XXI Domingo del Tiempo Ordinario
27 de agosto de 2006

La homilía de Betania


1.- EL MUNDO NO CAMBIA EN TODO

Por Javier Leoz

2.- ¿TAMBIÉN VOSOTROS ME VAIS A DEJAR?

Por José Maria Maruri, SJ

3.- SÓLO LOS HUMILDES

Por Antonio García Moreno

4.- ¿A QUÉ DIOS SERVIMOS?

Por Antonio Díaz Tortajada

5.- ABANDONO Y DISCREPANCIA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SIQUEM

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL MUNDO NO CAMBIA EN TODO

Por Javier Leoz

1.- Es verdad, y lo sabemos por experiencia, que en este mundo todo tiene un límite. Ni los bosques son eternamente verdes, ni los glaciares son ya perpetuos, el hombre se desmorona y, hasta el aire, se hace muchas veces irrespirable.

¡Cuánto cambia el mundo! No muda en una cosa: no es inmutable. Cada día que pasa somos conscientes de que, el ser humano por mucho que se empeñe, podrá alargar su vida, hacerla más cálida y vivirla con más calidad, ¿pero se puede convertir en eterna? ¡Bien lo sabemos que no! Hasta nos asolaría el aburrimiento y la falta de gusto por vivir.

Jesús, es el único que permanece. El Dios inalterable y el Dios vivo. El Dios que, cuando entra en el corazón de las personas, las hace tan inmensamente felices, que las ganas de vivir son garantizadas por ese encuentro.

¿Cómo dar a entender esa confesión de Pedro; “Tú, Señor, tienes palabra de vida eterna” a las nuevas generaciones? ¿Cómo hacerles descubrir que, la eternidad es posible; que nos espera un mañana mejor; una ciudad donde la felicidad es posible al cien por cien?

En un entorno tan relativista como el nuestro, ya no es que creamos o no creamos por lo que vemos o dejamos de ver, es que nos cerramos a cal y canto, ante lo que no entendemos.

Jesús, nos aprieta un poco más (pero no nos ahoga) y nos dice que le dejemos un margen de confianza; que –aun sin entender- nos fiemos de su Palabra, de su promesa de eternidad.

2.- Aquel que nació, pobre y humilde en Belén, ha logrado revolcar y entusiasmar millones de corazones, millones de hombres y mujeres que se fueron a la otra orilla fiándose de su Palabra y viviéndola con coherencia en la tierra.

Tenemos un futuro por delante. Un futuro que está cimentado en la firmeza de nuestra fe, en la confianza que tenemos en Dios.

Qué bien lo expresó García Márquez: “Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera”.

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.

En lo bueno y en lo malo, en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad, en las pruebas y los éxitos es donde hemos de ser sinceros y radicalmente honestos con el Señor y decirle: ¿A dónde vamos a ir, Señor? ¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna!

-Ante el intento de silenciar a Dios, nosotros elevaremos nuestra voz (sin gritar) para que su Palabra sea proclamada.

-Ante la crítica, sistemática y orquestada por ciertos medios de comunicación social, reafirmaremos nuestra fe y saldremos en su defensa

-Ante la deserción de muchos cristianos, nos agarraremos con más solidez a la Palabra, la meditaremos y nos daremos cuenta que Dios no nos abandona en las horas amargas.

¿A dónde ir? ¿Con quién? ¿Cuándo?

Tal y como está el mundo y tal como se desarrollan los acontecimientos, “mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres”. (Sal 117)

3.- ¡HABLA, SEÑOR, AUNQUE NOS DUELA!

Habla, Señor, y no dejes nunca de silabear

aunque, tus Palabras nos resulten duras

o, después de escucharlas,

sigamos en las nuestras sin hacerles caso.

¡Habla, Señor, aunque nos confundas!

Porque la fe que no es exigente

corre el riesgo de convertirse

en merengue que adorna pero sin masa que alimenta

Porque la fe que no provoca

es dulce al paladar pero sin trascendencia en la vida.

¡Habla, Señor!

Y haznos más crédulos y más confiados

menos previsores y más críticos con nosotros mismos

más exigentes con nuestra vida

y más compresivos con las actuaciones de los demás.

¡Habla, Señor!

