1.- DEBEMOS ADORAR A DIOS PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO

Por David Llena

Si somos cristianos, no es por méritos propios. No es por nuestro esfuerzo, no es por los sacrificios que hagamos. Si somos cristianos es porque Jesús nos ha llamado. Nuestra religión no es una búsqueda constante de un dios que anunciara un profeta. Ni es una forma de vida para llegar hasta dios. En nuestra religión, es Dios el que busca al hombre, es Dios el que llama al hombre, es Dios el que invita al hombre. En nuestra religión es Dios el que “pone toda la carne en el asador” hasta tal punto que decide en su inmenso amor salvar la carne humana, el genero humano, compartiendo nuestra existencia haciéndose como nosotros y sufriendo como nosotros todas las injusticias y malestares que el demonio fue sembrando desde que encarnó en serpiente en el paraíso.

¿Quién tiene un dios como nuestro Dios? Éste es el Dios que anunciamos, capaz de humillarse hasta tal extremo; si Dios hizo esto por nosotros, ¿no tendremos que estar eternamente agradecidos? ¿No deberíamos, no solo doblar la rodilla (como dice Pablo) sino vivir en constante adoración y alabanza a este bienhechor del género humano? Y sin embargo, ¿qué hacemos? Apenas si nos acordamos de Él a lo largo del día, y si lo hacemos es para pedirle que todo nos vaya bien, o quizá para chantajearle pidiéndole algún milagro quizá fuera de sus planes.

Debemos tomar conciencia de que Dios no es una mercancía, Cristo es el Señor y nosotros somos menos que aquél que dijo ser indigno de desatarle la correa de sus sandalias. Jesús está por encima, Y a nosotros nos toca amarle y respetarle todos y cada uno de los días de nuestra vida. Dedicar nuestro tiempo, nuestro ser, nuestra alma a Dios encarnado en nuestra existencia, debe ser una actitud natural y debemos esforzarnos porque así sea. Y en consecuencia, debemos respetar todo aquello que lleva el sello de Dios, todo lo que esté consagrado a ese Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo. Lo dedicado a Dios Padre, lo consagrado por el Espíritu Santo no puede ser destinado a otros menesteres. Recordemos en este punto la escena de Jesús en el templo. La casa del Padre no puede ser destinada a otros menesteres que no sean adorar a Dios Padre en Espíritu y Verdad, por muy piadoso y bueno que sea aquel otro que fuere. Me estoy refiriendo a esa idea absurda de compartir la catedral de Córdoba o cualquier otro templo para celebrar ritos no católicos. No se puede: solo la libertad del hombre, dada por Dios y mal usada por éste, puede llegar a concebir estas ideas y otras aberraciones peores. Debemos como dije antes tomar conciencia de quien es ese Dios que nos salva, y llegar a ver natural que nuestra existencia está llamada a alabar y bendecir el nombre de Aquél por el que fuimos salvados.

 

2.- PELIGROS

Por Pedrojosé Ynaraja

Una de las preguntas que se me hacen con frecuencia, cuando vuelvo de Tierra Santa, o cuando hablo de mis viajes, es si no paso miedo o si es peligroso estar allí. La respuesta obvia, desgraciadamente cierta, es que, si he de sufrir actos de terrorismo no hace falta que me mueva de casa. Merecen mis lectores, una explicación al respecto.

Hay que tener en cuenta que el viajero, sea peregrino o turista, es una fuente importante de ingresos para el país, de manera que, en principio, debe tratársele bien y no importunarle. Hay una cuestión difícil de entender y de explicar. Se trata de responder a la pregunta ¿y como distinguen al forastero, de los habitantes de aquella tierra? No sabría que criterios tiene uno, me atrevería a decir que es una cuestión de intuición. Caminando por Jerusalén sabe uno quien pertenece a la comunidad israelí, quien a la palestina y quien es foráneo. Existen unos signos claros de distinción, bastante seguros. Cuando uno ve a un varón de negro, con tirabuzones y cubierta la cabeza con sombrero, sabe con seguridad, que pertenece al grupo más ortodoxo, tradicional o piadoso de la Fe judía. Las mujeres de esta comunidad se muestran enormemente recatadas y tapan su cabeza con ceñidos velos o pelucas. Si vemos un varón que lleva el gracioso, a veces minúsculo, solideo, es que se trata de un miembro de la comunidad judía, creyente en Dios, probablemente ciudadano de Israel. De igual manera, la mayor parte de palestinos visten al estilo peculiar árabe, llevan en sus manos, desgranándolos, aunque muchas veces no pronuncien ninguna palabra, el típico rosario musulmán. Sus mujeres visten como las de su cultura lo hacen entre nosotros, algunas de ellas tapándose la cara. En mi primer viaje de 1972, en los 21 días de permanencia, vi únicamente una. En mi reciente estancia observé bastantes más. Lo curioso del caso es que cubierta su cabeza con el velo, tapada con ropa hasta los pies, la joven palestina viste con particular elegancia y cuidado maquillaje, en cualquier momento que uno la vea, resaltando así su buena presencia. No sabría como describir a las mujeres israelíes, de cultura judía, pero, con seguridad, se distinguen de las turistas, sean de cualquier procedencia geográfica, si no por otros motivos, será por su “destape”.

En esta particular situación, el judío te ignora, al árabe no le interesas y, en consecuencia, te sientes viviendo en otro planeta. Por lo general los actos terroristas ocurren en lugares que nosotros no frecuentamos. La franja de Gaza o “los territorios” se sienten muy lejanos. Los servicios de seguridad impiden el acceso a cualquier lugar que pueda resultar peligroso y si uno quiere saber lo que pasa en el mundo, o en las naciones que visita, ha de recurrir a las mismas emisoras que están a su alcance en casa. Las visitas, pues, continúan, llegando de los más inverosímiles lugares

Lo que no puedo ocultar es la aceptación que, por parte de la clerecía del lugar, tiene el peregrino. Mi experiencia es casi totalmente respecto a los franciscanos de la Custodia y a algunas congregaciones religiosas femeninas. Da gusto tener una necesidad, por la satisfacción que da ser atendido con la amabilidad con que uno lo es. Confieso que mis amistades se iniciaron precisamente al solicitar ayuda. El P. Justo, en Nazaret, hace muchos años, cuando vimos un cartel que prohibía fotografiar. No solo nos lo permitió, sino que nos acompañó por la basílica enseñándonosla. Fra Rafael, apareció cuando no teníamos lugar para albergarnos. Su primera frase fue: vosotros tratad de solucionar lo que teníais contratado, pero, no os preocupéis, en la calle no dormiréis. Fra Ovidio y el P. Artemio, ayudándonos en la penosa situación de habernos robado una cartera. Las Franciscanas misioneras de María, cuando nos desapareció un pasaporte. Debo ahorrar espacio y acabo. Proclamo, es mi magnificat, que me siento allí mucho mejor acogido que lo que generalmente lo soy aquí. Y gozo con ello. Quien pasa por aquellas tierras sin tratar a otras personas que a competentes guías e informadores oficiales, no saben lo que se pierde. Si uno se humilla a pedir ayuda, además de dársela, recibe amistad, quedando más enriquecido. Nuestra compatriota Egeria, en el siglo IV, ya experimento esta satisfacción.