Domingo VII del Tiempo Ordinario
18 de febrero de 2007

La homilía de Betania


1.- LAS PALABRAS DEL MONTE

Por Antonio García Moreno

2.- LO QUE LOS VIOLENTOS NO QUIERE OÍR

Por Antonio Díaz Tortajada

3 - “TRATAD A LOS DEMÁS COMO QUEREIS QUE ELLOS OS TRATEN”

Por José María Martín OSA

4.- Y, SOBRE TODO, ¡EL OTRO!

Por Javier Leoz

5. - BIENAVENTURADOS LOS PAYASOS

Por José Maria Maruri, SJ

6.- PARA DOMESTICAR LA VENGANZA

Por Gustavo Vélez mxy

7.- ¡Y AHORA ESTO!

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


VALORES

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LAS PALABRAS DEL MONTE

Por Antonio García Moreno

1.- "Bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre" (Sal 102, 1) "Bendice, alma mía, al Señor -sigue diciendo el salmista- y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y ternura”. Por medio de este diálogo consigo mismo, el salmista nos invita a cada uno de nosotros a repetirlo en nuestro interior, en el silencio sonoro de la oración personal.

Ante todo vamos a recordar los beneficios que el Señor nos ha ido concediendo a lo largo de nuestra vida. Como somos torpes y desagradecidos vamos a pedirle luces a Dios, para ver con claridad la serie ingente de dones que nos ha otorgado desde que comenzamos a existir, pues la vida, ya de por sí, es un don de valor incalculable.

Y luego todo lo demás. Si somos conscientes y tenemos un mínimo de gratitud, es como para echarse a llorar por haber recibido tanto y haberlo olvidado con esta facilidad. Es para sentirse avergonzado y, al mismo tiempo, lleno de gozo al saberse tan querido por Dios, obsequiado incesantemente por él. Y decirnos a nosotros mismos: bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

"El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad" (Sal 102, 8) De entre todos los dones que el Señor nos entrega, hay uno que destaca de modo particular. Un don que ciertamente es comparable con la vida, tanto la natural como la sobrenatural, la Vida de la gracia. Y ese don tan maravilloso es el perdón de Dios, su infinita capacidad de compasión.

A veces uno tiene la impresión, al leer ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que Dios es tan bueno que jamás condenará a nadie, y menos a las penas eternas del infierno. Sin embargo, la sombra de su terrible amenaza se cierne también en esos pasajes. Aquí, por ejemplo, se habla de su ira, aun cuando se diga que es lenta en desatarse.

De todos modos, Dios es Amor y, aunque ese amor le lleva a castigar como castiga el amante fiel traicionado, el corazón de Dios se resiste a condenar, aguanta hasta lo indecible. No nos trata -dice el salmo- como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles...

2.- "El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo" (1 Co 15, 45) El libro del Génesis nos narra cómo el poder creador de Dios fue sacando de la nada cuanto existe. Con un lenguaje sencillo, al alcance de las mentes más elementales y primitivas, el autor sagrado va explicando cómo el Señor hace nacer la luz y las aguas, la tierra y los árboles, las fieras y los peces. Y que al final, como quien cierra con broche de oro, Dios creó al hombre. Entonces no es sólo la palabra la que dice y hace; en el caso del hombre son las manos mismas de Dios las que hacen surgir espléndida la figura humana. Creado a su imagen y semejanza, el hombre es el amigo que acompaña a Dios en el atardecer, el dueño y señor de cuanto existe.

Pero aquella grandeza y majestad se derrumba pronto y deja tras de sí un montón de escombros, de dolor y de lágrimas. Y el que era fiel reflejo de Dios, luz suave que precede al sol, quedó transformado en algo opaco y sin brillo, abocado a la muerte tras una triste vida de amargo sudor y de duro trabajo... Pobre Adán y pobre Eva, pobre pareja humana que descubre de improviso su propia desnudez. Un presagio de penas sin límites se cierne sobre ellos. La palabra divina cae fulminante, con una maldición que endurece la tierra, fácil sólo para abrojos, cardos y ortigas.

"Nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial " (1 Co 15, 49) La misericordia de Dios prevalece sobre la miseria del hombre. En medio de aquella maldición resuenan palabras de esperanza iluminada. Llegará el día en que caiga el muro de separación que el hombre ha levantado con su rebeldía. Es cierto que pasarían muchos años, siglos y siglos de expectación y de anhelo. Pero al fin llegó el que tenía que venir. El otro Adán, el hombre nuevo que con su obediencia repararía con creces los daños que ocasionó la desobediencia del viejo Adán.

Otra vez Dios se acercó al hombre, de nuevo le acarició, con sus divinas manos, le habló con tonos de paterno amor. Nunca estuvo el Señor tan cerca, nunca fue tan fácil acudir a él, nunca se mostró su cariño de forma tan sorprendente. Y si las consecuencias del pecado de Adán fueron nefastas, las de la muerte de Cristo fueron maravillosas: hombre redimido, hombre elevado hasta la categoría de hijo de Dios, hombre destinado a la gloria inmarcesible de una dicha sin fin. En verdad que el poder y el amor de Dios fue mayor al redimir que al crear, en verdad que el perdón rebasó con mucho al castigo. Ojalá seamos conscientes de nuestra propia dignidad, esa que Cristo nos ha conseguido al precio de su sangre.

3.- "Amad a vuestros enemigos..." (Lc 6, 27) El premio que Dios promete a quienes sean fieles a sus preceptos rebasa con mucho a cuanto el hombre puede desear. Una vida eterna sin sombra de dolor o de tristeza, una felicidad inefable y siempre duradera. Por eso también sus exigencias rebasan en ocasiones las inclinaciones naturales y congénitas del hombre. Lo cual no quiere decir que pida cosas imposibles. Si así fuera, ningún hombre podría cumplir con la ley divina, por muy grandes y ciertas que fueran las promesas. El Evangelio es arduo de cumplir, pero no imposible. Jesús no ha disimulado jamás las dificultades que lleva consigo el seguirle; al contrario, casi podríamos decir que las ha exagerado en cierto modo. Por otra parte, Él nos ha prometido su ayuda a la hora de la dificultad. De hecho muchos han conseguido la victoria definitiva, a pesar de su debilidad y de sus miserias, tan patentes y graves como las de cualquier hombre.

De todos modos, hay que reconocer que las exigencias del Evangelio suponen esfuerzo y lucha, esa violencia contra uno mismo de la que habla el Señor cuando afirma que sólo los "violentos" entrarán en ese Reino, el de Dios, que padece violencia. En efecto, lo que nos enseña el pasaje evangélico de hoy, supone violentarse a sí mismo. El hombre tiende a querer a los que le quieren y a odiar a los que le odian. Sin embargo, Jesús nos dice que hemos de amar a nuestros enemigos, hacer bien a los que incluso nos odian, hablar bien de los que nos maldicen y orar por los que nos desprecian o injurian. Es más, si es preciso, hay que poner la mejilla izquierda cuando te han pegado en la derecha, y dar la túnica a quien se ha llevado el manto.

Sin duda que son palabras hiperbólicas que encierran un espíritu, más que una casuística detallada. De hecho cuando Jesús en la Pasión recibe una bofetada, no sólo no pone la otra mejilla sino que protesta, serenamente, eso sí, de aquel atropello injusto. Sin embargo, en esa ocasión el Señor no se resiste, se entrega a sus enemigos y les deja hacer con él lo que les parece: una parodia infame y cruel, tejida de espinas y golpes, de insultos y vejaciones. Antes de ese momento, Jesús había huido de sus enemigos, o los había vencido sólo con la majestad de su porte. Cuando llega la hora de entregarse, según la voluntad del Padre, él suplica y llora, suda sangre ante el peligro que se avecina, pero finalmente se entrega con decisión y generosidad. Así nos redime y, al mismo tiempo, nos explica con su ejemplo cuál es el sentido profundo de sus palabras.


