XIX Domingo del Tiempo Ordinario
13 de agosto de 2006

La homilía de Betania


1.- ¿A QUIÉN VAMOS A IR?

Por Antonio García Moreno

2.- LA DIFICULTAD DEL CAMINO

Por José María Maruri, S. J.

3.-…Y CONOCEREMOS A DIOS COMO EL NOS CONOCE.

Por Antonio Díaz Tortajada

4.- ¿TE RECONOCEMOS, SEÑOR?

Por Javier Leoz

5.- EL SEÑOR NOS SALVA DE LA ANGUSTIA (SALMO 33)

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


AUDACIA Y FRACASO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ¿A QUIÉN VAMOS A IR?

Por Antonio García Moreno

1.- "Continuó él por el desierto una jornada de camino, y al final se sentó debajo de una retama, y se deseó la muerte..." (1 R 19, 5) Israel estaba dominado por la reina Jezabel que, con toda la malicia de su corazón de mujer perversa, perseguía con saña a Elías. El profeta de Yahvé la dejó en ridículo ante todo el pueblo, demostró con hechos contundentes que sólo Yahvé era el Dios verdadero y que Baal, el dios de la reina, no era más que una pantomima, un ídolo monstruoso. Aquella humillación la colma de rabia y despecho, y jura que Elías pagará con creces su atrevimiento.

Ya hacía tiempo que el profeta era perseguido, que andaba escondido por las montañas, para defenderse del odio de quienes no le perdonaban su fidelidad a Yahvé. Por eso esta última persecución le llena de cansancio y hastío, harto de tanto sufrir injustamente. "Basta ya, Señor, quítame la vida" -exclama lleno de amargura y angustia.

En él vemos cómo, a veces, ser fieles a Dios significa lucha, un combate continuo, una guerra sin cuartel. Ya lo ha dicho Jesús: “Quien quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que venga en pos de mí...” Qué claro es el Señor. Él no engaña, no dora la píldora, sino que manifiesta con franqueza las dificultades que implica el seguirle. Por otro lado es un camino evidente, marcado sin ambigüedades por los pasos del mismo de Jesucristo.

"Se levantó Elías, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días..." (1 R 19, 8) Dios tiene exigencias totales para quienes le siguen. El negarse a sí mismo es lo que más cuesta al hombre, dado su egoísmo congénito, su egolatría innata. Además hay que cargar con la cruz de cada día; es decir, hay que cogerla siempre, llevarla continuamente sobre nuestros hombros, tan habituados a escurrir la carga. Con ella a cuestas hay que ponerse en camino, andar por una senda estrecha y en ocasiones muy empinada, tratando de superar nuestra tendencia a la quietud y al descanso, al reposo y al no complicarnos la vida.

Después de comer Elías vuelve a sonreír. Una fuerza renovada le anima. Se siente capaz de continuar su rudo camino, recorrer la distancia que le separa del monte de Dios, el Horeb. Ha desaparecido su angustia y su miedo, ese cansancio y tedio de muerte que le atormentaba. Aquel alimento que Elías comió es figura de otro alimento mucho más rico y poderoso, el Pan de Vida. El Señor dijo que estaría con los suyos hasta el fin de los tiempos y, a través de la Eucaristía, cumple su promesa de continuo. Convencidos de esta realidad, hemos de continuar nuestro camino, cargados con la cruz, olvidados de nosotros mismos, con la mirada y la esperanza puesta siempre en Dios.

2.- "Bendigo al Señor en todo momento" (Sal 33, 2) "Su alabanza está siempre en mi boca -dice el cantor del salmo-. Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias...". Esa liberación parece ser la causa del gozo que reflejan estos versos inspirados por Dios, la ocasión que provoca esas palabras llenas de entusiasmo y de optimismo. No obstante, el texto sacro nos invita y nos exhorta a tener esa actitud esperanzada y jubilosa de modo permanente.

