Domingo XXVII del Tiempo Ordinario
8 octubre de 2006

La homilía de Betania


1.- EL AMOR QUE NUNCA PASA

Por José María Maruri, SJ

2.- CUIDAR EL AMOR

Por José María Martín OSA

3.- ¿PARA SIEMPRE? ¡Si! ¡PUEDE SER!

Por Javier Leoz

4.- EL DESIGNIO DE DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

5.- LO QUE DIOS HA UNIDO

Por Antonio García Moreno

6.- COMO ERA EN EL PRINCIPIO

Por Gustavo Vélez, mxy

7.- MATRIMONIO DE AMOR

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


MATRIMONIO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL AMOR QUE NUNCA PASA

Por José María Maruri, SJ

1. – Durante años parece como si la panacea fuese la ley de divorcio y como si todos los problemas matrimoniales se hayan solucionado con ella. Si te va bien, continúas, no te va bien te divorcias... y no ha pasado nada. Querer solucionar con una ley humana el más profundo de los problemas humanos, es querer regir el amor centro de todos amores con una ley, pues es como querer llenar una cesta con agua o es, también, confundir atracción sexual con amor.

Jesús prescinde de legalismos, prescinde de la noción de contrato con obligaciones y derechos. Y nos lleva a pensar en la dignidad de la persona, en la seriedad del verdadero amor, que está en la intención verdadera del Creador, de formar hogares, no entre un TU y un YO enfrentados, sino con un NOSOTROS donde todo es común y serán una sola carne, que al doler duele a los dos, duele al NOSOTROS y es el NOSOTROS el que padece.

2. - Jesús no apela a la Ley. Jesús apela a lo más hondo del ser humano, a la conciencia regida por el corazón. Es facilísimo conjugar la más escrupulosa observancia de la ley con la traición más escandalosa de los valores que deberían defender la ley. Es facilísimo arropar entre pliegues jurídicos del artículo de una ley las propias conveniencias. Pero cuando se apela al amor, a la conciencia, no nos quedamos tranquilos hasta que lo hemos dado todo, nos hemos centrado del todo.

3. - La convivencia es muy difícil, viene el cansancio, la monotonía, los roces. Y esas manos que se unieron ante el altar empiezan a aflojarse y solo una tercera mano, la de Dios puede mantener firmemente unidas las manos que estaban a punto de soltarse.

Bajo la luz de Dios, Jesús pide una fidelidad creativa, no vacía de alegría y contenido. Una fidelidad que invente el futuro, no que arrastra el pasado. No una fidelidad que continua, sino que recomienza cada día.

Jesús no pide apuntalar un edificio en ruinas, sino pide su reconstrucción por el amor.

Dios en su relación de amor con los hombres tuvo la misma experiencia. Llegó a arrepentirse de haber creado al hombre, pero precisamente cuando ya no había nada en común entre Él y nosotros, cuando todos éramos enemigos suyos, dio el gran paso, se hizo hombre, se acerco a nosotros no para traernos los papeles del divorcio, sino para decirnos que nos amaba más que nunca. Porque nos amo desde el principio.

Y eso es lo que habrá que ver en tantos casos, si desde el principio hubo amor, ese amor se disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Ese amor “que no pasa nunca”


2.- CUIDAR EL AMOR

Por José María Martín OSA

1.- La unión del hombre y la mujer ha sido bendecida y santificada por Dios. Uno, en su sano juicio, no suele provocar daño a su propio cuerpo. En el matrimonio, tanto el hombre como la mujer "son una sola carne" y, por tanto, busca siempre el uno la felicidad del otro. Ya no se preguntará si "yo soy feliz", sino si "estoy haciendo feliz al otro". Porque en la medida en que el esposo haga feliz a su mujer, será también él feliz y viceversa.

2.- En el matrimonio hay un compromiso de amar para siempre, pero para que esto sea posible "hay que cuidar el amor" como cuidamos de una planta para que no se seque. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se es capaz de renunciar a uno mismo en favor del otro, cuando el diálogo y la tolerancia tienen cabida dentro del hogar. Pregunté a un matrimonio en la celebración de sus bodas de oro cuál era el secreto de que se quisieran tanto y me respondieron al unísono: "comprensión, mucha comprensión. Comprender al otro es ponerse en su lugar, es ser capaz de sufrir y alegrarse cuando el otro sufre o se alegra, igual que todo nuestro cuerpo sufre cuando le duele un miembro. Amar de verdad es ser capaz de decir "lo siento" y "te perdono", igual que se dice "te quiero".

3.- El proyecto de amor según Dios exige permanencia y tiene ansias de plenitud y para siempre, "hasta que la muerte nos separe". Pero la realidad es que este ideal no se puede vivir por diversas razones. En este caso la Iglesia debe ser acogedora. Así lo manifestó el anterior Pontífice, el Papa Juan Pablo II en el III Encuentro Mundial de las Familias: "Ante tantas familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a expresar un juicio severo e indiferente, sino más bien a iluminar los diversos dramas humanos a la luz de la Palabra de Dios, acompañada del testimonio de su misericordia. Con este espíritu, la pastoral familiar trata de aliviar también estas situaciones de los creyentes que se han divorciado y vuelto a casar civilmente. No están excluidos de la comunidad; al contrario, están invitados a participar en su vida, recorriendo un camino de crecimiento en el espíritu de las exigencias evangélicas"


3.- ¿PARA SIEMPRE? ¡Si! ¡PUEDE SER!

