XX Domingo del Tiempo Ordinario
20 de agosto de 2006

La homilía de Betania


1.- JESÚS PREDICA UNA VERDADERA HOMILÍA

Por Antonio Díaz Tortajada

2.- EL PAN VIVO

Por Antonio Díaz Moreno

3.- UN PUNTO DE ENCUENTRO CON DIOS

Por José María Maruri, SJ.

4.- JESÚS: ¿PAN DE VIDA?

Por Javier Leoz

5.- LA BÚSQUEDA DE LA SABIDURÍA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


COMIDA PARA TODOS, A DISGUSTO DE ALGUNOS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- JESÚS PREDICA UNA VERDADERA HOMILÍA

Por Antonio Díaz Tortajada

1. La sabiduría que, en la primera lectura, nos da a comer su pan y a beber su vino no es otra que la que se encuentra encarnada en Jesús de Nazaret. Pablo, en la segunda lectura, nos vuelve a hablar de vino, pero esta vez nos pide que bebamos pero no nos emborrachemos, que no seamos insensatos sino sabios y nos dejemos llenar del Espíritu de Cristo.

En la sinagoga de Cafarnaún, nos cuenta la tercera lectura, según san Juan, Jesús predica una verdadera homilía acerca de la Eucaristía y la presencia de Cristo en cada uno de nosotros. Podemos imaginarnos el escándalo que sus palabras provocan entre los oyentes judíos: Alguien les habla de comer carne humana y de beber sangre de alguien allí presente. Pero cuando ese Evangelio apareció por escrito ya las comunidades cristianas celebraban la Eucaristía y se sabían a sí mismos como miembros del cuerpo resucitado de Cristo, las dos ideas esenciales que aparecen en este relato evangélico y que son, más bien, palabras del evangelista a los oyentes cristianos que palabras de Jesús a oyentes judíos en una sinagoga.

2. En esta homilía, Jesús se compara con Moisés y se presenta como un Moisés superior a Moisés. Moisés, líder y legislador de Israel, había estado dispuesto, es verdad, a dar su vida por el pueblo y había dado al pueblo, de parte de Dios, el maná en el desierto. Pero aquí Jesús se da Él mismo en comida y bebida para hacerse una sola carne y una sola sangre con el pueblo del que El es líder y pastor. En la Eucaristía Jesús se da en forma sacramental, pero real, a cada uno de nosotros para hacerse una sola cosa con cada uno de nosotros. El cristiano vive con la misma vida de Cristo porque Cristo y él son, desde su bautismo-confirmación, pero sobre todo por la Eucaristía, una sola cosa.

3. Jesús promete que quien se haya hecho una sola cosa con Él, por la Eucaristía, tiene derecho a una resurrección que le permita vivir con una vida para la cual la muerte no sea un final definitivo. No por gusto la Iglesia nos ha puesto esa confesión de fe inmediatamente después de la consagración, en la que proclamamos que creemos en la resurrección de Cristo y en la nuestra.


2.- EL PAN VIVO

Por Antonio Díaz Moreno

1.- "La sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas..." (Pr 9, 1) La sabiduría de Dios, el saber infinito en el que laten los secretos de los mundos sin fin. Sabiduría de Dios, luz sin sombras. "En ella hay un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, penetrante, incontaminado, diáfano, impasible, amante de lo bueno, agudo, incoercible, benéfico, amante de los hombres, estable, firme, sin preocupaciones, todopoderoso, todo lo vigila, penetra en todos los espíritus inteligentes, puros, sutiles...".

Y esa sabiduría infinita, inabarcable, ha construido una morada asentada sobre siete columnas, una morada donde reina la paz, la dicha, la alegría sin término... Qué torpes somos para comprender las cosas de la Sabiduría divina, qué poco llegamos a penetrar en el sentido de esa morada, qué poco intuimos de esa grandeza. Danos, Señor, un poco de luz para ver lo que esa morada supone. Rompe un poco este velo denso que nos tapa los ojos, abre en nuestra honda noche un resquicio de esa luz eterna.

"...ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa" (Pr 9, 2) Sabiduría de Dios, la misma que nos hizo como somos, la que nos construyó este mundo ancho y largo, este universo de distancias sin medidas, de misterios indescifrables. Sabiduría que nos penetra íntimamente, que nos conoce hasta muy dentro. Ella sabe lo que nos llena, lo que colma este anhelo vago que acucia nuestra hambre y nuestra sed de, no sabemos a veces, qué. Y nos invita a nosotros, a nosotros que tan poco merecemos su predilección: "Venid a comer mi pan y a beber del vino que he mezclado..." Un banquete nunca visto, nunca pensado... En la Antigua Alianza el pacto con Dios se culminaba en un banquete con las carnes de los animales sacrificados.