En efecto, en todo momento hay que bendecir al Señor, siempre hemos de tener en nuestros labios, en nuestra mente y corazón, alabanzas de gratitud rendida ante los beneficios divinos. Sí, también cuando todo se ponga en contra, también en el dolor y en el quebranto hemos de sentirnos -porque lo sabemos- hijos de Dios. Él, como Padre bueno que es, en todo busca nuestro bien. Por eso a veces nos castiga, o nos corrige. Pero siempre nos fortalece con la prueba, siempre nos asocia con la Cruz redentora de Cristo Jesús, para que también nosotros, como María, seamos corredentores con él.

"Contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal 33, 6) "Vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias". Así en todas las encrucijadas de nuestra vida -encrucijada viene de cruz-, hemos de levantar el corazón hacia Dios, besar con devoción la mano que nos hiere amorosamente, y creer firmemente en el valor precioso de ese sufrimiento, que nos libera y nos purifica, nos eleva y enaltece, nos glorifica lo mismo que la cruz y la muerte exaltó a Jesucristo.

Por otra parte, tengamos en cuenta que, según nos dice este salmo, el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles, y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor. Realmente es algo maravilloso, algo formidable, algo que sólo Dios nos puede dar. Vivir siempre contentos, serenos, pletóricos de paz y esperanza. Si todo va bien, porque todo va bien. Y si todo va mal, porque ese mal es el precio nimio del mayor bien que jamás podamos soñar, un mal pasajero que nos ha de reportar un bien que nunca cesará.

3.- "Hermanos: no pongáis tristes el Espíritu Santo. Dios os ha marcado con él para el día de la liberación final" (Ef 4, 30) Al hablar de Dios casi no hay otro medio que usar un lenguaje antropomórfico. Sólo aplicándole nuestras categorías mentales podemos entender algo. Es verdad que ese lenguaje aplicado a Dios será siempre analógico, aproximado. Y es que Dios no es sólo aquello que nos dice la Biblia, es eso y muchísimo más, infinitamente más.

Hoy San Pablo nos dice que no pongamos triste al Espíritu Santo, que no pongamos triste a Dios... Misterio hondo este de que el hombre pueda entristecer a Dios. Pero ahí están esas palabras que contienen la verdad. Por otro lado no es difícil imaginar que, si Dios nos ama ilimitadamente, su corazón se llene de pena al ver lo mal que correspondemos a su amor. Dios triste, Dios llorando. He visto llorar a Dios, decía una canción. Lágrimas de Dios porque sus hijos no correspondemos a sus desvelos, lágrimas de Padre que ve cómo sus hijos le vuelven la espalda y se pelean entre sí. Misterio y realidad, tristeza de Dios.

3.- "Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad" (Ef 4, 31) "Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros, como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios como hijos queridos y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por vosotros como oblación y víctima de suave olor".Así Dios cambiará las lágrimas por una sonrisa. Sí, sonreirá al vernos sin amargura en el alma, sin ira en el corazón, sin enfado en los gestos, sin insultos en la boca, sin malicia en los ojos...Todos sonreiremos entonces, y todos dejaremos de llorar.

Imitadores de Dios, hijos queridos, hermanos bienaventurados que se ayudan y se quieren mutuamente. Una vida hecha de espíritu de entrega y de servicio, un paraíso en la tierra...No pongáis triste al Espíritu Santo, y tampoco vosotros estaréis tristes. Alegrad con vuestra vida el corazón de Dios y también vosotros os llenaréis de paz y de gozo.

4.- "Los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: 'Yo soy el pan bajado del cielo'..." (Jn 6, 41)

Seguimos contemplando el pasaje evangélico que San Juan recoge en el capítulo sexto de su Evangelio. Fue un acontecimiento que suscitó polémica, y también una ocasión para que Jesús expusiera una doctrina tan importante como la referente a la Sagrada Eucaristía. Sus palabras son claras y contundentes, expresión meridiana de la realidad inefable que constituye el augusto Sacramento del Altar. Su carne es verdadera comida, alimento espiritual que transmite la vida eterna y alienta en cierto modo la vida terrena del hombre. Pan vivo bajado del Cielo que, más aún que el maná, fortalecerá a quienes caminamos por este desierto que es la vida misma.