2.- LO QUE LOS VIOLENTOS NO QUIERE OÍR

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- Las lecturas bíblicas de este domingo corren el riesgo de no contentar a nadie. Ni a los llamados “progresistas”, ni a los denominados “conservadores” dentro de las filas cristianas. A los primeros porque proclaman actitudes y comportamientos pacíficos y pacificadores, muy lejos de toda violencia; a los segundos, porque se les veta el juicio sobre los prójimos, se les reclama la tremenda audacia de amar a los enemigos, se les exige capacidad de perdón para los pecadores, se les obliga a la generosidad de dar generosa, colmada, merecidamente, ya que la "medida que uséis la usaran con vosotros”.

2. El texto del primer Libro de Samuel resultara desconcertante para cuantos en nuestros días propician una denominada “teología de la violencia”. David ––cuenta el libro citado–– tiene en sus manos al injusto rey Saúl; y sin embargo, frente a su consejero y amigo, David perdona la vida a su mayor enemigo y trata de remodelar su existencia de éste por el camino de la comunión del arrepentimiento: “No se puede atentar impunemente contra el Ungido del Señor”.

En el texto del evangelio de Lucas, Jesús proclama un modo de comportamiento que los violentos no quieren oír y que incluso molesta a quienes, apasionados de la justicia como es debido, desprecian y apelan a los modos violentos de instaurarla. A quienes nos pegan en una mejilla, acércales la otra y regálales la capa; a quienes piden sin razón ni motivo, dad de lo que os pertenece y no les reclames lo que nos han robado... Y, sobre todo, “amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada”. ¿Mayores exigencias? ¿Qué otro “programa” humano puede presentarse como de mayor exigencia? ¿Y se dirá que el cristianismo es para los débiles? ¿No habrá que decir, más bien, que es para los audaces?

3. El relato del Libro de Samuel y la predicación de Jesús ––dicha en el método pedagógico de los libros sapienciales–, método hecho de antagonismo que no hay por qué tomar al pie de la letra––, marcan toda una postura ante la vida; el creyente en el evangelio de Jesús tiene que extremar hasta límites insospechados las actitudes de pacificación, de perdón, de entrega y servicio, de donación, de dialogo, de olvido de las injurias, etc...

Se trata de un talento interior que toma su inspiración en el comportamiento de Dios para con el hombre y que el mismo Jesús sintetiza en esta frase: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Allá los teólogos que discuten si es posible la conciliación del Evangelio y la violencia. Algo hay seguro: Que antes de llegar al último y definitivo recurso de la violencia, el creyente ha de exagerar todo lo que pueda entrar en la vida social como factor de reconciliación.

4. Esta enseñanza es algo que resulta incomprensible para no pocos de los hombres de hoy y mas incomprensible aún cuanto más extremas son sus posturas de integrismo y de progresismo. El texto del apóstol Pablo a los cristianos de Corinto viene a decirnos algo muy importante a este respecto. El hombre carnal jamás podrá compartir esta enseñanza de la Palabra de Dios; solo el que trata de imbuirse del Espíritu podrá aceptar las exigencias de la condición cristiana. Estamos en pleno terreno de adhesión por la fe al mensaje de Jesús. Sus contenidos nos desbordan por todos los lados, pero cuando se asumen e interiorizan con autenticidad, entonces y solo entonces resulta posible llevar este comportamiento de vida porque “el Espíritu da vida”.


3. - “TRATAD A LOS DEMÁS COMO QUEREIS QUE ELLOS OS TRATEN”

Por José María Martín OSA.