Aunque tu Palabra nos desconcierte

aunque busquemos mil excusas para alejarnos de Ti

aunque nos agarremos a mil justificaciones

para alejarnos de la gran familia de la Iglesia

¡Habla, Señor, y no dejes nunca de hacerlo!

Y, si en verdad, ves que corremos el riesgo de dejarlo todo

míranos con ojos de hermano

tócanos con tu mano poderosa

aliéntanos con el Espíritu Santo

y sácianos con el gusto y el encanto de la Eucaristía.

Amén.


2.- ¿TAMBIÉN VOSOTROS ME VAIS A DEJAR?

Por José Maria Maruri, SJ

1.- Hay momentos en la vida en que hay que cambiar de dirección y conducir el coche en dirección totalmente opuesta a la que se llevaba o dar un golpe de timón y regresar a puerto, o no queda más remedio que saltar del avión y confiarse a un frágil paracaídas.

Lo que no se puede es hacer las cosas a medias, poner la mano al arado y seguir mirando atrás, o tratar de servir a Dios y el dinero o pretender ser cristiano viviendo más paganamente que los vecinos. Hay que tomar una decisión drástica.

Josué se lo dice al pueblo de Israel con toda serenidad, pensadlo bien vuestros padres tuvieron dioses patrios y los habitantes de esta tierra en que vivís tienen los suyos, tenéis tres caminos que elegir, volver a los dioses patrios, vivir con los dioses de vuestros vecino o seguir al único y verdadero Dios. Así de sencillo, Dios, el verdadero, no quiere que le sigan a la fuerza.

Tampoco el Señor Jesús quiere que le sigan a la fuerza, cuando su doctrina se hace difícil y se queda sin discípulos, les pregunta a los doce apóstoles ¿También vosotros me vais a dejar?

2.- Y esta es una tremenda pregunta a cada uno de nosotros “también tú me vas a dejar” debe ser en muchas ocasiones como una llamada de aviso, como un grito de guerra.

Cuando dos novios quieren llevar una relación limpia y se sienten ridiculizados por aquello de las relaciones prematrimoniales “¿también vosotros me vais a dejar”?

Cuando se duda en emplear un veraneo o como todos en playas o discotecas o en campamentos con niños necesitados o levantando casa en tierra asoladas por la guerra, ante la duda oigamos a Cristo “¿también tú me vas a dejar?

Cuando una mordida apetecible es rechazada con honradez ante la mirada de lástima de los que están de vuelta no nos olvidemos “También tú me vas a dejar”.

3.- En este ambiente inmoral, corrompido, antirreligioso en que vivimos, cada uno debe preguntarse si estamos aquí, si me siento luz y sal de la tierra o no nos distinguimos en nada de los peces muertos que se dejan llevar por la corriente.

Si no ha llegado el momento de girar en redondo y tomar un camino a contra corriente o serviremos a dioses tan democráticos como antiguos en la humanidad del sexo, de la corrupción, del dinero fácil.

Si no ha llegado el momento de confiarnos a ojos cerrados al frágil paracaídas de la fe en Dios que nos llevará a buen término.

“¿También tú me vas a dejar?” es un reto y al tiempo un grito de guerra.

Cuando una joven casada o un joven casado empiezan a sentir las redes de un compañero de trabajo trotacatres o una secretaria facilota y sin moral sirva de revulsivo el grito de Cristo “¿También tu me vas a dejar?”


3.- SÓLO LOS HUMILDES

Por Antonio García Moreno

1.- "En aquellos días, Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquén..." (Jos 24, 1) Josué ha sido el sucesor de Moisés que, con brazo seguro y pie firme, ha entrado en la Tierra Prometida. Consciente de la misión que Yahvé, el Dios vivo, le ha encomendado, reúne a todo el pueblo de Israel: a los ancianos, a los jefes, a los jueces, a los magistrados. Y allí, invocando al Señor, les propone algo decisivo para la historia del pueblo: su entrega incondicional y su consagración a Dios.

Josué propone a los suyos: "Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quien servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados al este del Eúfrates, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis". Son libres de volver a los ídolos que adoraron antes de conocer a Yahvé, o de postrarse ante los dioses de los amorreos.

