TALLER DE ORACIÓN

DIOS: NUESTRA JUSTICIA

Por Julia Merodio

Justicia.- Palabra muy utilizada, pero difícil de practicar.

Palabra que cuestiona y preferimos ignorar.

Palabra devaluada, porque no siempre se usa rectamente

Palabra utilizada, con ligereza, para quedar bien ante los demás.

Justicia.- Virtud que practicada, en lo que encierra su profundidad,

proporciona entendimiento entre naciones y pueblos,

llevándonos a todos los seres humanos, a desarrollar actitudes

de amor y de paz que alegran y vivifican.

¡Qué difícil resulta hablar de justicia! ¡Qué difícil encajarla en su propia dimensión! No sabía lo difícil que era hablar de justicia hasta que no me he detenido a plasmar lo que encierra su entraña.

Sé bien que, por más que profundice, siempre quedaré lejos de la realidad, pues soy profana en la materia, pero aunque sea someramente, quiero detenerme en esta virtud que se nos regala y que usamos de manera distorsionada.

Yo creo que la justicia no se puede meter en un “cajón de sastre” y agitarla a ver lo que sale, es necesario hacer de ella una diferenciación. Por tanto voy a fijarme en cuatro contextos de justicia.

Justicia Legal.

Justicia humana.

Justicia cristiana.

Justicia de Dios.

JUSTICIA LEGAL

No sé si puedo decir abiertamente que la justicia legal es una justicia injusta, pero para no hacer afirmaciones gratuitas os invito a echar un vistazo a nuestro mundo: Observamos:

Países ricos y países pobres.

Poderosos que se enriquecen a manos llenas, por cualquier procedimiento y pobres, que cada día son más pobres, pero se les hace callar porque nos resultan incómodos.

Poder que manda y gente sometida a sus órdenes.

Trabajadores agobiados, porque sólo son medidos según la productividad que generan.

Negociaciones, pactos, sociedades… para timar a cuantos más mejor, siendo los mayores destinatarios los que carecen de cultura y recursos.

Competencias desleales con visos de legalidad

Sé que cada uno puede seguir contando casos cercanos y, a veces personales, que le han superado. Con frecuencia vemos, que se airean, en los medios de comunicación:

Juicios injustos porque una de las partes estaba comprada.

Juicios interminables, mientras los afectados están pasándolo mal, carentes de recursos y, a veces habiendo perdido a seres muy queridos.

Promesas dudosas para mantener callados a los que protestaban.

Quiebras inexistentes que dejaron sin trabajo a gente honrada.

¿Qué más puedo decir? Y la justicia ¿dónde está?

No nos queda más remedio que llevar todo ello a la oración, quizá viéndolo desde dentro adquiera otro sentido. Posiblemente contemplado, en ese momento de silencio donde Dios escucha y habla a la vez, podamos conseguir pautas para no quedarnos con los brazos cruzados, para tomar postura y unirnos a los que son tratados injustamente. Y, ante todo, hacer lo que siempre es posible, depositar nuestra súplica en manos de Dios y pedirle luz para encontrar soluciones que beneficien a todos, con la seguridad de que, lo que para nosotros es imposible, para Él es posible.

JUSTICIA HUMANA

Si hiciésemos una encuesta para preguntar cómo es el mundo donde nos ha tocado vivir, gran parte de los encuestados diría que es: un mundo injusto. Pero la palabra mundo es un concepto abstracto, se concretiza cuando en el ponemos a todos los seres que lo formamos, entre los que nos encontramos tú y yo, por tanto si es injusto algo tendremos que ver nosotros en ello. De ahí que sería bueno preguntarnos: ¿A qué se debe? ¿A que nuestra justicia es injusta?

Seguimos mirando el mundo:

Mujeres asesinadas a manos de sus parejas.

Niños, pequeños, golpeados alguna vez por sus padres, otras por las que los cuidan.

Niños maltratados en los colegios a manos de sus compañeros de clase.

Profesores víctimas se sus propios alumnos.

Jóvenes violadas, para algunas veces, ser asesinadas después, a manos de individuos

inaprensivos.

Secuestros, a veces con muerte, propinadas en el mismo domicilio, con las

correspondientes palizas y agresiones.

Y la justicia ¿Qué hace? Cuando empieza a actuar los hechos ya se han consumado, luego de nada sirve producir la herida para luego dolernos de ella.

Sería bueno, por tanto, que examinásemos donde radica el problema:

¿Quiénes eran los maltratadores?

¿Qué educación tenían?

¿Qué valores les enseñaron en su vida?

¿Hubo alguien que los amase de verdad?

¿Qué hizo por ellos su familia, el colegio, la sociedad?

Todos pasamos de largo, todos seguimos en nuestra comodidad, pero ahora tenemos metida esta lacra en las familias, en los colegios, en los trabajos…

No podemos limitarnos a criticar con los brazos cruzados. Miremos nuestra responsabilidad. Quizá alguno de ellos vivían cerca de nosotros, pero no denunciamos por miedo a las represalias. Si es así: ¿Qué mundo estamos haciendo? ¿Qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos? Sería un buen momento para examinar si respetamos a los demás, si cuidamos la naturaleza, si vivimos en la verdad…

JUSTICIA CRISTIANA

Si nos confesamos cristianos, esto de la justicia ha de ser para nosotros algo serio, algo muy tenido en cuenta en nuestra vida.

