Domingo II del Tiempo Ordinario
14 de enero de 2007

La homilía de Betania


1.- EL VINO BUENO

Por José María Martín OSA

2. - “LES FALTA VINO”

Por José Maria Maruri SJ

3.- BODAS EN CANÁ

Por Antonio García Moreno

4.- EL SACRAMENTO DE LA AMISTAD

Por Gustavo Vélez, mxy

5.- EL AGUA NO ES SUFICIENTE

Por Antonio Díaz Tortajada

6.- ¿NOS FALTA ALGO O ALGUIEN?

Por Javier Leoz

7. - LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO.

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


BODA EN CANÁ DE GALILEA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL VINO BUENO

Por José María Martín OSA

1.- Aunque hemos terminado ya el Tiempo de Navidad y ha comenzado el nuevo tiempo litúrgico que es el Tiempo Ordinario, el evangelio de Juan nos presenta una nueva "manifestación" de Dios ante los hombres. En los evangelios de la infancia de Mateo y Lucas podemos observar cómo Jesús colma las esperanzas del pueblo de Israel. Hoy se hace realidad la revelación que el Padre hace en el momento del Bautismo: "Este es mi Hijo predilecto". Ahora podemos corroborar esta afirmación por medio de los "signos" que el propio Jesús realiza. Juan presenta sólo siete actuaciones extraordinarias de Jesús --milagros--. Todos ellos son signos de la salvación que Jesús nos regala.

2.- Jesús aparece en una boda de unos amigos en la que también está invitada su madre. El comparte la alegría de unos novios y de los invitados a la boda. Asumió nuestra condición también y sobre todo en esto: compartir nuestras alegrías y los pequeños detalles de cada día. A veces nos imaginamos un Jesús totalmente diferente a nosotros, "galáctico", como si no fuera de este mundo. Pero el se encarnó con todas las consecuencias....Posiblemente el evangelista utiliza el recurso de la boda para explicar la relación que quiere Dios con la humanidad: una manifestación de amor parecido al de los esposos entre sí. En el Antiguo Testamento encontramos varios textos proféticos que expresan este mismo amor. Entre ellos destaca Oseas y el tercer Isaías de la época postexílica que hoy leemos. En Oseas, Dios se lamenta de la falta de respuesta de la esposa --el pueblo de Israel-- ante su amor sin límites. A pesar de la infidelidad del pueblo, Dios sigue mostrando su amor. Nuevamente en el texto litúrgico de este domingo Dios renueva su deseo de proteger a su pueblo, pues su tierra tendrá marido y será su "favorita". La misma alegría que experimenta el esposo con la esposa la encontrará Dios con su pueblo. Es un mensaje lleno de esperanza ante las maravillas del Señor.

3.- El texto tiene un gran contenido simbólico: las 6 tinajas --número imperfecto-- de piedra representan la antigua ley imperfecta --escrita en tablas de piedra--. Jesús representa la novedad. El es el vino nuevo que trae la alegría y la felicidad. En casi todas las culturas el vino representa la alegría de vivir. Pero la clave está en escuchar lo que Jesús nos dice como nos recomienda María. El sabe que no ha llegado su hora, pues su revelación definitiva será en la cruz para el evangelio de Juan. Pero hace caso a su madre María, que una vez más aparece como mediadora nuestra como lo fue también ante la cruz, y ordena a los sirvientes: "Llenad las tinajas de agua". Jesús cuenta con nuestra colaboración, no somos marionetas, quiere que nosotros también intervengamos en su obra salvadora, no nos lo da todo hecho. La diferencia entre el vino del principio y el que ofrece Jesús es abismal. El vino nuevo es El mismo, que nos invita a su fiesta y quiere entrar dentro de nosotros. Así nos ama Jesucristo y este es el significado de su primer signo: viene a llenar de sentido y de radiante felicidad nuestra vida insulsa y perdida. El está ahí, acudamos a El para llenarnos completamente de El, fuente de alegría y de amor.


2. - “LES FALTA VINO”

Por José Maria Maruri SJ

1. - Un signo, una señal puede ser una flecha en la cuneta del camino que señala una dirección. Puede ser una acción humana. Por la ancha acera de la madrileña calle de Serrano dos hombres se ven, se reconocen, se abalanzan y se palmotean estruendosamente la espalda. Esa acción es signo de la gran amistad que une a los dos hombres. Pero para un hombre, como puede ser un japonés, que no conozca el signo, resulta una extraña manera de lucha amistosa en plena calle.

San Juan nos dice que el milagro del vino de Caná de Galilea fue un signo:

* Qué pensaron los novios, no lo sabemos. Tal vez se quedaron en un gran agradecimiento a un hombre que les evitaba la gran vergüenza de no haber sabido prever el número de invitados.

* Tal vez, algún comerciante judío vio en ello el gran negocio que sería convertir el agua en vino bueno.

* Sí sabemos que los discípulos sintieron crecer su Fe en Jesús no por los seiscientos litros de vino, sino porque el banquete de bodas, el novio y la novia, la abundancia de vino y la alegría de los hombres, eran signos, flechas que señalaban desde los antiguos Profetas, la cercanía del Mesías que ya estaba entre ellos, en su Maestro Jesús.