Pero aquellos hombres, lo mismo que ocurre hoy con tantos otros, no entendieron a Jesús; o, mejor dicho, no quisieron comprenderle. Le criticaron abiertamente y le abandonaron. Este momento, después de los discursos de Cafarnaún, fue uno de los más decisivos en la vida de Jesús. A punto estuvo de quedarse solo, abandonado incluso de los más íntimos. Sólo Pedro, siendo el portavoz de los demás apóstoles, hizo un acto de fe al exclamar: ¿a quién vamos a ir, si tú tienes palabras de vida eterna?

Las mismas críticas de entonces, de una u otra forma, se repiten en cierto modo a lo largo de los tiempos. Hoy también surge la incomprensión y la incredulidad, la actitud crítica ante las exigencias de la fe que tratan de obstaculizar la marcha del Reino de Dios. Sin embargo, el daño que causen será siempre periférico, por muy hondo que pueda parecer. Siempre quedará un pequeño resto tan encendido y vibrante, que consiga mantener el fuego sagrado y hacerlo prender una y otra vez en el mundo entero.

Dios está empeñado en que la salvación se lleve a cabo. Él sigue tocando el corazón de los hombres, atrayéndolos de forma irresistible. La gracia divina actúa de forma dinámica y moviliza de mil maneras el corazón humano. Podrá parecer en ocasiones que Dios está ausente, pero no es verdad. El está cerca de nosotros, atento a nuestras necesidades, pronto a socorrernos a pesar de no merecerlo. Dios Padre nos habla a cada uno, y de cada uno espera una respuesta que nos lleve a vivir siempre muy próximo a Jesús, el único que tiene palabras de vida eterna.


2.- LA DIFICULTAD DEL CAMINO

Por José María Maruri, S. J.

1. - Si Elías hubiera vivido en nuestros tiempos le habríamos enviado a un siquiatra, porque lo que tenía era una gran depresión, cansado del trabajo que Dios le había encomendado, harto de los hombres y de si mismo, con una gran angustia por la persecución de Jezrael, que no encuentra otra solución a sus problemas que la muerte, y sin ánimo más que para estar tumbado y dormir.

Pero Dios no le deja solo. Le deja dormir velando su sueño, le da fuerzas dándole alimento y le anima a caminar porque Él va a estar constantemente a su lado.

2. - También a nosotros se nos hace insoportable el camino, hartos de luchar, hartos de los demás y de nosotros mismos, hasta enfadados con Dios... y el camino de la vida se nos hace largo.

* Largo porque en vez de caminarlo lo dormimos y así siempre estamos en el mismo sitio con todo el camino por hacer.

* Largo porque no miramos más que las piedras con que tropezamos, cuando deberíamos mirar hacia arriba, hacia esa cima cada vez más cercana de esa vida que Jesús nos promete y que ya llevamos dentro por nuestra Fe en Él.

* Largo porque no sabemos gozar de las pequeñas maravillas que bordean el sendero: la florecilla silvestre, el arroyuelo cantarín, la mariposa llena de color, una bonita amistad.

* Largo porque lo andamos sin alegría... y cantando se pasa mejor en la vida.

* Largo porque nos empeñamos en caminarlo en ayunas, sin acudir al pan que da vida y energía, y que Jesús nos ha dejado en la Eucaristía

* Largo sobre todo porque nos empeñamos en recorrerlo solos, lejos de una mano amiga que nos ayude en las cuestas arriba.

“Tabi wa michizure” dice el dicho japonés. El camino se hace suave o se hace insoportable dependiendo del compañero que lo comparte con nosotros. Y Jesús se ha hecho nuestro compañero.