Por Javier Leoz

1.- Esta semana, un rotativo, se hacía eco de una encuesta realizada a nivel nacional: más del 50% de los jóvenes no piensan, en principio, en optar por el camino del matrimonio. Otros tantos, cuando lo inician, “piensan” (entre comillas) que, siempre hay una puerta abierta (la separación o el divorcio). La sociedad nos está habituando a la eventualidad en todo, de tal forma, que hasta el amor parece ser ya capricho del momento y, según algunos, si no hay placer… ¡eso no es amor! O sin placer ¡Para qué compartir una vida con otra persona! ¿Es bueno?

Desde luego que no. El equilibrio de una sociedad, su paz, su bienestar, depende –en gran parte- de la serenidad y de la salud de sus componentes. Y, Jesús, en el Evangelio nos dice que el amor, si se cuida, no se apagará nunca y, además, contará con la bendición de Dios. ¿Por qué tanto fracaso? ¿Por qué tantas dudas? ¿Por qué tantas rupturas? ¿Por qué tantos miedos a unirse, cuando sabemos, que en la unión está la fuente de la felicidad y la cuna de la fuerza? Las razones son variadas y de muy diversa índole pero, un matrimonio, no es sólo un simple vínculo jurídico: ha de estar soldado y garantizado por el amor. Exclusivamente por el amor. Si falla ese eslabón, se rompe la cadena. Lo demás puede quedar sostenido en el puro y simple artificio.

Pero es que, cuando las cosas no van bien, cuando falla el amor, desde la fe, Jesús nos invita a comenzar a amar. A intentarlo.

2.- En el mundo, el evangelio de hoy, escandaliza, molesta y, algunos, puede que hasta se sonrían. Pero, para el que cree, le aporta una fuerza superior que le empuja a buscar razones para el encuentro, para el perdón, para comenzar de nuevo.

La fidelidad, entre otras cosas, implica no ceder a la primera de cambio, no ahogarnos con la primera ola que viene de frente, no hundirnos en el maremoto de las pequeñas discusiones de cada día.

Nunca como hoy, el amor ha sido tan expresado, ninguneado, cantado, celebrado o televisado. Pero ¿Es auténtico amor? ¿Es amor llevado hasta las últimas consecuencias? ¿Es amor de corazón o amor de pantalla? ¿Es amor de escaparate o amor que busca el bien del otro? ¿Es amor que se da o cuento que se vende?

En un programa televisivo, el listo de turno, afirmaba “cuando una persona ha quedado decepcionada de la otra, lo mejor es irse cada uno por su camino”. A las personas las tenemos que querer con su lado claro y con su vértice oscuro, con su sonrisa en la boca y con su temperamento escondido, con su mirada nítida y con sus pensamientos ocultos. Vivir de espaldas o, marcharse por el foro, no es amor: es oportunismo.

No podemos caer en el error de pensar que amor es igual a contrato temporal con una persona. Dios, que es la fuente del amor, nos pide que miremos un poco más allá; un poco más al fondo de las cosas; que hagamos un esfuerzo por amar un poco más al otro y que nos centremos un poco menos en nosotros mismos. Ya sé que, todo esto, a muchos les sonará a chino, rancio, sacrificado o que, incluso a otros, les parecerá un imposible. Pero, los imposibles, también están para los cristianos.

3.- No es bueno, entender el amor o el matrimonio, como aquel amigo que, después de jugar durante una temporada con otro amigo, se cansó de corretear con él porque ya no le divertía y lo abandonó. El amor no es un juego ni, los amantes, son juguetes. Ni el matrimonio es un viaje en busca de placer. Dios reconoció que a su gran obra le faltaba algo. Que al hombre le faltaba una compañera.

No sé por qué me da que, también al mundo, a la sociedad…también le falta “algo” el amor auténtico, fiel, dialogado, recíproco y transparente. ¡Lo que necesitas es amor! (pregonaba un programa televisivo) y, en el fondo es así, el mundo es mendigo de amor.

4.- ¡PARA SIEMPRE, SEÑOR!

Aunque me digan que es imposible… para siempre, Señor

Aunque me digan necio… para siempre, Señor

Aunque me confundan… para siempre, Señor

Aunque sobrecojan las dudas… para siempre, Señor

Aunque pensé en otra cosa…para siempre, Señor

Aunque me cueste amar… para siempre, Señor

Aunque lo vea difícil… para siempre, Señor

Aunque se oscurezca el horizonte… para siempre, Señor

Aunque no encuentre lo que busque… para siempre, Señor

Sí, amigo y Señor;

 

Haz que, mi amor, sea ¡para siempre!

Y haz que, mi amor, sea un amor divino

Un amor que brota en el cielo y se rompe cuando toca la tierra

Un amor que perdona las veces que haga falta

Un amor que no es un juego sino una vida

Un amor que no es un capricho y sí bien vivido

Un amor que, cuanto más se da, más crece

Un amor que, cuanto más de ofrece, más devuelve

Un amor que, cuanto más se cuida, se convierte en un gran gigante

Sí, amigo y Señor;

 

Sigue bendiciendo mi casa, mi matrimonio y mi familia

Para que nunca falte la luz que clarifique la oscuridad

Ni el viento que disipe la tormenta

Ni el amor que todo lo comprende y lo soluciona

Y, cuando me asolen los intentos de lapidarlo,

Sal a mi encuentro, Señor,

Para que comprenda, una vez más, que sin amor,

La vida no merece la pena ser vivida.