2. - Jesús bendice con su presencia y su signo el comienzo de un nuevo hogar y nos dice que en la vida familiar es muy importante lo superfluo, lo pequeño y lo insignificante. Jesús no trae al banquete de bodas el pan o los corderos. Trae un buen vino, y eso que al parecer, ya estaban todos bastante bebidos.

+ Al ver tantas muestras de familias, malhumoradas, crispadas o malavenidas, se le viene a uno a los labios, la frase: “les falta el vino”.

+ Han pasado los años y la rutina ha entrado en el hogar. Falta la fantasía, la imaginación de la atención, del regalo, de acordarse de la fecha, de atender los gustos... “les falta el vino”.

+ Ya no se espera nada nuevo, ni se da nada nuevo. Todos se tienen que contentar con comer la harina, el azúcar y los huevos del pastel, sin que nadie se ocupe de cocinarlo... “les falta el vino”.

+ Los que fuera de sus casas son educados, amables, encantadores, siendo en casa ariscos como cardos, con espinas, y eso aunque guarden las formas del mutuo respeto... “les falta el vino”.

3. - Y es muy importante en la convivencia el amor que lleva a la creatividad, a la sorpresa, a las muestras del mutuo cariño. A todo eso que en nuestra adustez celtíbera, nos parece superfluo, pero que si falta, se agota la alegría de vivir y el hogar se convierte en pensión, en un mal hotel.

El adusto San Pablo nos dice: “sed cariñosos como buenos hermanos”, y en otra parte, “revestíos de bondad entrañable, de humildad, de dulzura, de comprensión”. No abandonemos esos signos, esos detalles que muestran que existe ese amor, que disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, el amor que no pasa nunca.


3.- BODAS EN CANÁ

Por Antonio García Moreno

1.- "Ya no me llamarán "abandonada"..." (Is 62, 4) Abandonada, devastada. Tanto, de tal modo, que esa situación calamitosa viene a dar nombre propio a la tierra de Israel. Era el estado doloroso en que quedó el pueblo sumido, después de haberse olvidado de Dios. Momentos de angustia, momentos de tristeza infinita. Los hombres se alejan por el pecado de su Creador, y al estar lejos se sumergen en un mar de lágrimas, en un mundo oscuro y gris.

Esa historia colectiva es figura y paradigma de muchas historias individuales, de todas las historias de cada uno de los pecadores, y de una forma u otra todos los somos. Cuando el hombre peca, en efecto, el alma se queda como tierra baldía, tierra abandonada y devastada. Aflora el miedo, la sensación de vacío, la tristeza. Es cierto que en ocasiones el hombre llega a encallecerse y a no sentir nada ante el pecado, a vivir "tranquilo" sin Dios. Pero en el fondo late el temor ante lo desconocido, el miedo ante lo que pueda ocurrir, la incertidumbre ante el más allá de la muerte, la duda que atormenta.

Pero todo eso tiene fin para los que vuelven, arrepentidos y pesarosos, sus ojos a Dios, que como un buen padre está siempre dispuesto al perdón, a la espera del retorno del hijo pródigo, para correr a su encuentro tan pronto lo vea llegar. Entonces se iluminarán nuestros sombríos horizontes y un nuevo capítulo gozoso se iniciará en nuestra historia personal.

“Como un joven se casa con su novia..." (Is 62, 5) Amor de juventud, primer amor. El despertar de los sentidos al amor, ese sentimiento tan hondo, tan humano y tan divino. Las palabras quedan inexpresivas para describir el amor, son un torpe balbuceo que trata inútilmente de expresarse. Es una realidad que sólo cuando se siente, se comprende. Podemos decir que es lo que más se asemeja al ser de Dios.

Quizá por eso sea inefable, tan difícil de describirlo, pues el Señor rebasa con mucho nuestra capacidad de entendimiento. Si no fuera porque él mismo se nos ha revelado, poco sabríamos de su grandeza. Aún así hemos de reconocer que sólo de forma analógica podemos comprender algo de él. Pero esa aproximación es suficiente para asombrarnos, para colmarnos de veneración y de ternura hacia él. A través de Isaías, nos dice hoy el Señor que nos ama como un adolescente enamorado ama a su primer amor, y que se alegra al vernos, lo mismo que el esposo cuando ve a su amada. Ojalá que esta declaración divina de amor, tan inaudita y encendida, nos despierte y nos empuje a corresponderle, a quererle con toda nuestra alma.

2.- "Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor" (Sal 95, 3) Danos luz, Señor, para ver tu grandeza, para comprender la hondura de tu infinito amor. El salmo nos exhorta a cantar un cántico nuevo, a bendecir tu nombre. Pero ya ves, a menudo no nos sale la voz de la garganta, nos domina la apatía y nos olvidamos de bendecirte. Como si nada hubieras hecho por nosotros, como si nada significaras en nuestras vidas, como si no nos importaras en absoluto.