Estos hombres tienen ante ellos al Señor de los cielos y tierra, al Señor que los ha librado de la esclavitud y los ha guiado por un duro desierto, interminable. A ese Dios que tiene derecho a la entrega sin condiciones del pueblo israelita que tanto, todo cuanto es y tiene, le debe. Pero el Señor quiere una decisión nacida del amor, una decisión libérrima. Por eso plantea la cuestión en tales términos.

Al contemplar este modo tan atrayente de querernos, de pedirnos por amor lo que te debemos por justicia, te decimos que somos totalmente tuyos, que sólo a ti te vamos a servir, que sólo a ti te vamos a amar, en ti vamos a creer y a esperar.

"El pueblo respondió: ¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios..." (Jos 24, 16) El pueblo ha visto muchas cosas, ha presenciado en mil ocasiones cómo el Señor les demostraba su desvelo, su empeño de cuidarles con el esmero y la ternura de una buena madre, con la previsión de un padre sabio y fuerte. Movidos por esa experiencia, exclaman: "El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos entre los pueblos por donde cruzamos. Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios".

Cada uno podría contarnos cómo el Señor le ha mostrado su presencia. Todos, estoy seguro, hemos notado que Dios estaba interviniendo en nuestro favor. Es un detalle, es una coincidencia, es una "casualidad", algo que no podemos explicar más que refiriéndolo al Señor, ese Dios que no se ve con los ojos de la cara, pero sí con los del alma.

Al recordar tanto amor, tanta providencia, tanto desvelo, queremos reconocerte como Señor y dueño de nuestra existencia. Y lograr que todo nuestro quehacer sea un vivir para ti, felices al saber que aceptas y miras complacido nuestras pequeñas y sencillas acciones, esas que constituyen el entramado de nuestra vida. Esos gestos ordinarios y corrientes que tratamos de que sean grandes, extraordinarios por el amor y esmero que en ellos ponemos. Sí y siempre sí: "Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

2.- "Los, ojos del Señor miran a los justos" (Sal 33, 16) A veces se puede creer que Jesucristo, Señor Nuestro, en su afán por salvar a los pecadores se olvidaba de los justos. La parábola de las noventa y nueve ovejas, que se dejan por ir a buscar a una que se perdió, puede inducirnos a pensar que el Señor se olvida de los que han permanecido fieles para buscar al extraviado. También se puede interpretar equivocadamente aquello de que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia.

En realidad lo que el Señor quiere inculcar con esas frases es su deseo vivo de perdonar a los pecadores y manifestar su afán para que retorne el hijo pródigo, seguro del perdón divino. Ante esto podemos afirmar que si a los que le ofendieron así los acoge, qué hará con los que nunca le traicionaron... El Señor acoge a María Magdalena con una gran comprensión y benevolencia, pero como Madre escoge, no a una pecadora, sino a una Virgen sin mancha. Y José, el hombre elegido como padre adoptivo, es definido como "vir justus", un varón justo.

"...pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria" (Sal 33, 17) Es cierto que Jesús no despreciaba a los pecadores como hacían los escribas y los fariseos; no se apartaba de ellos como si fueran leprosos. Aceptaba sus invitaciones ante el escándalo de los "justos", intentando así atraerlos al buen camino, con inmensa paciencia y sublime cariño. Pero también es verdad que a veces se enfrentó con los pecadores, de forma violenta incluso. Así cuando tiró por tierra las mesas de los cambistas y enarboló el látigo contra aquella caterva de ladrones.

Tampoco escatimó palabras terriblemente duras cuando fustigó a los fariseos sus pecados ocultos, su hipocresía. Ni dejó de hablar con claridad de un castigo de fuego eterno para quienes violaron la ley de Dios. Si tu ojo te escandaliza -afirmaba con energía-, arráncatelo, porque más te vale entrar tuerto en el Cielo, que con los dos ojos ser arrojado al infierno. Y en el juicio final habrá una selección. Los justos irán a poseer el Reino eterno del Padre, mientras que los malvados serán arrojados a las tinieblas donde no cesará el llanto y el crujir de dientes.