En la Nueva Alianza, por un salto inaudito de la Sabiduría de Dios, se ofrece un nuevo sacrificio, el sacrificio del Cordero Inmaculado, el Unigénito de Dios. El Verbo, la Sabiduría, el Hijo Eterno vierte su sangre en el Calvario. Y su carne, junto con su sangre, es el Sacramento de nuestra fe, el Pan bajado del cielo, la bebida de salvación. Pan de vida que se vuelve a ofrecer en la Eucaristía, repitiéndose de modo incruento el santo sacrificio de Cristo en la Cruz. Santa Misa, banquete sacrificial, en que se come, sacramentalmente, la carne de Cristo, se bebe su sangre, se recibe la vida misma de Dios, la vida que dura siempre... Comida de fraternidad con Jesucristo, realización de la mayor intimidad entre el Cielo y la tierra, unión entrañable y amorosa entre Dios y el hombre.

2.- "Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca" (Sal 33, 2) Una vez más el salmista se llena de sentimientos de gratitud hacia el Señor, nuevamente el cúmulo de los beneficios recibidos de Dios le impulsa a cantar gozoso. Es una actitud propia de un alma grande. Es de bien nacidos, dice el refrán, el ser agradecidos. Por el contrario, el desagradecido es una persona mezquina, sin finura de espíritu, inepto para reconocer los bienes que recibe de Dios sin merecerlo, para sentir el gozo del agradecimiento.

Porque la gratitud, en efecto, suscita y despierta la alegría. Por eso estos versos del salmo constituyen la letra de una canción, un alegre cantar que celebra con tonos de alborozo la dicha de ser querido y favorecido por Dios. De ahí que diga a continuación que los humildes escuchen a Dios y se alegren. Podemos afirmar que la humildad suscita el agradecimiento, pues el humilde siempre considera como inmerecido cualquier beneficio que reciba. Por otra parte, esa misma humildad es fuente de gozo ante el favor de que es objeto. Es motivo de alegría, en efecto, el recibir algo cuando uno sabe que no merece nada.

"Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que le temen..." (Sal 33, 10) Santo en la Biblia significa, ante todo, consagrado, separado de lo profano para servir de alguna forma a Dios. En ese sentido los cristianos primitivos se llamaban entre sí santos, como se ve por las cartas de San Pablo sobre todo. Por la misma razón, la de haber sido consagrados a Dios por el bautismo, también nosotros somos santos. Por eso a todos se dirige la exhortación del salmista. A todos nos dice que temamos al Señor.

El temor de Dios, dice en otro momento el autor inspirado, es el principio de la Sabiduría. Sin embargo, San Juan dice que donde hay amor no hay temor. Ambas afirmaciones parecen a primera vista contradictorias, pero en realidad no lo son. Podemos decir que la divergencia está simplemente en la diferencia de perspectivas.

Para San Juan el temor a que se refiere es un temor servil que lleva a la desconfianza, es la actitud de quien hace las cosas por miedo a ser castigado, y nunca por amor. En cambio, el otro temor no es de siervo sino de hijo. Es un temor reverencial, compatible y necesariamente vinculado con el amor. Es la disposición de quien ama tanto que teme ofender en algo a la persona amada, por insignificante que pudiera ser la ofensa. Quienes así actúan, serán amados del Señor y nada les faltará para ser felices en la tierra y en el Cielo.

3.- "Fijaos bien como andáis; no seáis insensatos, sino sensatos" (Ef 5, 15) Fijaos bien cómo andáis, recomienda Pablo en este pasaje de la epístola que escribió a los cristianos de Éfeso. Y luego añadirá: "No estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere". Son expresiones que nos recuerdan la necesidad perentoria de vivir alerta, siempre con la guardia montada. La vida del hombre sobre la tierra es una milicia, decía Job. Un continuo estado de guerra en donde es preciso estar siempre preparados para dar batalla, siempre con el oído atento y las armas preparadas.