3. - Jesús no nos va a llevar por autopistas bien asfaltadas. Jesús es pastor y nos lleva por senda de montaña. Pero va delante, haciendo el camino, y dándonos la mano para que la subida se nos haga suave y agradable. “El que quiera venir conmigo que me siga...”, porque él va delante.

Pidamos en la Eucaristía que sepamos encontrar en ella el alimento que nos da energía y vitalidad, y que también encontremos al compañero de nuestro largo camino.


3.-…Y CONOCEREMOS A DIOS COMO EL NOS CONOCE.

Por Antonio Díaz Tortajada

1. El fragmento del libro primero de los Reyes, nos habla de un pan bajado del cielo, puesto que lo trae un ángel, para alimentar al profeta Elías que va a caminar, durante cuarenta días y noches, a través del desierto para encontrarse con Dios en el monte Horeb.

La Iglesia nos dice que ese pan, traído por el ángel, era una figura de la Eucaristía, verdadero pan del cielo porque es el sacramento del cuerpo de Cristo. La misma oposición que ha encontrado Moisés entre su pueblo tiene desanimado, varios siglos después, al profeta Elías. Ambos experimentan que no es fácil ni liberar al pueblo ni mantenerlo en el camino de la rectitud. Dios reanima a sus profetas por medio de ese pan y por medio de su presencia personal. La lectura nos reafirma que Dios está dispuesto a hacer lo que sea para liberar a su pueblo y mantenerlo en el camino de su perfección.

Esta lectura está perfectamente conectada con el Evangelio y las dos forman parte de un ciclo corto acerca de la Eucaristía, ciclo en el que este domingo es el tercero.

2. La segunda lectura está tomada de la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso. Está llena de recomendaciones útiles, recomendaciones a las que no hemos hecho mucho caso. Estar bautizado-confirmado es estar sellado con el sello del Espíritu Santo; es como estar marcado ahora para entrar en el Reino de Dios cuando éste llegue a su plenitud de realización entre nosotros. No podemos dejarnos llevar por el pesimismo, dice Pablo; cuando Cristo inaugure la plenitud de su Reino estaremos con El y participaremos en todas sus bendiciones.

Para el entretanto Pablo nos recomienda que desterremos de nosotros la amargura, la cólera con todas sus consecuencias. Nos recomienda que seamos buenos, comprensivos y que nos perdonemos los unos a los otros ya que Dios ha perdonado a cada uno de nosotros nuestros pecados. Nos recomienda que seamos imitadores de Dios y que nos amemos como Cristo nos amó. Ciertamente el mundo entero sería ahora cristiano de verdad si nosotros hubiéramos seguido siempre estas exhortaciones paulinas.

3. Y continuamos, desde el Evangelio, el ciclo de explicaciones acerca de la Eucaristía. Para los judíos una de las características de la época del Mesías sería la reaparición del maná, pero, dice el evangelio según san Juan, la Eucaristía es más que el maná; el que comía el maná después acababa por morirse, el que coma la Eucaristía será resucitado y no volverá a morir. Cuando uno ama a alguien, dice Juan, tiende a hacerse uno con esa persona amada, Dios se ha hecho hasta comible para que, por medio de la Eucaristía, nos hagamos una sola cosa con él. Dios se ha hecho carne para que la carne pueda ser algún día Dios.

Observemos el detalle evangélico. El que cree en Jesús sabe, por fe, que Dios es Padre de Jesús, que Jesús es el Hijo de Dios. Para Juan el pecado de los no creyentes en Jesús está en argüir la ascendencia o procedencia humana (nosotros, dicen sus conciudadanos, sabemos que su padre y su madre son María y José) para negar su condición divina. ¿Por qué utiliza Juan este argumento? Porque ese puede ser nuestro pecado: Argüir la ascendencia humana del prójimo para negar su condición divina, la del prójimo. Desde Cristo en adelante, para quien tiene fe, y sólo por la fe, cada ser humano es Dios-y-hombre-verdadero; lo que yo haga con el prójimo lo estoy haciendo con Dios, porque Dios se ha encarnado y no le podemos quitar la carne. En Cristo se me revela no sólo todo lo que Dios es, sino también todo lo que el hombre es y puede llegar a ser en plenitud.

