LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EL SARCASMO DEL IMPÍO
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano

"Oprimamos al justo pobre, no perdonemos a la viuda, no respetemos la canas llenas de años del anciano" (Sb 2,10).

Hemos visto anteriormente la descripción del impío con gran profusión de imágenes que reflejaban su individualismo. Hombres a los que no les importa en absoluto las repercusiones que sus actitudes egoístas puedan tener sobre los demás.

Ahora encontramos la dimensión social de su prepotencia. Dimensión social que se hace presente por medio del olvido y hasta la opresión e, incluso, el sarcasmo, ante todos aquellos desfavorecidos económica y socialmente como son los desvalidos, las viudas y, también, los ancianos; quienes, al no ser ya "útiles" para producir, hay que dejar de lado sin ninguna consideración ni respeto. Oprimamos al justo pobre y desvalido..., no respetemos al anciano; ésta parece ser la canción del impío.

Hemos de tener en cuenta que Israel vive la religión, su relación con Yahvé, también bajo un tinte marcadamente social. Son numerosos los pasajes de la Escritura en los que se insiste fuertemente en la ayuda, atención y respeto hacia estos grupos de personas que, por diversas causas, han quedado desfavorecidas.

El cuidado y la dedicación hacia estas personas atraen la bendición de Yahvé hacia aquellos que la practican. Veamos, por ejemplo, este texto: "¡Dichoso el que cuida del débil y del pobre! En día de desgracia le libera Yahvé; Yahvé le guarda, vida y dicha en la tierra le depara, y no le abandona a la saña de sus enemigos; le sostiene Yahvé en su lecho de dolor..." (SI 41,1-4).

El salmista anuncia que a todos les espera un día la desgracia y el lecho del dolor. Pues bien, en ese día aciago -en última instancia se refiere a la muerte- todo hombre que se haya preocupado del pobre, del débil y del desvalido será visitado, protegido y bendecido por Yahvé. Él guardará su vida, no conocerá ni la desesperación ni el abandono.

El impío, en su necedad, piensa que la prueba, la enfermedad e, incluso, la muerte, no le van a alcanza nunca. Ve esta dimensión de su vida excesivamente lejana. Es tan necio que no es capaz de asumir que esta realidad es un hecho insoslayable de su existencia. De ahí su olvido y hasta desprecio hacia todos aquellos que no entran en su círculo privilegiado de triunfadores y satisfechos. El impío, y esto es lo realmente grave, aparta de su existencia las manos protectoras de Dios, siempre dispuestas a bendecir, sostener y acompañar al hombre. Manos que se llenan de ternura cuando éste es visitado por el sufrimiento, la desgracia y la enfermedad.

Respecto al cuidado y atención de las viudas, grupo en general económicamente precario en la sociedad, nos remitimos al profeta Isaías. Éste es enviado por Dios para denunciar la infidelidad del pueblo y la hipocresía de sus actos de culto en el Templo. Leemos un texto que nos sobrecoge por su dureza. El profeta identifica al pueblo escogido y amado por Yahvé con Sodoma y Gomorra, y esto a causa del mal que se ha instalado en lo más profundo de su seno: "Oíd una palabra de Yahvé, regidores de Sodoma. Escuchad una instrucción de nuestro Dios, pueblo de Gomorra..." (Is 1,10).

A partir de esta identificación y acusación, el profeta se mueve en dos compases: el de la denuncia y el del arrepentimiento. En el compás del arrepentimiento les exhorta a desistir de hacer el mal y a decidirse a practicar el bien. Le oímos entonces este alegato a favor de las viudas y los huérfanos que, sin duda, habían sido relegados: "Aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda..." (Is 1,17).

En cuanto al respeto y amor hacia el anciano, baste simplemente citar la prescripción que Moisés, en nombre de Yahvé, dio al pueblo de Israel: "Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano; teme a tu Dios. Yo, Yahvé" (Lv 19,32).

El impío del que nos habla el libro de la Sabiduría conoce perfectamente estos textos. No hay judío que no lo sepa, pues conocen las Escrituras e, incluso, aprenden de memoria gran parte de su contenido. Por eso, la impiedad de estos hombres es, si podemos decirlo así, más grave que la de los impíos de otros pueblos. Su iniquidad implica un deshacerse de la historia de salvación que Dios ha hecho con ellos.

La palabra de Yahvé, revelada por los patriarcas y profetas, es para estos hombres objeto de burla y sarcasmo. De ahí la magnitud de sus obras perversas contra sus hermanos más desfavorecidos: los pobres, las viudas y los ancianos.

Respecto a los más marginados de la tierra en todas sus dimensiones, podemos recordar la bendición que el Señor Jesús proclama sobre todos aquellos que practican la misericordia: "Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,17).