1.- NAVIDAD

Por David Llena

Esa es la clave. Nuestra vida al principio era una vida sujeta a Dios. Éramos libres para ir de un lado a otro del Paraíso. Nuestra vida era libre pues vivía sujeta a Dios. Éramos pura imagen de Dios. Éramos hechos a su imagen y semejanza. El amor de Dios estaba en nuestros corazones y nuestra felicidad era continua. Podíamos elegir en seguir a Dios o no hacerlo. En convivir y compartir su Amor o no hacerlo. Y en un momento dado, aún sin saber como el Maligno, se valió para que probáramos el quedarnos con el Amor que Dios nos daba sin compartirlo. Creíamos ser como dioses usando a nuestro capricho lo que Dios nos daba. Creímos que éramos más libres haciendo lo que nosotros queríamos. E incluso, se atrevió el Maligno a borrar de nuestro recuerdo aquellos días que compartimos la felicidad de sabernos hechos a imagen y semejanza de Dios. Algo quedó en nuestra alma pero muy dormido, muy en el fondo. Dios nos llamaba pero no le oíamos, alzó su voz en nosotros pero ahora ya no queremos escucharle. No recordamos aquellos días, como tampoco recordamos los cuidados de nuestros padres en los primeros meses de nuestra vida.

Nos separamos de Dios. Nos arrancamos de la Vid y nuestra vida se quedó en nada. Y como nada hemos ido viviendo en este mundo. Algo en nuestro interior quedó. Sentíamos que nuestra nada debía tener otra forma. Debíamos expresar otra idea. Tuvimos miedo nos encerramos en nosotros y deambulamos por el mundo con nuestra existencia en forma de NADA.

Dios, veía, nos veía, y nos buscaba. Pero nosotros no lo encontrábamos. Nos hablaba por medio de los profetas, nos rescató cuando estábamos esclavos y con aquellos años de duro desierto, allá por nuestra juventud, en nuestro despertar a la vida quiso hacernos comprender que la verdadera libertad a la que aspiramos es a poder elegirle a Él. Dejar de escogernos a nosotros y preferirlo a Él. Pero aún muchos prefirieron escogerse a sí mismo. Aquella NADA seguía sin producir fruto.

Nos propuso nuevos profetas, nuevos amigos, con mensajes directos al corazón, para romper esa existencia vacía que llevábamos, pero la NADA deja de ser nada si acoge alguna cosa y vivíamos felices en nuestra comodidad, sin problemas, sin agobios, dejando pasar la vida.

Así que en un último intento por sacarnos de nuestro egoísmo, fue que Dios, plantó una semilla de dolor en medio de nosotros. Ese dolor nos rompió por dentro, “nos dejó sin nada” pensamos. Nos partió en dos. Pero en medio de esa NADA Dios plantó su vid. La Vid que era Cristo, hecho niño, sin darnos cuenta, sin hacer ruido. Parimos con dolor como el mismo nos había asegurado, Y como Cristo parió la Vida nueva. Muriendo. Su VID se enredó en nuestra NADA, partió su cuerpo para unir nuestra NADA partida. En medio de nuestra NADA creció su VID, para ahora tener en nosotros su imagen. Y con ese gesto cambió nuestra NADA, por una NAVIDAD. “Y a los que lo recibieron les ha dado poder para ser hijos de Dios”.

Nota del Editor.- David llena envio su original con los "sombreados" en rojo de algunas palabras. Hemos decidido guardar su sugerencia.

 

2.- ETROG – (¿BANALIDADES?)

Por Pedrojosé Ynaraja

Seguramente a la mayoría de los lectores no le suene el nombre Y lo que voy a escribir sobre este fruto, vaya por delante de lo que se trata, no será trascendente. Que escribo como un descanso, atareado como ha estado uno, en preparativos y realizaciones, meditaciones e instrucciones, con motivo de la Navidad. Disfruta uno al fin, pasando un rato ante el teclado, sin miedo a no ser fiel a responsabilidades trascendentes.