4. Toda esa aclaración “joánica” sobre que nadie ha visto al Padre-Dios, sino aquel que ha venido de Dios, es una forma de aclararnos que Jesús es mucho más importante que Moisés. Moisés no vio a Dios, pero ahora, dice Juan, quien ve a Jesús ve al Padre-Dios. Jesús está, dice este evangelio, muy por encima de Moisés porque Jesucristo es la plenitud de la divinidad hecha visible. Nadie ha visto a Dios como no sea viendo a Jesús porque Dios está visible en El como en un espejo; sólo al final definitivo y eterno, cuando la creación entera haya llegado al extremo de su evolución posible, veremos y conoceremos a Dios como El nos conoce.

En el trozo que tenemos en el evangelio de esta Eucaristía san Juan remacha la idea de que Jesús sí es el verdadero pan, el verdadero maná del cielo; El sí es el verdadero Moisés (líder y legislador) del pueblo de Dios; un líder y legislador que no sólo está dispuesto a dar su vida, sino que, más todavía, se nos da El mismo, en la Eucaristía, en forma sacramental, pero real, para hacerse con nosotros una sola carne y una sola sangre. Al fondo de toda esta catequesis acerca de la Eucaristía está la idea de que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”; Juan se encarga desde el comienzo de su Evangelio de recalcarnos que Jesús es la Palabra de Dios hecha carne.


4.- ¿TE RECONOCEMOS, SEÑOR?

Por Javier Leoz

1.- Un servidor de combustible al acercarse un cliente para repostar le preguntó: ¿por qué viene Vd., a esta estación de servicio...por obligación o por necesidad? El automovilista contestó: ciertamente por necesidad. Sin el carburante, no podría seguir mi viaje ni llegar a la meta que me he marcado…

Sigue adelante este verano 2006. Son días tórridos donde, en muchos lugares de España, se han superado incluso los 40 grados. Esta sensación térmica produce cansancio y muerte, ansiedad y sed, desgaste, incendios, sequía y... necesidad de beber líquido en abundancia.

Y, en medio de estas calurosas semanas, parece como si el evangelio –que siempre se las sabe todas- nos pusiera el remedio: “Yo soy el Pan que baja del Cielo”.

Entrar durante el verano a una iglesia es encontrarse con un remanso privilegiado de paz y de frescura: el silencio produce serenidad y la Palabra de DIOS es mejor que una buena tónica o más efectiva que una coca/cola light.

Adentrarnos en la Eucaristía dominical y participar de ese PAN que en el cielo se cuece y en la tierra se vende.....produce un gran milagro si se saborea con el paladar de la fidelidad.

2.- Miramos al cielo en estos días queriendo encontrar alguna escasa nube que haga de paraguas entre los rayos del sol y nuestros cuerpos agotados.

Miremos también hacia el cielo para saber si somos capaces de valorar e intuir ese Pan que en la mesa del altar se convierte en vitamina para seguir caminando como hijos del Padre.

Miremos a nuestro corazón y preguntémonos si comemos por obligación o por necesidad. Sólo cuando se tiene hambre, se aprecia el pan con gusto y placer y además, quedan ganas de repetir.

Sólo, cuando se tiene hambre por obligación, somos capaces de tirar lo que sobra. De sonreír por lo que nos ponen en la mesa, de no dar el valor que representa un alimento.

Con la eucaristía, pasa tres cuartos de lo mismo: desde la necesidad de dios, la eucaristía, produce frutos que nunca hubiéramos imaginado. Desde la rutina y desde la pura mecanicidad se convierte en aburrimiento y en algo sin sentido.