Antes que San Pablo ya lo recomendó el Señor con insistencia al exigir a sus seguidores una actitud de alerta, un sentimiento de esperanza siempre viva. Es necesario orar de continuo, velar sin descanso, para no entrar en la tentación. El enemigo no descansa; es como un león hambriento que busca a quien devorar. Es ésta una comparación que pone San Pedro en su primera carta, él que tanto sabía de tentaciones y de luchas, de caídas y de victorias.

"Sabed comprar la ocasión, porque vienen días malos" (Ef 5, 16) Qué importante es saber aprovechar las ocasiones que la vida nos va brindando. Ocasiones que hay que saber valorar, conscientes de que a veces no se repiten más. De la ocasión a que se refiere Pablo, depende además algo tan importante como nuestra salvación, nuestra felicidad durante la vida terrena, y sobre todo la de nuestra felicidad eterna después de la muerte.

La noche va muy avanzada, dirá también el Apóstol a los romanos, y se acerca el día. Es ya hora de surgir del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cercana... Si, es preciso que no olvidemos que vivimos inmersos en la noche de nuestra vida temporal, y que sólo cuando amanezca el día definitivo, cuando llegue para siempre la luz, el peligro habrá desaparecido y la vigilancia ya no será necesaria. Pero hasta que llegue ese momento, no lo olvidéis, fijaos bien cómo andáis.

4.- "...el que come de este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 58) Las palabras de Jesús son claras y contundentes: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo". Los judíos se sorprenden ante esta afirmación, se resisten a creer en el Señor que repite una y otra vez que su Carne es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida. Pero los israelitas no entendían lo que Jesús estaba diciendo, pues no tenían fe en él, a pesar del milagro que acababa de realizar ante ellos.

Hoy sabemos que esa comida y esa bebida la tomamos de forma sacramental y mística. Lo cual no quiere decir que no tomemos realmente el Cuerpo del Señor, ya que en la Eucaristía se contiene a Jesucristo con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. De todas formas, hoy como entonces, es preciso adoptar una actitud de fe, si de veras queremos aceptar la doctrina acerca de la Eucaristía. Sólo así, por la fe, podremos acercarnos al Misterio y captar de alguna manera la grandeza, que en nuestros sagrarios tenemos, la de Jesús mismo.

Otra idea que el Maestro repite en este pasaje evangélico es la de que quien come su Carne y bebe su Sangre tiene vida eterna, es decir, vivirá para siempre. Este alimento transmite, por tanto, una vida nueva, a la que la muerte no podrá vencer jamás. Una vida sin fronteras de tiempo, una vida siempre joven, una vida singular, la vida misma de Dios.

Acercarse a comulgar es acercarse a la eternidad, es pasar de un nivel terreno a otro muy distinto, trasladarnos a una atmósfera de luminosidad y de gozo. Comulgar, en definitiva, es unirse íntimamente con Dios, penetrar en el misterio de su vida gloriosa y disfrutar, en cierto modo, de la alegría singular de los bienaventurados en el Cielo.

El Señor lo dice explícitamente en esta ocasión: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí". Así, pues, lo mismo que Jesús está unido al Padre, así el que participa en la Eucaristía vive unido al Señor. El que comulga con las debidas condiciones, limpio de pecado mortal, llega a la unión mística y grandiosa del alma con Dios, se remonta hasta la cumbre del más grande Amor; ese estado dichoso en que el hombre se identifica, sin confundirse, con el mismo Dios y Señor.


3.- UN PUNTO DE ENCUENTRO CON DIOS

Por José María Maruri, SJ.

1. - Cuando el hombre busca un punto de encuentro entre Dios y el mismo hombre, busca un monte que lanza su cima al cielo en su ansia de penetrar hasta la divinidad. Y ahí tenéis al Fuji, monte sagrado del Japón. O, también, busca un río que fecunda la vida de la tierra y pasa limpiando la suciedad del mundo. Y ahí tenéis el Ganges o el Nilo.

Pero cuando es Dios el que ofrece un punto de encuentro al hombre, lo que ofrece es una mesa familiar con un trozo de pan y un vaso de vino. Y es que el verbo de Dios hecho hombre no sólo participa de nuestro pan y nuestro vino, sino que nos invita a un pan y a un vino repletos de la misma vida de Dios.

2. - Y cuando el Señor toma como símbolos realmente portadores de la vida divina nuestro pan y nuestro vino, alimentos comunes de nuestra vida humana, nos está hablando de la necesidad que tenemos de recibir el pan vivo bajado del cielo en la Eucaristía para mantener la vida, como es indispensable el alimento para mantener la vida corporal, que todos sabemos que por falta de él mueren al año millones de personas.