3.- "Las mujeres que se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer; así como Cristo es cabeza de la Iglesia" (Ef 5, 22) A veces las palabras de San Pablo dan la impresión de que era un tanto antifeminista, como si estuviera en contra de la igualdad del hombre y de la mujer. Pero hay que reconocer que sólo es una impresión, sacada además de unas frases sueltas. El mismo apóstol dirá en otro lugar que ante Cristo no hay griego ni judío, ni hombre ni mujer, sino que todos son iguales ante el Señor. Palabras que sin duda resultaban atrevidas en el tiempo en que se dijeron, cuando la misma sociedad consideraba a la mujer como un ser inferior en todo al hombre.

Y, en realidad, esa misión de la mujer sobre la que habla aquí el Apóstol no supone un menoscabo hacia ella, como si fuese una especie de esclava de su marido, o de criada gratuita, sin voz ni voto, con la única ventaja de trabajar y de dar hijos al marido. Lo que Pablo quiere decir es que la mujer ha de estar dispuesta a ser esposa y madre, con todo lo que eso lleva consigo de honor y de responsabilidad. Desligarse de esas dos facetas de su vida familiar, como mujer casada, es destruirse a sí misma y hacer del hogar un infierno en donde no se puede vivir.

"Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia" (Ef 5, 25) San Pablo pasa luego al reverso de la medalla. Se enfrenta con el hombre y le recuerda la gravedad de la misión que, al casarse, ha puesto Dios sobre sus hombros. Ante todo ha de amar a su esposa como Cristo amó a su Iglesia, nada menos. Y sigue diciendo: "Él se entregó a sí mismo por ella para consagrarla, purificándola con el baño del agua y de la palabra, y para colocarla ante si gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino casta e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son".

"Amar a su mujer es amarse a sí mismo, añade San Pablo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne..." Ojalá, tanto la mujer como el marido, se percaten de lo que significan estas palabras y se esfuercen por vivirlas. Sólo así se salvará la familia y con ella toda la sociedad.

4.- "Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?" (Jn 6, 60) Este modo de hablar es inadmisible, dijeron muchos de los que escucharon las palabras del Maestro divino. Hoy también hay quienes repiten lo mismo, quienes se echan atrás a la hora de ser consecuentes con las exigencias, a veces duras, que comporta la fe. Son los que ven las cosas con criterios humanos, juzgan los hechos con medidas terrenas; olvidan que sólo con la fe y la esperanza, con un grande y profundo amor, podremos entender y aceptar la revelación de Dios.

Jesús les explica de alguna manera el sentido de sus palabras sobre la Eucaristía. Les hace comprender que lo que ha dicho tiene un sentido más profundo, del que parece a simple vista. Su carne y su sangre son ciertamente comida y bebida, pero no en un sentido meramente físico, como si se tratase de una forma de canibalismo. Se trata de algo muy distinto que, en definitiva, sólo por medio de la fe se puede aceptar y, en cierto modo, hasta entender.

Lo que sí hay que destacar es que Jesús no se desdice de lo que ha dicho acerca de su presencia real en la Eucaristía, y sobre la inmolación de su cuerpo y su sangre en sacrificio redentor por todos los hombres. Por otra parte, es preciso subrayar que en ocasiones seguir a Cristo supone negarse a sí mismo, dejar el propio criterio y abandonarse en la palabra y en las manos de Dios.

Para eso hay que ser muy humildes y sinceros con nosotros mismos. En el fondo, humildad y sinceridad se identifican. Se trata, en una palabra, de reconocer la propia limitación de entendimiento y comprensión, aceptar que uno es muy poca cosa para captar bien lo referente a Dios. Fiarse del más sabio y del más fuerte, saberse pequeño y torpe, escuchar con sencillez al Señor.

Entonces sí "comprenderemos", entonces sí aceptaremos. Dios que siente debilidad por los humildes, nos iluminará la mente y nos encenderá el corazón, para que la dicha y la paz inunden nuestro espíritu, en ese acercamiento supremo entre Dios y el hombre, que se realiza en la Sagrada Eucaristía.


4.- ¿A QUÉ DIOS SERVIMOS?

