LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: SIN TRASCENDENCIA
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano

"Porque se dicen discurriendo desacertadamente: corta es y triste nuestra vida; no hay remedio en la muerte del hombre ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades" (Sb 2,1).

En el capítulo primero del libro de la Sabiduría hemos visto cómo su autor se explaya en la descripción del impío. Ahora bien, la impiedad tiene su caldo de cultivo en la negación de la trascendencia con respecto al hombre. El impío es aquel que, al no abrir su vida a otros horizontes que no sean los de su perfección natural, viven sin ninguna proyección, la muerte es el punto final de todas sus ansias; se convierte en meta de todos sus trabajos y desvelos, también de todos sus sufrimientos y penalidades. La muerte da la impronta de lo absurdo a todo lo que el hombre ha hecho a lo largo de su vida.

El capítulo segundo empieza con una explicación de por qué el impío ha bloqueado su capacidad de trascender. Es porque, como dice el texto, "discurre desacertadamente" que no hay salida alguna ante el hecho ineludible e incontestable de la muerte. Ésta es la actitud y también la situación del impío. Discurre y piensa neciamente, es un insensato que con su razonar tan empequeñecido, ha encerrado su existencia en unos límites tan sofocantes como adormecedores.

La Sagrada Escritura abunda en textos y citas en los que encontramos la figura del necio. Unas veces se aplica a personas concretas, incluidos dirigentes religiosos de Israel, y otras al mismo pueblo en general en cuanto que se desvía del camino que Yahvé le ha dado a conocer con bellísimas instrucciones.

Israel, en sus desviaciones, en vez de encontrar la vida y la paz que busca, se encuentra con conflictos y guerras cada vez más graves y que, finalmente, le llevan al destierro. No es que Dios haya ejercido un castigo sobre él; el hecho concreto es que le abandonaron porque no lo consideraron rentable para sus deseos y ambiciones. Ante esta opción, El le ha dejado a merced de sí mismo, de sus fuerzas, tal y como su corazón deseaba.

Al no tener la fuerza y protección de Yahvé, los pueblos de alrededor cayeron sobre él; fue despojado y llevado al destierro. Como ejemplo de esta postración de Israel hacia la insensatez y la necedad, podemos detenemos en el siguiente texto del libro del Deuteronomio: "Él es la Roca, su obra es consumada, pues todos sus caminos son justicia. Es Dios de lealtad, no de perfidia, es justo y recto. Se han pervertido los que él engendró sin tara, generación perversa y tortuosa. ¿Así pagáis a Yahvé, pueblo insensato y necio? ¿No es él tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?" (Dt 32,4-6).

Como vemos, perversión y necedad van de la mano, es una perversión y necedad que no niega a Dios. El problema consiste en que la experiencia religiosa de Israel, manifestada en el culto, no es más que fórmulas vacías salidas de sus labios y no de su corazón. Éste está vacío, desprovisto de toda huella y presencia de Dios.

Es por eso que encontramos salmos que describen al necio, al impío, como aquel que en su corazón llega a decir: ¡no hay Dios! Estos hombres que, repito, pueden alabar a Dios con sus labios, al no permitirle habitar en su corazón, en su ser, tienen como huésped en su interior la corrupción, como vemos, por ejemplo, en este texto: "Dice en su corazón el insensato: ¡no hay Dios! Corrompidos están, de conducta abominable, no hay quien haga el bien" (SI 14,1).

El Señor Jesús también utiliza la palabra "necio" dirigida bien a personas concretas o bien a grupos, como, por ejemplo, el de las vírgenes necias, (Mt 25,1-12). Son tan necias, tan infantiles, tan insensatas que, cuando llaman a su puerta, Jesús les responde: ¡No sé quiénes sois!, ¡no os conozco!, nunca me dejasteis entrar en vuestro corazón.

Entre los textos en los que Jesús utiliza la palabra necio o insensato, vamos a entrar en uno que llama especialmente la atención y que encontramos en el evangelio de san Lucas. Habla de un hombre adulto. Su necedad no consiste en ser rico sino en la vaciedad e inmadurez de su forma de pensar y razonar. Resulta que sus campos dieron una cosecha extraordinaria y se puso a cavilar, a hacer proyectos: "Voy a demoler mis graneros y edificaré otros mayores y reuniré en ellos todo mi trigo y mis bienes". Al final pone el broche de oro a su insensatez: "Diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años..."

Después de estas reflexiones, añade Jesús: "Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma..." (Le 12,16-21). Jesús le llama necio porque ninguno de los bienes en los que apoyaba su seguridad podían connaturalizarse con su alma en el día en que habría de estar en presencia de Dios: el de su muerte.