Para esos momentos te pedimos, Señor, esa luz de lo alto que nos permita ver de tal modo tu intervención prodigiosa en nuestras vidas que no podamos por menos que bendecirte y cantarte en lo más íntimo de nuestro ser. Cuando uno, en efecto, contempla la bondad y la sabiduría divina, aunque sea a medias, entonces se entienden estas palabras del salmo: Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

"Familias de los pueblos, aclamad al Señor" (Sal 95, 7) Aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, temible es su presencia en toda la tierra. Decid a los pueblos: El Señor es rey, él gobierna a los pueblos con rectitud... Cada uno ha de ser un heraldo de Dios, un juglar a lo divino que cante y cuente a los demás las obras magníficas del Señor. Cada uno ha de ser un portavoz del mensaje de salvación, un difusor del Evangelio, la Buena Noticia que redime.

Tomemos conciencia de nuestra condición de apóstoles -todos lo somos desde el bautismo- y cumplamos con fidelidad y empeño tan sagrado destino. Siempre que podamos, hablemos de Dios sin pudor alguno. Y cuando no podamos hablar, que sea nuestra conducta la que hable; actuemos de tal forma que nuestro silencio sea un clamor que proclame sin palabras, pero con obras, la grandeza de nuestro Dios y Señor.

Voceros que anuncian la paz y el gozo de la salvación. Es preciso convencerse de esa obligación. Lo que el Señor nos ha dicho, quizá en el silencio de la oración, hemos de repetirlo a los cuatro vientos. Lo que os digo al oído -nos repite Jesús-, decidlo sobre los terrados. Hay que llenar la tierra entera con el pregón más formidable que jamás se haya pronunciado.

3.- "Hermanos: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu" (1 Co 12, 4) También hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor, y hay diversidad de funciones -sigue diciendo san Pablo-, pero un mismo Dios que obra en todos. Y, efectivamente, es así. Cada uno tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos. Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor, el que es Dueño absoluto de todo, el Dador generoso de cuanto el hombre posee.

Este principio supremo debe hacer posible la coexistencia armónica de esos diferentes modos de ser y de pensar. Exige el respeto y la consideración, el reconocimiento justo de las cualidades que cada uno tiene. Si proviene de Dios cuanto de bueno hay en el hombre, hemos de adoptar una postura respetuosa ante los demás, aunque sólo sea en consideración al que ha repartido esos dones.

Por otra parte, si queremos que nos respeten, es preciso que nosotros respetemos a los demás. No sería justo, ni tampoco posible, aplicar a nuestra vida la ley del embudo. Por lo tanto, evitemos todo recelo hacia los demás, desechemos cualquier síntoma de envidia, cualquier menosprecio de las cualidades ajenas.

"En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común" (1 Co 12, 7) Todo cuanto se recibe de Dios ha de estar dirigido al bien común: he aquí la nota que ha de caracterizar la validez divina del don poseído. Tanto es así, que si algo va en contra del bien común de ningún modo se puede considerar como proveniente de Dios. Y por ser algo nocivo no lleva en sí esa causa suprema que ha de motivar el reconocimiento, el respeto y la consideración de los demás.

La cuestión, está, pues, en determinar cuándo un don contribuye al bien común... Pero ¿quién ha de tomar esa determinación, quién ha de decir que eso proviene de Dios? Ciertamente que el menos indicado para determinarlo es el propio interesado. En la vida civil sea cual sea el régimen político, hay siempre una autoridad judicial suprema que juzga y sentencia. Y los demás, quieran o no, han de someterse a ese juicio.

En la vida de la Iglesia, por voluntad expresa de Cristo, hay también una autoridad competente que dictamina lo que es bueno y lo que no lo es. Dios quiso que en material tan grave como lo concerniente a nuestra salvación, no tuviéramos dudas ni vacilaciones. Y así, sólo aquello que contribuye al bien común según lo que enseña la Iglesia, puede estimarse digno de consideración y respeto, apto para formar parte del único pluralismo válido para un creyente.

4.- "Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda" (Jn 2, 2) La grandeza y divinidad de Jesús no le impedía estar cerca de las cosas pequeñas de la vida humana de cada día. Esta actitud sería luego criticada por sus enemigos, le llamarían comilón y bebedor, simplemente porque participaba en fiestas y celebraciones de sus amigos. Hoy nos narra el evangelio las bodas que se celebraron en Caná de Galilea. A ella fueron invitados Jesús con su madre y sus discípulos. De este modo el Señor santificó con su presencia divina ese acontecimiento crucial en la vida del hombre, bendice la unión entre marido y mujer hasta hacer de ella el gran sacramento, el símbolo vivo de su propia unión con la Iglesia, la esposa de Cristo sin defecto ni mancha.

San Juan que vivió con María cuando el Señor se marchó a los cielos; él, que la tomó como madre por encargo de Jesús agonizante en la cruz; él, que fue el discípulo amado, sólo habla dos veces de la Virgen en todo su evangelio; aquí en Caná y luego cuando refiere la crucifixión en el Calvario. Son pocas veces, desde luego, para todo lo que él habría escuchado de labios de Santa María. Sin embargo, cuanto dice es más que suficiente para que podamos conocer la categoría excelsa de Nuestra Señora, la madre de Jesús, como siempre la llama Juan. Ya con este detalle nos está enseñando que María es la madre de Dios, un hecho que es el punto de arranque y la base teológica en donde se apoya toda la grandeza soberana de la Virgen, privilegio singular del que derivan todos los demás.