Por Antonio Díaz Tortajada

1. Este capítulo del libro de Josué, que tiene como tema central la asamblea de Siquem y las tradiciones, nos pregunta ¿a qué Dios servimos? Y es interesante que nosotros actualicemos el cuestionamiento que ya Josué, hace más de tres mil años, hacía a todas las tribus de Israel. ¿A qué Dios servimos? ¿Al Dios aéreo, milagrero, creador de crisis emocionales, al que tan dado es nuestro pueblo sencillo, o al Dios que se nos revela en Jesucristo?, ¿un Dios encarnado, que se ha hecho una sola carne con nuestro prójimo y que nos compromete a hacer por nuestro vecino cuanto quisiéramos hacer por Dios? El único Dios que libera, nos lo recuerda Josué, es el Dios que se nos revela en Jesucristo.

El Dios que adoramos es el Dios que libera, nos dice esa primera lectura. “El nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto...él hizo a nuestra vista... él nos protegió en el camino... En consecuencia: Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”. Nuestro Dios es un Dios que nos libera de la esclavitud política, social, moral, psicológica y económica, porque así era la esclavitud de Egipto de la que Dios libera al pueblo de Israel. Sí, Dios es político y parcial, pero no es miembro de ningún partido y, menos aún, posesión exclusiva o monopolio de ningún partido o grupo ideológico.

2. Cristo ama a su cuerpo, la Iglesia, la comunidad, como un marido a su mujer, y como un marido que, por amor, se hace una sola carne, una sola cosa, con su esposa. El matrimonio es, o debe ser, sacramento, signo sensible, símbolo que hace realmente presente lo que significa, si de verdad hace visible ese amor incondicional que es Dios; si de verdad hace visible esa encarnación, esa unión indisoluble, entre Dios y su pueblo, entre la humanidad y la divinidad.

Cuando el marido golpea a la mujer, dice Pablo, ya han dejado de ser una sola carne, porque nadie trata así a su propia carne. ¿Lo tenemos claro? Los vínculos entre marido y mujer, cuando hay amor, son más importantes que los vínculos entre un hijo y su madre; así de importante es la relación que debe crearse entre los esposos. ¿Dónde están esos matrimonios así dentro de nuestra comunidad? ¿No tenemos, más bien, muchas más bodas que matrimonios?

El amor humano se convierte en misterio, expresión adecuada del amor de Cristo a su Iglesia. Lo propio debiera ser el compromiso a mantener vivo el amor, eso es lo difícil, eso es lo que vale la pena; lo otro se hace hasta por mero convencionalismo social.

3. El evangelio de Juan, nos recuerda algo bien actual: El modo de hablar de Jesús era inaceptable. Lo era en su tiempo de predicación y lo es ahora igualmente. Si el modo de hablar de Jesús nos resulta cómodo o bonito o conveniente, es que ya no es el de Jesús. Jesús no resultaba cómodo ni para sus amigos más íntimos. Lo último que Jesús buscaba era quedar bien. Jesús no dijo: Yo soy la diplomacia, o yo soy la tradición, sino: Yo soy la verdad. Quien nos dice la verdad, no es cómodo ni agradable, pero nos dice lo que tenemos que oír.

La frase de Juan, puesta en boca de Jesús, es terrible: “La carne mata, es el espíritu el que da vida”. La letra mata, es el Espíritu el que da vida, dice en otro lugar en frase perfectamente paralela y con la misma dureza. La ley mata, es el amor el que da vida. Nos agarramos a los ritos, a la tradición, a los catecismos, a las prácticas conocidas. Todo eso mata. Tenemos religión, pero no tenemos fe. La fe es obra del Espíritu, y sólo el Espíritu es creador de vida, dador de vida. Sólo la fe es vida, el rito sólo sirve si expresa y compromete a la vida; el rito mata cuando sustituye a la vida.

En la tercera frase importante para nosotros en el evangelio de este domingo, Jesús dice: “Nadie puede venir a mí si mi Padre no se lo concede”. Dios tiene, pues, toda la iniciativa. El es el dueño, y es El quien escoge a quien le da la gana, el Reino es Reino de Dios. Pero Dios, que tiene siempre la iniciativa, Dios que quiere que le sigamos, cuenta con nuestra libre decisión. El que nos redimió sin preguntarnos nada, no nos tendrá con él contra nuestra voluntad. Nos ha hecho libres y cuenta siempre con nuestra libertad y la respeta de verdad.