4.- EL DESIGNIO DE DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

1. El gran riesgo de la reflexión cristiana sobre las lecturas de este domingo es el de tomarlas aisladamente, cada uno de ellas tres por un lado, sin advertir el vinculo que las une, las clarifica mutuamente y las sitúa en el marco del designio de Dios.

La lectura con un mensaje más radical es la primera, tomada del Libro del Génesis. A través de unos antiguos mitos, que la Sagrada Escritura hace suyos en su relato formal, se nos aporta una lección de antropología. El hombre y la mujer son ya, desde los orígenes, una sola carne. Este “ser una sola carne” corresponde a su esencia más personal e intransferible.

El hombre se realiza en la relación con su prójimo. El “yo” de cada cual surge en el diálogo con el “tu” de los otros. No hay verdaderamente persona humana hasta el momento en que se entabla una relación de igualdad, libertad y responsabilidad con el prójimo. Ese “no está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude” es un principio básico del pensamiento bíblico y, por ello, del pensamiento cristiano. En la comunión con los demás, el hombre camina hacia su plena realización.

2.- Sobre este telón de fondo se establece el criterio bíblico y cristiano acerca del matrimonio. En la unión matrimonial se condensa el diálogo comunitario de dos personas y los hijos, fruto del matrimonio, expresan toda la creatividad de dicha comunión. Nada hoy de más radical comunión interpersonal que la unión matrimonial y, por ello, el horizonte a que ha de tender, como ideal supremo, la unión del matrimonio es a su permanencia de por vida.

En la palabra de Jesús no hay una descalificación absoluta e incondicionada de la legislación mosaica; hay una superación de la misma y la proposición de la indisolubilidad del dialogo y vinculo matrimonial como meta cimera de toda realización plenamente humana. ¿Extrañará, según esto, que el pensamiento cristiano no propugne en modo alguno el divorcio, lo considere como un mal en si mismo y que sólo se avenga a su introducción en el campo de la legislación civil como salida de emergencia a mal menor entre otros males mayores?

La Iglesia, en seguimiento de cristo, ha de cuestionar proponiendo la indisolubilidad del matrimonio como expresión y cumplimiento del diálogo interpersonal que realiza al hombre y a la mujer. Y los creyentes en Jesús, adheridos a su mensaje, se comprometen a perseguir ese ideal en el sacramento del matrimonio.

3.- ¿Que es dura esta página del mensaje? ¿Que es exigente este ideal cristiano? Muy oportunamente se nos convoca hoy a reflexionar un texto magnifico de la Carta a los Hebreos. “Dios juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación”. Estamos con este texto ante una dialéctica tan propia del mensaje cristiano. La “entrega” de Jesús es un símbolo, o mejor aún, el arquetipo de toda entrega conyugal; En lugar de la mujer aparece la humanidad entera, a la que cristo se une y se mantiene fiel.

A la plenitud de la vida se llega por la senda de la muerte; a la mañana de la Resurrección, por la subida al patíbulo de la Cruz. La realización del hombre entraña dolor y sufrimiento, como toda generación. El hombre de hoy intenta olvidarlo; pero de la evasión no puede surgir el encuentro con uno mismo y con la realidad, y la opción por lo más fácil, por lo más cómodo, por el dejarse llevar, jamás dará a luz una personalidad estable, cumplida, reconciliada consigo misma...

4.- A los matrimonios cristianos, estables e indisolubles, se les confía el dar testimonio de que es posible la comunión matrimonial y de que ésta es hacedora de alegría, de plenitud, de gozo, de creatividad para sus componentes y para la convivencia social. Quienes --como hoy ocurre-- se mofan de este ideal cristiano, no saben que están debilitando uno de los pilares más firmes de la armonía social y cegando una de las fuentes más claras de la realización personal. Deberían tener la valentía de reconocer que el divorcio, aún en la hipótesis de que así haya de aceptarlo el legislador en unas circunstancias concretas de la sociedad contemporánea, es siempre fruto de una equivocación o de una frustración anterior.


5.- LO QUE DIOS HA UNIDO

Por Antonio García Moreno

1.- "El Señor Dios se dijo: No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude" (Gn 2, 18) Dios está preocupado. Adán se siente solo. Aquel mundo maravilloso que le circunda es demasiado grande para él, demasiado bello para no comunicar con alguien los hondos sentimientos que su contemplación provoca. Las aguas azules, los verdes valles, las rojas alboradas, la blanca nube. Mil matices de colores que despiertan los deseos de cantar, de derramar hacia fuera el torrente de gozo que hay dentro.

Dios estaba preocupado porque Adán sentía solo. Así de sencillo, y así de misterioso. Este relato, cargado de antropomorfismo, nos presenta en su lenguaje popular la maravillosa preocupación de Dios por ese hombre de barro recién hecho, con los ojos apenas abiertos a la luz del día. Todo se lo entrega. Por eso el hombre nominó a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo, pues poner el nombre equivale a tomar posesión de aquel mundo vivo que canta y que ruge, que lucha y que goza. La fuerza, la agilidad, la piel suave, los ojos profundos. Animales grandes y pequeños. Todos bajo el dominio de Adán... Pero el hombre seguía triste, con la soledad pintada en su mirada perdida. Y Dios sigue preocupado por él.

"Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió" (Gn 2, 21) El sueño de Adán. Eso será la mujer. La imaginación del primer hombre vuela por las regiones lejanas e imprecisas de los sueños. Por el misterio del subconsciente el hombre vaga flotando sobre las cosas, buscando entre aquella selva exótica algo que llene su corazón vacío. Y de pronto, al despertar, ella, la primera mujer, está allí. Y Adán exclama entusiasmado: Esta sí que es carne de mi carne... El primer piropo ha florecido en el aire limpio de la mañana. Adán se ha enamorado, Dios ha creado el amor humano, fiel reflejo del divino. Ahora tiene el hombre lo que le faltaba para asemejarse más a Dios: el amor.

Los dos serán una misma carne, una vinculación íntima e irrompible ata dulcemente al hombre y a la mujer. Adán ya no está solo, los ojos le brillan otra vez con el color de la alegría. Sí, es maravilloso amar... Y después todo se viene abajo. Y el amor se rompe y la carne que debía ser una, se desgarra. El pecado lo manchó todo, lo arruinó. El pecado es el único obstáculo que impide y recorta la grandeza del amor, lo único que envenena la dulzura del cariño para convertirlo en la amargura del odio... Líbranos, Señor, del pecado. Haz que nuevamente el hombre descubra la belleza del auténtico amor.

2.- "Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos" (Sal 127, 1) Es muy frecuente en la Biblia, el libro de Dios, encontrar estas exclamaciones gozosas, bienaventuranzas que aseguran la dicha y la felicidad de quienes temen al Señor y le son fieles. Jesús, Señor nuestro, dirá lo mismo de los pobres de espíritu, de los mansos, de los que lloran, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, de los que luchan por la paz, de los que padecen persecución por la justicia...

Todos, Señor, queremos ser felices. Todos anhelamos la paz del espíritu, el gozo del corazón, la salud de nuestra alma y de nuestro cuerpo, la tranquilidad de conciencia. Señor, Dios mío, todos ansiamos tener satisfechos nuestros más íntimos deseos de felicidad. Haz, por tanto, que resuenen en lo más hondo de nuestro ser tus cálidas palabras; haz que encuentren eco en nuestra conducta y que seamos consecuentes con lo que nos dices. Que te creamos, aunque no lo entendamos, cuando nos hablas del modo de ser felices, del camino de la dicha. Ojalá abandonemos nuestras humanas soluciones, siempre falaces y engañosas, y sigamos el camino que nos indicas. Ayúdanos Tú, Señor, ayúdanos a hacerte caso, porque sólo así encontraremos esa felicidad que tanto soñamos.

"Comerás del fruto de tu trabajo" (Sal 127, 2) Sigamos escuchando lo que nos dice el Señor. Quién sabe si con su ayuda conseguiremos atinar con ese maravilloso camino de la dicha, ser para siempre felices: si sigues el camino que Dios te señala, comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer será como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos serán, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. Esta es la bendición para el hombre que teme al Señor: Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida... que veas a los hijos de tus hijos.

Qué ciegos somos, Dios mío, qué ciegos y qué torpes, qué tozudos para seguir nuestros propios caminos, placenteros a primera vista pero tortuosos y tristes al fin. Qué pena, Señor, qué pena: Que Tú nos quieras dichosos y nos indiques el mejor modo para serlo, mientras que nosotros no te hacemos apenas caso y nos empeñamos en ser felices a nuestro modo y manera, aunque por ese camino no llegaremos nunca a serlo... Vamos a rectificar, ahora que es todavía posible, ahora que aún estamos a tiempo. Dejemos de seguir nuestros oscuros caminos y emprendamos la marcha hacia la dicha por los caminos luminosos de Dios.

3.- "Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos" (Hb 2, 9) El Verbo de Dios, el Hijo del Altísimo, descendió de su excelso trono, bajó desde la grandeza inconmensurable de su condición divina, y llegó hasta el valle de los hombres, como uno más entre ellos, como el más sencillo, como el más pobre de los nacidos de mujer. Luego, cuando llegó la hora de dejar la tierra, emprendió el camino extraño que pasaba por el Gólgota, el camino de la Cruz. Pasión y Muerte, dolor y tragedia como nunca se vio.

Por eso lo contemplamos ahora coronado de gloria y honor, sentado a la derecha del Padre. Y lo que parecía una muerte inconcebible, no era otra cosa que el alto precio de la más grande victoria. Así, por amor de Dios, Cristo ha padecido la muerte para bien de todos. El Señor, sigue diciendo el texto sacro, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. Son planes sublimes que no caben en nuestra pequeña inteligencia de animales racionales. Planes que, sin embargo, hemos de aceptar plenamente, persuadidos de que son los que nos salvarán.

"Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos" (Hb 2, 11) Jesús pasó entre los hombres como uno más. Él probó en su propia carne el dolor y el sufrimiento, esa enorme miseria de que es capaz la naturaleza humana. Todo lo probó menos el pecado. Cuánta amargura puede encerrarse en el corazón humano: pues toda esa amargura llenó el corazón de Cristo.