Con este milagro, realizado gracias a la intervención de María, se pone de manifiesto: Por un lado la ternura de su corazón materno, el desvelo por las necesidades de sus hijos; y por otra parte aparece su poder de intercesión ante su divino Hijo, que se siente incapaz de no atender la súplica de su Madre santísima. Con razón, por tanto, la podemos invocar como Madre de misericordia y como la Omnipotente suplicante.

Cuánto nos ama el Señor. No sólo muere por nosotros en la cruz y derrama toda su sangre para redimirnos. Además nos entrega lo que le era más querido y entrañable, a su propia Madre, para que lo sea también nuestra. Con razón la llamamos "spes nostra", esperanza nuestra, y causa de nuestra alegría. Quien confíe en ella no se verá jamás defraudado, lo mismo que nunca defrauda el amor de una buena madre al hijo de sus entrañas.


4.- EL SACRAMENTO DE LA AMISTAD

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “En aquel tiempo había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda”. San Juan, Cáp. 2. Para Calvino, uno de los reformadores protestantes del siglo XVI, aquella advertencia de María ante el Señor: “No tienen vino”, durante las bodas de Caná, quiso decir que los comensales se habían excedido en la bebida. Aguardaba entonces Nuestra Señora una reprensión moralista de parte de Jesús. Pero el análisis serio de los hechos contradice al amargo predicador. El Maestro celebraba en Caná de Galilea, “dando a conocer su gloria” como advierte san Juan, el sacramento de la amistad. Estrenaba su ministerio en la fiesta de una familia, el hábitat propio del amor.

Quizás los novios eran parientes de Pedro y Andrés, originarios de aquella población. O tal vez allegados a María, pues el texto indica: “La Madre de Jesús estaba allí”.

2.- Una fiesta de bodas, bien lo sabemos, es ocasión propicia de compartir un buen menú, demostrando a la vez generosidad. Pero allí la presencia de Jesús con su grupo, aumentó de improviso el número de comensales, hasta agotar el vino. La emergencia es advertida de inmediato por el ojo maternal de María, quien procura enseguida remediarla. Con delicada prudencia se acerca entonces a su Hijo y le susurra: “No tienen vino”. ¿Pero cuál sería su intención? Porque el Maestro no se había manifestado aún como hacedor de milagros. Talvez Nuestra Señora sugería que algunos discípulos fueran a buscar más bebida en los sitios cercanos. Aquí ciertos predicadores echan al vuelo su imaginación, interpretando las palabras de la Virgen de muy variadas formas. Algunas tan hermosas como irreales. Preferimos nosotros preferimos entender la petición de Nuestra Señora como una ejemplar oración de súplica: Breve, concreta, comedida, llena de confianza.

3.- El Maestro responde que todavía no ha llegado su hora. Pero se deja llevar por la actitud de su madre y quizás la incómoda situación de los novios, que ya empezaba a traducirse a los presentes. Entonces, con insistencia femenina, la Señora ordena a los criados: “Haced cuanto él os diga”. El evangelista señala que allí había, además de los recipientes para el vino, seis tinajas de piedra, usadas por los judíos para sus purificaciones rituales. Ya no estaban llenas, pues con su contenido se habían cumplido los lavatorios previos al banquete. El Señor se siente presionado y, quizás con cierta sonrisa reprimida, ordena a los criados que llenen las tinajas hasta el borde. Luego les dice que lleven de esa agua al mayordomo. No sabemos en qué momento del breve recorrido, desde la entrada de la casa al lugar donde el mayordomo daba órdenes, aquella agua se cambió en vino de excelente calidad. “Todo el mundo, le comentan entonces al novio, sirve primero el vino bueno y cuando la gente está bebida el de menos calidad. Tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora”.

Celebraba entonces el Maestro el sacramento de la amistad. Un signo generoso: Muchos litros de buen vino, que significaron para los presentes, realismo de Dios ante nuestros problemas. Humanidad de Cristo que nos ofrece su salvación, encarnada en visibles circunstancias. Providencia del Señor que sale al paso, cada día, a nuestras continuas crisis.


5.- EL AGUA NO ES SUFICIENTE

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- Comenzamos, con el tiempo ordinario del año litúrgico, de lleno el recorrido por las grandes enseñanzas de Jesús. Este tiempo se abre de una manera por demás hermosa, grandiosa y muy profunda. Es como cuando se encuentra uno ante la fachada de una obra arquitectónica singular; o cuando de pronto nos encontráramos oyendo la obertura de una de esas sinfonías más bellas, en la que se nos ofrece un avance de todos los temas musicales de los cuales somos invitados disfrutar en el concierto.

En fin, un pórtico arquitectónico o una obertura musical son dos imágenes que nos pueden ayudar a situarnos no sólo con gratitud y gozo ante la vida y el misterio de Cristo, sino a aprovechar al máximo el recorrido que haremos en el año litúrgico.

2.- La palabra de Dios se nos da en un hermoso y rico lenguaje simbólico. Sabemos que una buena lectura de la Escritura, para que produzca los frutos que le son propios, ha de leerse sí literalmente pero no “literalistamente”, o sea al pie de la letra. Sabemos que una lectura mal hecha es la que toma los textos de una manera material. Es lo que hacen quienes adoptan una actitud fundamentalista ante la religión. Y sabemos cuánto mal hacen actitudes cerradas que llevan al fanatismo tan peligroso como estéril y agresivo.