El Señor no está diciendo que no nos dejemos morir espiritualmente por inanición, dejando de recibir el pan y el vino que Él nos ofrece. ¿Cuándo viniendo a misa no comulgamos no estamos dando a entender que no sabemos que ese pan es absolutamente necesario para vivir en Dios?

3. - Al comer el pan vivo no comemos un pan que asimilamos y vivificamos nosotros, es una vida que metemos en nosotros que tiende a transformar la nuestra y perpetuarla.

-- Un pan que mete en nosotros el torrente infinito de la misma vida de Dios, que fecunda lo bueno que hay en nosotros y que purifica lo malo que tenemos.

-- Un pan de vida que nos obliga a vivir, que no nos permite permanecer en la inercia, que nos saca del coma profundo en que tantas veces estamos.

-- Un pan tan excesivamente lleno de vida que puede producir una infección que acabe con la flora abundante que mantiene en nosotros el egoísmo.

-- Un pan de vida que va a descentrarnos, sacándonos del girar alrededor nuestro, para lanzarnos a girar alrededor de Dios y de nuestros hermanos los hombres.

-- Un pan que nos hace sintonizar con el mundo de Jesús, un mundo limpio, lleno de amor sacrificado, un mundo de hermanos, en el que cada uno sea constructores activos de fraternidad.

Por eso –por todo ello—las exigencias de la Eucaristía nos dan miedo.


4.- JESÚS: ¿PAN DE VIDA?

Por Javier Leoz

1.- Jesús ¿pan sin sabor?

-Unos lo gustan como lidera pero no lo saborean como presencia real de Dios

-Otros lo comen mecánicamente. Y, por esa actitud, se diluye sin efecto en sus entrañas

-Algunos lo escuchan sin interés .son palabras que pronto difuminará el viento

-Muchos lo toman como si fuese un seguro de vida .pero no caen en la cuenta de que tiene un precio: seguir y vivir el mensaje de Aquel que lo amasa

-Otros más lo comulgan pero no lo ven .ojos que no ven corazón que no siente

2.- Jesús ¿pan para nada?

-Unos acuden a El cuando su casa se resquebraja .y lo olvidan cuando, de nuevo, está ya construida

-Otros se sientan para participar de su mesa .y a continuación cierran filas para que no entren más comensales

-Algunos quisieran espectaculares milagros .pero se resisten a ver el trasfondo divino de ellos

-Muchos lo siguen porque no pierden nada .pero luego les cuesta bastante el dejar algo por el “todo”

-Otros más apuran su cáliz .pero les resulta duro el despuntar sus vidas al estilo de Jesús

3.- Jesús ¿pan sin trascendencia en nuestra vida?

-Unos lo llevan grabado en oro pero en su corazón aparece como invisible

-Otros lo esculpen en las cumbres de los montes pero no lo ven en el prójimo

-Algunos lo comulgan en la Eucaristía y lo rechazan en lo cotidiano de la vida

-Otros más no lo comulgan en la Iglesia prefieren un Jesús “a la carta”

4.- Jesús ¿pan que nos cambia?

-Unos lo ven como personaje operativo y presente .saben que su figura no ha quedado encorsetada en una simple página de la historia

-Otros lo viven en propia sangre .lo hacen vida con su vida

-Algunos lo ven como regalo del cielo .y lo llevan a mil rincones de la tierra

-Otros más intuyen que es fotocopia de Dios y lo multiplican a miles con su testimonio veraz y comprometido

5.- Jesús ¿pan de contradicción?

-Unos dicen que hace tiempo que pasó, vivió y murió y con esta afirmación se construyen castillos de falsas vidas y de intereses mezquinos

-Otros afirman que vive y tratan de cambiar el mundo con la fuerza de su amor negándose, si es preciso, a sí mismos

-Algunos dudan de su presencia y convierten su vida en un “sí” pero luego en un “no”.

-Otros más ni dudan ni afirman .simplemente creen y esperan en la última Palabra que se presenta y se visibiliza en forma de pan

6.- Jesús ¿pan que interpela?