1.- Amor y perdón, dos palabras claves que se repiten en las lecturas de este domingo. Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos lo puede devolver, e incluso a aquél que nos odia. Eso hizo David cuando perdonó la vida a su perseguidor, el rey Saúl. Es lo que hizo Jesús en la Cruz cuando perdonó a los que le maltrataban: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

2.- ¿Por qué perdonar a nuestros enemigos? Porque Dios es el primero que nos perdona a nosotros, porque como proclamamos en el salmo “el Señor es compasivo y misericordioso”. El no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros. A mi mente viene aquella anécdota en la que un niño, intrigado por las palabras de su catequista que le decía que Dios con su providencia infinita está siempre despierto velando por nosotros, le preguntó a Dios si no se aburría teniendo que estar todo el tiempo despierto. Dios le contestó al niño con estas palabras: “no me aburro, me paso el día perdonando”. Contrasta la “ternura” de Dios con esa imagen de Dios “eternamente enojado”, que me parece muy poco acorde con el Evangelio.

3.-La cadena de la violencia sólo se rompe amando. Es la mirada de amor la que puede transformar el corazón de piedra del agresor. No cabe duda de que la violencia engendra violencia y esta rueda sólo se puede parar con la fuerza del amor. Hay un lado “provocador” en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: poned la otra mejilla, bendecid a los que nos maldicen, amad al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados.

El amor puede hacer que el enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar.

4.- Al rezar hoy el Padrenuestro no seamos hipócritas. Seamos sinceros al decir “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Si nos es difícil vivirlo pidamos, al menos, que nos ayude.... a perdonar como El nos perdona.


4.- Y, SOBRE TODO, ¡EL OTRO!

Por Javier Leoz

1.- A punto de iniciar la Santa Cuaresma, en este domingo 7º del Tiempo Ordinario, San Lucas, nos sorprende con una serie de actitudes que, los seguidores de Jesús, hemos de cultivar y no obviar. Esos modos los podemos resumir con una frase: por encima de todo, ¡el bien del otro!

Es el mundo al revés. Es lo contrario a lo que estamos habituados a escuchar en muchos de los círculos donde nos encontramos.

En definitiva, “sobre todo el otro” es la locura y el centro de la predicación de Jesús. ¿Lo es también en nosotros?

Pensar en “el enemigo” no es buscar esa categoría en las luchas fraticidas o en las películas entre buenos y de malos. El enemigo, sin darnos cuenta, se localiza muy cerca de nosotros:

-Las personas a las que, por pensar de diferente forma a la nuestra, las alejamos de la órbita de nuestras amistades

-Las personas que, por pequeñas o grandes decepciones, las hemos dejado marginadas

-Las personas que, por mil excusas o por ninguna, las hemos olvidado o, incluso, humillado.

Todo cristiano tiene dos caminos: uno el que conduce hasta que Jesús y, otro, el que conduce exclusivamente a uno mismo.

-El cristiano que elige el camino hacia Jesús, cae en la cuenta de que –ese camino- tiene una derivación obligatoria: los hermanos que nos rodean.

-El cristiano que, por sistema o con mil excusas, opta por el camino de “uno mismo” corre el riesgo de poner en el centro sus propios intereses. Corremos el peligro de buscarnos a nosotros mismos. De gritar a los cuatro vientos aquello de ¡sálvese quién pueda!

2.- Ante la próxima cuaresma, el evangelio de este día, es casi un anuncio de lo que conllevar el vivir codo a codo o el trabajar mano a mano con el Señor: el bien del otro. Por encima de todo y sobre todo, el bien del otro.

¡Tiempo vamos a tener en la Santa Cuaresma para ajustar y hacer más auténtica nuestra vida de fe!

¡Tiempo vamos a tener en la Santa Cuaresma para intentar, por encima de todo, acompañar a un Jesús que nos invita a la conversión, a la sinceridad y…a tratarnos los unos a los otros con un poco más de cordialidad y de amor!

¡Tiempo vamos a tener, en la Santa Cuaresma, para saber que los juicios los hemos de dejar en las manos de Dios y, en cambio, la comprensión ha de surgir espontáneamente de nuestro corazón!