Hoy la palabra de Dios, echa mano de imágenes propias de la literatura y la cultura del pueblo de Israel de hace más de veinte siglos.

La primera lectura está tomada de la tercera parte de Isaías un profeta que, lleno de optimismo, alienta al pueblo a vivir la alegría del regreso de un exilio de cincuenta años que está por concluir. Compara la alegría de Dios por el pueblo de Dios convertido y purificado con la alegría que experimenta el marido con su mujer. “Como un joven se casa con su novia” así hace Dios con su pueblo.

Jerusalén, la ciudad capital, representa a ese pueblo que, a través de la salvación, vivirá una experiencia tan profunda y tan duradera como la alianza matrimonial: Por amor y para siempre. Cuando la obra salvadora de Dios se haga realidad, Jerusalén hasta tendrá otro nombre, pues como corona de gloria y diadema real en la palma de la mano de Dios, verá su suerte tan diferente que aquel nombre ya no corresponderá a su realidad. En fin, este reencuentro del pueblo elegido con su Dios será muy semejante a un matrimonio celebrado en la fidelidad y en la alegría perpetua. En efecto, en lugar de vivir en abandono y desolación, será la complacencia del esposo.

3.- La imagen de un Dios que se desposa con su pueblo es muy común en la Sagrada Escritura, especialmente en el mensaje de los profetas, para indicar la estabilidad y la profundidad del amor de Dios para con su pueblo —y a partir de Cristo, con toda la humanidad redimida—, de manera que quedó bien establecido, desde la antigüedad de la revelación, que la fidelidad de Dios está a prueba de la infidelidad del hombre. También se quiere significar, con estas imágenes nupciales, que la alegría de la salvación de toda la vida humana sólo encuentra algún parecido con el gozo que puede proporcionar el amor y la intimidad del matrimonio.

Esta certeza llega a su colmo a través de Jesucristo que ha venido a establecer una nueva y definitiva relación, en el amor, entre Dios y la humanidad. Esta es la clave de interpretación del evangelio de hoy.

4.- No tiene mucho sentido fijarnos demasiado en el hecho del “milagro” ni en su realidad histórica. Todos los milagros son señales. De manera que detenernos en tratar de ver el milagro y quedarnos maravillados por él, o por la intervención de la Madre de Jesús, la Virgen María, nos privaría de recibir el mensaje con toda su riqueza.

La Iglesia nos presenta, por medio de estas lecturas, el misterio de un Dios-hombre, objeto directo de nuestra fe. Tal vez más que en cualquier otro libro de la Escritura san Juan utiliza un lenguaje simbólico para enseñarnos tanto el mensaje acerca de Cristo como su mismo mensaje. Si en los otros tres evangelios, Jesús emplea un lenguaje a base de parábolas que es necesario interpretar, en el evangelio de Juan todo su lenguaje, las palabras, las expresiones, tienen que ser interpretadas a la luz de la tradición bíblica.

5.- Los comentaristas modernos del evangelio de san Juan, en sintonía con varios padres de la Iglesia primitiva, coinciden, en resumidas cuentas, en que este episodio de la vida de Jesús, transmitido sólo por san Juan, es antes que nada, una catequesis sobre el misterio de Jesús que viene, con su vida, pasión, muerte y resurrección a establecer una y definitiva alianza de amor de parte de Dios con todos aquellos que lo esperan, lo buscan y lo encuentran, es decir, están abiertos al amor fiel y perfecto de Dios. De todos estos, es símbolo la madre, pues ella está atenta al problema de una carencia fundamental de la fiesta: La falta del vino como factor de la alegría. Sin este elemento, la fiesta, la boda, como celebración no tiene consistencia. El agua no es suficiente, no hace más que mantener en la vida, pero sin alegría. Ésta representa a la ley que, por más que se observe, deja mucho que desear. Sólo el Espíritu, que Jesús da y del cual es símbolo el vino, puede hacer posible una verdadera relación de alegría en el amor con Dios, simbolizado por el novio.

A la fiesta eterna a la que somos invitados todos, no entramos sólo con nuestros esfuerzos, proyectos, medios o búsquedas. Era necesario que Jesús, el Hijo del Padre, nos diera su Espíritu, mediante su muerte y resurrección.

Solo así podemos estar ya desde ahora en fiesta. En esa fiesta que comenzó el día de nuestro bautismo y en la que nos mantenemos, no sólo en la observancia de ritos y leyes, sino sobre todo, dejándonos amar, es decir salvar, por un Dios que como un esposo enamorado nos busca para hacernos suyos.


6.- ¿NOS FALTA ALGO O ALGUIEN?

Por Javier Leoz

1.- Con San Juan, los milagros de Jesús, toman una palabra: signos. Con ellos se nos va revelando la riqueza y la grandeza que existe en el Señor. Quien quiera descubrir la personalidad de Jesús no tiene más que acercarse al lenguaje y al fondo de sus signos. Comprobaremos, entre otros aspectos, que su misión tiene un objetivo: la felicidad de las personas. Hoy, poniendo en marcha los motores del tiempo ordinario, arrancamos con las Bodas de Caná.