Probemos en asistir a un banquete donde, ya de antemano, lleguemos tarde, pongamos cara larga, no escuchemos al anfitrión o sentémonos como si la comida no fuera con nosotros. Acabará la fiesta y, además de marcharnos sin comer, nos habremos dado cuenta que la responsabilidad no la tenía ni el ambiente ni el anfitrión, ni la audición o los interlocutores...sino la actitud que mantuvimos como comensales. Nuestro cerrazón a la verdad, a la Palabra, a la Vida y al Camino que nos propone Jesús.

Y, por si lo hemos olvidado, recordemos que el pan de la Eucaristía es pan de vida eterna.

¿TE CONOCEMOS, SEÑOR?

Hijo del pobre José,

pero rico y expresivo en tu lenguaje

Hijo de la sencilla María,

y complicado en tu vida

Hermano de tus hermanos,

y defensor de la verdad sin distinción

¿Te conocemos, Señor?

Decimos quererte, y no entramos en Ti

Decimos amarte, y no vivimos con el impulso de tu amor

Decimos alabarte, y lo hacemos despegando los labios

pero, tal vez, sin abrir el corazón.

Decimos honrarte, y olvidamos que en el obrar,

es donde te damos gloria y comprometida alabanza.

¿Te conocemos, Señor?

¿Sentimos al que te envió?

¿Acogemos al que te hizo nacer pobre y niño en Belén?

¿Obedecemos al que te hizo obedecer subiendo a la cruz?

¡Creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe!

Fe para verte como Hijo de Dios

Fe para recibirte como el enviado del Padre

Fe para dejarte compartir nuestra existencia

Fe para transformarnos con el pan de la vida

Fe para llenarnos de felicidad con el pan de la Eucaristía

Amén.


5.- EL SEÑOR NOS SALVA DE LA ANGUSTIA (SALMO 33)

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Hace un par de semanas me refería al Salmo 33. Ahora, tanto en las lecturas de este domingo 19 del Tiempo Ordinario, como en las relativas al próximo, el vigésimo se incluye la lectura del referido salmo 33. La segunda parte del Salmo 33 la tendremos en la misa del domingo siguiente. Me ha parecido oportuno, entonces, volver sobre el tema, basándome en lo escrito anteriormente. Otra cuestión –todo sea dicho de paso—que muy pocas veces hay en las homilías comentarios sobre los salmos, aunque, obviamente, son parte muy básica y muy didáctica de la misa. Bueno, esa reiteración del salmo 33 para algunos lectores les resultará conocido, pero no así para otros.

Es un texto prodigioso, de máxima actualidad y que puede servir como receta para nuestra oración diaria. El Salmo 33 debe ser leído con mucha atención. Dice. "Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias". Y así fue para mí. Los versos del Salmo son como una narración personal. La angustia está siempre muy presente en los humanos. Y ese mal nos hace vivir peor. El Salmo 33 parece una obra moderna, como si hubiera sido escrito a la medida de nuestra época plena de estrés y sobrado de angustias. Reconozco tener una especial predilección por dicho Salmo. En cierta ocasión, todavía a medio convertir, en un momento grave y difícil, tras la lectura –casi accidental e imprevista del mismo—se produjo el cambio. Me problema se había resuelto de manera casi inmediata o, al menos, yo vi la solución ahí.

No cabe la menor duda que los Salmos son las piezas oracionales de gran importancia, dentro de lo que nos ofrecen las Sagradas Escrituras. Su lectura nos inicia en un tiempo de plegaria de enorme fuerza. No es pues casualidad que la Liturgia de las Horas –la formula de la Iglesia para rezar a Dios cinco veces al día—utilice los salmos como ingredientes principales. Por otro lado, los salmos son de una perspicacia social y psicológica muy notables. Se adaptan a nuestros problemas concretos, en un momento dado nos parece que alguien nos lo ha escrito a la medida, a pesar de han sido redactados hacia varios miles de años.