¡Tiempo vamos a tener, en la Santa Cuaresma, para mirarnos en el gran espejo de Jesús y comprobar si la imagen que refleja, se proyecta en nuestra vida a través del desear el bien a los demás; la paciencia; el buen trato; el amor sin distinción o el perdón por aquellas pequeñas cosas que nos hacen o que forjamos en las luchas de cada día!

3.- Nuestra vida cristiana no puede ser un carnaval. Es decir; un traje bajo el cual nos ocultamos para aparentar lo que no somos o un disfraz que utilizamos de vez en cuando para ser irreconocibles. Entre otras cosas, nuestra vida cristiana, no puede ser un carnaval porque, Dios, siempre sabe quién se esconde detrás.

La gran fiesta que podemos preparar, a partir del próximo miércoles de ceniza, es la gran Pascua del Señor. Pasará el carnaval, enmudecerá la música, caerá el disfraz al rincón más olvidado y aparecerá aquello a lo que ninguno de nosotros podemos renunciar: nuestro auténtico rostro.

Ojala que, ese semblante, lo sepamos alegrar y divinizar con tantas cosas buenas que San Lucas nos ha sugerido en el evangelio de este día. Porque, el perfil de las personas (incluidos los nuestros) no necesitan caretas o máscaras para transmitir una alegría que tal vez no existe. Las fisonomías de las personas que creen en Jesús irradian auténtica alegría y desbordan de entusiasmo cuando…saben que el ¡todo por el otro! es lo máximo a lo que un hombre o mujer de fe puede aspirar. ¡Abajo las máscaras y arriba el rostro de nuestra fe!

4.- ¡QUITA, MI MÁSCARA, SEÑOR!

La de la sordera,

para que pueda escuchar con nitidez tu voz

La del odio,

para que pueda amar sin distinción

La de la maldición,

para que pueda desear siempre el bien

La de la debilidad,

para que presente mi mejilla donde sea necesario

La del egoísmo,

para que nunca mire lo qué doy ni a quién doy

La de la conformidad,

para que no exija lo que no me pertenece

¡QUITA, MI MÁSCARA, SEÑOR!

 

La de los malos modales,

y sea así delicado con mis hermanos

La de la maldad,

para que disfrute sembrando semillas del bien

La del usurero,

para que no busque más beneficio que el ser feliz dando

La de la dureza,

para que brote en mí la comprensión

La de la severidad,

para que sepa entender y comprender los defectos de los demás

La de la discordia,

para que vea amigos y no adversarios

¡QUITA, MI MÁSCARA, SEÑOR!


5. - BIENAVENTURADOS LOS PAYASOS

Por José Maria Maruri, SJ

1. - Todavía resuena el evangelio de la semana pasada con las bienaventuranzas. Y, tal vez, a mi se olvidó daros una nueva y así la nueva bienaventuranza que se desprende del Evangelio de hoy sería: “Bienaventurados los Payasos de Circo porque serán hijos del Dios bueno que a nadie toma por enemigo”.

Porque ya me diréis qué es amar al que te hace mal. Dar la túnica al que te quita la capa. Prestar dinero al que te tima. Poner la mejilla al que ya te ha dado la primera bofetada.

¿No os recuerda esta manera de proceder a los tontos del circo que ponen la chaqueta en la misma silla donde les desapareció el sombrero, intentan sentarse, repetidas veces, en la misma silla que un listo retira tirando con una cuerda y que recibe toda bofetada que se pierde en escena?

Bienaventurados los Payasos, pero no lo entendemos y buscamos explicaciones. Sin embargo, lo que dice el Señor está ahí y el que tenga oídos para oír, que oiga: que la Iglesia es el único sindicato de los Payasos de Circo y el Secretario General es Jesús y sus siglas, SPC.

2.- No lo entendemos, porque no llegamos a la profundidad de amor de nuestro Dios que es toda bondad, incapaz de tener a nadie por enemigo. No entendemos la necedad de Dios.

