1.- TIEMPO

Por David Llena

Creo yo, que el principal problema que nos atañe al mundo es el problema del tiempo. No es el consabido “no tengo tiempo ni para respirar”, me refiero a que en este mundo donde ya lo tenemos casi todo, la tentación de “seréis como dioses” se plantea ahora, en la búsqueda de la eternidad y la lucha por conseguirla; aún no podemos retener el tiempo. Gastamos nuestras fuerzas y dinero en métodos y tratamientos para rejuvenecer y desde siempre se buscó la fuente de la eterna juventud. Pero por desgracia estamos montados en un tren que no conducimos nosotros; nos montamos, al nacer en una estación y nos bajaremos en otra pero jamás podremos retroceder. Incluso en la física aparece el tiempo como una cuarta dimensión aunque bastante distinta de las otras tres, en el sentido de que las otras tres sí las controlamos, podemos ir a derecha o izquierda, adelante o atrás, arriba o abajo, e incluso no movernos. Pero el tiempo…

Toda nuestra vida está condicionada, a que no podemos manejar esa coordenada, queremos saber el futuro y comprar la seguridad futura, queremos disfrutar el momento feliz y que pase rápido lo que nos atormenta; “Señor, bueno es estarnos aquí” dice Pedro durante la transfiguración del Señor”, o “Aparta de mí este cáliz” suplicó el mismo Cristo. Y es que, a pesar de ser Dios el dueño de todo, y por tanto, del tiempo, el hombre que era Cristo no tenía esa posibilidad (realmente Cristo lo hizo por su total obediencia al plan de Dios).

Así pues, al nacer entramos en la historia y por tanto somos “esclavos” del tiempo y realmente de esta esclavitud se sirve el Maligno para vendernos eternidad, (que verdaderamente no posee) y realmente sin la Esperanza que nos da Cristo andaríamos bastante confusos. A esto se refiere Cristo cuando nos invita a amontonar tesoros en el cielo (Mt 6, 20) esos no se apolillan ni envejecen, los llevamos siempre con nosotros hasta la vejez e incluso nos sirven de pasaporte para la otra vida, el Amor (con mayúscula) no caduca por esto nos debemos preocupar el resto se quedará en el tren cuando nos bajemos.

Con la muerte se rompe esa cadena, traspasamos el tiempo. Cuando estemos junto a Dios no habrá antes o después, todo será un eterno ahora, los secretos que tapa el tiempo quedarán al descubierto. Realmente “perder la vida” por Dios es “perder el tiempo” en las cosas de Dios, atesorar riquezas en el cielo, pero si queremos “ganar la vida” disfrutar pensando en nosotros mismos, estamos perdiendo el tiempo, porque todo eso se quedará en este mundo que pasa.

Desde esta perspectiva se entiende la pena del purgatorio, al ver desde allí las almas ya purificadas y libres de las ataduras del tiempo, y vernos nosotros obligados a quemar esas cuerdas de temporalidad y seguridad con que nos habíamos sujetado a este mundo. Será la última experiencia de tiempo que tengamos que superar.

 

2.- ME ABURRO, A VECES, GRACIAS A DIOS

Por Pedrojosé Ynaraja

Hay gente que no tiene tiempo para nada, tan poco, que ni siquiera hace algo. Su agenda está repleta, no tiene ningún hueco. Una tal vida parecería envidiable. No lo considero así, es una estúpida esclavitud. Es preciso tener momentos libres para orar y para dejar que nos llegue lo imprevisto, aceptarlo con originalidad y creatividad. Hay momentos en mi vida que no tengo nada especial que hacer y no me enojo por ello. El aburrirse es como el dormir, es preciso entregarse al sueño, para estar despierto después.

Antaño, el predicador de turno decía: los ingleses afirman “time is money” pues se equivocan: el tiempo vale eternidad. Si los británicos algo conseguían, era congoja estéril. El tiempo es un don de Dios, y los regalos debe uno disfrutarlos tal como nos los dan y en el momento que nos los proporcionan. Tener que esperar en un aeropuerto varias horas hasta el embarque o en la estación la llegada del tren que se retrasa, tales circunstancias habituales hoy en día, pueden resultar desesperantes. Y nadie se libra de tales hechos.

A veces, inesperadamente, se presenta vaciedad imprevista. El horario de apertura de un centro es diverso del imaginado. Si mi criterio de puntualidad es llegar 4 minutos antes de lo concertado, el de otros es hacerlo 10 más tarde. En tales oportunidades no hay que enfadarse. Me digo: es la ocasión de pensar tranquilamente y enriquecer mi vida.

Cuando algunos se enteran de que solamente he estado en Tierra Santa quince veces, se extrañan, mis escritos les hacen suponer que han sido muchas mas. Se sorprenderían aun más, si yo les dijera que me he aburrido allí en ciertas ocasiones. Es decir, me he encontrado que ni tenía previsto estar en un lugar determinado, ni tenía un plan para aquel momento. Lo primero que uno piensa entonces es lo absurdo de gastar tanto dinero para llegar allí y no ver nada nuevo, que lo mejor hubiera sido haberse quedado en casa. Lo correcto es observar lo que acontece y dejar que la vista descubra, la imaginación trabaje y el entendimiento intuya. Tal vez no me explique bien, pondré un ejemplo. Calculé mal y llegué a la piscina de Betesda antes de que se abriera el recinto. Era preciso esperar, no me enojé. La patrulla militar, situada a pocos pasos, ni se digno mirarme. Yo era extranjero. A los demás que atravesaban la Puerta de los Leones sí que los miraban y, según su aspecto, les pedían la documentación, sometiéndolos a interrogatorios humillantes. Ni a una joven encantadora eran capaces de sonreír, ni a un anciano hablar con amabilidad. Fue aquello una enseñanza superior a la mejor lección magistral. Volvía del Sinaí y, en el control fronterizo, mi mochila fue sometida a un repetido ir y venir, por el interior del aparato de rayos X, estuve retenido una hora y media, en algún momento rodeado de seis uniformados, no me enojé.

Ningún libro ni persona hubieran sido capaces de enseñarme el clima de sospecha que invade el Israel de hoy. Decido volver del museo de Israel a pie y me pierdo. Pregunto una dirección y por toda respuesta me dicen que está lejos, que tome un taxi. Mi deseo es conocer las calles de Jerusalén, atractivas algunas. Pero es difícil obtener respuesta, la gente se desplaza como locos, van y vienen, como autómatas. Es el capitalismo del urbanita. Si la pregunta la hubiera formulado en Palestina, lo sé de otras ocasiones, me hubieran ofrecido té antes de explicarse, hubiera ocupado más tiempo, pero hubiera aprendido hospitalidad. Los que temen estas situaciones se pertrechan de MP3 y mascan chicle. Cuando todo está calculado y agenda repleta, se desgasta uno inútilmente. Aprovechar el don de Dios de lo imprevisto mantiene la juventud, permite ejercer la creatividad, don inapreciable otorgado al hombre en el Paraíso, vivir felizmente. Nunca me lo pierdo.