Por eso no se avergüenza de llamarnos hermanos. En efecto, Cristo puede mirar con infinita compasión el sufrir de los hombres. Por eso nosotros, al sentirnos mirados por sus divinos ojos, nos sabemos comprendidos, nos llenamos de consuelo y de fortaleza.

Cristo, Dios perfecto, hombre perfecto, hermano nuestro. Hermano mayor que sufrió por nosotros una muerte horrible, desnudo sobre una pobre cruz. Hermano mayor que fue coronado con el poder y la gloria en el Reino definitivo de Dios. Hermano mayor que nos anima en nuestro dolor y en nuestro trabajo, mostrándonos con su propia glorificación el estado definitivo de los que no se dejan vencer por el cansancio.

4.- "¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?" (Mc 10, 2) Siempre hubo problemas en la vida matrimonial. Sencillamente porque siempre falló el corazón humano, tan voluble y egoísta a veces. Ante esta dificultad hubo quienes pensaron que lo mejor era cortar por lo sano, olvidando que lo que Dios ha unido no lo debe separar el hombre. Sin tener en cuenta, además, que la solución de cortar por lo sano, destruye todo posible rescoldo de amor en vez de alentarlo, corroe la vida familiar privándola de la capacidad de abnegación y de olvido de sí mismo, en favor de los demás, en especial en favor de los hijos.

San Marcos nos refiere con sencillez y brevedad el episodio de los fariseos que preguntan al Señor si le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer. Según el libro del Deuteronomio, uno podía dar el libelo de repudio a su mujer y casarse con otra. Jesús reconoce esta situación, pero la considera como una concesión provisoria a la terquedad de los israelitas. En realidad ese pasaje no permitía el divorcio. Simplemente tenía presente la costumbre introducida por algunos y procuraba imponer unas reglas para evitar mayores abusos. Es decir, ese texto de Dt 24, 1-4 está contra el divorcio, a pesar de que lo tolera.

Pero aun admitiendo otro sentido a ese pasaje veterotestamentario, Jesús lo deroga con claridad y recurre a la originalidad de lo primigenio, a la voluntad primera de Dios que determinó que el hombre se uniera para siempre a la mujer, con un nudo que sólo la muerte podría romper. "Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre". Es una sentencia tan concisa y clara que no es posible admitir componendas.

Jesús reconoce la dificultad que su doctrina entraña para que pueda ser entendida y aceptada sin más por el hombre. Pero él no echa marcha atrás y mantiene sus exigencias de amor supremo y siempre fiel. Decir otra cosa es tergiversar la palabra de Dios; aguar, por así decir, el vino fuerte y oloroso del Evangelio. Es cierto que, según el paralelo de San Mateo, Jesús alude a una posible excepción aparente, al caso llamado en el original griego "porneia". Pero la interpretación correcta de esa palabra la considera equivalente a matrimonios concubinarios o amancebamientos. En esos casos de uniones no matrimoniales, es posible la separación. Excluye, por tanto, todo matiz suavizante a la doctrina claramente enunciada en San Lucas y en San Marcos por el Señor. Así, pues, una vez que se da un verdadero matrimonio, éste es indisoluble.


6.- COMO ERA EN EL PRINCIPIO

Por Gustavo Vélez, mxy

1.- “Dijo Jesús: Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. De modo que ya no son dos sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. San Marcos, Cáp. 10. Se casaron hace ya siete años y al comienzo todo fue maravilloso. El había encontrado la mujer ideal. Ella, al hombre de sus sueños. El nuevo hogar rebosaba de amor, ternura, comunicación, detalles, sentido de Dios. Sin embargo, todo se cambió luego en un progresivo malestar de dos soledades. ¿Qué habrá sucedido?

En tiempos de Moisés, como narra el Deuteronomio, la ley judía autorizaba el divorcio, cuyas causales la escuela de Hillel aceptaba generosamente. Según el Talmud, una esposa podía ser repudiada por no haber dado hijos al hogar, por presentarse en público con la cabeza descubierta, o salar en exceso la sopa.

En cambio la escuela de Shammaí, fundada 30 años antes de Cristo, mantenía una disciplina más estricta. “El altar llora, decían los shammaítas, sobre aquel que repudia a su esposa”. No sabemos a qué grupo pertenecían los fariseos que, según san Marcos, preguntaron a Jesús: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. Pero anota el evangelista que pretendían ponerlo a prueba. El Señor les responde que aquella actitud de Moisés fue una excepción, a causa de la dura cerviz del pueblo judío. Porque desde el principio Dios quiso que el amor de hombre y mujer gozara de unidad y permanencia. Pero esta palabra del Maestro disuena frente a muchas parejas que atraviesan situaciones adversas. Con sincera ilusión celebraron un día el sacramento del Matrimonio, para comprobar luego que ignoraban qué es amor conyugal. No tenían suficiente madurez, se equivocaron de pareja, o los vicios del otro echaron a perder sus intenciones.

2.- Una dolorosa problemática que no se remedia declarando que “ancha es Castilla”, o criticando con amargura el proyecto cristiano. Porque allí están en juego el futuro de los hijos, la estabilidad sicológica de los cónyuges, el respeto a tantas parejas que han mantenido fieles a pesar de las crisis, la honradez personal, la fe en Jesucristo. La Iglesia procura ser entonces maestra, pero a la vez ha de ser madre. Morris West se queja en uno de sus libros: Durante su crisis matrimonial, la autoridad eclesiástica se portó con él como una madrastra. Vale anotar que numerosas parejas se embarcaron, de modo irresponsable, en un matrimonio católico, lejos de una opción cristiana consciente. Para cumplir un requisito social, o una tradición de familia. Edificaron sobre arena.