El etrog no me había interesado nunca, al verlo en los típicos puestos del mercado de Jericó. Entre tanta fruta que se le ofrece al viajero, una, más o menos semejante a los limones y pomelos, no le llama la atención. Desde otro punto de vista, cuando uno se preocupa de la fiesta de Sucot, se interesa más por el significado de la celebración, que por el folclore del que pueda estar revestida. Dicen los manuales que cuatro son las especies de estos días. La que da titulo al presente, los sauces, mirtos y palmeras. De los tres vegetales conocidos me he interesado y les he dedicado algunos artículos. Del etrog, nada de nada. Pero llega un día, sin saber el porqué, que uno se pregunta: ¿qué será? Confieso que he dedicado bastantes ratos a solucionar el problema, que, con algún detenimiento, ya había visto y fotografiado en Neot-Kedumin. Me propuse este año, al proyectar el viaje a Tierra Santa, no volver a casa sin haberla visto, tocado y probado.

Para tener un poco de conocimiento de un ser vivo, hay que partir de su nombre científico y no había manera de saberlo. Llevaba casi una semana en Israel cuando, al encontrarme con el P. Bon, franciscano amigo de años, me dijo que tenía entre sus manos un diccionario enciclopédico hebreo. Le pedí, de inmediato, que buscase el término y no le costo nada encontrarlo y traducirme el contenido. Aunque la explicación y los caracteres eran hebreos, el nombre, que yo tanto buscaba, estaba escrito en letras latinas: se trataba, por fin gocé al saberlo, del citrus medica. A partir de aquí sabía que todo sería fácil. Empecé por comprarme en un puesto cercano a la New Gate un ejemplar, que desapareció misteriosamente de casa. Paseando por el distrito judío de Jerusalén, me topé en el barrio sefardí, a la puerta de una escuela rabínica española (el rótulo está así escrito) con unos aspirantes a rabinos: de Melilla uno, de Chile los otros dos. Traté de entrar en conversación con ellos, cosa que no fue demasiado fácil. Uno se da cuenta de lo que pesan los años de gueto y persecución, pero, al tratarse de personas de buena educación, pudimos charlar un rato. Aproveché aquella circunstancia para pedirles detalles de mi preocupante fruto. Les pregunté que características tenía y qué hacían con él, en acabando las fiestas. Me explicaron que el etrog, si nadie tira de él, no cae nunca del árbol, que no se pudre y que cada uno hace lo que quiere cuando pasa el sukot. Se lo comen o los guardan. No saqué nada más en claro, pues, cuando abordé la cuestión del Talmud y les pregunté si lo habían leído entero, me contestaron que no era un libro para leer, sino para estudiar y vi que no deseaban continuar la conversación. Muchas acontecimientos mediáticos nos separan y me doy cuenta de que ha sido más fácil la relación cordial con judíos por estas tierras donde vivo y donde ellos, amigos algunos, no han encontrado en mí ningún desprecio ancestral.

Leo que el etrog procede de tierras orientales, no es, pues, un cítrico americano, como los otros. Me entero también que llegó a Israel en tiempos de Esdras, que sin ser mencionado explícitamente en la Biblia, los judíos han interpretado que la expresión del Levítico, 23,40 “el fruto de un buen árbol” se refiere a él. Leo también que representa a los estudiosos de la Torá y a los que practican buenas acciones, esto me procura sentir por ellos simpatía. Hoy día de Navidad, solemnemente, he sacado uno de los dos ejemplares que me traje, Fray Rafael Dorado me los procuró, lo he pelado y he comido con un amigo, que ya los conocía de India. Su sabor no se diferencia demasiado del pomelo. Siendo la fiesta que es y dándole el significado simbólico que tiene, me ha sabido a gloria. Confieso que, hasta este momento no he probado el turrón y, en acabando, no he sentido ninguna añoranza, por más que sea, nuestro dulce, enormemente mas sabroso y selecto.