2.- Las Navidades no pueden quedar en el olvido. ¿Para qué ha venido Jesús? ¿Por qué ha nacido Dios en un pobre portal de Belén? Dios, ha nacido, para que los hombres reconozcamos su presencia, su amor y su poder en Jesús. Lo hemos entonado en villancicos, lo hemos formulado y expresado en belenes, estrellas, comidas familiares o luces; pero, ahora, nos espera lo más importante: ¡despegar con El para meternos de lleno en su misión!

La Navidad ha sido un aeropuerto donde Dios ha aterrizado en forma de Niño. Pero, Dios, nos invita a despegar. A dejarnos conducir por Jesús y, con El, y de primera mano, meternos de lleno en ese inmenso horizonte –que es el cielo- donde late el corazón de Dios (en el corazón de Cristo), donde habla Dios (por los labios de Jesús) o donde se ve la mano de Dios (en los signos de Jesús).

¿Seremos capaces de despegar? ¿No nos pesarán demasiado los kilos de consumo que en estos días de fiesta hemos echado al cuerpo pero no al alma?

Con el Bautismo de Jesús nos colocábamos en pista con El. En las Bodas de Caná empezamos a divisar todo un paisaje en el que, Jesús, comienza a regalarnos un suculento vino de primera, que el mundo nos arrebata o que en la sociedad no se encuentra.

Con San Juan, el signo de las Bodas de Caná, tiene completa vigencia y actualidad. ¿En dónde echamos en falta la felicidad? ¿Qué banquetes serían más completos si dejásemos convertir el agua insípida de nuestra existencia, en licor bueno por el encuentro personal con Jesús?

3.- La fama de Jesús no puede quedarse relegada a un “niñito” nacido entre pajas. Ese NIÑO ha crecido, ha sido bautizado y, en el presente, si lo miramos como si fuese una radiografía, comprobamos que los rasgos de su persona nos muestran profundidades cuyos fondos están en Dios.

La popularidad de Jesús la podemos seguir proyectando nosotros cuando, al analizar la pobre o rica fiesta de nuestra vida, nos interpelamos en qué debemos cambiar o qué podemos transformar, desde nuestro testimonio convencido y vivo de que el Señor nos acompaña.

Y sino, al final, miremos a Jesús y como María…digamos: ¡hagamos lo que Tú nos digas o nos sugieras!

4.- ¿FALTA ALGO?

Si Dios ha aterrizado en el mundo

es porque quiere elevar al hombre al mismo cielo

Si Dios ha bajado al mundo

es porque quiere compartir con la tierra el regocijo del cielo

Si Dios habla por Jesús

es porque Dios quiere ser, además de escuchado, contemplado

 

Si Dios se involucra en la fiesta del mundo

es porque sabe que le falta alegría al hombre.

Si Dios pone vino bueno al final de una fiesta

es porque nosotros solemos ofrecer

de aquel otro que pronto se acaba

Si Dios tarda en transformar algunas cosas de la tierra

es porque el hombre se resiste a ofrecer sus manos

Si Jesús no es invitado a muchas fiestas

es difícil que llegue el vino para todos

Si Jesús no es acogido desde la libertad

El no se va a imponer por la fuerza

Si Jesús no es invitado a las bodas de la fiesta del mundo

siempre diremos aquello de: ¡falta algo! ¡falta alguien!

 

Por ello mismo, porque queremos que todo este a punto,

¡Ven Señor a nuestra fiesta!

¡Cambia el agua de nuestra tristeza en vino de eterna alegría!

¡Transforma la fiesta postiza en alegría auténtica de corazón!


7. - LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Voy a referirme hoy, principalmente, en este comentario homilético a la segunda lectura. Pero ello no es óbice para pasar por alto uno de los relatos más significativos y más bellos de los Evangelios. Naturalmente, me refiero a la historia de las Bodas de Caná. Y tiene muchos matices que son dignos de estudiarse y meditarse. Por un lado habrá que decir que Jesús adelanta el “debut” de su vida pública por indicación de su Madre, Maria. La Virgen hace eso con una frase que es toda una gran catequesis para todos: “Haced lo que Él os diga”. Nosotros, en todas las etapas de nuestra vida, hemos de seguir los consejos de María y hace que lo que nos dice Jesús. Parece claro, ¿no? Por otro que ese comienzo de la vida pública se hace en una boda y por un asunto aparentemente fútil, como puede parecer la falta de vino en una boda. Aunque no es así. La especial sensibilidad femenina de la Virgen entiende que sin vino el día más feliz de dos esposos puede convertirse en un gran problema y quedar negativamente en la memoria histórica de los desposados. Y es más que oportuno evitar ese fiasco, si podía evitarse.

Pero, a mi juicio, el hecho más notable es que dicho debut llegue en una fiesta de alegría y concordia como es una boda. Jesús no abre su vida pública mediante un solemnísimo discurso ante los doctores del templo. No lo hace en medio de un ambiente festivo y aporta, gracias a su fuerza y poder, una enorme cantidad de vino de muy buena cantidad. No podemos negar pues que siempre Jesús tuvo esa cercanía a la alegría y a la cordialidad, como lo demuestran las numerosas comidas a las que asistía y que fueron falazmente criticadas por los permanentes aguafiestas de los fariseos. Y en fin, el resumen bien puede ser: Actúa porque su Madre se lo pide, lo cual demuestra la importancia –simbólica y real—del papel de María en obra de Jesús, en la Redención. Inicia esa obra, de manera pública, en un ambiente de fiesta y de felicidad, lo que, asimismo, nos demuestra ese aprecio de Jesús por los momentos felices, basados, en este caso, en el amor de dos esposos. Sinceramente creo que son buenos argumentos sobre los que debemos reflexionar.