Hay una parábola que pone ante nuestros ojos esa sublime necesidad de Dios. El dueño de la vida envía a sus criados para cobrar lo estipulado con los colonos y éstos los apalean y echan de la viña y vuelve el dueño a enviar nuevos criados y vuelven los colonos a apalear y matar a los criados, y, el dueño de la viña en lugar de llamar a la Policía Nacional —como nos hubiera dictado a nosotros nuestra sabiduría humana—, movido por la necedad de Dios, envía a su hijo, a sabiendas de que lo matarán, y lo matan. Eso no cabe en la cabeza humana, pero sí cabe en el corazón de un Dios tan bueno que es incapaz de admitir como enemigos a los mismos que se declaran como enemigos suyos.

Sabe Jesús que Judas viene a entregarle y se deja besar y le llama amigo: “Amigo ¿a qué has venido?” Y en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Para Jesús, los que lo crucifican, no son enemigos, son gente equivocada. No saben lo que hacen. No en vano, hemos nombrado a Jesús Secretario General del Sindicato de los Payasos de Circo, y, no lo entendemos.

3. - No lo entendemos por lo que nos dice hoy San Pablo: “Que el primer hombre hecho de la tierra era terreno, y, que el segundo, Jesús, es del cielo. Y nosotros somos terrenos y el hombre terreno ama a los que aman, presta a los que saben que le pueden devolver, hace bien a los que le hacen bien.

Así somos los hombres terrenos: muy lejanos al Dios Bueno, que da sin esperar; que llueve sobre justos y pecadores; que a nadie tiene como enemigo y que vive convencido y trata de convencernos de que el amor llegará a vencer al odio.

Jesús, víctima de la enemistad, nos pide que no añadamos más enemistad, que tratemos de poner amor donde haya odio.

¿Qué hacer para no admitir como enemigo al que se porta conmigo como enemigo? David no atravesó a Saúl con su lanza porque fuese un ungido de Dios, pues el peor enemigo está ungido con el amor que Dios le tiene y con la sangre que Dios derramó por él, ¿me atreveré a atravesarle con la lanza de mi enemistad?

Uno empieza a ser mi enemigo cuando yo me dejo contagiar del odio que anida en su corazón. Entonces, empiezo a odiar como él, por eso Dios —que es incapaz de contagiarse con el odio— no puede tener enemigos.

Bienaventurados los Payasos de Circo, hijos de un Dios incapaz de odio y enemistad.


6.- PARA DOMESTICAR LA VENGANZA

Por Gustavo Vélez mxy

1.- “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen. Orad por los que os injurian”. San Lucas, Cáp. 6.

Luego del Sermón de la Montaña, había necesidad de explicar a los discípulos cómo emprender la ruta de la utopía cristiana. Por lo cual el Maestro sigue adelante, al ofrecer un valioso manual de relaciones humanas. El contexto social en que vivió el Maestro, invitaba día y noche a la violencia: La ley del Talión, herencia de Egipto y de Babilonia, que exigía “tanta venganza, tanta ofensa” regía el trato ordinario entre los judíos. Los valores de la generosidad y la compasión, presentados por los Libros Sapienciales, no habían sido asimilados por el pueblo.

2.- El imperio romano dominaba toda la Palestina y para financiar su presencia, exigía cuantiosos tributos. Se violaban impunemente las leyes en favor de las viudas y los huérfanos. Las autoridades nacionales, como Herodes, eran figuras decorativas de muy baja moral. El culto del templo no pretendía liberar al pueblo, sino presentar continuamente a un Dios exigente y vengador. Y en Galilea, la provincia del norte no escaseaban los celotes, grupos armados cuyos desmanes eran ahogados en sangre por las tropas invasoras.

Entre las páginas del Nuevo Testamento, tal vez no haya ninguna más en contravía de la realidad social de entonces, como esta colección de sentencias que nos trae san Lucas: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen. Orad por los que os injurian”.