Ahora, además de mirar el mundo, tendremos que pensar en todos los que nos miran a nosotros en el momento de actuar. Es ahí donde, nuestra vivencia del evangelio, tiene que estar en el “candelero” para que alumbre tanta tiniebla. Sin embargo, no me queda más remedio que preguntarme con vosotros: ¿Se nota que somos cristianos a la hora de aplicar nuestra justicia?

La justicia, todos lo sabemos está representada por una mujer con los ojos tapados y una balanza con dos platillos. Ahí es donde quiero que nos situemos, aunque haciendo alguna salvedad:

Los ojos, a diferencia de los de la mujer, tendremos que tenerlos bien abiertos para observar que los platillos de la balanza están equilibrados, ya que no siempre es así. Tenemos una justicia para nosotros y otra para los demás.

Nuestras actitudes, no importa como sean, siempre tienen justificación.

Las actitudes de los otros, tratamos de mirarlas, examinarlas, juzgarlas… y, desde luego, no siempre con equidad.

Llegamos a la familia:

¿Cómo nos valoramos? ¿por lo que somos o por lo que aportamos?

¿Cómo nos acogemos? ¿Lo hacemos, solamente, cuando todo está a nuestro gusto, o cuando llega, también lo negativo?

¿Cuándo llega esa acogida? ¿Cuando todo va bien, o cuando tenemos necesidad de que nos ayuden los demás?

Y, cuando llegan los momentos difíciles: ¿Qué hacemos? ¿Denunciar la injusticia de los demás o presentar alternativas de justicia para arreglar la situación?

Siempre tenemos defensa para nuestro proceder. Nadie me da nada, decimos, por tanto yo tampoco tengo obligación de dar (como dice el refrán: “lo mío es mío porque así lo manda Dios, y lo tuyo de los dos”) y nos quedamos tan tranquilos.

Es cierto que los bienes que poseemos son nuestros, pero hemos de ponerlos al servicio de los demás.

Es innegable que los dones que Dios nos ha dado son nuestros, pero si nos los han dado gratis, gratis los hemos de compartir.

Es indiscutible que la vida es nuestra, pero Dios nos la ha dado para ponerla al servicio de los demás, empezando por los más cercanos.

Cuando la balanza se inclina más a favor de unos, siempre quedan otros fuera; y, precisamente los que quedan fuera son siempre los más desfavorecidos.

Vamos a pedir luz, al Señor, para que nos haga ver las realidades de nuestra vida en su justa medida y nos dé valentía para actuar, de tal modo, que la balanza esté siempre equilibrada.

JUSTICIA DE DIOS

No hace falta decir cuanto dista la justicia de Dios de la nuestra. La balanza de Dios siempre está compensada. Dios no conoce:

La justicia contributiva. Él es gratuidad, regalo, dadiva, ofrenda…

La justicia conmutativa. En la que se intercambian valores. “Si tú me das, yo te doy”

La justicia distributiva. Mayor beneficio al mejor postor…

Dios conoce la justicia misericordia. Conoce la justicia que viene del amor. Todos somos iguales a los ojos de Dios. Cuando él pensó hacer la humanidad no hizo distinciones:

Aseguró bienes para todos.

Trabajo para todos.

Igualdad de oportunidades para todos.

Él sabía, bien, que esto nos llevaría a la paz. La paz de Dios que, dista mucho de la

que nosotros practicamos.

¡Cómo cambiaría el mundo si aprendiésemos a vivir así!

Si supiésemos compartir los bienes más allá de fronteras.

Si estuviésemos preparados para ayudar a pacificar las guerras de cualquier país.

Si llegase a nosotros el sentido de la equidad…

Es necesario dejarnos enseñar, junto al Señor, que todos los seres del mundo

formamos una unidad.

Que el bien común es de todos.

Que es necesario dejar hablar a los sin voz.

Que el mundo no será justo si dejamos que lo manejen unos pocos.

Que ser injustos no tiene nada que ver con ser descubiertos.

Que, aunque nos castigan porque obramos mal y nos libramos del castigo cuando obramos bien, la justicia no depende de “ser pillados o no”, sino de obrar la misericordia y el amor en nuestros actos y hacer el bien con nuestras actitudes.

Para ello, solamente, tenemos que escuchar la Palabra de Dios cuando nos dice: “La justicia y la paz se besan” porque, sólo desde ahí, entenderemos que: Dios es nuestra justicia.

LA PALABRA DE DIOS

“Por amor de Sión no callaré, por amor a Jerusalén no pararé, hasta que resplandezca su justicia como luz, y su salvación como antorcha encendida. Entonces verán todas las naciones su justicia y todos los reyes su gloria” (Isaías 62, 1, 3)

“Se ha manifestado la justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen sin distinción, porque todos son justificados gratuitamente por su gracia” (Romanos 3, 21 – 25)

“Y por eso ruego que vuestra caridad crezca más y más en conocimiento y toda discreción, para que sepáis discernir lo mejor y seáis puros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia para gloria y alabanza de Dios” (Filipenses 1, 9 – 12)

“Hijos no os extraviéis, el que practica la justicia es justo, según Él es justo; el que comete pecado ese es del diablo . Y para eso padeció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo” (I Juan 3, 7 – 9)