TALLER DE ORACIÓN

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

Por Julia Merodio

Sin haberlo pretendido, os presento este tema de: La Presentación de Jesús en el Templo en un momento de la liturgia en que se unen dos festividades de relevancia El Domingo de la Sagrada Familia, con el que termina el año y la Festividad de María Madre de Dios con la que comienza el siguiente, por eso creo que debemos darle el protagonismo que merece.

AÑO TRAS AÑO

Año tras año celebramos el día de la Presentación del Señor, fiesta muy querida por todos, pero este año, vamos a adelantarla, un poco, por coincidir con el misterio del Rosario que venimos contemplando.

Todos sabemos que, la liturgia la presenta el día 2 de febrero pero, como suele ser día laboral, la gente tiene que ir al trabajo y la mayoría de la gente joven, puede ser que no se hayan detenido en ella. Por eso, este año, vamos a darle el protagonismo que merece y, para ello, podríamos hacer algún signo especial en alguna de las misas del Domingo de la Sagrada Familia.

Como las realidades, de los que entráis a la página, son tan variadas daré alguna sugerencia por si os sirve a alguno.

-- Se pueden invitar a varias familias a la Eucaristía, si pueden ir con los hijos mejor, e incitarlas a dar gracias por el don de la vida, por la fidelidad...

-- Se pueden invitar a padres que hayan tenido hijos ese año para que los ofrezcan al Señor.

-- Se pueden hacer carteles que hagan referencia a Cristo como Luz de las naciones.

-- Se puede celebrar una jornada a favor de la Vida.

-- Se puede llevar alguna vela a la Eucaristía y a la hora del ofertorio, subir algún matrimonio al altar y encenderla en las velas del mismo, dejarla lucir hasta el final de la misa y luego recogerla antes de finalizar.

-- Y, sería muy deseable que algún matrimonio diera un testimonio personal.

(Además de lo que brindo, estoy segura de que a vosotros se os ocurrirán muchas más opciones, no dudéis en llevarlas a cabo. Los signos marcan mucho.)

Tercer Misterio.- La presentación de Jesús en el templo.(Lucas 2, 28 - 33)

Cuando perdamos el miedo a dejarnos encender, como verdaderas antorchas, la luz de nuestro testimonio iluminará los ojos de las personas que están a nuestro lado y gracias a ello podrán ver la salvación que Dios ha venido a traernos.

Y DIOS SE HIZO PRESENTE...

Dos jóvenes acaban de cruzar el umbral del templo. Como, todos, los demás llevan un niño en sus brazos para ser presentado al Señor.

Se trata, por tanto de presentarse, de hacerse presente. También nosotros nos presentamos en cantidad de ocasiones ante el Señor. Lo hacemos al llegar a una eucaristía, o al hacer un rato de oración, o cuando vamos a la parroquia a rezar el rosario… También podemos hacerlo mientras hacemos nuestro trabajo, mientras paseamos… ¡Tantas veces! Pero:

¿Somos conscientes de ello? Quizá hoy sea un buen momento para llegar a esta circunstancia y preguntarnos:

¿Cómo me presento ante el Señor?

¿A quién le presento?

¿A quién querría presentarle hoy, de manera especial?

¿Qué siento en este momento?

¿Qué le digo al Señor?

¿Qué preguntas hago?

¿Hago momentos de silencio para escuchar?

¿Qué respuestas obtengo?

¿Con qué traje me presento?

¿Me visto con el traje, de fiesta, del que habla el evangelio?

Los jóvenes que acaban de llegar al templo llevan una ofrenda. Por ella se observa que son de clase humilde, por lo que su presencia pasa inadvertida, no hay nada en ellos que llame la atención. Son iguales que la inmensa mayoría de los que se han acercado.

Con sumo respeto se ponen en una fila para esperar su turno. A su lado pasa mucha gente, que en un día tan señalado, han llegado al templo para hacer su oración. Sin embargo nadie ha sido capaz de ver que, en aquella fila, esperaba el Señor para ser presentado en el templo con una humanidad como la nuestra.