Y más adelante: “Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También lo hacen los pecadores”. Así de simple: Amar únicamente a los amigos y hacer el bien solamente a los benefactores, nos sitúa, según el lenguaje de Jesús, por debajo de las prostitutas y los publicanos. Eran estos los más pecadores de entonces.

3.- Enseguida el Maestro señala ejemplos prácticos, según las costumbres judías, para desmontar nuestros mecanismos de venganza: “Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica”. Sin embargo, este programa no apunta únicamente a una estética personal, a un comportamiento social. Está de por medio, nada menos que nuestra condición de hijos de Dios: “Así seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos”. San Mateo lo dice de forma más poética: “El Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos y derrama la lluvia sobre justos e injustos”.

4.- Aquí también el Señor nos promete una recompensa que podríamos llamar temporal: Si perdonamos y somos desprendidos, “os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. Lo sabía el ojo observador de Jesús. En sus tiempos de niño, allá en Nazaret, empinado quizás sobre la punta de los pies, había mirado al vendedor de trigo, o de cebada, que remecía la vasija para medir los granos, intercambiando con el comprador un comentario amistoso.

Así el Señor y mucho más, será generoso con nosotros, cuando pacificamos la violencia. Cuando domesticamos la venganza que a todos nos abrasa el corazón.


7.- ¡Y AHORA ESTO!

Por Ángel Gómez Escorial

1. - El domingo pasado San Lucas nos presentaba la versión más “radical” de las Bienaventuranzas. Dichosos los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y a ellos Jesús les ofrecía el Reino de los Cielos. Hoy nos dice que amemos a los enemigos, que les pongamos la otra mejilla, y que les demos capa y túnica. ¡Es demasiado! Verdaderamente, ¿alguno de nosotros sería capaz de esa conducta pacífica? Pues, es difícil. Pero las palabras de Jesús no son teoría, ni representan un mensaje simbólico.

2. - La clave para intentar insertarse en todo ese camino tan difícil, la explica, respecto a las Bienaventuranzas, José Luis Martín Descalzo en su monumental biografía de Cristo. Dice Martín Descalzo, al plantear las diferencias entre Mateo y Lucas --pobres a secas o pobres de espíritu-- en la primera bienaventuranza, que quien de verdad sea pobre de espíritu terminará siendo pobre en términos reales, porque la condición de pobre de espíritu impide luchar por las riquezas y no desearlas. Y a fuer de no buscarlas, no aparecerán. Asimismo, si se es pacifico en el espíritu se comenzará a serlo en el comportamiento cotidiano, evitando la agresividad, la ira, la venganza, el odio o la "defensa justificada". La solución a estas dificultades debe estar en impregnarse en el Espíritu de Jesús y dejar que reine en nosotros. Si no es así va a ser muy difícil entender --y vivir-- su Palabra.


LA HOMILIA MÁS JOVEN


VALORES

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Sabréis muy bien, mis queridos jóvenes lectores, que se dice que no tenéis valores. Afirman otros, que lo que más apreciáis es la familia y uno, ante el panorama que observa, se pregunta ¿de qué familia se debe tratar? ¿cuál, si en tantas ocasiones se da la circunstancia de que los cónyuges se han separado? Otros dicen que el máximo aprecio lo ponéis en el dinero, el éxito social, el placer o a la droga... Seamos sinceros ¿vale la pena vivir sintiendo apego, a estas cosas? ¿Qué tiene que ver esto con las lecturas de la misa de este domingo? Se me ha ocurrido plantearos estas preguntas, a raíz de la primera lectura.

El rey David, que es figura central en la historia de Israel, tatarabuelo del Mesías, poeta, astuto militar y diestro político, que logró unificar a las tribus del norte y con las del sur en un solo reino, cosa inaudita, que preparó con esmero un imperio para su hijo Salomón, pero que su conducta dejó mucho que desear en otros campos, aunque no sea hoy el día apropiado de hablar de ello. Al rey David nos lo encontramos hoy, como protagonista de novela de aventuras y trataremos de sacarle jugo al breve relato, ocurrido en el desierto de Zif, no lejos de Hebrón.