2. -. Y, como decía al principio, la lectura de la Primera Carta a los Corintios que hemos proclamado hoy hace Pablo una enumeración de lo que el Espíritu de Dios puede hacer con nosotros y así llegar incluso a acometer milagros. En los primeros tiempos del cristianismo la presencia del Espíritu Santo era visible en quienes lo recibían. La imposición de las manos cambiaba el talante de los fieles. ¿Está hoy el Espíritu más lejano de nosotros? Sinceramente, no. Lo que ocurre es que tenemos que aprender a mirar lo que hacemos con ojos espirituales. Tal vez, hagamos algún milagrito sin saberlo y, asimismo, sean signos que sirven a los demás, sin que nosotros lo apreciemos.

En muchas de nuestras crisis espirituales, en momentos un tanto oscuros, cuando parece que las cosas han cambiado o van a cambiar hasta lo desastroso, aparece, de pronto, una idea clara, inequívoca, plena de contenido sobre lo que tenemos que hacer. Es obvio que por ahí ha pasado el Espíritu. Y si la homilía de un cura cualquiera en no importa que lugar conduce directamente a un "pecador de larga duración" al confesionario, ¿no es eso un milagro? Lo que si debemos de tener claro es que cada uno tiene una misión dentro del Cuerpo Místico y que tales misiones solo llegan por el influjo del Espíritu Santo.

Tendemos a "desespiritualizar" todo y así podemos ver a un colaborador de Cáritas que se entrega a los pobres de su parroquia, como un hombre de mucha bondad personal y de una gran capacidad organizativa. También, a una catequista que educa maravillosamente los niños de su entorno como una mujer abnegada y de gran capacidad como enseñante. Pero sin más. Sin la trascendencia divina de su propio trabajo. Y se nos olvida el influjo del Espíritu que es quien está haciendo posible esos "milagritos" cotidianos. Deberíamos leer hoy el pasaje de la Primera Carta a los Corintios con una mayor literalidad, buscando más su significado concreto y abandonando una cierta tendencia al simbolismo. El Espíritu nos manda su Fuerza y con ella podemos hacer muchas cosas que nosotros solos no podríamos acometer.

3. -Y es bueno recordar al Espíritu Santo de Dios en este domingo segundo del tiempo ordinario, en el comienzo de tanta actividad “normal”, tras las Fiestas de la Navidad, para que Él nos ayude. Os propongo que recitemos juntos el Himno del Espíritu. Tal vez, podría sustituir a las preces de la Oración de los Fieles. Este precioso texto se lee en secuencia en la Misa de Pentecostés. Es, también, himno repetido en la Liturgia de las Horas. Además, es interesante meditar sobre él, tras la lectura del fragmento de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios. No es muy fácil hacer más comentarios al respecto, pero emociona eso de "dulce huésped del alma". En fin, que no se nos olvide invocar al Espíritu todos los días de este año y dedicarle un tiempo de nuestras oraciones. Ahora lo que le estamos pidiendo es apoyo y conocimiento para ser mejores en este “año ordinario” que hoy iniciamos. Tiempo de trabajo habitual y cotidiano, que ha de servir para dar gloria a Dios y amor para nuestros hermanos ¡Qué Él nos ayude!


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


BODA EN CANÁ DE GALILEA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Que el simpático evangelio de hoy nos enseñe que Jesús no es un aguafiestas, sino alguien que ha venido a procurar la felicidad del hombre y que Santa María, su madre, es una excelente cooperadora en este propósito de salvación de la humanidad, es, sin duda alguna, mis queridos jóvenes lectores, su mensaje fundamental. Pero quiero sacarle más jugo al fragmento de San Juan.

En primer lugar situaré el acontecimiento. Cana de Galilea corresponde, con mucha probabilidad, a la actual población de Kafr Kanna, a pocos kilómetros de Nazaret. Tal vez, dicen algunos, se trate de otro lugar, situado un poco más lejos, pero, como en aquel tiempo no existían ni los rótulos de carretera ni, mucho menos los GPS, que pudieran darnos las coordenadas, no hay duda que, en ciertos casos como en el de hoy, no se puede precisar, con seguridad y exactitud, donde ocurrió un hecho.

2.- Se celebraba una boda, dice el evangelio, no un matrimonio. Vale la pena un pequeño análisis sobre el particular. Hoy en día parece que el camino hacia el estado matrimonial empieza en el “flechazo”, el apasionado atractivo físico entre un hombre y una mujer, seguido de una satisfactoria experiencia de simpatía emotiva y, pasado el tiempo, llegará el día que decidan casarse, cosa supeditada, según esta manera de ver las cosas, a una serie de condicionantes de orden económico. Calculan unos a quien invitarán, calculan otros que regalarán, a que lista acudirán para acertar en el obsequio, en algunos casos se les ofrecerá un número de cuenta corriente donde ingresar dinero. No hace falta que explique el desarrollo de una boda. Hay lugares reservados para el banquete, y el menú y la música que pueda entretener, están minuciosamente contratados.