Sin embargo y a pesar de todo, que los esposos en problemas nunca olviden su relación con Dios, quien sigue siendo Padre, buscando dialogar de forma objetiva y leal, ayudados quizás por algún consejero. Pero frente a la ruptura, que ninguno de los dos se apresure a iniciar un nuevo proyecto, mientras sangra el corazón y está oscurecida la mente. Podrán sin embargo rescatar del naufragio aquellos valores que san Pablo recomendaba a los efesios: “Tengan en cuenta, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud, o cosa digna de elogio”. Que estos valores, unidos por Dios al matrimonio, no los separe el hombre.


7.- MATRIMONIO DE AMOR

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Dos de los textos litúrgicos de este domingo –primera lectura y Evangelio--inciden directamente en la valoración de lo que debe ser el matrimonio cristiano. Y resulta más que obvio que el tema es de completa actualidad en estos días. Jesús definió ya hace más de 2.000 años la indisolubilidad del matrimonio frente a la Ley de Moisés que permitía al marido la entrega de un libelo de repudio a la esposa: una fórmula de divorcio legal. Bien es cierto que ley mosaica dejaba al marido como juez y parte en la decisión de despedir a la mujer y como enseñan los historiadores llegó a entregarse el libelo de repudio a esposas ejemplares por el simple hecho de haber envejecido y no ser ya del agrado de los maridos.

En estos tiempos en los que la sociedad ha asumido la mayoría de los postulados sobre los derechos fundamentales de la mujer, resulta asombroso para nosotros, hoy, el poco peso que esta tenía en la sociedad antigua. Y no solo en países con un fuerte sentido de lo tradicional como podía ser Israel, también en Roma, donde el amor a la innovación y el respeto por el derecho codificado eran más que notables. Sin embargo, la esposa era considerada como --poco menos-- un esclavo. El cristianismo trae a las gentes del amplio espacio ocupado por el Imperio Romano una nueva dimensión en el respeto de las mujeres y los niños. La defensa de la continuidad del matrimonio --sin rupturas—fue, en primer termino, una defensa de la mujer y de la prole frente al poder y la frivolidad de los hombres. La cuestión era revolucionaria, de acuerdo con los postulados de la sociedad de entonces y, así, una vez más, Jesús de Nazaret se convertía en un revolucionario.

Esta precisión histórica tiene su valor, pero hemos de enfrentarnos a la situación actual que no es muy lisonjera. Los matrimonios siguen rompiéndose y el drama de las parejas rotas alcanza a los hijos. Las causas de la ruptura son variadas y puede, incluso, suponerse que hay un cierto número de casos en que la separación podría justificarse por razones humanitarias, pero no es la mayoría. Los ejemplos de hombres maduros --casi siempre bien situados económicamente-- que deciden disponer de una esposa más joven y atractiva, siguen siendo muy numerosos. También, las rupturas por aparición de un tercero en la vida de uno de los cónyuges es una causa muy frecuente. No parece, entonces, que el nivel de dificultades, la presunta rutina o el cansancio mutuo sean causas generalizadas de separación.

2.- No hay otro ingrediente fundamental en el matrimonio que el amor. Y lo mismo ocurre con nuestro sentir cristiano, donde el amor debe inundar todas nuestras acciones. Todos los amores se basan en la misma sustancia. Y es que hay un solo amor que es el Amor. Existe una cierta tendencia a ponerle adjetivos al amor. Se habla de amor de madre, de amor de hombre o de amores apasionados o de amores de hermanos. Y no hay razón de hacer distingos porque la sustancia de esos amores es la misma que la del Gran Amor. Ni siquiera la sexualidad producida en el contexto de un gran y verdadero amor debe excluirse de dicha sustancia. Y ello parece muy claro en la encíclica de nuestro Papa, Benedicto XVI, “Dios es Amor”, donde se da una lección magistral sobre esa unidad de todos los amores en la acción de amar de Dios hacia sus criaturas. El amor es bello, ilusionante, sacrificado, comprensivo, magnánimo, generoso y muchas más cosas. Y no puede ser mentiroso, ni traidor, ni taimado, ni cruel. Por tanto, a partir de la sustancia del amor es difícil pensar en la separación matrimonial. Puede ocurrir que el amor desaparezca. Pero el amor como toda situación de nuestra vida necesita el mismo tratamiento que un organismo viviente. El ejemplo de la planta es útil. Hay que trabajar todos los días para que la planta no se marchite y en dicha labor algunas veces habrá que hacer esfuerzos importantes para evitar situaciones que son contrarias al desarrollo del amor.

La permisividad sexual --valorada hoy mucho y de manera muy parecida igualmente por hombres y mujeres-- destruye el principio de la propiedad compartida (material, física y espiritual) de la pareja. Y, además, como vivimos un mundo lleno de falsedad y de dobles verdades, la infidelidad hace daño por igual; hasta el extremo que un cónyuge habitualmente infiel quedará muy fastidiado si descubre que su pareja también le traiciona. Además, en esto de las infidelidades hay mucho más de frivolidad que de necesidad. Una conquista con final exitoso en lo sexual es, para muchos, un galardón de alto valor, cuando, en realidad, no deja de ser el principio de muchos problemas. Y como además el amor es un sentimiento que no llega en seguida --los flechazos, al igual que las conversiones instantáneas, sólo los manda Dios--, se va rápido, dichas conquistas producen remordimientos, sentimientos encontrados y una cierta cantidad de perplejidad y sufrimiento.