Nadie fue capaz de ver que Dios sigue cumpliendo su promesa. Y el mismo Jesús, nacido en Belén que se hizo Palabra, Luz, Comunicación... quiere, de nuevo, iluminar a “los que vivimos en tinieblas y sombras de muerte”. Quiere que lo antiguo se haga nuevo. Quiere habitar en nuestros corazones en Espíritu y verdad.

Porque Jesús fue presentado en el templo para cumplir la Ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente.

• Pidiendo, al Señor, por todos los que no han sido capaces, de celebrar la verdadera Navidad, rezamos juntos: Padrenuestro.

• Rezamos cinco avemarías y volvemos a quedar en silencio para volver a interiorizar:

Dios ha iluminado nuestra vida

Es, realmente, significativo observar que si nos preguntasen si queríamos ve a Jesús, todos contestaríamos afirmativamente, por eso me conmueve observar que tan sólo, Simeón, un anciano que ya no podía con su alma, un anciano que estaba punto de decir adiós a la vida, fuese el único que lo reconociera en aquella fila mezclado con el resto de la gente que llenaba el templo.

Pero no fue casualidad, al anciano Simeón vio al Señor porque estaba preparado. Había vivido una entrega incondicional a Dios y cuando aquel joven matrimonio pone a Jesús en sus brazos llega a sus ojos, despiertos, tal destello de luz, que ante el asombro de María y José, declara a gritos que es “luz de la naciones y gloria para su pueblo Israel...”

Se produce una gran algarabía. Aquella gente pobre, cuya ofrenda era ridícula comparada con las demás, empieza a tomar protagonismo. María vuelve a escuchar palabras tan hermosas como las que le había dicho el Ángel en la Anunciación: “Este Niño será grande “. José y ella se miran llenos de sorpresa, están henchidos de alegría, una alegría que quedara mermada al escuchar la frase siguiente de Simeón. Es el momento en el que empieza a aparecer –la Cruz- “Y a ti una espada te traspasará el corazón” Los dos quedan paralizados, pero hay demasiada gente como para hacer preguntas y, María vuelve a repetir por dentro “Hágase en mí, lo que Tú quieras mi Señor” y como dice el evangelio: “guardó las palabras en su corazón”

• Rezamos las siguientes cinco Avemarías y gloria al Padre…

EN ORACIÓN ANTE EL SEÑOR

Nuestra oración de hoy tiene un enclave muy definido. Vamos a centrarla en:

El Domingo de la Sagrada Familia

No podemos centrarnos en esta fiesta sin que la familia tome especial protagonismo. Por eso vamos a centrar nuestra mirada en ella.

Vivimos en el tiempo de las prisas. No somos capaces de observar, de mirar, de gustar… Cuando queremos enterarnos y saborear una cosa, llega la siguiente con más prestaciones que la anterior. Todo se renueva, se pone al día, se mejora.

También la familia tiene que ponerse al día y mejorar. Tiene que tomar una opción seria de vida, para poder ser luz en medio de la sociedad, en la que vemos como se va desmoronando por momentos. Pero, esto no son sólo palabras, a ti y a mí nos toca optar seriamente, adquirir un compromiso, vivir nuestra realidad desde la verdad del amor.

La Iglesia, siempre atenta a las realidades de sus hijos, también ha pronunciado una palabra desde la responsabilidad y la coherencia.

Nuestro querido Papa Benedicto XVI dejo, a un lado, su comodidad para llegar hasta Valencia a decir una palabra personal a las familias.

Una palabra que nos instaba a no dormirnos a tener ánimo, a ser valientes…Vosotros, familias insertadas en este milenio, necesitáis una renovación honda y profunda –decía el Papa en cada uno de sus brillantes discursos-. Por eso, lo primero que tenemos que hacer, es poner nuestra relación matrimonial delante de Dios, para ver cómo influyen nuestras experiencias de cada día en el SI que un día prometimos en su presencia.

NECESITO CONFÍAR EN TI

Si tuviera que buscar un pilar donde se apoyase la familia, en este momento de la historia, sería la Confianza:

Todos buscamos la felicidad, todos necesitamos amar y sentirnos amados, pero para que eso se haga realidad necesitamos creer en el otro.