-Unos lo ven como PAN duro al paladar .les resulta interpelador a sus cómodas vidas

-Otros lo comen por rito y obligación .es más fácil el comer que pasar hambre

-Algunos se acercan humildemente a su presencia saben que DIOS entra más cómodamente y mejor por esa puerta

-Otros más elevan sus ojos hacia el cielo pues saben que el horno de ese PAN está situado más allá del sol y de las estrellas. Es un pan que se multiplica con el cuchillo de la justicia, se cocina con las brasas que Dios sopla, se digiere con la virtud de la Fe, se retiene con los ojos de la esperanza, se mantiene eternamente tierno cuando se comparte, sirve como paladín para la vida eterna y se presenta en la mesa de Jesús por el gran panadero que es Dios.

Siempre, Jesús, será aquel pan de dios en medio de la gran mesa de los creyentes. para comulgarlo solo es necesario creer en el y esperar en el y entonces, solo entonces, poder vivir como el.

7.- Pan vivo para un mundo muerto

Baja del cielo, Señor,

y despierta en nosotros el apetito por el pan que se cuece

en el horno celestial.

Baja del cielo, Señor,

para que, después de vivir aún sin vivir,

nos alimentemos con aquello que nos ayudará a vivir eternamente.

Baja del cielo, Señor,

y –de paso- bájanos a nosotros de las nubes

para que, comprendamos que no se vive mejor

sino cuando se está viviendo en Tï y por Ti.

Baja del cielo, Señor,

y si nos parece imposible comer tu carne

el que Tú entres dentro de nosotros

abre nuestro entendimiento y nuestra inteligencia

para que podamos descubrir, que en lo invisible,

se encuentra el secreto más profundo de tu presencia.

Baja del cielo, Señor,

y, si quieres, danos un adelanto de vida eterna:

vivir en caridad para podernos presentar con las manos vacías

acrecentar nuestra fe, para prepararnos al encuentro contigo

andar en la esperanza, para nunca desviarnos de tu camino.

¡Baja, del cielo, Señor!

Y, danos un sorbo de tu bebida

un sorbo de tu sangre

un sorbo de esa auténtica bebida

con sabor a entrega, sacrificio y amistad verdadera.

¡Baja, del cielo, Señor!

Para que, cuando te veamos en el altar

sepamos que, no estás sólo,

que vienes en nombre de un Dios

que, una y otra vez, apuesta por el hombre

ama al hombre

y alimenta al hombre con un fin supremo:

darle vida y de la buena, la Eterna.

Amén.


5.- LA BÚSQUEDA DE LA SABIDURÍA

Por Ángel Gómez Escorial

La primera lectura de este Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario habla de la sabiduría y la sitúa frente --en contra-- de la insensatez. El conocimiento de Dios --ya lo hemos dicho otras veces-- nos coloca en una realidad personal más objetiva con olvido de fantasías inalcanzables o de deseos imposibles que suelen llenar nuestros tiempos insensatos cuando estamos lejos de Dios. La búsqueda de Dios ha de ser, además, placentera y humilde. No se trata de una asignatura técnica, ni tampoco de un ejercicio histórico de investigación. Basados en las Escrituras y en lo que los cristianos, a través de los siglos e inmersos en esa conexión valida llamada Comunión de los Santos, nos han ido aportando: la Tradición.

Nuestra experiencia personal surgida de una conversión, llegada -entonces- en medio de una realidad personal muy intelectualizada y politizada, nos índica que sin la esperanza de que sea Dios quien te enseñe, nada puedes sacar adelante. El momento de la conversión es ese conocimiento de que no se está solo y que el camino a seguir no tiene ni tiempo, ni espacio, ni prisa, ni fin. La fe se convierte luego en algo ligero y nada oprimente: que no es tanto creer lo que no se ve, como intuir con seguridad lo que después veremos. Dicen que una de las primicias de ese Mundo Futuro es la Eucaristía: la recepción del Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin duda, y como experiencia personal, diremos que ayuda fundamentalmente en ese camino primero de relación con Dios.

La misa --mesa en la que coinciden la Escritura y la Eucaristía-- es un ingrediente fundamental para ir creciendo en el conocimiento de la cercanía de Dios. Por eso consideramos muy importantes estos domingos de Agosto que la liturgia nos presenta las Lecturas Eucarísticas y, sobre todo, los pasajes del Evangelio de San Juan en los que Jesús habla de entregar su Cuerpo y su Sangre para la salvación de todos.

Es, precisamente, el pasaje que leemos esta semana en el que el mismo Jesús confirma que su Cuerpo y su Sangre son verdadera comida y verdadera bebida. No un planteamiento simbólico. Junto al convencimiento testimonial que nos dan las Escrituras está esa aproximación interna que nos acerca a la verdad y que produce la recepción de la Eucaristía. No es un acto sentimental, no se trata de sentimientos, es una comunicación con Quien se recibe. ¡Ojalá muchos que no se acercan al Sagrario pudieran comenzar a intuir las "ventajas" fehacientes que la recepción del Cuerpo y de la Sangre de Cristo producen!


