigo que a cada uno corresponde tomar, nuestra pequeña contribución personal a la pelea. Cristo ha abierto la brecha y va por delante con su fuerza y con su ejemplo. Su fuerza —el Espíritu del Hijo—nos impulsa y nos presenta la figura adorable de Jesús. A mí sólo me toca seguir sus huellas. Lo dijo Él: “el que quiera ser mi discípulo...” (Mc 8, 34), y nos lo recordó Simón Pedro, que sabía de qué hablaba: “Cristo padeció por vosotros dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas” (1 Petr 2, 21).