Si quieres tener una relación íntima y responsable, tendrás que examinarte de la confianza; tendrás que preguntarte una y otra vez ¿creo en mi esposo-a?

Si hay algo por lo que un montón de matrimonios se separan es por falta confianza, de compromiso, de fidelidad. No hemos sido capaces de aprender que, la fidelidad es la fe que cada uno tenemos en el otro.

Que la fidelidad es el SI renovado cada día y que, precisamente, la fe es el riesgo de la confianza. Pero una confianza valiente, que no mida el esfuerzo, que no calcule el riesgo… Porque, confiar en el otro es dejarse encontrar hasta en las cosas que más escondo.

Es cierto que somos muy cuidadosos a la hora de guardar nuestra intimidad, pero la mayor parte de las veces y, aún sin darnos cuenta:

En la comodidad escondemos egoísmo.

En el miedo, cobardía.

En la soledad, falta de ilusión…

Y así podríamos ir recorriendo un montón de situaciones, que cada uno puede reconocer, de sí mismo.

Pues confiar es tener fe en que, sea yo como sea, el otro me va a querer. Pero no. Preferimos guardar, alguna baza en la manga, por si acaso las cosas vienen mal dadas. Así cuando llega el dolor, producido por la falta de fe, busco calmantes y me instalo en la indiferencia, en la crítica, en la falta de cariño... llegando, a veces, hasta el auténtico, cinismo. Y como veréis esto no sólo es malo, es desastroso.

Por eso hoy, es un día precioso, para ponernos, uno al lado del otro, mirarnos a los ojos y preguntarnos ¿Creo en ti? ¿Confío de verdad en ti?

Surgirán un montón de deficiencias, notaremos que, en el aspecto de la fe, hay mucho que sanar, pero tenemos la grandeza de poseer un medicamento para tanto desencanto, tanta indiferencia, tanta deslealtad... y ese medicamento es: el Perdón.

Un perdón, que ha de nacer del amor. ¡Te perdono porque te amo y no podría seguir amándote si no te perdonase!

Y cuando hay reconciliación mutua los hijos lo perciben felizmente porque conocen sus signos: “y aumenta el amor”.

Porque, tras un enfado la reconciliación determina mayor cariño, más unidad, más diálogo... y los hijos van aprendiendo, de todo ello, lo que es el verdadero perdón.

Así es el perdón de Dios. Él perdona gratuitamente, sin pedir nada a cambio, sólo porque verdaderamente ama y comprende.

Por eso si alguno piensa: “yo perdono pero no olvido”, se está engañando, pues si voluntariamente no olvidas es porque no has perdonado de corazón.

El perdón nos hace ser Buena Noticia para los demás. La persona reconciliada va superando, poco a poco, los miedos, las desconfianzas y las ataduras; para manifestar a los demás que el estilo de vida del evangelio merece la pena, que ayuda, conforta y te lleva a ser cada día más feliz.

Y saldremos, a ser luz para el mundo. No podemos quedarnos en nuestro rincón con nuestras cosas, empobreciéndonos cada día; necesitamos salir, gritar que tenemos algo que merece la pena, nuestro amor, y que queremos compartirlo como nos dijo Jesús que lo hiciésemos.

Esto no es una utopía, ni una teoría, el amor existe porque Dios lo puso en nuestro corazón, porque Él nos amó hasta el extremo para enseñarnos a amar, y porque nos concedió la gracia de que nosotros amemos. Amamos a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestra parroquia, a toda la Iglesia... y no lo podemos ocultar. Tenemos que pregonarlo con el testimonio, las obras y la vida.

ANTE LA PALABRA DE DIOS

“Mirad, yo os envío mi mensajero, para que prepare el camino ante mí.

Entrará en el santuario, el Señor, a quien vosotros buscáis. ¡Miradlo entrar! ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará de pie cuando aparezca? Será como fuego de fundidor, como lejía de lavandero y hará presentar al Señor, la ofrenda, como es debido” (Malaquías 3, 1 – 4)

“¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los Ejércitos: Él es el Rey de la gloria. (Salmo 23, 7 – 10)

“Cuando entraban con el niño Jesús sus padres, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador. (Lucas 2, 30 -35)