5.- ABANDONO Y DISCREPANCIA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Muchos de los que seguían a Jesús consideraron muy radicales las palabras de comer y beber su cuerpo y su sangre. Y que los dos eran verdadera comida y bebida, tal como leíamos en el Evangelio del pasado domingo. Él mantiene esa posición y se produce la deserción de un buen número de discípulos. Y esa marcha debió ser tan numerosa que el Señor se vuelve a sus Doce y les pregunta lo mismo. La respuesta de Pedro: "Señor, ¿a quien vamos a acudir?"

Y así es: algunas veces nos ocurre a muchos de nosotros, a los seguidores de este tiempo. Surge un "Señor, a quien vamos a acudir" dicho con la mayor humildad. Lo mejor ante el desconcierto es preguntar al Señor cual es el camino y sin duda nos ayudará en la línea a que se refiere el Salmo 33 que hemos terminado de leer este domingo, Este salmo habla de nuestras angustias y de nuestros gritos al Señor y como nos escucha. Hay mucha angustia en la vida de nuestros días. La relación cotidiana – el trabajo, la convivencia social o familiar, la violencia, el odio generalizado-- con nuestros hermanos y el mundo produce esa angustia que puede ser amplificada por nuestra propia equivocación interior, por sospechar que los males que nos aquejan son peores de lo que en realidad son. Para esos tiempos de angustia y de miedo es ideal la lectura reposada y repetida del Salmo 33.

2. - Jesús como hombre debió sentir una cierta angustia por el abandono de sus discípulos. Ya lo hemos repetido algunas veces, pero merece la pena citar de nuevo la tesis que mantiene Romano Guardini y su obra "El Señor". Decía Guardini que la posibilidad de que la Redención se completara pacíficamente y en los tiempos de Cristo en la tierra fue malográndose a lo largo del periodo de la predicación pública del Señor. Y que, sin duda, esa redención se hubiera completado si el pueblo elegido hubiera reconocido la Misión y la Divinidad del Enviado. No fue así. Y entonces hubo que comenzar el largo periodo de Redención en la que nosotros participamos. Y que ella no estará exenta de graves dificultades, como lo estuvo, en definitiva, el tiempo de Jesús. Ahí en ese pasaje del Evangelio de San Juan se adivina pues el cambio, la ruptura. No sólo estaban en contra los estamentos oficiales y jerárquicos de la religión del pueblo elegido, sino también muchos de los que en un principio había seguido a Jesús.

3. - La atomizada división de los cristianos -iglesias, confesiones, etc.- produce un efecto terrible, parece como si, junto a nosotros, no hubiera una fuerza superior que nos mantuviera unidos. La discrepancia permanente de los católicos trae muchos males y, también, es un fermento de desunión. Betania se ha planteado desde el principio no alimentar, ni de lejos, dichas discrepancias y, por supuesto, no entrar en los frentes de discusión que las producen. Otra cosa, no obstante, es el derecho a opinar y las posiciones diferentes respecto a un mismo asunto. De la discusión sale la luz y muchas veces cuando cualquiera de nosotros, a solas, medita durante mucho tiempo la solución a una duda, sin encontrar solución; resulta que, un día, en una charla con otra persona encuentra dicha solución sin ningún esfuerzo. Significa entonces que los foros de opinión, la discusión llena de caridad, la posición de criterios con la soberbia bien alejada de nosotros son fundamentales y de una utilidad manifiesta. La gran "revolución" católica de estos tiempos fue el Concilio Vaticano II y sus contenidos se elaboraron mediante la discusión y el encuentro de opiniones de varios cientos de padres conciliares en sesiones que duraron varios años.

4. - No se puede prescindir tampoco del apoyo trascendente al camino interpretativo de los católicos y de la Iglesia. Ahí aparece la asistencia del Espíritu Santo. Para dar paso a su presencia es necesario cerrar los corazones a la soberbia, a la excesiva valoración de nuestras opiniones y a los continuos y sutiles engaños del Maligno. Hay una dimensión del terreno espiritual que no podemos olvidar por muy sabios, honestos o trabajadores que seamos. Lo más negativo es dar la imagen de cristianos que no aman. Pero, por otro lado, la realidad marca que al no sentir la cercanía de Dios en la existencia de todos nosotros, se entran en luchas tan duras y amargas que solo es posible pensar que están inspiradas por alguien que no desea que el Reino de Dios continúe. Es posible que llegado a este punto, algunos expresen su desacuerdo con suave ironía. Sin embargo, es difícil dejar de atribuir la división profunda, el odio entre hermanos, la ruptura y la violencia mutua a la implantación del Mal dentro de nuestros corazones.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SIQUEM