3.- La frase de San Agustín que dice "Ama y haz lo que quieras" define el poder del amor. Si se ama no se puede hacer ningún mal. La infidelidad matrimonial, origen de la inmensa mayoría de las separaciones, se alimenta de hechos frívolos y malvados. La promiscuidad --antes "patrimonio exclusivo" de los hombres, pero hoy ampliable al comportamiento de las mujeres-- es un principio de inmadurez o la respuesta a estados de ansiedad que deben corregirse. La realidad es que la mayoría de los humanos -con o sin vínculo matrimonial- viven en pareja. Y dicha promiscuidad es a todas luces un estado que tiende a la soledad posterior. Busquemos, con todo nuestro cuerpo y nuestro espíritu, el amor. Es la base de la paz y del sosiego. La sublimación del sexo es un error. Ciertamente que puede haber sexo sin amor, pero también hay muchos caminos que no conducen a ninguna parte.

Una consecuencia de la unión amorosa que se da en el matrimonio es la familia y la unidad principal de la familia está en la unión de la pareja. Eso es el matrimonio. Y este debe ser sano y fuerte. Y una condición para esa sanidad y fortaleza es que se mantenga fuertemente unido. La fidelidad –pedida por Cristo—es condición fundamental. Pero la fidelidad no es un decreto o una orden prefijada sin más. Surge del amor y del deseo de que este permanezca. Al amor hay que cuidarle y alimentarle todos los días y si bien la rutina es uno de sus mayores enemigos, también lo es la frivolidad o los “encantamientos” que el entorno puede producir. Es relativamente fácil para un hombre sentir el golpe instintivo y atávico de la “conquista”. Y es también para una mujer sentir la lisonja de un engañador y seductor que solo busca sexo o satisfacer su vanidad de “macho”. El trabajo y la actividad profesional pueden ser un campo que facilite ese tipo de cuestiones. Pero no por eso, el hombre deja de trabajar. Ni por la misma razón debe hacerlo la mujer. El tema es acostumbrarse a esa hojarasca de la aventura y el halago. Y no darlos importancia. Esa fidelidad profunda, basada en el amor y en reconocimiento de la labor común necesaria para construir una familia feliz, será uno de los mejores ingredientes para el camino nada fácil de la vida en común, que producirá otras vidas a las que “construir” y educar. El Padre del Amor será una ayuda fundamental para los difíciles momentos de un camino duro. Jesús lo explica en el Evangelio de hoy. La Virgen María puede acompañarnos, asimismo, en el deseo de fabricar en nuestro interior un corazón puro y amoroso. La familia cristiana lo necesita.

4.- Hasta el final del Tiempo Ordinario –ya en las puertas del Adviento—leeremos todos los domingos fragmentos de la Carta a los Hebreos. Esta Carta atribuida durante muchos años a San Pablo y hoy considerada como anónima, está dirigida –parece—a cristianos procedentes del judaísmo y por eso tiene como contenido fundamental la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre los otros sacerdocios del rito de la antigua alianza. Y una parte de ese sacerdocio sublime de Cristo es su Sacrificio que liberó al género humano de la esclavitud del pecado. Así, en el fragmento del capítulo segundo que hemos escuchado hoy pone de manifiesto la realidad salvadora del sacrificio de la Cruz. Es un texto muy bello, muy expresivo, el cual merece la pena volver a ser leído cuando llegamos a casa, para que nos sirva de motivo de meditación.

También debe ser objeto de nuestra meditación para que mejor se grabe en nuestros corazones, la lección que nos da Jesús respecto a la indisolubilidad del matrimonio, cuestión que no parece fácil en un mundo como el actual en que ese valor de la fidelidad es ridiculizado por muchos en la calle, en los medios de comunicación, en las conversaciones de todas las horas. Reflexionemos, pues, sobre el mundo que nos circunda e iniciemos, en la medida que nos sea posible, una acción de testimonio que se oponga a ese menosprecio generalizado del matrimonio y de la familia cristianos.


LA HOMILIA MÁS JOVEN


MATRIMONIO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Cuando se leen las primeras páginas de la Biblia, que empiezan por el Génesis, y uno lo hace por primera vez, le enoja el lenguaje y las descripciones que va leyendo. Inspiradas por Dios, estas páginas se escribieron hace muchos siglos, eran otras tierras, otras costumbres y otras gentes, muy diferentes de las nuestras. ¿A cual, de mis queridas jóvenes lectoras, le gustaría oír de su enamorado, palabras como las que hemos leído en la misa de hoy? Hueso de mis huesos, carne de mi carne, ¿Cómo le sonaría este piropo?