3.- En tiempos de Jesús, y en su país, la cosa no era así. Reunidas las dos familias establecían una condiciones, unos proyectos, unos lugares para la vida en común y, en este marco familiar, aquella chica de no mucho más de doce años, acordaos de que no existía la etapa de la adolescencia, y aquel chico de sus quince cumplidos, se comprometían entre sí. Eso de comprometerse es un acto genuinamente humano. Por muy semejante que sea nuestro código genético al de los animales, no oiréis nunca que dos de estos se han comprometido entre ellos. En este clima y terreno del compromiso, nacía y crecía el amor matrimonial, mientras se preparaban los utensilios y espacios necesarios para la vida familiar. Al cabo de unos meses, seguramente nunca más de un año, se celebraba la boda. Era una fiesta con invitados, pero abierta a muchas personas. Aquello de que los amigos de mis amigos, son mis amigos, era auténtica realidad. Si en este caso la invitada era María o lo fue el Hijo, no importaba, se presentó con sus discípulos y se incorporaron a la fiesta, siendo aceptados. Las bodas tenían su ritual. La novia se había reunido con sus amigas previamente, el novio con sus amistades y, en un determinado momento, ambos grupos se encontraban, pasando unos días alegremente juntos, hasta que el chico era arrebatado por un compañero y llevado a la cámara nupcial, finalizando con ello la fiesta. (Mt 9,15)

Primera sugerencia que deseo os hagáis. Pensad si un tal planteamiento matrimonial existe entre vosotros. Examinad qué valor se da al compromiso con respecto al puro atractivo y goce en común. Calculad qué resultados se conseguirían si amor, conocimiento personal y aprendizaje del compromiso, se cultivasen y creciesen juntos. Tal vez el fracaso de tantas parejas de hoy en día, proceda de un mal planteamiento del matrimonio.

Segunda cuestión. Estas listas de regalos, estos cálculos de a cuantos se invitarán y donde se situará cada uno, ¿son ingredientes que faciliten la feliz convivencia? ¿son criterios cristianos? ¿podría presentarse de improviso alguien allí, Jesús de Nazaret, por ejemplo, con sus amigos y ser aceptados todos con naturalidad y sin ningún reproche? Una boda a la que no se haya invitado a Dios no será boda cristiana, no tendrá el apoyo sacramental.

Asistía María, mujer detallista y Jesús, recién iniciado en sus proyectos de futuro, idealista y audaz dispuesto al sacrificio, como después bien se supo. El amor del hombre es el mundo, el mundo de la mujer es el amor. En Caná se cocinaba un buen cariño. María estaba a sus anchas, en su mundo, de aquí que descubriera con antelación lo que ni los responsables del servicio habían sido capaces de observar. Es inconcebible que en una mesa mediterránea pueda faltar vino. No hay duda que María sabía muy bien que Jesús siempre estaba dispuesto a ayudar en lo que fuera necesario. Se les está acabando la bebida, dice ella, no me toca a mí solucionarlo, dice Él. Haced lo que os sugiera, indica la mujer a los sirvientes. Pues, llenad los depósitos de agua, manda Él. El “maître” se asombra al comprobar el cambio de calidad del caldo, la pareja sin notarlo continúa su fiesta. Mas tarde ellos, sus vecinos y sus parientes, reconocerán que esta visita de Jesús, no fue un encuentro fortuito, el milagro de convertir el agua en excelente vino no fue sólo un gesto de delicadeza generosa. La asistencia de Jesús, se dieron cuenta después, implicaba dar un mayor rango a la boda, una categoría superior a la unión de aquella pareja, elevar la calidad del compromiso. Aquel encuentro en Caná, mis queridos jóvenes lectores, estaba anunciando que, llegado el momento, y dándole la categoría merecida, el matrimonio se convertiría en sacramento. Una realidad sublime que nadie imaginaba. Un acontecimiento que trasformaba el encuentro matrimonial, el simple beso, en un don de Gracia. A los esposos se les concede, a partir de ese momento, ser concesionarios de la Gracia, dadores de santidad, con solo amarse.

4.- Si no hay que olvidar la intercesión valiosa de Santa María al meditar el relato proclamado hoy, también hay que reconocer que tiene más sustancia. Deben cambiar muchas cosas en las celebraciones actuales del matrimonio, para que podamos pensar que ella, la Virgen, se haga presente. Puedo imaginarme una aparición mariana en una gruta, en una encina, en la tilma de buen hombre. Lo que soy incapaz de imaginar es que se pueda hacer presente, para solucionar problemas, en las actuales fiestas nupciales.

Mis queridos jóvenes lectores, os urge introducir modalidades en este y en otros terrenos. La actualidad os necesita para que se efectúen cambios, como los que en otros terrenos y otros tiempos, ocasionaron gente semejante a vosotros, gente joven, que se llamaron Francisco de Asís o Juana de Arco, entre otros, que citar más alargaría excesivamente este mensaje.