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


COMIDA PARA TODOS, A DISGUSTO DE ALGUNOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Hoy no os puedo hablar de ningún lugar donde ocurra un acontecimiento del que hablen las lecturas de la misa de hoy, mis queridos jóvenes lectores. A veces el contenido bíblico se vuelve puramente ideológico y vosotros deberéis hacer un esfuerzo de concentración para captarlo. Sin música y sin imágenes que os distraigan, entregaos por un momento a la meditación. No se trata de acordarse que botón hay que apretar o que tecla pulsar, como os toca hacer con vuestros cacharritos. Se trata de pensar y, más difícil todavía, pensar a la manera de gente de cultura diferente de la nuestra.

2.- Resulta extraño que a la sabiduría de Dios se la personalice. Se trata de un texto del Antiguo Testamento que tal vez, de alguna manera, nos está adelantando el gran secreto que un día se nos confiará, el que Dios es tres personas. Seguramente os habréis percatado de que estoy refiriéndome a la primera lectura de la misa de hoy. Dice el texto que la “Señora Sabiduría” se construye un palacio, se rodea de servidores, prepara los mejores manjares y escoge caldos de gran reserva. Si esta revelación se hiciera ahora para vosotros, tal vez la descripción, el lenguaje, se referiría a un parque temático o un gran festival del conjunto de más renombre. Cada tiempo y cada colectivo tiene sus preferencias. Lo importante es saber que los humanos hemos sido invitados a este gran encuentro. No hace falta comprar entradas, lo que se exigirá será algo más difícil que tener dinero. Se invita a la fiesta a los ignorantes, a los pobres. En idioma de hoy diría: a los del Tercer Mundo. Sí, son ellos los invitados y si nosotros, listos y ricos, queremos colarnos dentro del evento, deberemos mezclarnos con ellos, haciéndonos uno de ellos. Siendo pobre, se hace uno capaz de entender un poquito a Dios.

3.- Jesús, sinceramente hablando, en algún momento, parece que tenga un lenguaje impertinente. ¡Dale con que Él mismo es comida y bebida! ¿Por qué no quiere recordarles que fueron el pueblo privilegiado, que en el desierto se alimentó milagrosamente? Esto a ellos les gustaría mucho oírlo. Seguro que está pensando en el maná, pero, en cambio, insiste en que tienen que comerle a Él. Realmente, Jesús no se adapta a lo que piensan los suyos, a lo que tuvieron de antiguo los suyos. Habla a gente que no quiere cambiar de ideas ni costumbres y les pone en sus narices nuevas verdades y prácticas desconocidas. Si les hubiera dicho que fueran al desierto, (a poco más de 150 kilómetros tenían el del Neguev), que caería pan del cielo, se hubieran echado a correr para recogerlo de mañana y que se dieran cuenta los romanos que les oprimían de que ellos eran los buenos y escogidos del Señor. Pero no. Les ofrece una cosa que no les permitirá fardar. Mis queridos jóvenes lectores, muchas veces, pese a vuestra edad, os comportáis como viejos decrépitos, que no queréis creeros que lo nuevo, el don de Dios, no se anuncia en la Tele, no lo ofrecen los catálogos de los grandes almacenes. Porque hay cosas que permanecen nuevecitas, a pesar de que existan de antiguo y, por suerte, están a nuestro alcance.

4.- Continuando con el texto evangélico de hoy, para colmo, no se le ocurre otra cosa a Jesús, que hablarles y ofrecerles a los que admitan su doctrina, la resurrección. Para que me entendáis, es como si ahora, un día, a una de esas personas convencidas de que han tenido vidas anteriores y están seguras de que se reencarnarán, les hablamos del Cielo, de Dios que se hace amigo y compañero de fatigas y nos promete que, inmediatamente después de morir, gozaremos de su amistad para siempre. Vamos, que cuando lo pensamos bien, nos damos cuenta de que tenemos un maestro original sin par. Y además auténtico maestro, de los que nunca engañan.

Y, antes de acabar, es preciso que nos preguntemos ¿nosotros nos creemos esta doctrina? ¿Vivimos de acuerdo con ella? ¿La explicamos a los demás?