Por muy extrañas que os parezcan estas historias, quisiera que os dierais cuenta de que su contenido es precioso. En aquellos tiempos a la mujer se la tenía por muy poca cosa, ni siquiera llegaba a tener la categoría de persona humana. Era un ser extraño, apto para satisfacer a los varones y asombroso por el poder de la fecundidad. Gracias a ella, en la casa, fuera esta cueva o choza, podían ir naciendo nuevas criaturas que se convertirían en guerreros, cazadores, leñadores, pastores o agricultores, al servicio de la tribu. Y si nacían hembras, pues, continuarían sirviendo para los mismos menesteres que las que las habían engendrado. Proclamar que aquel ser era hueso de sus huesos y carne de su carne, era asegurar que ambos, varones y hembras, eran de la misma categoría. Se escribieron estos textos hace muchos siglos, quiso Dios, mediante estos relatos, que todos supieran que hombres y mujeres tenían la misma dignidad. ¡Tantas culturas que aceptan la Biblia como su libro fundamental y todavía continúan existiendo diferencias, sintiéndose unos superiores a las otras! Lamentable e injusto es.

2.- También quiso Dios que entendieran que la unión no era una simple aproximación, una mera unión carnal satisfactoria. Aquel atractivo que sentirían, aquel goce del instinto, les debía llevar a olvidarse de dependencias atávicas, deberían arriesgarse a abandonar al padre y la madre, para hacerse una unidad nueva, algo que tendría un proyecto común. Sin decirlo claramente, el texto ya inicia a los hombres en el descubrimiento de la unión matrimonial y del compromiso que de ella se deriva.

Todo esto sucedía porque Dios proclamaba que no estaba bien que el hombre fuera un ser solitario. Lo rodeo de animales vivos que iban poco a poco conociendo y reconociendo, que le gustaban, que le ayudaban, pero que no le dejaban satisfecho. No lo olvidéis nunca, mis queridos jóvenes lectores, la compañía que os pueda proporcionar un perro o un caballo, el entretenimiento que pueda daros el ordenador o el videojuego, la satisfacción que podáis sentir al tener un vehículo propio o la mejor ropa de marca, os dejarán siempre hambrientos de algo, con una insatisfacción silenciosa y profunda que os puede arrastrar a situaciones de pena y postración. El ser humano no está hecho para poseer, sino para compartir. Compartir sus bienes y su misma persona. Compartir su cuerpo, belleza suprema de la creación, entrelazar su espíritu, maravilla sorprendente de lo humano, y fundir su alma y dejarla que en comunidad se entregue al ensueño de la eternidad. Porque lo más maravilloso de esta unión, que en la Biblia se dice: los dos serán una sola carne (otros traducen una sola familia) lo más sorprendente, es que de estos actos limitados al pequeño espacio del recinto del encuentro y encorsetados en el intervalo que pueda durar la unión, de esta fusión puede surgir la mirada encantadora de una criatura, que es capaz de divisar la eternidad. Un hombre y una mujer son capaces de proyectar su vida, la del uno en el otro, para que brote de ellos una nueva dimensión, un individuo autónomo, trascendente como ellos. Es demasiado delicado el misterio, para que se pueda empezar un día y abandonarlo al siguiente, para dejar que intervengan intrusos, para que no se garantice de por vida el compromiso otorgado.

3.- En las factorías donde se elaboran los más delicados utensilios, se obra con cautela, para que no se desbaraten los procesos de fabricación. Se calculan las necesidades que pueda haber, para que los productos finales se conserven. Se someten a un minucioso control de calidad, tanto las materias primas que entran, como el proceso de manipulación y el producto final. Se toman precauciones y se es exigente en todas las fases. Se evita que se mezclen con materiales ajenos a la empresa. En el terreno de los mejores alimentos se obra de una manera semejante. Se parte de seleccionar semillas y terrenos donde crecerán, se tiene cuidado de que los abonos respondan a las necesidades de las plantas, se riegan, se recogen en el momento oportuno los frutos. Si se toman tantas medidas para fabricar con garantías un ordenador o para poder ofrecer un alimento sano y sabroso ¡cuánto más cuidado se debe tener para formar una familia!

El matrimonio debe ser la mejor realización de la convivencia humana, para que los hijos sean la mejor obra de arte que salga de él, para que las personas, al hacer balance de su vida, tengan la satisfacción de que, con esfuerzo, ingenio y voluntad, se ha logrado llevar una vida que ha valido la pena vivir y que además, y no es poco, no se acaba con la muerte.

4.- El fracaso de tantos matrimonios es consecuencia de la improvisación con que se inicia, de la mediocridad con que se entra en él y de la irresponsabilidad con que se vive. Mis queridos jóvenes lectores, no dejéis de prepararos bien, si habéis pensado que vuestro porvenir pasa por el matrimonio. No dejéis tampoco de preguntaros con sinceridad y valentía, si vuestra vida debe ponerse al servicio de los demás, al servicio de las familias, en el sacerdocio, la vida religiosa o el compromiso de ayuda que mejor os parezca. Una de las pruebas del valor del matrimonio la damos nosotros, los célibes, que nos entregamos a protegerlo y defenderlo. Pero, por encima de todo, recordad, unos y otros, que el hombre es el único animal capaz de comprometerse y ser fiel al compromiso libremente adquirido. Esta es una de sus grandezas. A imitación de Jesús, que siempre fue fiel a la misión que el Padre le había confiado. Iluminado por estas verdades se entiende el porqué del matrimonio cristiano, y contempladas sus exigencias y aceptadas ellas, se goza plenamente en esta vida, sabiendo que en la otra existencia, no se habrá extinguido el amor, que es precisamente lo único capaz de atravesar la barrera de la muerte y perdurar.