LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: YO SOY LA VIDA ETERNA
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Porque la justicia es inmortal" (Sb 1,15).

El autor, como una especie de colofón, explica la razón de por qué el imperio de la muerte no tiene la última palabra sobre el hombre, y lo hace con un enunciado tajante que no deja lugar a duda alguna; afirma con rotundidad que la justicia es inmortal.

La justicia es inmortal; lo que quiere decir que Dios, el Justo, no se vuelve atrás ni se arrepiente de haber creado al hombre a su imagen y semejanza. Por más que, incluso, el pueblo que se ha escogido haya sido infiel, se haya desviado del camino que le ha ido trazando por medio de los patriarcas y profetas, no arrancará jamás el sello de inmortalidad que imprimió en el hombre.

Jesucristo es el enviado del Padre para llevar al hombre a la plenitud de su creación; es decir, abre para él la vida eterna. En Jesucristo, el sello de Dios, su imagen y semejanza inscritos en el hombre, cobran cuerpo, si así podemos decirlo, haciendo que una simple criatura llegue a ser hijo de Dios. Decir que la justicia de Dios es inmortal y que Jesucristo cumple esta palabra dando vida eterna al hombre, es la misma realidad.

Vamos a sondear en profundidad el capítulo seis del evangelio de san Juan, que nos ofrece unas catequesis bellísimas e inagotables acerca de esta misión del Hijo de Dios que culminó con su resurrección. Ella es el signo y el fundamento de nuestra vida eterna.

Empieza este capítulo con un milagro de Jesús: la multiplicación de los panes. Ante miles de personas que habían ido a escucharle, Jesús, sabiendo que estaban hambrientas y casi desfallecidas, multiplica unos panes, saciando así esta necesidad. Es talla admiración de la muchedumbre que, incluso, quisieron tomarle por la fuerza con la pretensión de hacerle rey de Israel.

El Señor Jesús, ante este acontecimiento inesperado, les da una catequesis para hacerles saber que no ha sido enviado por el Padre para optar a ningún reino o poder temporal, sino para otorgar al hombre aquello para lo que realmente fue creado: la inmortalidad, la vida eterna.

Empieza su catequesis con una denuncia: ¿Por qué me buscáis? ¿Veis en mí al Mesías, al enviado del Padre, o, simplemente, a alguien que os ha saciado el estómago? Más bien me buscáis por esto último. Oigámosle: "En verdad, en verdad os digo; vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado" (Jn 6,26).

A continuación les hace una bellísima exhortación catequética. Habéis venido hacia mí, os he multiplicado el pan, habéis comido un alimento perecedero que mañana ya no os sirve. Ya no queréis nada más; habéis quedado satisfechos. ¿Creéis que he venido del Padre donde vosotros para esto? ¡Queréis hacerme rey de Israel para saciar vuestra hambre de poder y dominio sobre los romanos! ¡No seáis tan ingenuos y superficiales! Buscad en mí el alimento que permanece para siempre. ¿No dijeron vuestros padres que la justicia de Dios es inmortal? Pues bien, aquí estoy yo entre vosotros. ¡Yo soy vuestra inmortalidad, yo os doy la vida eterna! "Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello" (Jn 6,27).

Jesucristo amplía la catequesis y les dice que Él es el verdadero pan enviado por Dios: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo" (Jn 6,51).

Jesucristo, porque es Hijo de Dios puede decir que el que cree en Él tiene la vida eterna (Jn 6,47). Tiene autoridad para proclamar este anuncio impresionante porque sabe que su Padre le ha enviado para dar cumplimiento a las promesas reveladas a su pueblo; por ejemplo, "mi justicia es inmortal". Sabe que el Padre le ha dado poder para ofrecer inmortalidad, vida eterna al hombre, tal y como lo podemos constatar en la oración que proclamó en la última cena y que nos ha sido transmitida por el mismo Juan: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado" (Jn 17,1-2).

A continuación nos ofrece una pista para que podamos adentrarnos en la realidad de la vida eterna que ha alcanzado para nosotros. Ésta empieza a hacerse presente en el hombre en la medida en que va conociendo a Dios: "Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17,3).

Es un conocer al Padre con toda el alma, cuerpo y mente, como lo conoció Jesús. Él mismo, en quien creemos, nos abre a este gran Misterio: ''Padre Santo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17,25-26).