2.- Conozco un poco aquellos parajes donde efectuaba sus correrías, el fugitivo David. El guerrillero, al servicio del mejor postor. Muchos se indignan cuando lo califico así, pero no se llamarlo de otra manera. Llevaba una vida a salto de mata, para no ser hecho prisionero por el rey Saúl, que podía ser lo indigno que uno quiera, pero que era, sin lugar a dudas, el escogido de Yahvé. Y David, que había recibido una educación donde se inculcaban valores de peso, en la que cada uno de estos tenía asignado un orden, sabía que, en la cúspide de ellos, estaba el respeto a Dios. Saúl, el rey, era el escogido, debía, pues, respetársele la vida. La descripción tiene su gracia, el guerrillero no puede ocultar su vanidad y despierta al rival y le demuestra como podía haberle matado, pero que ha respetado su vida, por ser el ungido del Señor. Nuestro protagonista pudo ser mujeriego, dejarse vencer por intrigas de palacio, sin duda fue buen militar, pero deficiente en el cumplimiento de algunos preceptos de la ley de Moisés. No obstante todo ello, aceptó y tuvo presente, una escala de valores. Él, como vosotros, mis queridos jóvenes lectores, como todos, yo mismo, no lo oculto, cometemos pecados, pero si no olvidamos el Norte hacia el que debemos dirigir nuestras vidas, encontraremos siempre salvación y no extraviaremos nuestras vidas.

Cabe, pues, preguntarse ahora: ¿tengo en mi mente a qué debo ser fiel en mi vida? ¿a qué ideales, a qué posesiones, a qué placeres, a qué títulos, dedicar mi existencia? Es conveniente ahora tomar un papel y empezar a anotar, poniendo una calificación al lado, qué cosas creemos merecen nuestro sacrificio o que creemos nos proporcionarán felicidad. Sopesar bien los conceptos, no fuera que habláramos o pensáramos en cosas que ya no tienen vigencia y uno debe olvidar. Estoy pensando en ideas políticas que ya no se sostienen, pues carecen de fundamento, y, para que nadie se sienta ofendido, diré que pretender valorizar el clan o la tribu, que en otras épocas fueron valores sociales, hoy sería total anacronismo. Ignoramos, o queremos ignorar, que se vociferan nombres de grupos, o territorios, que tampoco vale la pena sacrificarse por ellos, por carecer de fundamento profundamente humano, el tan en boga llamado valor antropológico. Pero Dios, no lo olvidéis, es siempre un valor en alza, aunque no se cotice en bolsa, ni el carné de creyente nos facilite descuentos comerciales, ni la Fe nos haga inmunes a dificultades y fracasos.

3.- El texto del evangelio del presente domingo es la exposición de la mayor parte de valores que deben conducir al cristiano en el progreso de su vida. Leedlos pausadamente. No sirven como pauta para partidos políticos, ni como consignas de campañas electorales, ni para hacerse famoso en televisión, ni para ganar dinero. Los negocios, la política, el éxito social, la fama, siguen otros derroteros. Hay que tener la audacia de fiarse del Señor, que no engaña, aunque a veces parece que se aleje de nuestro lado. Confiar en el que nunca traiciona, aunque a veces podamos sentirnos traicionados por algunos que dicen ser sus seguidores.

Empapaos, mis queridos jóvenes lectores, de las reflexiones que el Maestro nos ofrece hoy y tratad en vuestra vida de ponerlas en practica, os aseguro, yo que soy viejo, que una vida siguiendo esos rumbos, vale la pena de vivirla, y que el camino que se ha hecho en los andares de nuestra historia, atraviesa las barreras de la eternidad, nos conduce a la Felicidad de la que empezamos a gustar y gozar, ya ahora.