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Uno de los rincones más impresionantes que existen en Tierra Santa, mis queridos jóvenes lectores, es el lugar santo de Siquem. Está situado a poco más de un kilómetro de la actual ciudad de Nablus, de la que tanto hablan los noticiarios, por las disputas trágicas entre ejércitos rivales, que en esta población ocurren. Siquem es el primer santuario de la nueva etapa de la humanidad, cuando se inicia con Abraham la historia de la salvación. Jesús, que sepamos, por lo menos pasó muy cerca, ya que el pozo del encuentro con la mujer samaritana, está muy próximo. Pero ni de Abraham, ni de Jesús, en este momento, toca hablar. Josué, el sucesor de Moisés, es el protagonista, Se trataba de una asamblea popular, de un parlamento de las tribus del naciente Israel. Solemnemente el jefe pregunta al pueblo qué actitud religiosa quiere escoger. Y lo curioso del caso es que no se deciden por demostraciones científicas ni filosóficas, para la elección. Yahvé será su señor, dicen, a causa de que les ha protegido y conducido desde la esclavitud de Egipto, pasando por el desierto, hasta la libertad de aquella tierra rica que mana leche y miel, es decir, en la que no pasarán hambre. La experiencia de Dios es el definitivo y supremo motivo de nuestra Fe. Dios actúa ocultamente y respetando la libertad de sus hijos, pero el hombre es capaz de descubrirlo y reconocerlo.

Para que fuera recuerdo y exigencia, Josué hinco una gran piedra en el lugar. Hoy no está, se ha perdido, pero no importa, ante el Padre Eterno tenemos clavada una gran roca, es la del Calvario, que es acicate y exigencia, para nuestro comportamiento.

2.- Jesús había hablado de que su cuerpo sería alimento y su sangre bebida para los humanos. A los oídos de aquella gente, y a los nuestros si no supiéramos nada más, sus palabras sonarían a canibalismo. Ahora bien, sin entender cómo, sabemos que cuando comulgamos recibimos toda la riqueza espiritual de la que tenemos necesidad y por ende, recordando sus palabras en las que confiamos y reconociendo los efectos que nos produce la recepción de la pequeña Hostia, deducimos convencidos, que sí, que es el Cuerpo y la Sangre del Señor, aunque no lo parezca .

Pero, para más recochineo, Jesús añade que lo importante es el Espíritu, que es quien da la vida, no la carne. Hoy diría: no el dinero, no la salud, no la juerga, ni siquiera la tan cacareada familia, que se aprecia por las ventajas que comporta y nada más. Y para colmo de desfachatez, continúa diciéndoles que sólo a los que llama Dios, aquellos que reciben su invitación gratuita, solo ellos se les dará capacidad para entender esto que está diciéndoles. Vamos, que nada de ganarse un puesto, de tener currículo, de sacar buenas notas y cargarse de diplomas académicos.

3.- Un tal discurso es difícil de aceptar y la gente decide irse. Jesús lo nota y no se desanima. Pregunta a los suyos, que nota están vacilando. Pedro responde en nombre de los demás con palabras que servirán para todo cristiano ¿cómo vamos a dejarte, si Tú sólo eres capaz de dar sentido a nuestras vidas?

Mis queridos jóvenes lectores, no busquéis demasiadas razones, no discutáis, no os devanéis los sesos leyendo bibliotecas enteras. Si buscáis sentido a vuestra vida y no lo encontráis. Si os levantáis por la mañana, un día que no tenéis obligaciones de clase o de trabajo, y no sabéis en qué ocupar la jornada. Si pensáis en vuestra vida futura y no sois capaces de tener proyectos que os ilusionen. Pues entonces esta situación es la más propicia para que toméis el evangelio e imaginando que vivís hace 2000 años y que os han enviado de lejanas tierras la historia de Jesús, os preguntéis si lo que dice puede proporcionaros un proyecto de felicidad. Así empezará una nueva vida, vida de aventura, de ilusiones, vida feliz.