2.- “Cuando uno grita, el Señor les escucha y lo libra de sus angustias” Esa es mi juicio la invocación más segura. Uno, en el seno de su desesperación grita en ayuda del Señor y este acude de inmediato. El grito ha de ser sincero, no plañidero. Fuerte, inequívoco. Hay en el Salmo algunos versículos de parecida intención y contenido. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”. Se trata de una frase muy parecida, que aparece casi al principio. Y también: “El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos”. Y es que en la tribulación el único consuelo verdadero y eficaz es Dios. “Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella”. Cambia de “argumento” el salmo y nos enseña el mal camino de la mentira. ¿Nos damos cuenta que en estos tiempos muchas conductas están basadas solo en la mentira y en la simulación? Pues así es. Y esas mentiras no solo son ofrecidas a los demás. Lo peor es mentirse a uno mismo y falsear nuestra propia conciencia. También es muy llamativo lo siguiente: “¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?”. Todos deseamos eso, pues también podemos pedírselo al Señor.

3.- La oferta de ayuda del Señor que conocemos por el Salmo 33 queda muy clara en el ofrecimiento del Señor Jesús de su Carne y de su Cuerpo. Y es que el Sacramento que encierra y contiene dicha donación es sublime y cura todas las enfermedades, físicas y espirituales. Y esto no es una metáfora. La Iglesia tiene muchos testimonios –a lo largo de los siglos—de que la Eucaristía influye indeleblemente en hombres y mujeres para ayudarlos y sacarlos de sus dolencias. El Evangelio de Juan que hemos escuchado hoy contiene esa revelación sorprendente de Jesús de Nazaret. Él es pan bajado del cielo y el que come ese pan vivirá para siempre. Ciertamente, el pan del cielo es vehículo y viático para el mundo futuro, para la eternidad, pero, igualmente, es remedio seguro para las azarosas jornadas de nuestra vida presente.

4.- Elías –lo dice el capítulo 19 del Libro de los Reyes—se ve vencido en plena caminata por el desierto. Una depresión muy fuerte ocupa su mente y quiere morir. Todo en él, en esos momentos, es angustia. Pero Dios, el Señor, por medio de su ángel le envía pan desde el cielo y recobra fuerzas y todo el tino para seguir. Por dos veces el alimento celestial le llega y gracias a él llega al Monte de Dios, al Orbe, donde para los judíos residía Yahvé. Guarda este episodio relación con el evangelio y, por supuesto, con el Salmo 33.

La lectura atenta del fragmento de la Carta de San Pablo a los Efesios es un parte y un todo de los mensajes que hoy nos trae la liturgia de esta misa del domingo 19 del Tiempo Ordinario. Y es que, sin duda, los sentimientos de Elías serían parecidos a los que describe Pablo de Tarso: amargura, ira, enfados, insultos y todos los ejemplos de la maldad. Es la “torcedura” de ánimo que muchas veces al día y durante muchas jornadas sufre un buen número de hermanos nuestros. Bien puede ser por la depresión que es la enfermedad más extendida –dicen—ahora. Pero si buscamos a Cristo –aliento y medicina—recibiremos el amor y este amor nos sanará.

Hemos de reflexionar con calma en ese camino de curación –de consuelo—que nos ofrece siempre esta mesa del Pan y de la Palabra que es la Eucaristía. No dejemos pasar la ocasión de ser más felices. Hoy y siempre Jesús nos ayuda con su amor.


LA HOMILIA MÁS JOVEN


AUDACIA Y FRACASO

Por Pedrojosé Ynaraja

Uno de los hombres más impresionantes de entre los que aparecen en el Antiguo Testamento, es Elías. Dos cualidades destacan de su personalidad y de su historia personal: la fidelidad a Dios y la audacia. La fidelidad os será fácil creer que es una virtud, mis queridos jóvenes lectores, habéis oído la historia de Santa María, nuestra madre, que empieza con aquel acto de confianza en Dios, cuando al Ángel le dice que es esclava del Señor, que se cumplan sus designios. Sí, la fidelidad vivida con la radicalidad que la vivió María, es un gran don. Pero algunos no se han enterado de que la audacia es una virtud y que es muy necesaria en algunos momentos.

Lo admirable de la historia de Elías es que Dios le zarandea y él se deja zarandear. Cuando las circunstancias exigen valentía, él se presta al juego. Se había enfrentado al hambre, al rey, o tal vez sea mejor decir a la reina Jezabel, porque el rey Acab era un calzonazos, se había enfrentado a los profetas de Baal, con riesgo de su vida y había organizado un gran “audiovisual” en el Carmelo y también le había salido bien. Siempre había vencido, pero al final, como un enemigo escurridizo, le invadió la angustia, la soledad, el cansancio. Huyó al desierto, se fue por el Neguev y al final se dejó vencer por sí mismo. La vida no vale la pena continuar viviéndola, parecía decirse. Llegó a tal punto su postración que decidió dejarse morir y se puso a la sombra de una retama, para que al menos la muerte le fuera dulce.

La retama es un arbusto abundante, no os digo su nombre científico, porque existen de varias clases y la Biblia no nos detalla de cual se trata. La veréis en las veredas de nuestros caminos. En ciertos lugares, el desierto es uno de ellos, puede alcanzar alturas de más de dos metros, así que puede uno cobijarse a su sombra. Los beduinos la tienen por planta sagrada. Cuando os la encontréis en cualquier época del año, no paséis por ella indiferentes, mirad bien, no sea que a su sombra alguien llore, como lo hizo Agar, o derrotado se deje llevar por el desaliento, como el profeta Elías. Ni la una ni el otro perdieron la Fe. El fracaso de ambos, no sería definitivo.

Y Elías en el desierto comió y bebió lo que le ofrecía Dios y caminó hacia el Sinaí. El lugar donde dicen que llegó y recibió el alimento de la Palabra de Yahvé, es impresionante, pero de eso no toca hablar hoy. Pan, agua y Palabra, todo lo que necesita el hombre sabio para ser feliz. Si esto le llega de Dios.

Jesús, que había proporcionado pan y pescado a la multitud, no quiso gozar del triunfo que le ofrecía el pueblo. Tenía algo mejor que ofrecerles que aquellos panes de cebada. Ahora bien, reflexionemos un momento. Si ellos tenían suficiente con lo que les había dado, ¿por qué insistir en que recibieran otro alimento? ¿no era un pelma al pretender que recibieran lo que no pedían? El hombre a veces, carente de sentido de la audacia, se contenta con el bocado que mastica y no permite que germine la imaginación y dé nuevos y originales frutos. En realidad no cree en la imaginación de Dios. Se encierra en su mísera pequeñez, que, a la postre, se convierte en jaula.

Debéis ser sinceros con vosotros mismos, mis queridos jóvenes lectores, ¿no os pasa lo mismo a vosotros cuando habéis conseguido tener una consola, un bicicleta de múltiples cambios de marchas, o un MP3, donde caben no sé cuantos miles de canciones? ¿Os extraña que caigáis en un sopor estúpido y nada os ilusione? Allegaos a la sombra de una iglesia, escuchad a quien os encuentra y os ofrece su ayuda, dejaos conducid o, mejor aun, tened la audacia de encontraros con el Dios que se ha hecho Pan y, por los efectos, por los ánimos que os da, descubrid que se trata, no de un pan común, sino de uno de tal calidad, de tales efectos espirituales, que diréis que ha bajado del Cielo, y estáis en lo cierto, porque el empuje vital que os proporciona, os hace resucitar. En los momentos de depresión y de desgana, acordaos de Elías y vosotros también aceptad el Pan que Dios os ofrece y cambiará y dará sentido a vuestra vida